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Los dircom de fabricantes de alimentos funcionales que hemos entrevistado señalan que una parte de lo que ocurre en el mercado (las críticas, la desconfianza y las limitaciones que pone la EFSA a las alegaciones permitidas), tiene que ver con un conflicto de intereses entre dos poderosos sectores empresariales vinculados directa e indirectamente al tema: la industria alimentaria y la industria farmacéutica.

Al respecto, uno de ellos explica que en una primera etapa este mercado iba teniendo un gran auge, que todos los alimentos podían parecer funcionales, y las autoridades empezaron a tener que establecer un control y unas medidas para evitar el engaño. A partir de cierto momento cada producto tenía que entrar dentro de una categoría, con un perfil nutricional determinado. En una segunda etapa se abandonó el proyecto de perfiles nutricionales y la Unión Europea se concentró en las alegaciones. Entonces en 2009-2010 se ha creado la EFSA, con un Comité Científico, pero no podía formar parte de este Comité Científico nadie que hubiera trabajado para la industria alimentaria. De este modo los principales expertos quedaron fuera del Comité Científico, porque habían trabajado para la industria alimentaria. Y, además, se admitían científicos que trabajaban o habían trabajado para la industria farmacéutica. A la industria farmacéutica le habían quitado años antes los genéricos, y eso había sido un batacazo muy fuerte para el desarrollo de esa industria, por lo cual empezó a desplazar sus áreas de investigación hacia productos nuevos, y descubrieron un filón importante en los complementos nutricionales. A esta industria le venía muy bien que se negase cualquier propiedad a los alimentos funcionales, para poder desarrollar los complementos nutricionales. Y, de hecho, en los primeros análisis que realizó el Comité Científico rechazaron casi todos los dossiers que se presentaron. Dice que “el sistema que impuso es de locura, no hay quien lo entienda, no admiten el dialogo científico

Esto ocurrió aproximadamente en 2011, y provocó una hecatombe en el mundo de los alimentos funcionales, porque se publicaron muchas informaciones contra la industria alimentaria y los consumidores empezaron a pensar que quizá se los estaba engañando. Esta situación además ha coincidido con la llegada fuerte de la crisis. Entonces los alimentos funcionales empezaron a tener serios problemas, y cayeron muchos de ellos. Pero los departamentos legales de la industria se han puesto a trabajar intensamente sobre los márgenes que tienen para comunicar alegaciones funcionales y, al cabo del tiempo, se empieza a ver cómo pueden ir encajando algunos de los productos dentro de esas alegaciones. Pero esta deriva de la información negativa ha hecho que la curva de interés de la industria alimentaria empiece a caer. El entrevistado plantea que sigue habiendo un gran mercado, y habrá más dentro de un tiempo, en cuanto se supere la crisis, y en la medida en que dietistas, nutricionistas y científicos empiecen a llenar más el espacio mediático con informaciones nutricionales correctas, que es lo que está empezando a ocurrir.

Otro entrevistado comenta la existencia de una tendencia actual al entrecruzamiento entre los dos grandes sectores empresariales en juego, la industria farmacéutica y la industria alimentaria, y los efectos que esto puede producir sobre la percepción de los consumidores: «es complicado y todavía no estamos viendo los efectos que va a tener. Pero creo que es una evolución que va a generar conflictos importantes». Este entrevistado opina que lo que se debería producir es un modelo de consumo “a la japonesa”, que es que la gente, alimentándose bien durante toda su vida, y teniendo unos hábitos de vida saludables, minimiza el consumo de medicamentos a lo largo de toda su vida, y sobre todo en la vejez. Las farmacéuticas, viendo que eso está pasando, se acercan cada vez más al negocio de la alimentación y empiezan a comprar compañías, o acciones de compañías, que están en el mundo de la nutrición. Y, por otra parte, se

produce “el efecto Nestlé”, el “efecto Danone”, que ya dejan de ser compañías de alimentación para ser compañías de nutrición.

Ese acercamiento entre los dos sectores está provocando que los mensajes de las farmacéuticas entren en la nutrición y los mensajes de los fabricantes de alimentos entren en el campo farmacéutico, e incluso en el de la cosmética. Un ejemplo de este entrecruzamiento de sectores es el hecho de que Nestlé es el mayor administrador de L’Oreal. Es en estos mercados donde se están moviendo las grandes multinacionales de la alimentación, «y eso empieza a generar mucho lío en la apreciación de la opinión pública».

En las estrategias de productos de la industria farmacéutica ocupa un lugar importante el campo de los suplementos nutricionales. Un ejemplo del empuje argumental de este sector industrial (y expresión de su competencia directa con la industria de los alimentos funcionales) es un vídeo en el que se ensalza el consumo de los suplementos nutricionales de farmacia, elogiando los ingredientes funcionales que contienen y los beneficios para la salud, o para “estar en forma”.

Vídeo: “Beneficios de los suplementos nutricionales”

Fuente: YouTube - https://youtu.be/3dkdSJC6qv4

El dircom de otro fabricante de alimentos funcionales que hemos entrevistado explica el sistema de Autorregulación de la Publicidad que se emplea en España, y sus implicaciones sobre el control de los abusos en los que pueden incurrir los fabricantes en su publicidad de este tipo de alimentos. Dice que en España, aproximadamente en 1995, viendo la

creciente regulación que había en el mercado, sobre todo en alimentación y bebidas, se decidió retomar –porque ya se había creado, pero estaba un poco olvidado- el empuje de la autorregulación del sector publicitario. Se volvió a crear la autorregulación de la publicidad y, desde la Asociación de Anunciantes decidieron incorporar a este sistema a los anunciantes, a los fabricantes, a las agencias de publicidad y a los medios. Y de esa forma, gracias al desarrollo de la autorregulación de forma muy rigurosa y estricta, han conseguido demostrar a la Administración que no hacía falta avanzar con la regulación. Desde aquel momento toda la industria está sometida a esos sistemas de autorregulación, con unos mecanismos muy bien establecidos y que se han ido afinando y, por tanto, al auto regularse no necesita una vigilancia especial, que hubiera sido peor para los fabricantes. España es un caso especial. De hecho, el sistema de autorregulación en España es uno de los más desarrollados, y es una referencia para otros países de Europa.

Esto ha impedido, según su opinión, que en la comunicación de los fabricantes se cometieran abusos. Además, al hacerse de una forma consensuada con la industria, lo que hacía es que la propia industria pusiese límites a esas ansias de comunicar, muchas veces engañosa. Comenta que han sido bastante autoexigentes con lo que se podía y lo que no se podía decir; no solo se trataba de que fuera científicamente demostrable cualquier beneficio de un alimento sobre la salud, sino que ante aquellas lagunas de denominaciones de ciertos productos tipo “bio”, o “ecológico”, se concretara de una forma muy precisa cuándo se podía hablar de bio, cuándo se podía hablar de ecológico o cuándo se podía hablar de salud, y quién podía o no prescribir. Han llegado al punto, desde hace muchos años, de que un doctor no puede hablar de un alimento -ni siquiera una persona con una bata- en un anuncio de televisión, porque, aunque no sea doctor, estaría dando a entender que hay una autoridad sobre lo que se está anunciando. Sostiene que todo eso se ha ido ajustando muchísimo y, ahora mismo, tenemos un sistema bastante

proteccionista del consumidor, aunque siempre va a haber fabricantes que quieren ir más allá o entrar en zonas que no están reguladas, que ya quedan muy pocas. Opina que «si lo dejáramos todo en el plano de la ley sería terrible, porque la ley está hecha para establecer unos estándares, pero los fabricantes saben mucho más que los legisladores. La legislación siempre va muy por detrás del uso y de las costumbres del fabricante. Y de esa manera, los fabricantes siempre tienen ventaja. La ley te marca rayas de mínimos, y la otra raya la marca la autorregulación, que no se queda en la ley». Comenta que el principio de la autorregulación es que, cada vez que un fabricante hace algo o anuncia algo, hay veinticinco competidores a su lado vigilando, para evitar que intente hacer competencia desleal mediante argumentaciones abusivas o falsas. Y esta limitación impuesta por los fabricantes competidores es independiente de que la comunicación sea legal o no. Este sistema de autocontrol tiene una doble función: por un lado, los fabricantes se defienden de los ataques de sus competidores fraudulentos y, por otro lado, defienden la credibilidad de todo el sector, lo cual, a su vez, evita que se desarrolle una sobrerregulación. Desde este punto de vista, es muy fuerte la presión de los fabricantes “que intentan ser serios” (que son la mayoría) sobre aquellos otros que se saltan la ética, y las tensiones entre ellos se resuelven dentro de la propia industria. Los mecanismos de autorregulación son más ágiles que los de los tribunales o los de la administración: cuando se detecta una anomalía se hace en muy pocos días una reclamación y, si no se corrige se ponen en marcha medidas para paralizar la comunicación (no solo los fabricantes, sino también los medios forman parte del sistema de autorregulación). Si un medio emitiese esa publicidad engañosa tendría una fuerte penalización. Este sistema es, según comenta el entrevistado, muy proteccionista para los consumidores, y muy garantista para evitar la competencia desleal, mediante comunicación engañosa, entre los fabricantes. El sistema que se aplica se denomina Copy Advice, que consiste en un informe previo (emitido por Autocontrol a partir de la revisión de si se cumplen no solo

los requisitos legales, sino además los éticos), que todas las televisiones exigen a los anunciantes antes de emitir una campaña sobre alimentos, y de este modo evitan incurrir en responsabilidades en caso de que alguna campaña pueda tener consecuencias judiciales. Todo esto es muy importante para la industria, dado que las inversiones en I+D+i requeridas para desarrollar alimentos funcionales son muy altas y, por lo tanto, necesitan asegurarse la credibilidad de estos productos en el mercado.

Otro entrevistado señala que la comunicación sobre alimentos funcionales aparentemente respaldada por figuras de autoridad o por investigaciones científicas no está resultando suficiente para la credibilidad de estos productos ante los consumidores. Uno de los fenómenos que actúa sobre este menoscabo de la credibilidad en los prescriptores científicos que respaldan la comunicación de una parte de los fabricantes es el de la contradicción entre las noticias que van divulgándose a través de los medios sobre las propiedades de los alimentos sobre la salud: «Decían que el aceite de oliva era malo y ahora es muy bueno», «Decían que el atún era malo, y ahora resulta que es bueno», etc.

Esto se relaciona con el punto que sigue a continuación.

4.8. El cuestionamiento de la “objetividad” y de la

garantía de “veracidad” de las alegaciones sobre el