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Antonio Montero Alcaide

In document CARMONA Y SU VIRGEN DE GRACIA (página 39-41)

Mar aledana~

TODOS LOS CAMINOS EL CAMINO

En Todos los fuegos el fuego, Julio Cortázar resolvió dos tramas cruzadas y paralelas, aunque distantes casi veinte si- glos, con sendos incendios, tan destructivos como purificadores, que ponen fin a la incomunicación y la soledad de personajes incapacitados para amar. Y “Todos los caminos el camino” es una forma de dar título a esta espléndida fotografía de Javier Parra en la que, justo para atenuar la incomunicación y reducir la distancia, cinco épocas del tiempo se resuelven en una red de carreteras y enclaves sobre los acantilados que separan Aguadulce de Almería. El “camino romano” zigzaguea por la ladera como centenaria rúbrica del tiempo, y la torre vigía, en el otro flanco, da cuenta añosa de la vigilancia de los piratas. Mientras que las carreteras se superponen: la antigua de Málaga, del XIX, con su puente y un trazado tortuoso que roza la costa; esa misma carretera, ya más alta, saliendo del túnel, un siglo después; y la actual autovía sin solución de continuidad por las quiebras del terreno. Y si el incendio, pro- ducto del fuego, es una buena razón para matar en cualquier tiempo a un personaje, la carretera es un acomodo del camino en el itinerario del tiempo de la civilización.

EN EL FONDO DEL MAR

En el fondo del mar pueden acabar muchas histo- rias de tierra adentro para las que no cabe, ni casi se quiere, el rescate. Porque el fondo del mar, donde están las llaves, matarile, del castillo de la infancia, es una metáfora bien a propósito para sepultar lo que no quiere encontrarse. Poco más o menos, si bien con matices, lo que se desea olvidar para siem- pre; ya que una cosa es dejar las cuestiones escondi- das y otra bien distinta olvidadas. Claro que quien irá a buscar las llaves del castillo, matarile, rile, rile, ya no es Carmencita, la de oficio peluquera; ni lo que se buscan son llaves, aunque se encuentren; ni en el fondo del mar, sino en la playa donde el re- manso de las olas deja un ribete de espuma. No cuenta tampoco la fantasía, afincada en esa canción infantil como recurso para acercarse al fondo del mar, sino la más aparatosa utilidad de un detector de metales que busca los

(Fotografía: Javier Parra Viúdez. Texto y fotografía publicados en Diario de Almería, 8 de abril de 2012)

(Fotografía: Javier Parra Viúdez. Texto y fotografía publicados en Diario de Almería, 3 de junio de 2012)

tesoros perdidos en los ociosos ratos playeros. Por eso, del “busco oro” al “compro oro” hay casi la misma distancia que la del descuido de extraviar a la necesidad de vender. Y así como en la canción algunos oficios tenían multa, este de encontrar lo despistado también se pierde en el fondo del mar. Matarile, rile, ron.

CANTO AZUL DE LAS SIRENAS

Faltan las sirenas, o tal vez no. Tampoco está Ulises, o quizá sí, porque de la misma forma señalan las presencias y las ausencias. Es el Mediterráneo, afincado en el Cabo de Gata y abierto a los mitos y las epopeyas cuando el tiempo no es que fuera antiguo sino que se estaba haciendo tiempo en las legendarias empresas de los héroes. Por eso no faltan las sirenas, sino que están en la recreación que la fotografía provoca en otro, contemplar esta imagen –ver– puede hacernos oír el canto de las sirenas y hasta oler la transpiración del Mediterráneo en el ejercicio de las mareas. Ulises taponó con cera los oídos

de su tripulación para que no se dejara embaucar por el cautivador canto de las sirenas, si bien él se amarró al mástil a fin de oírlas sin arrojarse desquiciado a las aguas. Y aunque a estos mortales no nos quepa la ambrosía de los mitos, ni la perdición de una isla de sirenas fabu- losas, siempre quedará el concurso de la evocación cuando, asomados al Cabo de Gata, no resulte difícil de apreciar esa otra sinestesia del predispone con solo leer los versos de Homero en las transpa- rencias del agua. Y si la sinestesia es una sensación por la que un sentido se des- pierta a partir de la impresión que canto azul de las sirenas.

LA RAZÓN DEL BÚNKER

Dar resguardo frente al enemigo es la razón del búnker, pero cuando las cosas dejan de tener uso, que no razón, sue- len adquirir el valor de los símbolos y, más que lo representan en su realidad perdida, interesan por lo que evocan o sugieren. Así, del mismo modo que poner puertas al campo es una de esas empresas desmedidas con las que pre- tende hacerse fácil lo imposible –po- ner límites a lo inabarcable–, levantar búnkeres en la costa, aunque se haga en enclaves estratégicos, tampoco que- da lejos de una confundida pretensión de seguridad por la que se entiende fac- tible conjurar todo tipo de peligros. Y ya que el Diccionario académico anuncia términos para su próxima edición, este de bunkerizar resulta oportuno cuando se nos viene a la voluntad, de manera descolocada, un empeño de pertrecharnos ante los malsanos ene- migos del miedo, de la inseguridad o de la desconfianza. Todavía mucho más aniquiladores cuando no es que los veamos venir en la línea de fuego, sino que salen de nuestras propias trincheras, del desconcierto de nuestro estado, en el bombardeo de la sinrazón. Sabido es, entonces, que el sueño de la razón produce monstruos y tal vez la razón del búnker sea la de confinarlos.

(Fotografía: Javier Parra Viúdez. Texto y fotografía publicados en Diario de Almería, 24 de junio de 2012)

(Fotografía: Javier Parra Viúdez. Texto y fotografía publicados en Diario de Almería, 6 de mayo de 2012)

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