• No se han encontrado resultados

1 5 4 ARGONÁUTICAS

In document Apolonio de Rodas, Argonáuticas.pdf (página 149-159)

35 Apenas vieron cerca un lugar adecuado, hicieron sentarse a

todos sus compañeros de una y otra parte en la arena. Ni en figura ni en aspecto eran semejantes al contemplarlos. Sino que el uno parecía ser un monstruo, vástago del funesto Ti- foeo o incluso de la propia Gea, como los que antaño en- 40 gendrara irritada contra Zeus218. Y el otro, el Tindárida, igual a la estrella celeste que luce los más hermosos deste­ llos cuando aparece en el crepúsculo de la tarde. Tal era el hijo de Zeus, echando aún su incipiente barba, aún radiante

45 en sus ojos; pero su fortaleza y su vigor eran grandes como

los de una fiera. Agitó los brazos probando si se movían li­ geros como antes y no estaban pesados a la vez por la fatiga y el remar. En cambio Ámico no hizo pruebas; en silencio, plantado a distancia, fijaba sus ojos en él, y su corazón so palpitaba ansioso por derramarle la sangre del pecho. En medio de ellos un sirviente de Ámico, Licoreo, puso ante sus pies dos correas a cada lado, sin curtir y resecas, que estaban muy endurecidas. Luego él219 se dirigió a éste con insolentes palabras:

55 «De éstas yo te concederé voluntariamente la que quie­

ras, sin sorteo, para que no me reproches después. ¡Vamos!, póntela en tomo al puño; y tras la experiencia podrás decir a otro cuánto sobresalgo yo en cortar pieles secas de bueyes y empapar de sangre las mejillas de los hombres»220.

218 Los Gigantes, nacidos de la Tierra (Gea), lucharon contra Zeus y los Olímpicos para vengar la denota de los Titanes (cf. Ap o l o d o r o, I 6 ,

1-3). Tifoeo o T ifón es otro hijo monstruoso de la Tierra que también lu­ chó contra Zeus (cf. II 1208-1215).

2,9 Ámico es quien habla a Polideuces.

220 Estas correas, enlazadas en tom o a los dedos y el puño, servían en el pugilato antiguo com o nuestros guantes de boxeo. Según la tradición, Ám ico había perfeccionado este sistema de correas.

Así habló. Pero éste nada replicó a sus amenazas. Son- 60

riendo ligeramente, cogió sin más las que se hallaban a sus pies. A su encuentro vino Cástor y el gran Tálao Biántida, rápidamente le ataron en derredor las correas y mucho lo exhortaban al combate. Al otro acudieron a su vez Areto y Ómito; no sabían, ¡insensatos!221, que eran aquéllas las úl- 65 timas que le ataban en su triste sino.

Y una vez que ellos, por separado, estuvieron dispuestos con sus correas, en seguida, levantando por delante del ros­ tro sus pesados puños, lanzaban su ímpetu acometiéndose el uno contra el otro222. Entonces el rey de los bebrices, como 70

la ola agitada del mar se encrespa sobre la rápida nave y ésta, gracias a la pericia de su sagaz timonel, escapa a ella por poco, mientras el oleaje se afana en penetrar dentro del casco223; así él perseguía al Tindárida para atemorizarlo y no le dejaba reposar. Mas éste gracias a su habilidad siem- 75

pre esquivaba indemne el asalto. Apenas se percató de su rudo pugilato, del modo en que por su fuerza era invencible y del modo en que era inferior, se plantó firmemente y cru­ zó los puños contra sus puños. Como cuando unos carpinte­ ros ajustan los maderos de una nave encajándolos a presión so con puntiagudas clavijas, los golpean con sus mazos y uno tras otro resuena el zumbido sin cesar; así de ambos lados sus mejillas y mandíbulas resonaban, y un rechinar inmenso surgía de sus dientes. Y no cesaron de golpearse frente a

221 Este tipo de comentarios del poeta sobre sus personajes (véase lue­ go II 137-138) era frecuente en la épica homérica (cf. II. Π 38, X X II445).

222 La siguiente descripción se encuadra en una tradición de escenas de pugilato: Iliada X X III653-699; Odisea XVIII 89-107; Eneida V 400-460; además de Te ó c r i t o, ΧΧΠ 80 ss.

223 La imagen contrapone la técnica de Polideuces y la brutalidad de Ám ico, semejante a una fuerza de la naturaleza; com o otros dos sím iles (II 38-42) habían resaltado su diferente aspecto.

156 ARGONÁUTICAS

85 frente, hasta que un pernicioso jadeo los dominó a ambos por igual. Apartándose un poco los dos, se enjugaron de sus frentes el abundante sudor, resoplando con fatigoso aliento. Y de nuevo arremetieron el uno contra el otro, como dos to­ ros furiosos disputan por una ternera que pace. Entonces 90 Ámico alzándose sobre la punta de sus pies, cual matador de bueyes, se abalanzó y descargó contra él su pesado puño. Mas éste resistió el ataque, desviando la cabeza, y en el hombro apenas recibió su brazo. Y cerca de él, mudando

95 lateralmente una rodilla por otra224, lo golpeó con violencia

sobre la oreja y le quebró por dentro los huesos. El otro ca­ yó de rodillas por el dolor. Los héroes Minias gritaron; y su espíritu entero se deslizó fuera de él225.

Los bebrices ciertamente no desampararon a su rey, sino loo que en masa avanzaban contra Polideuces sosteniendo en alto duras mazas y dardos. Delante de él se colocaron sus compañeros, tras sacar de las vainas sus puntiagudas espa­ das. Y Cástor el primero alcanzó a un atacante sobre la ca­ beza; ésta se partió de uno y otro lado, aquí y allá, sobre ios ambos hombros. Y él mismo226, al gigantesco Itimoneo y a Mimante; al uno lo golpeó bajo el pecho acometiéndole de una patada con su raudo pie y lo arrojó en el polvo; y al otro, cuando se acercaba, lo alcanzó con su puño derecho sobre la ceja izquierda, le desgarró el párpado y el ojo que- íio dó desnudo. Orites, compañero de Ámico, orgulloso de su

224 Polideuces practica un ju e g o de rodillas que le permite, tras esqui­ var el asalto de su adversario, golpearle por el lado «sobre la oreja».

225 En Teócrito la derrota de Á m ico no acarrea su muerte, sino la pro­ m esa de abandonar en adelante su actitud inhospitalaria, un final más en consonancia con las versiones de la comedia (Epicarmo) o el drama satíri­ co y con las representaciones de la cerámica, en las que Á m ico era atado tras su derrota.

fuerza, hirió en el costado a Tálao Biántida, pero no lo ma­ tó, el bronce sólo traspasó el cinturón ligeramente sobre la piel sin tocar las entrañas. Asimismo Areto golpeó alcan­ zando con su dura maza al aguerrido hijo de Éurito, ífito, 115

que aún no estaba destinado a una suerte funesta; en verdad que pronto iba él mismo a perecer bajo la espada de Cli- tio227.

Y entonces Anceo, el valeroso hijo de Licurgo, al ins­ tante mismo enarbolando su gran hacha y sosteniendo d e -120

lante con su izquierda la negra piel de oso, se lanzó en me­ dio, lleno de furor, entre los bebrices. A la vez que él se precipitaron los Eácidas y con ellos acometió el marcial Ja­ són. Como cuando en los establos un día invernal los cano­ sos lobos espantan innumerables ovejas, asaltándolas a e s -125

condidas de los perros de buen olfato y de los propios pastores, y buscan cuál capturar primero en su ataque, mi­ rando con ansia a muchas a la vez, y éstas en vano se aprietan de todas partes precipitándose unas sobre otras; así entonces ellos espantaron terriblemente a los insolentes be- brices228. Como los pastores o los apicultores ahúman en 130

una peña un gran enjambre de abejas, y éstas entre tanto apiñadas en su colmena se agitan zumbando, mas luego so­ focadas por la densa humareda se lanzan lejos de la peña229; así ellos no resistieron ya mucho tiempo con firmeza, sino 135

que se dispersaron por el interior de Bebricia, anunciando la suerte de Ámico. ¡Insensatos!, no sabían que estaba ya cerca

227 La descripción reproduce, por única vez en todo el poema, el crudo realismo en los detalles típico de las escenas de combate homéricas (cf.

Iliada V 37-84).

228 La comparación de los guerreros con lobos es tradicional en la épi­ ca (cf. Iliada X V I 352-355).

229 La imagen de las abejas es recreada en Eneida X II 5 8 7 - 5 9 2 y Qu i n t od e Es m i r n a, III2 2 1 - 2 2 6 .

158 ARGONÁUTICAS

para ellos otra desgracia imprevista. Pues tanto sus sembra­ dos como sus aldeas eran destruidos entonces por la lanza enemiga de Lico y de los mariandinos, al estar ausente su wo rey. Pues siempre guerreaban por una tierra productora de hierro230. Aquéllos, los héroes, ya saqueaban establos y majadas, ya cercaban y mataban incontables ovejas. Y en­ tonces uno entre ellos dijo estas palabras:

145 «Imaginad lo que en su cobardía habrían hecho, si por ventura un dios hubiera traído aquí también a Heracles. Pues en verdad yo creo que, de estar presente aquél, ni se hubiera dirimido mediante el pugilato; sino que, cuando vi­ no a promulgar sus normas, al momento, junto con las pro- 150 pias normas que proclamaba, le hubiera hecho olvidarse de su arrogancia con la maza. Sí, le dejamos en tierra abando­ nado y nos hicimos a la mar. Y cada uno de nosotros bien conocerá en sí mismo la funesta desgracia por estar lejos aquél»231.

Así habló. Mas todo esto se había cumplido por los de- 155 signios de Zeus. Y entonces permanecían allí durante la no­

che, curaban las heridas de los hombres lastimados y, tras ofrecer sacrificios a los inmortales, dispusieron una gran cena. Y a ninguno dominó el sueño junto a la cratera y las ardientes víctimas. Coronadas por encima sus rubias frentes

160 con el laurel ribereño232, en tomo al cual habían atado las

amarras, cantaban armoniosamente un himno a los acordes de la lira de Orfeo; y alrededor de ellos se alegraba la serena

230 La comarca fronteriza entre Bitinia y Heraclea (cf. II 786-795). Véase luego e l episodio de Lico y los mariandinos ( I I 752 ss.).

231 La añoranza de Heracles, expresada por una voz anónima del gru­ po, reaparece en IV 1457-1460. Esta forma de comentario anónimo se empleaba ya en la épica homérica (cf. II. I I 271-277).

232 Á m ico está asociado en la leyenda a un laurel, bien porque fue ata­ do a él tras su derrota, bien porque la planta había crecido sobre su tumba.

ribera con sus melodías: celebraban al hijo Terapneo de Zeus233.

Cuando el sol ilumina las cumbres húmedas de rocío, alzándose desde el horizonte, y despierta a los pastores, en­ tonces ya desataron las amarras del pie del laurel, embarca­ ron cuanto botín necesitaban llevarse y se dirigieron con el viento hacia el voraginoso Bosforo. Allí una ola semejante a escarpada montaña surge por delante como si fuera a pre­ cipitarse encima, siempre elevada sobre las nubes234. Y creerías no poder escapar a un destino fatal, puesto que se cierne violenta, como una nube, justo sobre el centro del navio, pero se aquieta no obstante, si éste goza de un exce­ lente timonel. Así también ellos, gracias a las habilidades de Tifis, avanzaban indemnes, aunque atemorizados. Al otro día ataron amarras enfrente, en la tierra de Tinia235.

Allí en la ribera tenía su morada el Agenórida Fineo, quien de entre todos los hombres sin duda padecía las des­ gracias más funestas a causa del don profético que antaño le concediera el Letoida. Ni lo más mínimo se recataba en re­ velar con exactitud a los hombres incluso la sagrada volun­ tad del propio Zeus. Por ello precisamente le envió una prolongada vejez y le arrebató de sus ojos la dulce luz236. Y

233 En Terapne, cerca de Esparta, había un santuario y la tumba de los Dioscuros. Esta escena, con el himno en honor de Polideuces, prefigura la apoteosis de los Dioscuros y la institución de su santuario en Heraclea (II 806-810).

234 El fenómeno descrito, una especie de tromba marina, se produce debido a las corrientes del Bosforo.

235 Sobre la orilla europea del Bósforo, donde luego estaría Bizancio. Otras versiones situaban la residencia de Fineo sobre la costa asiática, en Bitinia (cf. Arg. Órf. 668).

236 Frente a otras versiones donde Fineo aparecía com o un rey cruel que había cegado a sus hijos (cf. Só f o c l e s, Ant. 966-987; Arg. Órf.

160 ARGONÁUTICAS

185 tampoco le dejaba disfrutar de los incontables manjares que siempre los vecinos acumulaban en su casa cuando consul­ taban sus vaticinios, sino que las Harpías, precipitándose de repente a su lado a través de las nubes, se los arrancaban de la boca y de las manos con sus picos continuamente. Unas 190 veces no le quedaba ni lo más mínimo de alimento; otras veces un poco, para que siguiera viviendo en su aflicción. Y por encima esparcían un hedor repugnante. Nadie soportaba no ya llevárselo a la boca, sino mantenerse a distancia; tal hedor exhalaban los restos del banquete237.

195 Apenas oyó el griterío y el rumor de la tropa, adivinó que pasaban esos mismos, a cuya venida le fuera anunciado por parte de Zeus que gozaría de su comida. Se levantó de su lecho, cual fantasmal ensueño, y apoyado en su bastón llegó a la puerta con sus piernas enflaquecidas, tanteando los muros. Le temblaban los miembros al andar, de debili-

200 dad y vejez. Su cuerpo, negruzco de suciedad, estaba reseco

y su piel recubría solamente huesos238. Al salir de la estan­ cia, rendidas sus rodillas, se sentó en el umbral del patio. Un oscuro vértigo lo envolvió, le pareció que la tierra daba 205 vueltas debajo de él y en un lánguido sopor se reclinó en­

mudecido. Ellos, cuando lo vieron, se agruparon en derredor asombrados. Entonces él, tomando aliento a duras penas de lo alto del pecho239, les habló con sus profecías:

671-679), en Apolonio es culpable sólo por su imprudente y excesiva fi­ lantropía, lo que le convierte en una figura semejante a Prometeo.

237 Las Harpías o «Rapaces» eran monstruos alados femeninos, hijas de Taumante y la Oceánide Electra (cf. He s í o d o, Teog. 265-269; Vi r g i­ l i o, Eneida II I 210-218).

238 La descripción realista de la vejez es un rasgo propio de la estética helenística: recuérdese la figura de la anciana Polixo (I 669-670) y de Hé- cale en el poema de Calimaco.

239 La respiración de Fineo es difícil y superficial a causa de su extre­ ma debilidad.

«Escuchad, los más eminentes de todos los griegos, si en verdad sois vosotros aquellos a quienes por el terrible 210

mandato de un rey conduce Jasón en la nave Argo en pos del vellocino. — Vosotros sin duda; que aún mi mente co­ noce todo por sus vaticinios. ¡Gracias te doy, oh soberano hijo de Leto, incluso en mis penosas fatigas!— . Por Zeus Suplicante, que es el más temible para los hombres culpa- 215

bles, por Febo y por la propia Hera, la que entre los dioses sobre todo vela por vuestro viaje, os lo ruego240: soco­ rredme, librad de la afrenta a un hombre desdichado y no partáis abandonándome sin compasión en tal estado. Pues 220

no sólo en mis ojos pisó la Erinis241 con su pie y arrastro una vejez que se devana interminablemente242. Además de estas desgracias se cierne sobre mí otra desgracia, la más amarga. Las Harpías me arrebatan la comida de la boca, precipitándose desde algún lugar imprevisto para mi perdi­ ción243. Y no tengo recurso alguno de auxilio, sino que a mi 225

propia mente pasaría inadvertido el deseo de comer más fácilmente que a aquéllas, tan rápido vuelan por los aires. Y si acaso alguna vez me dejan un poco de alimento, éste exhala un fuerte hedor repugnante e insoportable. Ninguno 230

de los mortales resistiría acercarse ni un instante, ni aunque su corazón estuviera forjado de acero. Pero a mí, ciertamen­ te, la amarga y funesta necesidad me obliga a quedarme y, quedándome, a llevarlo a mi maldito estómago. Mas está

240 Fineo implora en nombre de Zeus como dios protector de los supli­ cantes (cf. II 1131-1133, IV 700-703), en nombre de Apolo, su patrono com o dios de la adivinación, y en nombre de Hera que protege a los argo­ nautas.

241 Las Erinis, identificadas con las Furias romanas, eran divinidades vengadoras, especialmente de los crímenes familiares.

242 Expresión basada en la imagen de la vida com o un hilo que las Moiras enrollan.

162 ARGONÁUTICAS

235 predestinado que las detengan los hijos de Bóreas; y no son

extraños quienes me protegerán, si en verdad yo soy Fineo, el otrora famoso entre los hombres por su prosperidad y su arte adivinatoria, y fue Ágénor el padre que me engendró, y a la hermana de éstos, Cleopatra, cuando yo reinaba entre los tracios, la llevé a mi casa como esposa a cambio de rega­ los».

240 Habló el Agenórida. Y una profunda compasión se apo­ deró de cada uno de los héroes, y en especial de los dos hi­ jos de Bóreas. Tras enjugar sus lágrimas se acercaron am­ bos, y Zetes dijo así, tomando en su mano la mano del afligido anciano:

«¡Ay, desdichado! Ningún otro de los hombres, lo afir- 245 mo, es más infeliz que tú. ¿Por qué tantas desventuras te tienen encadenado? Sin duda faltaste a los dioses con funes­ ta imprudencia, por conocer las adivinaciones. Por ello es­ tán muy enojados contra ti. A nosotros el espíritu se nos lle­ na por dentro de espanto, aunque ansiamos socorrerte, si realmente la divinidad nos ha reservado este privilegio a 250 nosotros dos. Pues bien claros son para los humanos los castigos de los inmortales. Y no podríamos detener a las Harpías cuando vengan, por mucho que lo deseemos, antes de que hayas jurado que a causa de esto no seremos odiados por los dioses».

Así habló. El anciano elevó hacia él, abiertas, sus pupi- 255 las vacías y le respondió con tales palabras:

«¡Calla! No pongas en tu pensamiento esas cosas, hijo mío. Por el hijo de Leto, que benévolo me enseñó las adivi­ naciones; por el Hado244 de maldito nombre que me tocó, y

260 esta nube cegadora sobre mis ojos, y los dioses del infierno

244 «Por la Cer». Las Ceres son representaciones divinas del Hado o Destino.

— que éstos no me sean propicios tampoco en la muerte—, juro que no habrá cólera alguna de parte de la divinidad a causa de vuestra ayuda».

Ellos dos entonces, tras los juramentos, ansiaban prote­ gerlo. Al punto los más jóvenes tuvieron dispuesto el ban­ quete para el anciano, última presa de las Harpías. Cerca se colocaron ambos, para atacarlas con sus espadas cuando se 265 abalanzaran. Y tan pronto como el anciano tocó la comida, al instante aquéllas, cual inesperados vendavales o como relámpagos, saltando de las nubes de improviso se lanzaron con su aullido, ávidas de alimento. Los héroes al verlas gri­ taban entre tanto. Y ellas con sus alaridos, tras devorarlo to- 270

do, volaban sobre el mar allá lejos. Y quedó allí un hedor insoportable. A su vez en pos de ellas los dos hijos de Bó­ reas, apuntando sus sables, corrían detrás. Pues Zeus les había inñmdido un vigor infatigable; pero sin Zeus no las 275

hubieran seguido, ya que siempre volaban raudas como los vendavales del Céfiro245, cuando iban junto a Fineo y vol­ vían del lado de Fineo. Como cuando en las montañas pe­ rros de caza adiestrados corren siguiendo el rastro ya de cornudas cabras ya de corzos y, afanándose detrás a escasa 280

distancia, en el extremo de sus quijadas entrechocan inútil­ mente los dientes; así Zetes y Calais, apresurándose muy cerca de ellas, las acosaban en vano con la punta de sus ma­ nos. Y sin duda, contra la voluntad de los dioses, las habrían destrozado tras alcanzarlas muy lejos sobre las islas Plotas, 285 si no los hubiera visto la rápida Iris246 y hubiera saltado desde el cielo a través del éter y con tales advertencias los

In document Apolonio de Rodas, Argonáuticas.pdf (página 149-159)