• No se han encontrado resultados

EL ARABE Y SU CARACTER CAPITULO

El carácter es la índole o condición, o modo de ser de una persona o un pueblo.

El carácter no es la costumbre porque la costumbre puede tener algo de herencia, pero el celo, el altruismo, el amor son atributos innatos en el hombre. El amor y el odio son una manifestación del alma, así también son la heroicidad, la generosidad, la indulgencia, como el miedo; la aváricia y la cólera que no necesitan de mucho para ser mani-festados. Estos caracteres pueden ser intrínsecos, pueden es-tar en la sangre, en el sistema nervioso y pueden tener has-ta una relación con las estrellas del cielo. No se puede pesar ni medir estos caracteres y son llamados terrenales o espi-rituales, buenos o malos; bajos o elevados.

Los espiritualistas y los psicólogos han trazado una cien cia llamada la CIENCIA DE LOS CARACTERES, o en me-jor expresión: la ética social.

Esta ética ha corrompido nuestros caracteres sublimes y elevados. Puede ser que esta, afirmación os sorprenda no niego, pero cuando lleguemos a comprender que la urbanidad moderna está basada sobre la hipocresía y la afectación, entonces preferimos la verdad desnuda y amarga y la veracidad hiriente.

Recuerdo que cuando estaba en el desierto el año do 1917, con el Emir Faisal, generalísimo de los árabes, que combatían a los turcos y alemanes, entró en nuestra tienda un beduino, Jefe de una tribu y le dijo de buenas a primeras — Oye Faisal, si no me aumentas la paga no habrá combate esta, noche. El Emir frunció el ceño e iba a hablar; pero yo me adelanté y le dije — Con mucho gusto y si triunfas tendrás gratificación.

Salió contento el beduino y el Emir me miró con disgusto y dijo: —¿Qué significa ésto?

—Esto significa, alteza, que no sois más grande que un Kalifa abuelo vuestro cuando dijo: “Si encontráis algo torcido en mí, os ruego que lo enderecéis, y un beduino contestó: Oye, Omar, si encontráramos algo torcido en tí lo enderezaríamos con la punta de nuestras espadas”.

El Emir calló y por la noche fué ganada la batalla.

Así fueron los árabes al principio del Islam, así son los árabes del desierto, y cuán distintos somos de ellos hoy, los que vivimos en las ciudades, que estudiamos Urbanidad, que pasamos nuestra vida en buscar palabras escogidas para agradar y hacernos simpáticos. Nadie se atreve a pedir directamente su derecho ni hay quien lo dé sin ser agasajado y en muchos casos sobornado.

Los caracteres son fuerzas latentes en el alma, pero desgraciadamente son influenciados por los sucesos y las cosas. Varias veces en mi vida he sido castigado por decir la verdad y he estado obligado a callar lo que siento, para evitar un mal innecesario; y cuando un hombre o una nación no manifiesta lo que siente, puede obtener un provecho por su filosofía práctica, pero a costa de su prójimo, olvidando que el mal que ha hecho a los demás redunda por carambola en el hechor.

Los caracteres son experiencias arraigadas en el alma que se manifiestan distintamente, y su primer objeto es contentarse a sí mismo; pero también dije que los caracteres pueden ser influenciados por la tiranía de las leyes, de la religión y de las costumbres.

Era yo un alumno de un colegio católico. El sacerdote nos explicaba el catecismo y recuerdo que nos dijo: toda desgracia o dolor que nos viene de Dios es para probarnos. Para mi mala suerte le pregunté: ¿Acaso Dios no sabe de antemano la resistencia de nuestro temperamento, para probarnos con el dolor? ¿Cómo puede ser Infinitamente Bueno si nos castiga?

La contestación a mi pregunta, fué úna paliza inquisitorial que me obligó a tragar mi filosofía por más de diez años.

Las naciones se elevan, como los hombres, por el carácter y no por la ciencia o por la riqueza. Surgieron los roma1 nos, un pueblo tosco pero de carácter sobrio y en corto tiempo constituyeron el poderoso imperio en las cercanías del Mediterráneo, conquistando inclusive a Grecia, el pueblo de mayores conocimientos científicos y filosóficos de aquella época. Los romanos dominaron por su carácter guerrero y conquistador que poseían y que manifestaban a. través de su intrepidez por la perseverancia y por la unión.

Los árabes sedentarios y nómadas al comienzo del Islam, no tenían otra fortuna que su carácter basado en su valor espiritual, sobre .el amor a la independencia del pensamiento, sobre la generosidad y la sobriedad en la vida; dominaron a. los romanos, que ya eran dueños del saber y de la fortuna, pero faltos del carácter necesario para la defensa propia, acarreados por la lujuria y la comodidad.

Actualmente Inglaterra domina muchas naciones que le superan en número de habitantes, en ciencias y en riquezas, pero con todo fueron dominadas por el elevado carácter inglés. Y así cada nación tiene un carácter y cada hombre tiene el suyo, porque el hombre no nació príncipe ni sacer- dote, ni budista, ni mahometano, ni cristiano, solamente son las leyes las que esclavizan y las religiones las que dividen; mientras que la única autoridad pertenece a la sana razón y la supremacía es el fruto de las buenas obras.

Nadie puede superar en la vida sin la razón, sin espíritu, sin la cultura y sobre todo sin el carácter basado1 sobre la veracidad y la perseverancia.

Hablemos sobre estas dos cualidades en relación con el árabe.

El árabe es veraz, no miente. Puede ser que él sea veraz, no por amor a esta cualidad sino porque el espíritu suyo-es intrépido y valiente, y sabemos que forzosamente el mentiroso es cobarde y miedolento.

Nos cuenta 1a. tradición que un día llegó un hombre ante el profeta Mahoma; profesó el Islam y luego dijo: “Oh profeta de Dios. El hombre es castigado por sus crímenes declarados y públicos; pero yo tengo cuatro ocultos que son: la fornicación, el robo, la embriaguez y la mentira. ¿Cuál de ellos debo dejar secretamente?

—¿Eres cobarde?' — preguntó Mahoma. —No Séñor.

—Entonces tienes que dejar de mentir.

Se fué el hombre. Cuando quiso fornicar pensó: “mañana si me pregunta el profeta debo decir la verdad o mentir: si digo la verdad me reprocha; pero tampoco puedo mentir porque no soy cobarde”. Y de esta manera no fornicó, ni robó, ni se embriagó.

Al siguiente día volvió al profeta y le dijo: —Señor ya abandoné todos mis vicios.

De esto se deduce que “quien aprende a ser veraz aprende todas las virtudes porque la veracidad le enseña”.

Los frutos de la. veracidad son el valor moral; la lealtad, la gratitud, el sentimiento del deber, la confianza en sí mismo, el obrar rectamente, que voy a enumerarles detalladamente; pero después de hacer la explicación de que estoy hablando del árabe de espíritu puro y no de

los mostárabes-que han perdido hasta la confianza en sí mismo, y no ven más que a través de un cristal hecho en el extranjero, puesto que esta clase de gente, desde muchos siglos, se ha transformado en rezagados de la raza, y se cree inepta para todas las cosas.

l.o - El valor moral: El árabe puro, por instinto, tiene el valor moral, es decir: dice las cosas claramente sin tener miedo a nada. El no sabe ni puede disimular sus sentimientos; su pecho parece de cristal detrás del cual se puede leer lo que dice en el corazón. El árabe nunca lia leído “El Libro; del Príncipe”, de Maquiavelo; y si lo lia leído, nunca puso-en práctica su doctrina. Por eso no engaña ni traiciona, Hasta hoy suena en mis oídos la palabra “imnah”, que significa “defiéndete”, palabra mediante la cual, el beduino del desierto, llama la atención al enemigo, antes de atacarle.

2.0 - La lealtad y el cumplimiento de la promesa: El Emir Faisal prometió firmar un tratado que era perjudicial para él, pero lo firmó y aquella firma causó su caída del trono de Siria. Y así se repitió la historia de ASSA-MAUHAL, cuando por su lealtad, al cumplir la promesa Con Imru el Kais, no quiso entregar las armas de su amigo; se defendió en su fortaleza llamada “EL ABLAK”, pero el enemigo había secuestrado al hijo menor del sitiado y le amenazó con degollarlo si no entregaba el armamento. El valeroso padre tubo que contemplar, desde las murallas de mi fortaleza, la ejecución de su hijo; pero no traicionó a mi amigo, ni se rindió. Por eso en árabe se dice: Leal como-ASSAMAUHAL”.

3.0 - El sentimiento del deber: Se cuenta que un beduino quiso poseer una yegua árabe, de pura sangre. Ofreció una cantidad apreciable, pero e1 dueño no la cedió, entonces acudió a la astucia. Supo un día que el dueño de la yegua estaba de viaje, se le adelantó, y se echó en medio-camino y empezó a gritar: ¡Ay mi vientre, me muero! Llegó a él el viajero y se dedicó a atender al dolorido que manifestaba tener un fuerte cólico, y por compasión le cargór le hizo montar en la yegua para llevarle a un lugar hábi-tado: pero a los pocos minutos el supuesto enfermo se agarró de la brida y lanzó a la yegua a todo correr. El dueño se-dió cuenta del engaño y le gritó:

—Oye, beduino, ya te apoderaste de la yegua y es tuya pero escúchame un momento: Si te preguntan cómo llegó a tu poder di: maté a su dueño, porque de otra, manera, moriría el sentimiento del deber en el corazón de los hombres.

Al oír esto el beduino desmontó de la yegua y la devolvió diciendo:

—Nunca jamás seré yo quien mate el sentimiento del deber en el corazón de los hombres.

La estrechez del espacio me obliga a callar las demás cualidades como, por ejemplo, la confianza en sí mismo y el obrar rectamente, las que como las anteriores hacen del árabe el verdadero tipo del demócrata; pero su democracia es más cercana a la intuición; porque no conoce ni la opresión, ni la tiranía, que es mucho más aproximada al verdade- ro bien. La democracia está hasta en la médula y en la san-gre del árabe, es una democracia innata, intuitiva y espiritual a la vez.

Una noche como de costumbre, salió Omar Ibn el Jatab a observar el estado general y la marcha del gobierno y al mismo tiempo, cerciorarse de las necesidades de sus súbditos. Le acompañaba su ministro.

En los suburbios de la ciudad hallaron un chiribitil con luz, se acercaron y oyeron a una madre que decía a sus pequeñuelos:

—Paciencia, hijitos, ya voy a servir la comida.

Los niños seguían llorando y la madre reiteraba sus promesas por largo rato. Al fin entró Omar y dijo:

—Porque no tengo nada que darles, les estoy engañando con la olla puesta en la candela, sólo con agua, hasta que el sueño se apodere de ellos y se duerman.

Omar tembló, se acercó a la olla, destapó, y vió que efectivamente en élla no había más que agua y unos pocos -guijarros al fondo.

Se dirigió a la mujer y le dijo:

—No dejes dormir a tus hijos hasta que yo vuelva.

Dijo ésto y salió rápidamente de la humilde cabaña. Llegó a la casa de Aprovisionamiento, cargó sobre el hom-bro izquierdo un saco de harina y con la mano derecha to-mó un recipiente con mantequilla.

El ministro perplejo le dijo:

—Señor, dadme el saco para llevarlo yo.

No, hijo — murmuró Omar sollozando — tu no podrás cargar con mi culpa el día del juicio, y este saco pesa hoy, mucho menos de lo que pudiera pesar en aquella horar la culpa de mi descuido y negligencia.

Regresó a la cabaña, corriendo, llegó sudando y comenzó a preparar la comida para los desdichados niños.

Dice la historia que mientras soplaba la candela, su barba barría las cenizas y al día siguiente aseguró la vida de aquella mujer viuda y la de sus hijos.

Este fué el verdadero árabe y su carácter y muchos hay que lo conservan.

En Java isla de la Malasia en el Archipiélago de la Senda hay unos árboles, a cuya sombra no pueden vivir ni plantas ni animales. Un árbol en cuyo tronco y ramas existe-un veneno que emponzoña el suelo a gran distancia por lo cual se ve rodeado de la aridez. Así es actualmente el árbol de egoísmo crece en los corazones: su tronco es el miedo sus ramas son la ignorancia, sus frutos, aunque grandes y bellos, como las manzanas de Sodoma y Gomorra, tienen un corazón de azufre, y ceniza Ojalá que los árabes traten de no sembrar este árbol en sus corazones y los que lo han sembrado, que lo desarraiguen para conservar aquel carác-ter, símbolo de la justicia, de la generosidad y de la verda-dera democracia.

CAPITULO II

Documento similar