No hace muchos años empecé a tocar el violoncelo. La mayoría de la gente diría que lo que estoy haciendo es “aprender a tocar” el violoncelo. Pero estas palabras traen a nuestras mentes la extraña idea de que existen dos procesos distintos: (1) aprender a tocar el violoncelo; y (2) tocar el violoncelo. Suponen que haré lo primero hasta completarlo y en ese punto dejaré el primer proceso para empezar el segundo. En suma, seguiré “aprendiendo a tocar” hasta que haya “aprendido a tocar” y después empezaré a tocar. Por supuesto, esto es absurdo. No hay dos procesos sino uno. Aprendemos a hacer algo haciéndolo. No hay otra manera.
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La mano
Un editorial de un día de Acción de Gracias en el diario contaba la historia de una maestra de escuela que le había pedido a sus alumnos de primer grado que dibujaran algo por lo cual estuvieran agradecidos. Pensó que esos chicos de vecindarios pobres en realidad no tenían demasiadas cosas que agradecer. Sabía que la mayoría de ellos dibujarían pollos al horno o mesas con comida. La maestra se quedó helada con el dibujo que le entregó Douglas... una simple mano dibujada en forma infantil.
Pero, ¿la mano de quién? La clase quedó cautivada por la imagen abstracta. “Creo que debe ser la mano de Dios que nos trae comida”, dijo un chico. “Un granjero –dijo otro- porque cría pollos”. Por último, mientras los demás estaban trabajando, la maestra se inclinó sobre el banco de Douglas y le preguntó de quién era esa mano. “Es su mano, señorita”, farfulló.
Se acordó entonces de que muchas veces, a la hora del recreo, había llevado a Douglas, un niño delgaducho y desamparado, de la mano. Muchas veces lo hacía con los niños. Pero para Douglas significaba tanto. Tal vez había expresado el agradecimiento de todos, no por las cosas materiales que recibimos sino por la posibilidad, por pequeña que sea, de dar a los demás.
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El niño
Había una vez un niño que iba al colegio. Era un niño muy pequeño.
Y la escuela era muy grande. Pero cuando el niño
vio que podía entrar en su aula
directamente desde la puerta principal se sintió feliz,
y la escuela ya no le pareció tan grande. Una mañana,
cuando el niño llevaba ya un tiempo en el colegio, la maestra dijo:
-Hoy vamos a hacer un dibujo. “¡Qué bueno!”, pensó el niño. Le gustaba hacer dibujos. Podía dibujar de todo: leones y tigres,
pollos y vacas, trenes y barcos.
Y sacó su caja de crayones y empezó a dibujar.
Pero la maestra dijo:
-¡Esperen! ¡No empiecen todavía!
y el niño esperó a que los demás estuvieran listos. -Ahora –dijo la maestra-,
vamos a hacer flores.
“¡Qué bueno!” –pensó el niño. Le gustaba hacer flores,
y empezó a hacer flores lindísimas, con sus crayones rojo, anaranjado y azul. Pero la maestra dijo,
-¡Esperen! Yo les mostraré cómo. Y dibujó una flor en el pizarrón. Era roja, con un tallo verde. -Listo –dijo la maestra-. Ahora pueden empezar.
El niño miró la flor de la maestra. Después miró su propia flor,
le gustaba más la suya que la de la maestra. Pero no lo dijo,
simplemente dio vuelta la hoja e hizo una flor como la de la maestra. Era roja, con un tallo verde.
Otro día,
cuando el niño había abierto la puerta de la clase, él solito,
la maestra dijo,
-Hoy vamos a hacer algo con plastilina. -“¡Qué bien!” –pensó el niño.
Le gustaba la plastilina.
Podía hacer de todo con plastilina: víboras y muñecos de nieve, elefantes y ratones,
autos y camiones...
Y empezó a apretar y tironear su bola de plastilina. Pero la maestra dijo,
-¡Esperen! ¡No empiecen todavía!
y esperó hasta que todos estuviesen listos. -Ahora –dijo la maestra-,
vamos a hacer un plato. “¡Qué bueno!” –pensó el niño. Le gustaba hacer platos, y empezó a hacer algunos
de todas las formas y todos los tamaños. Pero la maestra dijo,
-¡Esperen! Yo les mostraré cómo. Y les mostró a todos cómo hacer un plato hondo.
-Listo –dijo la maestra-, ahora pueden empezar.
El niño miró el plato de la maestra. Después miró el suyo.
Le gustaban más sus platos que el de la maestra, pero no lo dijo,
simplemente volvió a formar nuevamente una bola con su plastilina, e hizo un plato como el de la maestra. Era un plato hondo.
y a observar,
y a hacer las cosas como su maestra. Y muy pronto
dejó de hacer cosas solo. Y entonces ocurrió que el niño y su familia se mudaron a otra casa, en otra ciudad,
y el niño
tuvo que ir a otra escuela. Esta escuela era aún más grande que la otra,
y no había una puerta directa hasta su clase.
Tenía que subir unas escaleras muy altas y caminar por un corredor
hasta llegar a su aula. Y el primer día
que asistió a clase, la maestra dijo: -Hoy vamos a hacer un dibujo. “¡Qué bueno!”, pensó el niño. Y esperó que la maestra le dijera qué hacer,
pero la maestra no dijo nada. Sólo caminaba por el aula. Cuando llegó hasta el niño dijo: -¿No quieres hacer un dibujo?
-Sí –dijo el niño. -¿Qué vamos a hacer?
-No lo sé hasta que no lo hagas –dijo la maestra. -¿Cómo lo hago? –preguntó el niño.
-Bueno, como quieras –dijo la maestra. -¿Y de qué color? –preguntó el niño. -Cualquier color –dijo la maestra-, si todos hicieran el mismo dibujo y usaran los mismos colores, ¿cómo sabría quién hizo cada cosa, y cuál es cual?
-No lo sé –dijo el niño. Y empezó a hacer flores color rosa, anaranjado y azul.
Le gustaba su nueva escuela, pese a que no tenía una puerta directa desde afuera.
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