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Aproximaciones sobre su naturaleza y estados

In document #55 - Neuropsicología Del Yo (página 95-97)

STATES OF CONSCIOUSNESS. EXPERIMENTAL IN- SIGTHS INTO MEDITATION, WAKING, SLEEP AND DREAMS. Dirigido por Dean Cvetkovic e Irena Cosic. Springer Verlag, Berlín, 2011.

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MENTE Y CEREBRO 55 / 2012

Chalmers sostiene que la relación entre el proceso físico y la experiencia (feno- ménica) consciente depende del vínculo dual entre lo físico y lo psicológico, y lo psicológico y lo fenoménico. El estado fe- noménico de la mente es la experiencia consciente. Dicho estado se caracteriza por la forma en que se siente. El estado psicológico de la mente es la base explica- tiva de la conducta; se estudia en la ciencia cognitiva. El estado psicológico se carac- teriza por lo que hace. Para cada estado fenoménico podría haber un estado psi- cológico, indisociables.

¿Cómo mantiene el cerebro el sentido del yo? Mientras las experiencias cons- cientes generan nuevas trayectorias neu- rales, por la incesante formación de nue- vos circuitos, se nos escapa la autoima- gen y la comprensión del yo. Sabemos que el yo puede actuar como punto de referencia para ordenar nuestros pen- samientos, emociones y experiencias, y puede crear límites entre aconteci- mientos externos e internos para for- mar experiencias. Si las experiencias en cuestión fueran placenteras cuando se sintieron por vez primera (una can- ción oída en la infancia en la playa) y se vuelven a producir más tarde las mismas emociones (volver a oír la misma can- ción), se dispara la sensación, se extracta la información de la memoria y las expe- riencias tornan a revivirse, de suerte que se inducen estados mentales y emocio- nes y pueden realizarse acciones físicas. Recuerdos irrelevantes, como el del olor del pastel de nuestra infancia, pueden evocarnos el pasado, con nostalgia. Unas experiencias nostálgicas que elevan el ánimo, aumentan la autoestima y me- joran el bienestar general.

Hay muchas teorías de la conciencia: dualismo, conductismo, idealismo, fun- cionalismo, identidad (personal), fenome- nalismo, fenomenología, emergentismo, misticismo, externalismo, fisicalismo, et- cétera. Por botón de muestra, el dualismo entre una mente inmaterial, inacotable en el espacio y el tiempo, y un cuerpo dotado de dimensiones espaciales, reci- bió sanción clásica en la expresión Cogito ergo sum, de René Descartes (1596-1650). Había dos res para el cartesianismo, la extensa (materia que llena un espacio) y

la res cogitans, o mente. George Berkeley (1685-1753) propuso mostrar, en su visión idealista de la conciencia, que solo expe- rimentamos perceptos, pensamientos y sentimientos y que un mundo externo (explicado por la física) es imaginación y percepción. Esta teoría filosófica nun- ca fue desacreditada del todo. William James (1842-1910) llamó funcionalismo a su propia teoría de la mente. De acuer- do con ese sistema, un estado mental no depende de ninguna propiedad interna, sino de la forma en que opera o del papel que desempeña en la mente. La corriente de conciencia constituye un proceso o flujo de pensamientos de los que uno es consciente.

En su acercamiento a la materia, Sig- mund Freud (1856-1939) y Carl Gustav Jung (1875-1961) especularon, a propó- sito de la conciencia, que esta constaba de tres niveles. Para Freud, el nivel cons- ciente es el que permitía percatarse de uno mismo y del entorno; el nivel del subconsciente posibilitaba que la in- formación permaneciera escondida de la conciencia hasta que se manifestara, andando el tiempo o en el desarrollo de la terapia; por fin, el nivel inconscien- te mantenía inaccesible la información para la conciencia, razón por la que de- mandaba años de terapia y una hábil interpretación de los sueños. En efecto, para llegar a los niveles subconsciente e inconsciente, Freud propuso el psicoa- nálisis y el análisis del contenido de los sueños, respectivamente.

Jung desarrolló su propia teoría de la mente y de los estados naturales y alte- rados de conciencia. Se basó en la teoría freudiana del inconsciente e identificó tres categorías de conciencia: concien- cia del sujeto propiamente dicha (vígil), inconsciente personal (semejante a los recuerdos reprimidos de Freud) y el inconsciente colectivo (reacciones hu- manas universales, basadas en formas preexistentes conocidas como arqueti- pos). Jung creía en la existencia de un poderoso vínculo direccional de lo in- consciente a lo consciente. Lo incons- ciente actuaría como organizador de la memoria y alimentaría información de interés para la conciencia dondequiera que se necesitara.

La gama de los conductistas es amplia. De los que negaban que la conciencia tu- viera algo que ver con la psicología hasta los que rechazaban de plano la realidad de la conciencia. Especial fortuna, en cambio, tuvo Adam Zeman, para quien toda teo- ría de la conciencia debía obedecer tres intuiciones fundamentales: la conciencia es un fenómeno potente que merece ser explicado, no desechado; la conciencia se halla entrelazada con nuestro cerebro; la conciencia marca la diferencia del ser humano. Dualismo, teoría de la identidad y funcionalismo chocarían con al menos una de esas tres intuiciones.

Se han multiplicado los esfuerzos por tender puentes entre el aspecto subjetivo, llamado también de primera persona, de la conciencia y el aspecto objetivo, exter- no, de tercera persona. Tal fue la tarea acometida por Francisco J. Varela con su neurofenomenología, cuyo fin principal consiste en generar y refinar datos de pri- mera persona por medio de una explo- ración fenomenológica para interpretar y cuantificar los procesos fisiológicos y conductuales que son pertinentes para la conciencia. En breve, relacionar relatos de experiencia de primera persona con re- latos neurocientíficos de tercera persona. En la búsqueda de una aproximación a la conciencia destaca también Karl H. Pribram y sus tres modos de experiencia consciente: estados, contenidos y proce- sos. Los estados conscientes están influen- ciados por los substratos biofísicos y bio- químicos de alerta, sueño y ensoñación. Los contenidos conscientes nos remiten a la percepción. Los procesos conscientes unen estado con contenido percibido y contenido con estado.

Desde una óptica clínica, goza de notable predicamento la relación entre los compo- nentes principales de la conciencia que ha sido objeto de estudio de Steven Laureys y su grupo de la Universidad de Lieja. Los dos componentes en cuestión son el contenido de conciencia y el nivel de conciencia. Con- tenido es el percatarse del yo y del entorno (awareness); nivel es la alerta o vigilancia (arousal). El contenido de conciencia, o la percepción consciente, consta de cognición, intenciones, experiencias almacenadas en la memoria y el presente.

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amachandran, puntal de esta revis- ta desde muy pronto, lleva más de un cuarto de siglo dedicado al campo emergente de la neurociencia cognitiva. Ahora se propone compendiar lo que nos singulariza y había ido exponiendo en Phantoms in the Brain, A Brief Tour of Human Consciousness y otros escritos. Buscar qué nos hace únicos supone de- senredar las misteriosas conexiones entre cerebro, mente y cuerpo. Y puesto que en neurociencia las cuestiones solo alcanzan sentido si las enmarcamos en el curso de la evolución, interesa saber cómo se pro- dujo el tránsito del cerebro de un primate al cerebro de otro congénere dotado de facultades mentales.

A partir de los efectos se intenta llegar a las causas. Se estudian pacientes con le- siones o patologías congénitas cerebrales que repercuten de forma anómala sobre su mente o su conducta. Los trastornos neuronales adquieren formas variopintas, desde quienes ven tonos musicales o sabo- rean texturas hasta quienes abandonan el cuerpo para contemplarlo desde el techo. La resolución de un enigma clínico suele ir acompañado de un mayor conocimien- to de la función normal.

Durante buena parte del siglo XX, la psicología privilegió dos teorías sobre la conducta humana, el psicoanálisis y el conductismo; se abandonaron cuando la neurociencia entró en liza. En poco tiempo hemos avanzado de los genes a los circuitos, de estos a la cognición. En el úl- timo decenio, la neurociencia se ha intro- ducido incluso en terrenos que parecían impropios, por distantes: neuroeconomía, neuromarqueting, neuroarquitectura, neuroarqueología, neuroética, neuropo- lítica, neuroestética o neuroteología.

Hasta los ochenta dominó la idea de que el cerebro constaba de numerosos módulos especializados pergeñados desde el nacimiento para acometer de- terminadas tareas. Un decenio después,

esa visión estática cedió el paso a una visión más dinámica. Los módulos cere- brales no realizan su función de manera aislada, sino que existe una constante interacción de ida y vuelta entre ellos. Los cambios operados en un módulo, sea por lesión, aprendizaje, maduración o experiencia, pueden repercutir en la acción de otros módulos con los que se halla conectado. Un módulo puede, inclu- so, tomar las riendas de las funciones de otro. El cableado del cerebro es maleable, no solo en la infancia, sino también lle- gada la edad adulta. Con otras palabras, el cerebro es un sistema biológico extraordi- nariamente plástico, que se encuentra en un estado de equilibrio dinámico con el mundo exterior. Y si tomamos en cuenta las neuronas espejo, podremos inferir que nuestro cerebro se halla en sincronía con otros cerebros.

Nadie cuestiona seriamente nuestro origen primate. Anatómica, neurológica, genética y fisiológicamente somos simios. Muchos de nuestros caracteres mentales únicos, exclusivos del hombre, parecen haber evolucionado a través del desplie- gue novedoso de estructuras cerebrales que en un comienzo se adquirieron en el curso de la evolución por otras razones. Pero somos, además, la especie cuyo desti- no se encuentra en sus propias manos, no en las manos de la química y del instinto. No hubo sobre la Tierra otro salto similar al del origen de la vida.

Un simio puede alcanzar un plátano, pero solo el hombre puede alcanzar las estrellas. Los simios viven, luchan, se re- producen y mueren en la selva: fin de la historia. El hombre escribe, investiga crea y busca. Ensartamos genes y dividimos

átomos, lanzamos cohetes espaciales. Mi- ramos en las entrañas de la gran explosión y en los dígitos del número pi. Y lo más sobresaliente: dirigimos nuestra mirada hacia el interior, ensamblando las piezas del rompecabezas de nuestro cerebro úni- co y maravilloso. Mas ¿cómo puede ser que una masa gelatinosa de tres libras de peso contemple el significado de infinitud e in- cluso se cuestione su propio papel en el cosmos? Nuestro cerebro consta de átomos que se forjaron en el corazón de estrellas distantes años luz de nosotros. Esas par- tículas navegaron durante eones hasta que la gravedad y el azar las juntó aquí, ahora. Esos átomos forman ahora un cerebro que no solo puede admirar las estrellas que le dieron nacimiento, sino que puede tam- bién pensar sobre su capacidad de pensar y admirarse de su propia capacidad de ad- miración. Con la llegada del hombre, se ha dicho, el universo adquirió de inmediato conciencia de sí mismo. Y eso es, en ver- dad, el mayor misterio de todos.

Cuando ponderamos nuestra singula- ridad, parece obvio maravillarse de cuán próximas se hallaron otras especies de

LO HUMANO

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