Había una vez unos animales que decidieron hacer algo heroico para responder a los problemas de “un mundo nuevo”. Entonces organizaron una escuela.
Adoptaron un programa de actividades que consistía en correr, trepar, nadar y volar. Para que todo resultara más fácil de manejar, todos los animales cursaban todas las materias.
El pato era excelente nadando, en realidad mucho mejor que su instructor, pero apenas se sacaba aprobado en volar y era muy malo en las carreras. Como era lento para correr, tenía que quedarse después de clase y también dejar de nadar para hacer prácticas de carrera. Eso siguió así hasta que sus patas palmeadas se arruinaron y apenas aprobaba natación. Pero aprobar era aceptable en la escuela, de modo que nadie se preocupaba, excepto el pago.
Corriendo el conejo empezó al frente de la clase, pero tuvo un colapso nervioso debido al intenso trabajo de entrenamiento para natación.
La ardilla era excelente trepando hasta que se frustró en la clase de vuelo donde su maestro la hizo arrancar desde el suelo, en lugar de hacerlo desde la copa del árbol. Así es que tuvo un calambre por exceso de ejercicio y se sacó muy malas notas en trepar y correr.
El águila era problemática y la disciplinaron severamente. Cuando se trataba de trepar a los árboles, les ganaba a todos los compañeros de la clase, pero insistía en usar su propia forma de llegar.
Al final del año, una lechuza anormal, que podía nadar asombrosamente bien, y también corría, trepaba y volaba un poco, tuvo el promedio más alto y pronunció el discurso de despedida.
Las marmotas de las praderas se quedaron fuera de la escuela y se opusieron a la recaudación fiscal porque el gobierno no quería agregar al programa cavar y esconderse. Pusieron a sus hijos a aprender con un tejón y más tarde se unieron las marmotas americanas y las tortugas de tierra para iniciar una buena escuela privada.
¿Tiene alguna moraleja esta fábula?
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Emocionado
Es mi hija y está inmersa en la turbulencia de sus dieciséis años. Después de una reciente enfermedad, se enteró de que su mejor amiga se mudaría pronto. En el colegio no le iba todo lo bien que ella quería, ni lo que esperábamos su madre y yo. Exudaba tristeza debajo de una pila de frazadas, acurrucada en la cama en busca de consuelo. Yo quería llegar a ella y alejar todas las desdichas que habían echado raíz en su joven espíritu. Sin embargo, pese a ser consciente de lo mucho que la quería y deseaba librarla de su infelicidad, sabía que era importante proceder con cautela.
Como terapeuta familiar, tengo una amplia formación en cuanto a las expresiones de intimidad inapropiada entre padres e hijas, sobre todo a partir de pacientes cuyas vidas quedaron destruidas debido al abuso sexual. También soy consciente de la facilidad con que pueden sexualizarse el cariño y la proximidad, especialmente en el caso de hombres para los cuales el campo emocional es un territorio extraño y que confunden cualquier expresión de afecto con una invitación sexual. Cuánto más fácil era contenerla y consolarla cuando tenía dos, tres o siete años. Pero ahora, su cuerpo, nuestra sociedad y mi hombría parecían conspirar contra el consuelo que le podía dar a mi hija. ¿Cómo podía consolarla respetando los límites necesarios entre un padre y una hija adolescente? Decidí darle un masaje en la espalda. Ella aceptó.
Suavemente, mientras me disculpaba por mi ausencia reciente, le masajeé la espalda huesuda y los hombros tensos. Le expliqué que acababa de regresar de las finales internacionales de masajes en la espalda, en las que había salido cuarto. Le aseguré que es difícil ganarle al masaje en la espalda de un padre preocupado, especialmente cuando se trata de un padre masajista de nivel internacional preocupado. Mientras mis manos y mis dedos trataban de aflojar sus músculos tensos y de destrabar las tensiones en su joven vida, le hablé del concurso y de los demás concursantes.
Le hablé del anciano asiático encogido que había salido tercero en el concurso. Después de estudiar acupuntura y acuprensión toda su vida, podía concentrar toda la energía en sus dedos y elevar así el masaje al nivel de un arte. “Apretaba y presionaba con una precisión de prestidigitador”, le expliqué, mostrándole a mi hija lo que había aprendido del anciano. Emitió un gemido, pero no sé si en respuesta a mi comentario o a mi toque. Después le hablé de la mujer que había salido segunda. Era de Turquía y como en su infancia había practicado el arte de la danza del vientre, podía hacer que los músculos se movieran y sacudieran en un movimiento fluido. Con su masaje, sus dedos despertaban en los músculos cansados y en los cuerpos desgastados el impulso de vibrar, estremecerse y bailar. “Dejaba que sus dedos se deslizaran y los músculos seguían al compás” dije, haciendo la demostración.
“Qué extraño” –brotó débilmente de una cara sofocada por una almohada. ¿Era mi monólogo o mi toque?
Luego seguí masajeando la espalda de mi hija y nos quedamos en silencio. Después de un momento, me preguntó: “¿Entonces, quién salió primero?”
-“¡No lo vas a creer! –dije-. ¡Fue un bebé!” Y le expliqué que en el mundo no había nada comparable a los toques suaves y confiados de un bebé explorando un mundo de piel, olores y gustos. Más suaves que todo lo suave. Impredecibles, agradables, inquietos. Manitos que dicen más de lo que cualquier palabra puede llegar a expresar. Sobre la
pertenencia. Sobre la confianza. Sobre el amor inocente. Y entonces la toqué despacito y suavemente como había aprendido del bebé. Recordé intensamente su propia infancia cuando la alzaba, la hamacaba, la veía gatear y crecer en su mundo. Me di cuenta de que, en realidad, ella era el bebé que me había enseñado el toque del bebé.
Después de otro ratito de masajes suaves y silencio, le dije que estaba contento de haber aprendido tanto de los masajistas expertos del mundo. Le expliqué que me había convertido en un masajista aún mejor para una hija de dieciséis años que estaba estirándose para adquirir forma adulta. Hice una silenciosa plegaria para dar gracias porque esa vida hubiera sido puesta en mis manos y por haber sido bendecido por el milagro de tocar una parte de ella.
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