En el año 2005 una publicación titulada La joven guardia devuelve a los escritores emergentes y al cuento un espacio dentro del mercado edi- torial argentino. Se trata de una compilación de cuentos publicada por el Grupo Editorial Norma, que lleva como subtítulo Nueva Narrativa
Argentina. Posteriormente, la misma editorial presentó Una terraza pro- pia (2006), incluyendo el subtítulo Nuevas narradoras argentinas.
Al año siguiente Entropía, representativa del mundo editorial inde- pendiente, publica la antología Buenos Aires/Escala1:1 dedicada a los barrios porteños con prólogo de Juan Terranova. Mondadori, por su parte, inicia su colección Reservoir Books para Argentina con En Celo. Los
mejores narradores de la nueva generación escriben sobre sexo. Esta
propuesta fue sucedida por In fraganti (2007), Uno a uno (2008), De
puntín (2008) y Un grito de corazón (2009), títulos que se anuncian con
el subtítulo Los mejores narradores de la nueva generación escriben
sobre casos policiales, los 90, fútbol y el peronismo, respectivamente.
Una antología que merece una mención especial, no por ser ajena al fenómeno -pues varios de los escritores son los mismos que en las anto- logías anteriores- sino por ciertas particularidades, es la que lleva por títu- lo La erótica del relato. Escritores de la nueva literatura argentina. Preci- samente sus operaciones de diferenciación dan cuenta de la heterogeneidad de manifestaciones que suscitó la estrategia editorial de las antologías.
Los compiladores de la selección son Jimena y Matías Néspolo, y la edita Adriana Hidalgo en 2009. Se distingue entre las demás fundamen- talmente por presentarse como “literatura argentina” en lugar de “narra- tiva”, aludiendo a las discusiones referentes a la especificidad literaria revisada en los discursos “posmodernos”.10
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10El Manifiesto declara: “Somos anticuados. Anacrónicos. La posmodernidad nos desu- bica” (10).
Cada una de ellas con sus especificidades, constituyen un movimiento editorial signado por criterios de intervención cultural pues se ocuparon de la publicación de poesía, de escritores no consagrados, de textos académicos, de clásicos, de obras enviadas a saldo, es decir, justamente aquello que quedaba fuera de los catálogos de las grandes editoras elabo- rados a partir de la medición de su rentabilidad.
El estudio de Botto establece el vínculo entre los extremos de la “pola- rización” pues si por un lado la “aversión al riesgo” (219) caracteriza la política editorial gestionada desde el extranjero, por otro, su dinámica “omnívora” respecto de la industria cultural la conduce prontamente hacia sus propios márgenes. Desde esta perspectiva, es posible para la autora seguir la evolución de la política editorial y comprender cómo la tensión se modifica en los años siguientes. Atribuye los cambios a la redistribución del mercado operada en la medida que los grupos inversionistas comien- zan a captar nombres previamente probados en sellos independientes. Como dice Sonia Budassi (2008), “muchas pequeñas editoriales funciona- ron casi como laboratorio de experimentación de las más grandes”.
Sintetizando lo planteado hasta aquí, las observaciones de los años 90 muestran un panorama aciago cuando se cuentan en simultáneo a la expe- riencia de la transformación política y plantean hipótesis sobre un posible futuro de la literatura latinoamericana. No así trabajos más recientes que observan el proceso pasado el tiempo necesario para evaluar sus solucio- nes y dispersiones. Aunque menos visibles, fueron paralelas al proceso de transnacionalización otras búsquedas que flexibilizaron las “profecía(s)” (Giardinelli en Ruiz, 2005: 44) consonantes en el fin de siglo. Los reco- rridos por las trayectorias editoriales descubren “las tretas”9con las que se
agrietó el compacto de la mirada preocupada ante la potencia del mundo global. En ese ámbito de fusiones editoriales y publicaciones colectivas, las antologías aptas para la mezcla, salvaguardan de los criterios unifica- dores. En cruce de procedencias, ya sea de los intereses editoriales o de los compiladores y seleccionados, las ediciones grupales atraviesan los años de la “alfaguarización” demandando “una habitación propia”.
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9Así como la observación de las “modulaciones” es una operación de lectura que se impone ante el fenómeno de las antologías, la idea de Michel de Certeau (1997) en cuanto a las pequeñas resistencias plasmadas en “tretas” tiene una resonancia lúdica pero no poco productiva para identificar las fugas posibles de la supuesta homogeneidad en la malla de lo cotidiano.
publicaciones recientes,33presenta algunos recursos narrativos a través de
los cuales las nuevas escrituras “registran” el presente “etnográficamen- te” (473): el abandono de la trama, el registro plano, el narrador sumer- gido y la presencia de los recursos estilísticos que remiten a las nuevas tecnologías comunicacionales.
La categoría de Ludmer, se construye inicialmente a partir de un cor- pus compuesto por obras publicadas entre 2005 y 2007 -excepto por la mención de La villa de César Aira de 2001- y de la consideración de “escrituras que no admiten lecturas literarias” pues “aplican a ‘la litera- tura’ una drástica operación de vaciamiento”. Este estado de la cuestión conduce a una primera constatación: “la pérdida de la autonomía” (2010, 153). Una de las consecuencias fundamentales respecto del campo litera- rio, como lo define Pierre Bourdieu -categoría frente a la cual Ludmer define la suya- es que, según la autora, se difuminan las fronteras que marcan la especificidad literaria. La síntesis de esta redefinición, en cuan- to a su plasmación estética, es la idea de que “la realidad [si se la piensa desde los medios, que la constituirían constantemente] es ficción y que la ficción es la realidad”, y en lo que se refiere a la noción de “campo”, Lud- mer afirma que “se borran las identidades literarias, que también eran identidades políticas” (154).
Las estrategias literarias puestas en marcha son la inclusión de los modos de narrar provenientes de formatos como el blog, el e-mail, entre otros, así como condensaciones que surgen del tratamiento de ciertos temas en los medios de comunicación. Claro que al pensar en estrategias literarias, de cierto modo traiciona la propuesta de una postautonomía como operación de vaciado de las categorías tradicionales, pero, como admite Ludmer, las nociones de libro, autor, género, novela, siguen en
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33La idea de una narrativa reciente es confusa en este artículo, considerando que las obras mencionadas implican un recorte temporal entre 1983 hasta 2005. Quizás con la intención de reforzar la advertencia ante aplicaciones de las categorías en virtud de una periodiza- ción, Sarlo comenta el funcionamiento de lo interpretativo tanto como lo etnográfico en
Los pichiciegos de Rodolfo Fogwill y luego las anticipaciones etnográficas que ofrecen
las novelas de Aira La villa y Las noches de Flores. El corpus que coincide con el perio- do que Ludmer establece, aquí estaría representado por Nadie alzaba la voz (1994) de Paula Varsabsky, Cosa de Negros (2003) y Las aventuras del Sr. Maíz (2005) de Was- hington Cucurto, La ansiedad (2004) de Daniel Link, ¿Vos me querés a mí? (2005) de Romina Paula, entre otros.
re-transformado en plus-trabajo. Queda claro que esta negación del ocio terminaría siendo un buen negocio para quienes lo administraban.
El indio boróro de la crónica también es un lector voraz, que no dis- crimina entre los productos de la alta cultura y aquellos de la cultura popu- lar o de la industria cultural; incorpora trechos de Parsifal junto a una
maxixe,1Vem cá, mulata!, que en ese entonces fue el escándalo del carna-
val y un éxito en París; estudia lenguas, lee a los psicólogos prestigiosos como Ribot, diarios, revistas satíricas y de las destinadas al público feme- nino. Su discurso está plagado de fórmulas retóricas parnasianas y de una erudición del mundo clásico con la que encausa la historia del aborigen brasileño en la cosmogonía helénica. Esta no distinción entre cultura de elite y cultura popular puede ser interpretada en el contexto de la crónica, además de como una de las representaciones del consumo moderno pro- pio de la Vida Vertiginosa que cronica João do Rio, como una representa- ción de la ignorancia y la inadaptación de los que viven alejados del par- naso de la capital. De modo contrario, Mario de Andrade, en Macunaíma, responde a aquello que impulsaba el Manifiesto de Poesía Pau-Brasil, “A lingua sem arcaísmos, sem erudição. Natural e neológica. A contribuição milhonaria de todos os erros. Como falamos. Como somos” (O. Andrade, 2000: 136), por medio de una purga por exceso de la retórica pre-moder- nista: la Carta pras Icamiabas parodia la retórica parnasiana a través del modo en que Macunaíma se dirige a sus mujeres, las Icamiabas, no bien llega a São Paulo, diciéndoles que allí no las conocen como
(…) “icamiabas”, voz espúria, sinão que pelo apelativo de Amazonas; e de vós, se afirma, cavalgardes ginetes belígeros e virtudes de Hélade clá- sica; e assim sois chamadas. Muito nos pesou a nós, Imperator vosso, tais dislates de erudição porém heis de convir conosco que, assim, ficais mais heróicas e mais conspícuas, tocadas por essa plátina respeitável da tra- dição e da pureza antiga (…). (M. Andrade, 1988 [1928]: 72)
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1Según el diccionario Aurelio 5.0: “Maxixe: Dança urbana, geralmente instrumental, de par unido, originária da cidade do Rio de Janeiro, onde apareceu entre 1870 e 1880, como resultado da fusão da habanera e da polca com uma adaptação do ritmo sincopado africa- no. Era em compasso binário simples, andamento rápido, e caracterizavam-na requebros de quadris, voltas, quedas e movimentos de rosca (parafusos), acompanhados de passos convencionados ou improvisados pelos dançarinos. Foi substituída pelo samba, na segun- da década do séc. XX”.
uso en estado residual. De este modo, parece ineludible el trabajo en una zona fronteriza, en la que al mismo tiempo que se anuncia el “vacia- miento”, se exhiben sus operaciones.
Llama la atención que dos trabajos que abordan series de textos con el propósito de encontrar líneas estéticas recurrentes en la narrativa argenti- na “reciente”, dos artículos que indagan en “lo nuevo” de los modos de representación literaria, omitan la mención de publicaciones dedicadas a reunir narradores -si bien, Ludmer incluye la antología de Terranova en la última versión del texto- quienes, por ser jóvenes, podrían estar bajo sospecha de repetir y así exhibir fórmulas probadas, o bien, de descono- cer, intencionalmente o no, los rasgos que en determinada época confi- guran el “valor literario”. Más llamativo aún es que, aunque ambas pien- san en la reconfiguración de las nociones relativas a las “luchas por el poder literario” (Ludmer, 2010: 154) o de la “cultura de mercado” (Sarlo, 481), aun cuando los dos trabajos divisan estrategias narrativas específi- cas de nuevos modos de elaborar la relación entre literatura, política e historia, la aparición de la saga de antologías de cuentos escritos por nue- vos narradores no sean atendidas.