CAPITULO VII LA POESIA ARABE
EL FADL IBEN YAHYA Y EL BEDUINO Cuenta el Asmahí:
Un día, salió Fadl el Barmaki de cacería. Llegado el medio día, mientras sus acompañantes levantaban las carpa» para protegerse del fuerte calor del sol, el Fadl vió venir, a lo lejos a un beduino montando una camella.
El Fadl dijo a sus amigos:
—Este beduino viene a mi. Que nadie le hable más que yo.
Al llegar el viajero, vió las carpas levantadas y oyó la algazara de los presentes. Creyó hallarse frente al Kalifa y desmontándose de su camella, se acercó diciendo:
—“Assalam Alaik”. (La paz sea contigo), oh comen dador de los fieles, y la bendición de Dios sea sobre tí.
—La designación de tu saludo es muy elevada, Rebájala —dijo Fadl. —Assalam Alaik, oh príncipe.
—Ahora ya te acercaste a la verdad... Siéntate. El beduino tomó asiento y el Fadl preguntó: —¿De dónde vienes, hermano?
—De Kadalia, señor.
—¿De Kadaha la cercana o la lejana? —De la más lejana.
—Oye hermano, ¿a qué venir desde trescientas milla» de distancia? —Señor: vengo en busca de los padres de la generosidad y del favor. —¿Quiénes son? — preguntó el príncipe.
—Los Barmecidas.
—Pero amigo — habló el Fadl — los Barmecidas son muchos y hay entre ellos ministros y gobernantes. Cada uno tiene su grado y su puesto. ¿Has escogido para lo que necesitas a alguno de ellos?
—Si señor, respondió el beduino —. He escogido al más generoso y al de mayor reputación.
—¿Cuál es?
—El Fadl iben Yahya iben Jaled.
Calló el Fadl por un momento, para decir luego:
—Oye, amigo: El Fadl es un hombre que ocupa un puesto muy elevado. En sus reuniones no entran sino los sabios, los literatos, los poetas, los grandes escritores, los jurisconsultos... ¿Eres tú un sabio?
—No séñor.
—¿Traes alguna carta de recomendación? —Tampoco, señor.
—Eres muy presumido, amigo beduino. ¿De qué manera puedes llegar a él?
—¡Por Dios, Emir! Vengo en su búsqueda porque he oído hablar mucho de su generosidad y de sus favores. Y he compuesto un cuarteto en su elogio.
—Cántamelos, beduino. Si los encuentro buenos, entonces yo te aconsejaré como encontrarle. Si no, yo te gratificaré con algo de mi dinero, y así volverás a tu familia, aunque tus versos no merezcan ninguna recompensa.
—¿Hará usted eso, señor? —Te lo prometo.
—Entonces, diré lo siguiente: La generosidad desde Adán cae, Y gota a gota, Fadl, llenó tu pecho,
Y si el hambre de un hijo acongoja a una. madre, le nutre con tu nombre... y queda satisfecho.
—Magníficos versos son. Pero si el Padl te dice: “Otro poeta se te adelantó y nos elogió con estos versos, por lo que le hemos gratificado. Cántame otros”, ¿qué dirías tú?
—Entonces diré éstos:
A la hora de morir y entregar su alma, Adán te encomendó cuidar sus hijos. Tú los cuidaste los conservaste y sólo así pudo morir tranquilo.
—¡Maravilloso, beduino! Pero si te dice, como para probarte: “Estos versos los has tomado de otro poeta. Cántame otros”, ¿qué dirías tú en tal estado, mientras todos los presentes te miraran?
—En ese caso, diré estos otros: De pesar recompensas se cansaron. Los tesoreros de anotar.
Pues mientras vivas no serán de otro lo noble y lo leal.
Pues mientras vivas, no habrá uno solo que tenga en su tesoro tu generosidad.
—¡Colosal, amigo beduino! Y si te dice: “Estos también son robados. Quiero otros”, qué dirías?
Si dicen Al favor: llama, a tu padre, él gritará: “¡Fadl! ¡Fadl!”, porque en tus manos son oro las arenas, pero que sea. tuyo, no lo deja tu generosidad.
—¡Soberbio! Pero suponte que el Fadl repite que son robados. ¿Qué dirías? —Esto:
No hay hombres diferentes. Todos iguales son unos los que piden y otros son los que dan.
Como yo, pedigüeños, el mundo tiene muchos, pero otro corno tú uo volverá a encontrar.
—¿Y si aún quiere otros? —Cantaré los siguientes:
Tú creaste, oh Fadl. creaste los favores y contigo nació la generosidad.
De Oriente y de 'Occidente, desde el Sur y del Norte, impares o en parejas, te vienen a buscar.
—Todos tus versos me gustan amigo. Pero si el Fadl te pide que cantes otros versos sin mencionar ni su nombre ni su apellido, ¿qué dirías entonces?
El beduino sintió en aquel momento una ráfaga de cólera. Dijo: —Por Dios... Diría algunos versos, cuyo sentido no imaginaría jamás poeta alguno, ni árabe ni extranjero. Pero, si después de estos versos el Fadl quiere probarme más, reuniré las patas de mi camella y la echaré a la cara.... Y volveré a mi familia sin una moneda, y sin importarme nada...
El Fadl inclinó la cabeza pensativo. Dijo después: —Cántame esos versos, hermano.
—Allá van:
Yo encontré en muchas bocas reprochada tu generosidad.
Y les dije: ¿Qué importan los reproches? qué le importan al mar?
El criticar al Fadl por generoso es como criticar a las nubes por dar a luz la lluvia. La generosidad innata, calma como ella misma la sed del animal, de la tierra y la del ser humano y la del vegetal.
Oyendo esto, el Fadl se contuvo un momento. Luego sol* tó una estrepitosa carcajada, diciendo:
—Hermano beduino: yo soy El Fadl iben Yahya.—¡Pide lo que quieres! —¿Eres tú, señor? — balbuceó el beduino temeroso.
—Sé indulgente conmigo! —Menciona tu necesidad, te dije. —Diez mil dracmas.
—¿Cómo? Te estás burlando de nosotros y de tí mismo beduino. Te serán dadas diez mil por diez.
Dijo ésto y ordenó que pagaran la cantidad ofrecida :il poeta.
El Ministro de Fadl, envidioso del beduino, objetó: —Señor: es un despilfarro... ¿Cómo podéis dar tanto dinero a un desgraciado beduino por unos pocos versos que pueden ser robados a los poetas árabes?
—Os suplico, señor — pidió el ministro —. Colocad una flecha en vuestro arco y apuntadla al beduino. Si él se defiende con versos, está bien... y si no, podéis darle una parte, que le será suficiente.
Tomó el Fadl su arco, colocó en él una flecha y dijo al beduino: —Defiéndete con un verso.
Sin inmutarse, el poeta exclamó:
Tu arco es la. magnificencia, su cuerda es la compasión, la caridad es la flecha. ¡Dispara a mi corazón para matar mi pobreza!
Satisfecho, el Fa.dl dijo a su ministro:
—Tú tienes que darle otros cien mil dracmas por sus versos y su penoso viaje. Y cien mil más, de tu propio bolsillo, para evitarme las patas de su camella.
Cuando el beduino recibió el dinero, rompió a llorar.
—¿Por qué lloras? — preguntó el Fadl sorprendido. ¿Es poco lo que te hemos dado? —No señor. Lloro pensando en que algún día tus manos volverán a la tierra.
La desgracia no es perder nuestro dinero La desgracia no es la muerte de un caballo o de un camello.
La desgracia es que un benefactor como vos muera, causando así la muerte de los seres que viven en la tierra.
Meditó un momento el Fadl. Y luego cauto su famosa» composición que comienza con estos versos:
Más me sirve una mano paralítica que tenerla repleta... y sin dar. ¿Cuándo hizo eterno a alguien la avaricia?
¿Cuándo cortó existencias la generosidad?
La liberalidad no acorta vidas Ni la avaricia dá inmortalidad.