380 mosinecos ocupan el boscoso territorio contiguo y las lade ras del monte; sobre postes de madera construyen sus casas de tablas y sólidas torres a las que llaman mosinas263, de donde precisamente reciben ellos su nombre.
Tras pasarlos de largo, abordad en una isla pelada, luego de haber expulsado con toda clase de ardides a las muy osa-
385 das aves que, al parecer, frecuentan innumerables la desierta
isla, en la que construyeron un templo de piedra en honor de Ares las reinas de las Amazonas Otrera y Antíope, cuando marchaban a una expedición264. Pues allí del áspero mar os vendrá una ayuda que no puedo revelar. Por eso mismo con 390 ánimo amistoso os digo que arribéis. Pero ¿qué necesidad hay de que yo cometa falta de nuevo refiriendo en mi pro fecía todo con detalle?
Más adelante de la isla y del territorio de enfrente viven los fílires. Por encima de los fílires están los macrones, y
395 luego a su vez las inmensas tribus de los bequires. A conti
nuación tras ellos habitan los sapires, y después de éstos sus vecinos los biceres, más allá de los cuales se encuentran ya los propios coicos belicosos. Pero avanzad en la nave, hasta que alcancéis lo más recóndito del ponto, donde, a través 400 del territorio Citeo y de lejos desde los montes Amarantos y la llanura de Circe, el voraginoso Fasis arroja al mar su an cho caudal265. Impulsando la nave por la desembocadura de aquel río, veréis las murallas de Eetes Citeo y el sombrío
263 El texto transmitido es defectuoso. El término mosina, de origen persa, equivale a «torre». Sobre los cálibes, tibarenos y m osinecos, véase luego II 1000-1029.
264 Otrera y Antíope no serán mencionadas luego al citar las tres ciu
dades de las Amazonas ( I I 995-1000, donde sólo se recuerda a Hipólita) ni a propósito del templo de Ares (Π 1169-1176).
265 Cita es otro nombre, poético, de la Cólquide. Los montes Amaran tos, donde el Fasis tiene su fuente, deben de situarse en Armenia. Sobre la llanura de Circe, véase III200-209.
bosque de Ares, donde el vellocino, extendido en lo alto de una encina, lo custodia un dragón acechando alrededor, 405
monstruo terrible de ver. Ni de día ni de noche el dulce sue ño domina sus ojos implacables».
Así habló; y en seguida el temor se apoderó de ellos al escucharlo. Largo rato quedaron dominados por un mudo estupor. Y al fin el héroe hijo de Esón, desamparado en su 410
infortunio, dijo:
«Anciano, ya has enumerado los términos de los traba jos de nuestra navegación y el presagio conforme al cual a través de las horribles rocas penetraremos en el Ponto. Mas si de nuevo, escapando de éstas, alcanzaremos después el regreso a la Hélade, también esto aprendería de ti con agra- 415
do. ¿Cómo haré? ¿Cómo recorreré otra vez tan larga trave sía marina, siendo yo inexperto con inexpertos compañeros? Y Ea de la Cólquide está situada en la extremidad del mar y de la tierra»266.
Así habló; y el anciano le dijo en respuesta:
«Hijo, tan pronto como hayas escapado a través de las 420
funestas rocas, ten confianza. Puesto que un dios os condu cirá por otra ruta desde Ea, y hasta Ea tendréis suficientes guías267. Pero, amigos, pensad en la astuta ayuda de la diosa Cipris. Pues en ella reside el éxito glorioso de vuestros tra bajos. Y ya no me preguntéis más sobre esto». 425
Así habló el Agenórida. Y cerca los dos hijos del tracio Bóreas, precipitándose desde el éter, posaron sobre el um bral sus veloces pies. Los héroes se alzaron de sus asientos, en cuanto los vieron aparecer. Ante su ansiedad Zetes, to -430
266 Ea es la capital de la Cólquide, que Jasón imagina en el extremo oriental del mundo (cf. I 84-85).
267 Estos guías serán Dáscilo, el hijo de Lico (cf. II 802-805) y sobre
todo los hijos de Frixo (cf. II 1260-1261). La divinidad que guiará el viaje
170 ARGONÁUTICAS
davía exhalando un incontenible jadeo por la fatiga, les rela taba cuán lejos las persiguieron y cómo Iris les impidió matarlas y les prestó juramentos la benévola diosa, y aqué llas se ocultaron por temor en la inmensa gruta del monte
435 Dicte268. Entonces en la casa todos los compañeros y el
propio Fineo estaban alegres con la noticia. De inmediato el Esónida con ánimo muy bondadoso le dijo:
«En verdad que fue seguramente algún dios, Fineo, el que se compadeció de tu penosa desgracia y nos trajo aquí 440 desde lejos, para que los hijos de Bóreas te defendieran. Si también otorgara luz a tus ojos, de veras creo que me ale graría tanto como si llegara de vuelta a casa»269.
Así habló. Y aquél bajando la cabeza le respondió: «Esónida, esto no es ya reparable ni hay remedio alguno
445 para el futuro; pues mis pupilas se han consumido lentamen
te y están vacías. En lugar de ello, que la divinidad me con ceda pronto la muerte y, muerto, gozaré de todas las di chas».
Así hablaban ellos dos replicándose mutuamente. Y en seguida, al poco tiempo de estar conversando, apareció la 450 Aurora270. En tomo a él se reunían las gentes vecinas, que antes también solían acudir allí por el día llevándole cada vez igualmente una parte de su comida. A todos ellos, in cluso al más humilde que llegara, el anciano manifestaba solícito sus vaticinios y a muchos libró de penalidades con
455 la adivinación. Por eso precisamente le visitaban y le cuida
ban. Con ellos vino Parebio, que era el más querido para él.
268 El poeta resume en estilo indirecto el discurso de Zetes a los demás personajes sobre la persecución de las Harpías, ya narrada al lector (II 273-300), evitando así el estilo repetitivo de la épica homérica.
269 El regreso a la patria como felicidad suprema es un m otivo homéri co (cf. Odisea X 415-420).
Se llenó de gozo al verlos en la casa; pues ya antes en una ocasión aquél había anunciado que una expedición de hé roes, que de la Hélade marchara hacia la ciudad de Eetes, ataría sus amarras en la tierra de Tinia, los cuales por orden 460 de Zeus detendrían para él los ataques de las Harpías. A los otros entonces, confortándolos con palabras prudentes, los despedía el anciano, y sólo a Parebio lo invitó a permanecer allí con los héroes. Al punto lo envió pidiéndole que trajera 465 el mejor de sus corderos. Y cuando éste salió de la estancia, dirigía amables palabras a los remeros agrupados:
«Amigos, ciertamente no todos los hombres son sober bios ni olvidadizos de una buena acción. Y así este hombre, de tal condición, vino aquí para conocer su destino. Pues, en 470
efecto, cuando más trabajaba y más se fatigaba, entonces mucho más apremiante le consumía la necesidad de susten to. Día tras día se encontraba más aperreado, y no había respiro alguno para su fatiga. Mas él pagaba el penoso cas- 475
tigo por una falta de su padre. Pues éste en una ocasión, cortando árboles solo en las montañas, desatendió las súpli cas de una ninfa Haimdríade, la cual sollozando le rogaba con insistentes palabras que no cortara el tronco de un roble de su edad, en el que había pasado ininterrumpidamente su dilatada existencia271. Pero él en su insensatez lo cortó con 480 la arrogancia de la juventud. Y por ello la ninfa le procuró en lo sucesivo un pernicioso destino a él y a sus hijos. Yo, en cuanto llegó, reconocí la falta; y le ordené construir un altar a la ninfa de Tinia y realizar sobre él sacrificios expia- 485 torios implorando poder eludir la suerte paterna. Entonces, desde que escapó a la desgracia enviada por los dioses, nun ca de mí se olvidó ni me desatendió. Y apenas puedo en-
271 Las Hamadríades o Dríades son ninfas de los robles, cuya vida está ligada a un determinado árbol (cf. Himno Horn, a Afrod. 256-272; Ca l i m a c o, Himno IV 79-85).
172 ARGONÁUTICAS
viarlo a su pesar de puertas afuera, ya que está deseoso de asistirme en mi aflicción»272.
490 Así habló el Agenórida. Y aquél en seguida volvió a su lado con dos corderos del rebaño273. Se levantó Jasón, y también los hijos de Bóreas por indicaciones del anciano; y rápidamente, invocando a Apolo Mántico, sacrificaban so-
495 bre el hogar a poco de acabar el día. Los más jóvenes de los
compañeros preparaban la reconfortante comida. Entonces, tras haber comido bien, unos se acostaron junto a las ama rras del navio, los otros allí mismo en la casa reunidos.
Al alba se levantaban los vientos etesios, que en toda la tierra soplan por igual gracias al siguiente favor de Zeus. Se 500 cuenta que una tal Cirene274 junto a la alberca del Peneo apacentaba sus ovejas en tiempos de los hombres antiguos; pues le agradaba su virginidad y su lecho intacto. Pero Apolo la raptó cuando pastoreaba cerca del río y, lejos de 505 Hemonia, la confió a las ninfas locales que moraban en Li
bia junto a la cumbre Mirtosa275. Allí para Febo alumbró a Aristeo, al que llaman Agreo y Nomio276 los hemonios ricos en mieses. Pues a ella, por amor, el dios la hizo allí ninfa de sio larga vida y cazadora277. Y a su hijo lo llevó, muy niño, pa-
272 La historia de Parebio, que constituye un exemplum de piedad y gratitud en el contexto del episodio, recuerda la de Erisictón en Ca l i m a c o, Himno V I 31-115 y Ov i d io, Met. V III738-878.
273 Fineo había pedido un cordero (II 465) y Parebio trae dos, proba blemente com o un gesto más de gratitud.
274 La leyenda de Cirene, ninfa epónima de esta ciudad de Libia, era narrada por He s í o d o (frags. 215-217 Me r k.-We s t) y Pí n d a r o, Pit. IX
1-70. Sobre la fundación de Cirene, cf. nota a IV 1764.
275 Hemonia es Tesalia, por donde discurre el Peneo. En el monte Mirtoso, cerca de Cirene, había un templo de Apolo del Mirto.
276 «Agreste/Cazador» y «Pastoril», advocaciones tradicionales de Aristeo.
ra que se criara en la cueva de Quirón. Y una vez crecido, las divinas Musas le concertaron matrimonio y le enseñaron el arte de curar y la adivinación278. Y lo hicieron guardián de sus rebaños, de cuantos pacían en la llanura Atamancia de Ptía y alrededor del escarpado Otris y del sagrado curso 515
del río Apídano279. Mas cuando desde el cielo Sirio abrasa ba las islas de Minos y durante largo tiempo no había re medio para sus habitantes, entonces por indicaciones del Flechador lo llamaron como protector ante la plaga280. Éste abandonó Ptía por orden de su padre y se estableció en 520
Ceos, reuniendo al pueblo Parrasio que desciende de la es tirpe de Licaón281. Y construyó un gran altar a Zeus Icmeo, y celebró sacrificios rituales en los montes en honor de aquel astro Sirio y del propio Zeus Crónida282. Gracias a esto los vientos etesios enviados por Zeus enfrian la tierra 525
durante cuarenta días, y en Ceos todavía ahora los sacerdo-
278 La esposa de Aristeo es Autónoe, de quien tuvo un hijo, Acteón. Aristeo es un héroe civilizador: pastor de rebaños, com o su madre; inven tor de la apicultura y la oleicultura (cf. I V 1132-1133; Vi r g i l i o, Georg.
IV 315-558); la adivinación y la medicina, saberes que le son aquí atribui dos, convienen a un hijo de Apolo y discípulo de Quirón. Compárese
Di o d o r oSic., IV 81-82 y No n o, Dion. V 214-279.
279 El monte Otris, com o el rio Apídano y la llanura de Ptía, se locali zan en el sur de Tesalia. Atamante, padre de Frixo, se exilió en Ptiótide tras la muerte de sus hijos Learco y Melicertes.
280 Las islas de M inos son las Ciclades, sobre las que éste había reina do (cf. Tu c í d i d e s, I 4). La aparición de Sirio, la estrella más «luminosa» de la constelación del Can Mayor, era un presagio siniestro (cf. III 957-959); la aludida «plaga» debió de ser una epidemia del ganado.
281 Parrasia era una población de Arcadia, fundada por Parraso, hijo del rey arcadio Licaón.
282 El culto a Sirio y a Zeus Icmeo o «Lluvioso» en la isla de C eos era bien conocido (cf. Ca l im a c o, frag. 75, 32-37 Pf.; No n o, Dion. V 269-