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Qué dice la neurociencia que es el hombre?

In document #55 - Neuropsicología Del Yo (página 97-99)

THE TELL-TALE BRAIN. A NEUROSCIENTIST’S QUEST FOR WHAT MAKES US HUMAN,

por V. S. Ramachandran. W. W. Norton, Nueva York, 2011.

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MENTE Y CEREBRO 55 / 2012

alcanzar nuestro estado cognitivo. Nume- rosas especies de primates protohumanas han habitado la Tierra, pero solo nuestra especie lo consiguió. ¿Cómo eran los cere- bros de aquellos otros homininos? ¿Pere- cieron porque no dieron con la combina- ción adecuada de adaptaciones neurales? No nos quedan más que sus restos fósiles y útiles líticos dispersos. Contamos con mayores posibilidades de descifrar el mis- terio de los neandertales. Se encontraban a un tiro de piedra de alcanzar la plena hu- manidad. Crearon arte y se adornaron con abalorios, se abastecieron con una dieta variada y enterraban a sus muertos. Pero hace unos 30.000 años desaparecieron de la faz de la Tierra. La tesis oficial dicta que los humanos persistieron porque eran su- periores en lenguaje, herramientas y or- ganización social. También el hombre de Flores pone en aprieto el estatuto de pri- vilegio del Homo sapiens. Pese a su escasa estatura cazaba lagartos-dragones, ratas gigantes y elefantes pigmeos. Manufac- turaba útiles con sus manos mínimas, ad- quirió notables habilidades y se adentraba en mar abierto. Y lo que parece increíble: su cerebro medía un tercio del cerebro humano, menos que el del chimpancé. Ignoramos por qué desapareció.

Es un error muy extendido pensar que los cambios graduales y sutiles pueden producir solo resultados graduales. De procesos elementales y sencillos pueden emerger procesos complejos; de cambios pequeños en un factor de un sistema com- plejo resultan transformaciones radicales y cualitativas en otros factores. En ese mo- mento clave, los cambios graduales dejan de tener efectos graduales para desencade- nar un cambio cualitativo repentino, una transición de fase. La naturaleza está llena de transiciones de fase: el paso del hielo a agua líquida, o el de líquido a gas. Pero las transiciones no están confinadas a la quí- mica. Pueden darse en sistemas sociales, en las burbujas especuladoras, en los desplo- mes económicos, en los atascos de tráfico. Las transiciones de fase pueden también aplicarse a los orígenes del hombre. A lo largo de los millones de años que desem- bocaron en Homo sapiens, la selección na- tural continuó esculpiendo el cerebro de nuestros antepasados de forma gradual; verbigracia, aquí, una expansión mínima

de la corteza; allí, un leve espe samiento de las fibras, más allá conexiones entre estructuras, y así a lo largo de innúmeras generaciones. Con cada nueva generación, esas sutiles mejoras neurales engendraban unos primates más hábiles en la creación de útiles, más inteligentes en las relaciones sociales, más previsores en la conducta de la caza, mejores en el recuerdo del pasado y en el establecimiento de conexiones en el presente.

Pero hace unos 150.000 años se dio un desarrollo explosivo de ciertas estructu- ras y funciones cerebrales básicas cuyas combinaciones fortuitas posibilitaron unas facultades mentales que nos hicie- ron especiales y únicos. Experimentamos una transición de fase mental. Todas las regiones preexistentes seguían en su sitio, pero comenzaron a trabajar de una forma nueva y conjunta que trascendía la mera suma de partes. Esa transición nos trajo el lenguaje, la sensibilidad artística y re- ligiosa, la conciencia. En el intervalo de unos 30.000 años empezamos a construir nuestros propios hogares, indumentaria, adornos y pinturas. Terminamos con la evolución genética, pero nos embarcamos en una evolución que avanzaba mucho más deprisa y actuaba sobre la cultura. ¿Cuáles fueron las mejoras introducidas en las estructuras cerebrales que resul- taron clave para dar cuenta de todo ello? La corteza cerebral se desarrolló tanto que se vio obligada a plegarse en circun- voluciones. Se la reconoce sede del pen- samiento y demás funciones mentales superiores. A grandes rasgos, los lóbulos occipitales se ocupan principalmente del procesamiento visual; se hallan di- vididos en treinta regiones procesadoras distintas, especializada cada una en un aspecto diferente de la visión, tales como el color, el movimiento y la forma. Los lóbulos temporales se hallan especializa- dos en funciones perceptivas superiores, como el reconocimiento de rostros; para vincularlas a emociones apropiadas, re- claman la colaboración de la amígdala, que reside en los nudos frontales de los lóbulos temporales. La parte superior del lóbulo temporal izquierdo aloja el área de Wernicke, cuyo volumen en humanos septuplica el volumen de la misma área en los chimpancés. Se trata de una de las

pocas áreas cerebrales que pueden decla- rarse exclusivas del hombre. Le compete la comprensión del significado y aspectos semánticos del lenguaje.

Los lóbulos parietales han experimenta- do una notable expansión en el curso de la evolución humana, pero ninguna parte de ellos ha crecido tanto como los parietales inferiores. Una extensa porción del lóbulo se desdobló en dos nuevas regiones de pro- cesamiento, el giro angular y el giro supra- marginal. El giro angular izquierdo se halla implicado en funciones importantes y ex- clusivas; así, la aritmética, la abstracción, el descubrimiento de la palabra apropia- da y las metáforas. El giro supramarginal izquierdo, por su parte, es responsable de acciones habilidosas, como enhebrar una aguja o clavar un clavo. Los lóbulos fron- tales realizan diversas funciones propias. Intervienen en la planificación de acciones y el mantenimiento de objetivos en la men- te, en la moralidad, compasión y ambición; en la memoria operativa.

La lesión en la corteza prefrontal cam- bia la personalidad del sujeto; si se daña el lóbulo prefrontal izquierdo, el paciente se aísla del mundo social y muestra su resis- tencia a actuar; si queda afectado el lóbu- lo prefrontal derecho, el paciente parecerá eufórico, aun cuando no lo esté en realidad. Los casos de lesión prefrontal resultan par- ticularmente inquietantes para los fami- liares. El paciente pierde interés en su pro- pio futuro y no muestra arrepentimiento moral de ningún tipo. Lo paradójico es que parece normal en muchos aspectos. Su len- guaje, su memoria e incluso su cociente de inteligencia se mantienen incólumes; pero ha perdido numerosos de los atributos que definen la naturaleza humana: ambición, empatía, previsión, sentido moral y sentido de la dignidad. Por todas esas razones se ha considerado la corteza prefrontal la «sede de la humanidad».

Sin embargo, la investigación reciente ha descubierto una gavilla de regiones cerebrales que han experimentado una elaboración tan radical que, en el terreno funcional o cognitivo, sí pueden conside- rarse novedosas y únicas. Hemos citado tres: el área de Wernicke en el lóbulo tem- poral izquierdo, la corteza prefrontal y el lóbulo parietal inferior.

C A T Á L O G O D E P R O D U C T O S

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