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La necesidad más agradable

Una vez al día, por lo menos, nuestro viejo gato negro se acerca a alguno de nosotros de alguna manera que todos entendemos como un pedido especial. No significa que quiera que lo alimenten o que lo dejen salir, o algo así. Su necesidad es de otra índole.

Si hay un regazo a mano, salta y se instala en él; si no, es muy probable que se quede parado, con mirada añorante, hasta que alguien le ofrece uno. Una vez allí, empieza a vibrar casi antes de que uno le toque el lomo, le acaricie el hocico y le diga una y otra vez qué lindo gatito es. Entonces, su motor se pone en marcha; se retuerce para ponerse cómodo, “agranda las manos”. Cada tanto, uno de sus ronroneos se descontrola y se convierte en un ronquido. Lo mira a uno con los ojos abiertos de adoración y hace ese parpadeo lento y largo de confianza absoluta que tienen los gatos.

Después de un rato, poco a poco, se serena. Si siente que todo está bien, es posible que se acurruque en el regazo para hacer una apacible siesta. Pero también es probable que salte y desaparezca para ocuparse de sus cosas. Sea como fuere, él está bien.

Nuestra hija lo dice de una manera muy simple: “Blackie necesita que lo mimen”.

En casa, no es el único que tiene esa necesidad; yo la comparto, igual que mi mujer. Sabemos que la necesidad no es exclusiva de ningún grupo de edad. No obstante, como además de padre soy docente, lo asocio en especial a los jóvenes, con su necesidad rápida e impulsiva de un abrazo, una palmada calurosa, una mano tendida, una manta arrebujada, no porque pase algo malo, no porque sea necesario hacer algo, sólo porque son así.

Hay muchísimas cosas que me gustaría hacer por todos los niños. Si pudiera hacer sólo una, sería ésta: garantizar a cada niño, en todas partes, por lo menos unos buenos mimos cada día.

Los chicos, como los gatos, necesitan un tiempo de mimos.

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Bopsy

La madre, de veintiséis años, miró a su hijo que moría de leucemia terminal. Pese a que su corazón estaba lleno de tristeza, también tenía un fuerte sentimiento de determinación. Como cualquier ser humano, quería que su hijo creciera y realizara todos sus sueños. Ahora eso ya no era posible. La leucemia se encargaría. Pero de todos modos quería que los sueños de su hijo se cumplieran.

Tomó la mano del pequeño y le preguntó: -Bopsy, ¿alguna vez pensaste qué querías ser cuando fueras grande? ¿Tuviste algún sueño o algún deseo en cuanto a lo que harías con tu vida?

-Mamá, siempre quise ser bombero cuando fuera grande.

La madre sonrió y dijo: -Vamos a ver si podemos hacer realidad tu sueño. Ese mismo día, fue al Departamento de Bomberos en Phoenix, Arizona, donde conoció al bombero Bob, que tenía un corazón inmenso. Le explicó el último deseo de su hijo y le preguntó si era posible que su hijo diera una vuelta a la manzana en un camión de bomberos.

-Mire, podemos hacer algo mejor –dijo Bob-. Si tiene a su hijo listo para las siete, el miércoles a la mañana, lo haremos bombero honorario para todo el día. Puede venir al cuartel, comer con nosotros, acudir a todos los llamados de incendio, ¡el programa completo! Y, si nos da sus medidas, podemos conseguir un uniforme de verdad hecho para él, con un casco de verdad, no de juguete, con el emblema del Departamento de Bomberos de Phoenix, un gabán amarillo como el que usamos nosotros y botas de goma. Todo se fabrica en Phoenix o sea que podemos conseguirlo rápido.

Tres días más tarde, el bombero Bob recogió a Bopsy, le puso su uniforme para incendios y lo escoltó desde su cama de hospital hasta el camión con escalera. Bopsy logró sentarse en la parte trasera del camión y ayudó a conducirlo de vuelta al cuartel. Estaba en el cielo.

Ese día, hubo en Phoenix tres llamadas de auxilio y Bopsy tuvo que salir en las tres. Anduvo en los distintos vehículos para incendios, en la camioneta con los paramédicos y hasta el auto del jefe de bomberos. También lo filmaron para el noticiero local.

Ver su sueño hecho realidad, con todo el amor y la atención que le prodigaron, afectó tan profundamente a Bopsy que vivió tres meses más de lo que los médicos consideraban posible.

Una noche, todos sus signos vitales acusaron una marcada disminución y la enfermera caba, que creía en el concepto hospitalario de que nadie debe morir solo, empezó a llamar a los miembros de la familia. Recordó entonces el día que Bopsy había pasado como bombero, llamó al jefe de bomberos y le preguntó si era posible que enviara un bombero en uniforme al hospital para estar con Bopsy mientras éste hacía su transición. El jefe respondió: “Podemos hacer más que eso. Estaremos ahí en cinco minutos. ¿Podría hacerme un favor? Cuando oiga sonar las sirenas y vea titilar las luces, ¿quiere anunciar por el sistema de altoparlantes que no hay un incendio? Es simplemente que el Departamento de Bomberos va a ver a uno de sus mejores miembros una vez más. ¿Y puede abrir la ventana de su habitación? Gracias”.

Unos cinco minutos más tarde llegó al hospital el camión de bomberos, extendió su escalera hasta la ventana de Bopsy en el tercer piso y dos mujeres bomberos subieron hasta

su cuarto. Con el permiso de la madre, lo abrazaron, lo sostuvieron y le dijeron lo mucho que lo querían.

Con su último aliento, Bopsy miró al jefe de bomberos y dijo: -Jefe, ¿ya soy de veras un bombero?

-Sí, Bopsy –dijo el jefe.

Con esas palabras, Bopsy sonrió y cerró los ojos por última vez.

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