Capítulo II. Apuntes sobre historia reciente en la Argentina
1.2. Argentina, diciembre de 2001
Pensamos en los sucesos del 2001 como la crónica de un escenario político anunciado, como la gran deuda de la ciencia política, al no prever la inevitable antinomia, la política contra la sociedad. De esta manera, la mayor parte de los intelectuales sociales quedamos estupefactos a partir de los sucesos decembrinos; como bien señala Merklen, con interesante precisión, desde 1983 la desatención a los efectos de la desafiliación y de la fractura social nos dejó desprovisto de herramientas críticas (Merklen, 2005). Encandilada
por la luminosidad de los procesos políticos asociados a la “transición democrática” y a la fundación de un orden político moderno, la ciencia política cerró los ojos frente a los acontecimientos sociales.
En Argentina, entrados los años noventa, la política se desvanecía; las elecciones de octubre del 2001 no fueron más que la certificación de una política nacional que agonizaba y, casi milagrosamente, entre el 19 y 20 de diciembre, resucitó entre las cacerolas y los gritos de la muchedumbre exclamando “¡Que se vayan todos!” (Rinesi y Nardacchione, 2007: 38). De lo dicho, se deduce que existe cierta insuficiencia desde la ciencia política para producir definiciones que nos ayuden a comprender la naturaleza de los fenómenos que acontecían. O bien, como señala Prud’homme, (2003), hay ciertas categorías que nos dejan cierta sensación de desesperación ante el panorama de la Argentina con posterioridad al 2001.
Los sucesos del 19 y 20 de diciembre fueron la expresión de la profunda crisis que venía desgarrando a la sociedad argentina desde, por lo menos, mediados de los años noventa; la Argentina sufría las consecuencias de una recesión económica, combinada con el deterioro de todas las formas de sociabilidad y una fenomenal crisis política. En realidad, lo que tenemos es esa relación vertical y distante entre representantes y representados, no corregida por alguna forma de participación popular, y sin la intervención efectiva de los segundos en los asuntos que los conciernen.
Es la creencia en la justicia o en la ventaja de que nuestros representantes estén lejos de nosotros; se ha roto la confianza en que ellos puedan llevar a cabo nuestras expectativas y, por lo tanto, en que pueden ser buenos representantes. En la Argentina, las mutaciones que se fueron dando en el sistema representativo fueron cíclicas; creció la importancia de los medios de comunicación y las encuestas por sobre el debate de las ideas, ante la decadencia de las antiguas identidades y culturas partidarias.
El escenario nacional hizo frente a la coyuntura de manera diversificada pero, a grandes rasgos, podemos afirmar que, en las últimas décadas, la centralidad de los partidos como agentes de representación se ha ido reduciendo. Diversos grupos de interés han asumido funciones representativas que fueron históricamente monopolio de los partidos, mientras que los partidos han retrocedido en su rol de organizadores de la sociedad civil. Esto se debe a la proliferación de los medios de comunicación, hoy las campañas se han
profesionalizado. Los partidos, por otra parte, se fueron alejando de las bases sociales, restringiendo sus funciones a lo electoral exclusivamente. En consecuencia, menos votantes se hallan asociados a partidos, con lo que aumenta la volatilidad electoral.
A fines de los ochenta, en nuestro país, como en muchos países vecinos, años antes o poco después, el deterioro de las condiciones de vida y el progresivo incremento de la insatisfacción de las necesidades básicas generaron un proceso de des-ciudadanización y, por ende, fue disminuyendo el número de aquellos que jugaban en el sistema político. De esta manera, se pasa de actores económico-políticos, centrados en el nivel histórico-estructural, a actores definidos socioculturalmente, centrados en “mundos de vida” e “instrumentalidades” (Garretón: 2002).
Bauman, en Modernidad líquida, señala: “El individuo es el enemigo número uno del ciudadano. El ciudadano tiende a procurar su bienestar a través del bienestar de su ciudad, mientras el individuo tiende a la pasividad y al escepticismo hacia el bien común” (Bauman, 2000: 41).
Ciertamente, lo que señalamos incidió en la crisis de legitimidad argentina, y ríos de tinta han corrido acerca de los motivos que desencadenaron el 19 y 20 de diciembre, pero existe una constelación de factores que encuentran su desenlace en la revuelta anti-política del 2001. Sin duda, los acontecimientos de diciembre de 2001 son un punto de inflexión en la historia reciente de nuestro país, y nos permiten visualizar, entre otras cosas, procesos de reconstitución del tejido social y nuevas identidades que se fueron generando en los últimos años de la década del noventa.
Se produce una gran complejidad y diferenciación social, que se corresponde con una creciente autonomización de los subsistemas económico, político, social y cultural. De allí que las demandas al sistema político se multipliquen y diversifiquen, generando un dilema difícil de resolver para el sistema político entre representación y eficacia. A esto se refiere el debate contemporáneo acerca de la gobernabilidad, que coincide en ese aspecto con lo planteado por Castel acerca de las desigualdades en cada categoría (Castel y otros, 2001), mientras el sistema político realiza ensayos, en cierta forma, fallidos de nuevas maneras de gestionar lo público.
Una creciente influencia de los medios de comunicación en la determinación de las agendas públicas sustituye muchas veces a las vías de representación típicas. Este
reemplazo no es inocente, puesto que está acompañado de un discurso en el que se incentiva la acción colectiva pero se denuestan las instituciones de la democracia representativa.
Y, más profundamente, establece un vínculo comunicativo fundado mucho más en los sentimientos que en las razones. Esta característica es un rasgo de la nueva forma de hacer política en las últimas décadas, el homo videns sartoriano es el ciudadano de esta nuevo momento. En este sentido, Bauman señala “los más miran a los menos”, la cualidad de este mundo es precisamente ser observado por muchos (Bauman; 2000: 72).
Siguiendo a Borón, podemos afirmar que, más allá de la fragilidad del entramado institucional, lo que comprueban el 19 y 20 de diciembre es que el período de gobiernos neoliberales con todo su bagaje de violencia expresada en niveles crecientes de degradación y exclusión social generó las condiciones objetivas para la movilización de grandes sectores de la sociedad. Una mirada sobria a la historia del período abierto a comienzos de los años ochenta revela que no hay mucho de accidental y casi nada casual en la revuelta decembrina (Borón, 2007: 31).
Por las razones mencionadas, vemos la necesidad, a los fines de esta investigación, y dada la suma importancia que cobra en el análisis, de abordar los conmovedores sucesos del 2001, cuando un conjunto de determinantes construidos o conseguidos durante años anteriores, desembocaron en la explosión del culto a la antipolítica.
Durante las últimas décadas del siglo XX, la crisis del modelo de acumulación sustitutivo basado en la demanda interna significó el equivalente a la crisis del keynesianismo de los países centrales. La crisis de alta inflación comienza en los años setenta, y crece en los años ochenta hasta llegar a la hiperinflación; los ejes del proceso económico dejan de ser el trabajador y su organización, y pasan a ser el mercado y el consumidor. Como señala Rosanvallon, en este sentido, la deuda social fue asumiendo la forma de un deber individual frente a personas particulares.
Siguiendo la cronología, va naciendo una nueva relación entre el Estado y el individuo, que en Argentina se consolida en los años noventa; es esa relación en la que el Estado simboliza la autonomía de lo económico y confía al individuo al dominio absoluto del mercado (Esposito; 2006: 34). El gran problema que se produce por esos años, a partir de las políticas implementadas, “es la desigualdad inscripta en el corazón de cada categoría
social, a través de la precariedad y hace día tras día más difícil hablar de estas categorías como homogéneas” (Castel y otros, 2001: 22). Cada tipo de desigualdad plantea problemas diferentes, pero los problemas de las desigualdades que vivimos en los años noventa son mayores; es que, además de dejar de proteger, el Estado argentino perdió toda capacidad distribuidora, sólo puso en marcha algunos dispositivos de políticas públicas que pretendieron ser universalistas. En otras palabras, en la última década del siglo pasado se plasmó una de las mayores paradojas de la globalización: por un lado, la incorporalidad del poder, y por el otro, la precarización in situ de la sociedad argentina.
De lo dicho anteriormente, podemos deducir cómo llegamos al Estado decembrino. Ríos de tinta se han dedicado a estos sucesos y el abrupto final del gobierno de la Alianza, pero existe una constelación de factores que encuentran su desenlace en la virulencia antipolítica del 19 y 20 de diciembre, como veníamos relatando en las páginas anteriores
Es necesario hacer hincapié en los sucesos acontecidos en el 2001, cuando un conjunto de determinantes construidos o conseguidos durante los años anteriores, desembocaron, como ya se ha dicho, en la explosión del culto a la antipolítica. Sin duda, los acontecimientos del 19 y 20 de diciembre son un punto de inflexión en la historia reciente de nuestro país, y nos permiten visualizar, entre otras cosas, procesos de reconstitución del tejido social y nuevas identidades que se fueron generando en los últimos años de la década del noventa.
Siguiendo a Sebastián Barros, nos encontramos en la Argentina frente a la aprehensión de una demanda insatisfecha, y esta es pasible de ser articulada equivalencialmente (Barros, 2006: 151).
Así se explica cómo un presidente que llega al ejecutivo con el 22% de los votos logra construir la ruptura con relación a las reformas pro-mercado de los años noventa (Aboy Carlés, 2005: 26).
La dislocación y fragmentación de cierto tipo de demandas en los gobiernos anteriores posibilitaron la construcción de una frontera dicotómica. Hay mucho más que una suma de lazos equivalenciales en el proyecto que se gesta después del 2001; lo que surge en la Argentina es la expansión, en cierta medida, de la lógica de la equivalencia en detrimento de la lógica de la diferencia (Laclau, 2005).
decembrino de 2001; aunque mucho se ha escrito sobre el abrupto final del gobierno de la Alianza, queremos destacar especialmente una constelación de factores que desencadenan la virulencia del 19 y 20.
Para Daniel García Delgado, tenemos que observar el 2001 como la ruptura de todos los contratos en el marco de la caída de un modelo económico, político, social y cultural que primó en la Argentina desde, por lo menos, el Proceso militar, y que tuvo su apogeo en la década de los años noventa. Esa ruptura implicó una gran complejidad y diferenciación social, que se corresponde con una creciente autonomización de los subsistemas económico, político, social y cultural. De allí que las demandas al subsistema político se multipliquen y diversifiquen, generando un dilema, difícil de resolver para el sistema político, entre representación y eficacia; a esto se refiere el debate contemporáneo acerca de la gobernabilidad, mientras el sistema político realiza fallidos ensayos de nuevas formas de gestionar lo público (García Delgado, 2003).
Asimismo, García Delgado destaca que la creciente influencia de los medios de comunicación en la determinación de las agendas públicas sustituye muchas veces a las vías de representación típicas. Este reemplazo no es inocente, puesto que está acompañado de un discurso en el que se incentiva la acción colectiva pero se denuestan las instituciones de la democracia representativa y, más profundamente, se establece un vínculo comunicativo fundado mucho más en los sentimientos que en las razones. Esta característica es un rasgo de la nueva forma de hacer política en las últimas décadas, el homo videns sartoriano es el ciudadano de este nuevo momento, de la globalización. Es esta idea de Bauman (1999) “los más miran a los menos”, la cualidad de este mundo es precisamente ser observado por muchos. También señala una contradicción existente entre lo público-político y lo privado-económico que tiene su expresión global en la debilidad de los Estados nacionales para ejercer su poder soberano frente a los actores de la economía transnacionalizada. De esta debilidad externa se deriva una esterilización de la representación política interna. La falta de control de los Estados de sus fortunas, la erosión del actor estatal por parte de fuerzas transnacionales, deja un escaso margen para la decisión. Todo esto impuso un panorama gris, casi negro, en nuestra sociedad tan desordenada, aún antes del “desorden mundial” (Bauman; 2000: 78).
la sociedad argentina desde, por lo menos, mediados de los años noventa, de esta manera la Argentina sufrió las consecuencias de una recesión económica, combinada con el deterioro de todas las formas de sociabilidad y una fenomenal crisis política. Tampoco nos parece adecuado hablar de ausencia del Estado, sino de una reformulación de sus roles; si bien es cierto que cuando el Estado de Bienestar se derrumba, en primera instancia, los márgenes de acción estatal se ven restringidos, están siendo recuperados de la mano de las OS, en tanto nuevas formas de representación, que con diversas manifestaciones fueron rediseñando la forma de enfrentar la cuestión social, pero en una nueva era que otorga el predominio a los privados.
Sin embargo, sí es necesario destacar el deterioro de los partidos políticos como actores que deben dar respuestas claves. Se abrió una profunda brecha entre las estructuras partidarias y la manera en que estas convocan, reflejan, articulan a los actores. En este mismo sentido, es posible acordar que la salida de la matriz Estado-céntrica y su reemplazo por modelos neoliberales fue llevada a cabo por los mismos partidos que la habían construido, siendo el caso más paradigmático el viraje del Partido Peronista argentino encarnado por Carlos Menem.
Sólo estos partidos de fuerte raigambre en la sociedad civil, con experiencia y disciplina de gobierno pudieron legitimar las reformas neoliberales entre sus propias bases. Así, estaríamos en condiciones de afirmar que este punto nos lleva a comprobar, en la práctica, la debilidad de los lazos de representación, ya que, por lo general, los partidos que compiten en un sistema institucionalizado tienden a mantener cierta consistencia en sus posiciones ideológicas relativas (Mainwaring, 1995: 5).
Así, el surgimiento de la era neoliberal representa un quiebre en la historia económica de nuestro país, pero también un momento crítico en el desarrollo político de la región. El escenario nacional hizo frente a la coyuntura de manera diversificada pero, a grandes rasgos, podemos afirmar que la centralidad de los partidos como agentes de representación ha sido reducida. Diversos grupos de interés han asumido funciones representativas que fueron previamente monopolizadas por los partidos, mientras que los partidos han retrocedido en su rol de organizadores de la sociedad civil.
Históricamente, tanto en los regímenes populistas y desarrollistas en América Latina como durante los regímenes militares y el reciente período neoliberal, la participación de la
sociedad en el diseño, ejecución y control de políticas públicas estuvo vedada —si bien por diferentes razones en cada uno de ellos—, más allá de los fuertes niveles de organización y movilización existentes en la sociedad (Cavarozzi, 2000). Precisamente, con las transformaciones acaecidas en las últimas décadas, la participación ciudadana ha comenzado a ser encarada desde perspectivas que la consideran como un “recurso de orden” y un “recurso para la gestión”, tomando las palabras de Cavarozzi (2000: 214-215).
Ahora bien, como destaca este último autor, si bien en la actualidad han sido desbloqueados los mecanismos que en el pasado latinoamericano impidieron la participación ciudadana en las arenas públicas, esto coincide justamente con un período de retracción y apatía social generalizada frente a la política, que se ha dado al compás de la hegemonía neoliberal y la desarticulación de los Estados de Bienestar, y no como un proceso de cambio progresivo hacia una mejoría de nuestro sistema democrático.
Siguiendo esta línea de análisis, aparecen singulares formas de participación espontánea y protesta colectiva, en el marco de las ya mencionadas transformaciones económicas y de la crisis institucional. Así se van generando formas de incidir mediante las cuales la ciudadanía formula reclamos e interactúa con distintos sectores del Estado y del resto de la sociedad civil. En muchos casos, existió una combinación de acciones de protesta y organización en torno a la dádiva estatal; esta dicotomía nos permite redescubrir los distintos posicionamientos de un mismo actor.
Según Kenneth Roberts, los cambios acaecidos al sistema de partidos se deben a la proliferación de los medios de comunicación, hoy las campañas se han profesionalizado; los partidos se fueron alejando de las bases sociales, restringiendo sus funciones a lo electoral exclusivamente (Roberts, 2002: 57). En consecuencia, menos votantes se hallan asociados a partidos, aumentando la volatilidad electoral. Además, el sistema de partidos en Argentina se re-caracterizó a partir de las elecciones del 2003. En primer lugar, con un Partido Justicialista dominante pero no hegemónico; atravesado por conflictos territoriales, donde distintos ejecutivos peronistas han cultivado candidaturas y electorados no peronistas para disciplinar facciones internas o garantizar los votos necesarios en algunos contextos provinciales (Calvo y Escolar, 2005: 233). En segundo lugar, con la pérdida de fuerza del radicalismo a nivel nacional, y el realineamiento del electorado radical en dos nuevas terceras fuerzas de centroderecha y centroizquierda creadas alrededor de figuras políticas
con origen partidario en la UCR. En tercer lugar, con la regularidad del electorado antiperonista no radical, el cual ha nutrido a las terceras fuerzas nacionales a lo largo de los diez últimos años. La incertidumbre que se ha instalado en la estructura de la competencia interpartidaria desde el regreso de la democracia invita a mirar el futuro con los ojos atentos, especialmente, por el creciente descontento social hacia la clase política toda.
Al respecto señalan Calvo y Escolar: “[...] en los últimos años hemos asistido a la consolidación de una democracia competitiva […], los políticos han sido afectados por una creciente pérdida de legitimidad […]” (Calvo y Escolar, 2005).
Siguiendo a estos mismos autores, se debe señalar que el sistema partidario en la Argentina atravesó el impacto de las restructuraciones de los años noventa, el deterioro de la legitimidad de la clase política dirigente a inicios del nuevo siglo e, inmediatamente, la peronización. Entre el 2001 y el 2003, el sistema de partidos argentino encontró su nuevo centro de gravedad en el Peronismo. El nivel de fraccionamiento fue inusitado, Menem, Kirchner, Duhalde, Reutemann, De La Sota y Rodríguez Saa.
Sin embargo, si bien los partidos políticos perdieron representatividad, no la ganaron los otros actores, como las OS en su multiplicidad de experiencias; al menos, no en medida comparable. Hay un arduo camino por recorrer, hay mucho por recuperar; en primera instancia, es necesario devolverle a la política el protagonismo que merece, hoy adquirido por la economía. Se tiende a funcionalizar lo político con las necesidades de lo social, en el sentido más demagógico.
En el 2001, se produce la constitución de nuevos sujetos y formas de hacer política, más horizontales y dialógicas. Estos nuevos actores y formatos tensionan el modelo clásico de lo político como sistema de dominación, sin embargo, no logran desmantelar el sistema