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ARMINIO: EL HOMBRE QUE PUSO A ROMA DE RODILLAS

In document Matyszak Philip - Los Enemigos de Roma (página 130-143)

PAX ROMANA

CAPÍTULO 10. ARMINIO: EL HOMBRE QUE PUSO A ROMA DE RODILLAS

No puede quedar duda alguna de que Arminio liberó Germanía. Otros reyes y generales habían desafiado a Roma, pero cuando su estado todavía era joven. Arminio lo hizo cuando Roma se encontraba en el apogeo de su poder. Las batallas no fueron decisivas, pero nunca fue derrotado en la guerra.

Tácito, Anales, 2. 88

Según Julio César, los germanos eran unos adversarios mucho más duros que los casi civilizados galos. Igual que éstos, los germanos eran feroces guerreros y, de la misma manera que ocurría también en la Galia, algunas tribus tenían la costumbre de apoderarse de las cabezas de aquellos enemigos a los que mataban. Pero los galos eran un pueblo agrario hábil en el trabajo del metal y la construcción. César nos informa de que los germanos despreciaban la agricultura y se alimentaban principalmente de carne, leche y queso. A diferencia de los galos, que estaban familiarizados con los utensilios de la civilización romana, César afirma que «los germanos viven en el mismo estado de privación y pobreza que tiempo atrás, con muy pocos cambios en su dieta o su vestimenta».

Los pueblos germanos creen que su mayor gloria es la cantidad de tierra que puede permanecer deshabitada alrededor de las fronteras de cada tribu. Para ellos, esto demuestra la calidad de un pueblo capaz de mantener a sus vecinos lejos de sus hogares y de aterrorizar a cualquiera que pretenda asentarse cerca de ellos. También creen que esto les proporciona cierta seguridad frente a los ataques sorpresa.

César, «Costumbres de los germanos», De Bello Gallico, 1. 2

La arqueología ha confirmado hasta cierto punto esta descripción, pero nos muestra una imagen más matizada. Los celtas orientales parecen haber tenido pocas diferencias —físicas y culturales— con los germanos occidentales. Más bien, estas dos culturas desdibujan y entremezclan sus límites a lo largo del río Main. Una de las pruebas mejor conservadas de este período es el cuerpo de un germano encontrado en una turbera en 1950. Por desgracia, parece que fue asesinado ritualmente, por lo que su vestimenta y su dieta no se correspondería con la de cualquier germano de su época. No obstante, su muerte confirma la opinión de los autores antiguos de que la justicia y la religión de los germanos eran asuntos sangrientos, así como el hecho de que se contentaba a los dioses germanos mediante sacrificios humanos.

Conocemos a esos dioses germanos mucho mejor de lo que suponemos, pues nos han dejado los días de la semana en inglés. César nos dice que los germanos no practicaban el druidismo, sino que veneraban aquellas cosas que podían ver o sentir directamente, una circunstancia que se reflejaba en la naturaleza de sus dioses. El sábado (Saturday) estaba dedicado a Saturno; el domingo (Sunday) y el lunes (Monday) al sol y la luna respectivamente; el martes (Tuesday) era el día de Tiuw, dios de la guerra; el miércoles (Wednesday) el de Woden; el jueves (Thursday) de Thor, y el viernes (Friday) de Frigga, diosa de la fertilidad.

El soldado germano típico del siglo I de nuestra era no estaba bien equipado. Llevaba un escudo rudimentario y se le consideraba bien vestido si se presentaba en la batalla llevando al menos pantalones. De hecho, para aquellos que no tenían armadura, luchar desnudos se convertía en la mejor opción. En una época anterior a los antibióticos, muchos soldados morían a causa de las infecciones provocadas por el contacto de ropas sucias con las heridas. Sólo la élite llevaba espada, y los guerreros a caballo eran todavía más escasos. El soldado medio combatía a pie con una framea, una lanza larga que en ocasiones sencillamente tenía afilado uno de los extremos de la madera.

Un guerrero germano listo para la batalla. Aunque en la imagen lleva pantalones, era preferible la desnudez a llevar ropas sucias que podrían infectar una herida si se introducían fibras en ella. Este guerrero lleva una trenza en lo alto de la cabeza, un estilo de peinado practicado por muchas tribus.

El historiador romano Tácito pone esta descripción de la habilidad guerrera de los germanos en boca del general Germánico:

El germano no tiene ni coraza ni casco. Su escudo son unas sencillas ramas de árbol o una fina plancha de madera sin refuerzo de cuero o acero. La primera línea puede tener lanzas, pero el resto cuenta con armas mucho más rudimentarias. Aunque sus cuerpos son espantosamente grandes, y aunque resultan formidables en el primer asalto, no pueden soportar el dolor cuando son heridos. Si se produce un desastre, olvidan cualquier orden divina o humana y huyen del lugar sin prestar la más mínima atención a sus jefes, y ni siquiera se sienten avergonzados por comportarse de este modo.

Tácito, Anales, 2. 14

Había variantes tribales en cuanto al armamento, como el hacha arrojadiza de los francos y el «hacha rajadora» de los sajones (una espada corta parecida a una daga), pero el carácter combativo de los germanos y el difícil terreno nativo contribuyó mucho más a su eficacia militar que su armamento.

Los bosques tenían (y siguen teniendo) una poderosa función en la psique germana. «El país se eriza con el bosque o se encona con las ciéngas», comenta Tácito. Las ciénagas se consideraban adecuadas únicamente para ahogar criminales, pero los bosques proporcionaban a los germanos los frutos y la caza, además de pastos para sus rebaños y seguridad frente a un posible ataque. Las arboledas (o incluso bosques enteros) se consideraban sagradas para algunos dioses, mientras que en otras áreas menos santificadas se obtenían combustible y materiales de construcción.

En el siglo I d. C, había aproximadamente una docena de grandes tribus germanas y muchas más de menor importancia. En la frontera romana, los marcomanos dominaban el este, y los catos, queruscos y caucos aquellas áreas más al oeste. Otra tribu occidental, la de los bátavos, abastecía a los romanos de mercenarios y organizaría una molesta revuelta en el año 69 d. C. Sin embargo, en el 12 a. C, los bátavos eran aliados de Augusto cuando envió sus legiones al otro lado del Rin para invadir Germania. A las órdenes de su comandante Druso, avanzaron hasta el río Weser en el 11 a. C. y, para el el 9 a. C., los romanos se habían instalado cómodamente en la capital tribal de los ubios (que con el tiempo se convertiría en la ciudad de Colonia). Druso avanzó entonces a través del territorio de los queruscos y llegó hasta el Elba.

En el 4 a. C. el futuro emperador Tiberio se internó todavía más en Germania y obligó a Maroboduo, jefe de los marcomanos, a establecer una alianza con Roma, aunque, poco después, aquella campaña de Tiberio en Germania se vio interrumpida por una revuelta en Panonia.

Al comienzo del siglo I d. C, la parte conquistada de Germania parecía estar en el buen camino hacia una completa romanización. Los historiadores romanos se congratulan por la forma en que los disciplinados y organizados italianos conseguían poner orden en los apasionados e irresponsables germanos.

Los germanos combinan una gran ferocidad con una mendacidad tan inmensa que aquellos que no los conocen apenas podrían concebirla. Son mentirosos por naturaleza, están permanentemente inmersos en litigios inventados, y expresan gratitud porque la justicia romana resuelve estas disputas. Parecía [en la época de Varo] que este nuevo y extraño concepto de resolver disputas por medio de la ley en lugar de con las armas estaba comenzando a calmar su naturaleza bárbara.

Veleyo, Paterculus, 2. 108

La arqueología demuestra que los comerciantes romanos llegaban mucho más allá de las fronteras del Imperio y habían establecido centros comerciales del tamaño de pequeñas ciudades. Los jóvenes germanos adoptaron la costumbre de servir en el ejército romano y, de vuelta a sus hogares, llevaron consigo costumbres romanas.

Entre estos soldados se encontraban los hijos de Sigimer, un jefe de los queruscos. Conocemos únicamente la versión romanizada de los nombres de estos jóvenes. Uno de los hermanos se llamaba Flavio, que, aunque sirve de poca ayuda, se ha traducido como «Rubio». El otro respondía al nombre de Arminio. Los nacionalistas alemanes de épocas posteriores lo han regermanizado como Hermann, pero, casi con seguridad, es una concepción errónea. Es posible que el nombre de Arminio derivase del dios Irmun (igual que ocurre con la vía romana de Inglaterra conocida como Ermine Street), pero, siguiendo la convención germana, el auténtico nombre de Arminio debería estar basado en la raíz Sigi- del patronímico paterno. Contamos con una descripción de Arminio.

Un joven noble, de mano fuerte y mente rápida, y mucho más inteligente que la mayoría de los bárbaros [...] el ardor de su rostro y sus ojos mostraba el espíritu ardiente que habitaba en su interior. Había combatido en nuestro bando en campañas anteriores y se ganó el derecho a convertirse en ciudadano romano; de hecho, fue elevado incluso al rango ecuestre.

Veleyo, Paterculus, 2. 108

Arminio no se sintió impresionado por la incursión de Druso a través de las tierras de sus queruscos nativos, y quedó profundamente disgustado por la civilización romana. En su Germania, Tácito nos ofrece una descripción idealizada de los pueblos germanos. Aunque deplora su violencia y embriaguez, Tácito los retrata, no obstante, como unos nobles salvajes, sencillos y castos, con virtudes nada sofisticadas y monarquías cercanas que constituían un apoyo para sus pueblos. Gran parte de esta descripción podría ser cierta, en particular para la percepción patriótica de un noble germano que se mostraría enormemente de

acuerdo con la visión de Tácito acerca de los vicios sofisticados y decadentes de Roma. Para un hombre de la tribu de los queruscos, el trato que recibía su pueblo por parte de los romanos sólo podría considerarse insufrible. Un jefe bárbaro ya se había rebelado porque «vosotros los romanos os buscáis los problemas solos. No enviáis perros y pastores para vigilar vuestros rebaños, sino que colocáis lobos hambrientos». (Dión Casio 56.16.)

Lo que nos lleva a Quintilio Varo, el nuevo gobernador de Germania. Un historiador antiguo resumió su anterior etapa de gobierno en Siria de este modo: «Llegó a una provincia rica como un hombre pobre y dejó una provincia pobre como un hombre rico». Varo debía su carrera al favor del emperador Augusto, pues se había casado con su sobrina nieta. Durante su estancia en Siria había actuado con firmeza frente a algunos insurgentes judíos, aunque en realidad no era un militar. Una Germania pacíficamente romanizada no tenía necesidad de un general y, si se presentaba la ocasión de combatir, Varo podría utilizar tres legiones, las XVII, XVIII y XIX, así como numerosas tropas auxiliares y de caballería.

También contaba con aliados germanos en los que sentía que podía confiar, entre ellos el joven Arminio. Varo no era consciente de que, casi desde el mismo momento que regresó a Germania, Arminio estaba conspirando contra Roma con todas sus energías. La naturaleza de la sociedad germana iba en contra de las maquinaciones de Arminio, pues los germanos eran un pueblo esencialmente democrático que tendía a elegir a sus líderes ad hoc entre los principales miembros de sus clanes locales. Además, los germanos sentían que las decisiones realmente importantes deberían tomarse en reuniones a gran escala en las que se pronunciarían entusiastas discursos y (con un poco de suerte) se consumirían grandes cantidades de comida y alcohol. Como resultado de estas características sociales, Arminio no contaba ni con la jerarquía social piramidal ni con el talento inherente para conspirar en la sombra que hacía mucho más sencilla la vida de los conspiradores romanos.

En lugar de eso, debería convencer a cada tribu y subtribu para que dejase a un lado sus disputas y rivalidades locales y actuase de una forma medianamente sincronizada. El primer paso de la conspiración consistía en que las diversas comunidades pidiesen a Varo una guarnición romana —aquí como protección contra los ladrones, allí para controlar las columnas de abastecimiento, y más allá para evitar disturbios—. Los historiadores posteriores han hecho hincapié en el gobierno opresivo de Varo como uno de los principales factores de la revuelta de los germanos, pero, de hecho, Varo parecía albergar las mejores intenciones y, a petición de los germanos, dispersó rápidamente sus tropas, dividiéndolas en pequeños destacamentos muy vulnerables, además de dedicar mucho tiempo a cuestiones legales y administrativas.

En el otoño del año 9 d. C, las noticias de graves problemas a cierta distancia despertaron finalmente a Varo, que abandonó la comodidad de su campamento y se puso al mando de sus legiones. Arminio ofreció de manera entusiasta el apoyo de los queruscos. Segestes, otro jefe tribal, acudió a Varo aconsejándole no sólo que rechazara el ofrecimiento de Arminio, sino que le cargara de cadenas por traidor. Segestes aseguró a Varo que Arminio estaba

preparando una trampa para acabar con él y sus legiones. Segestes había negado a Arminio la mano de Trusnelda, y el joven noble, sin inmutarse, había reunido una banda de seguidores y había secuestrado a la novia, quien, por otra parte, tampoco había opuesto demasiada resistencia. A causa de estas enemistades familiares, Varo creyó que Segestes no estaba comportándose de manera objetiva e ignoró su consejo. Las legiones comenzaron a tener problemas casi de inmediato.

Pasaron por un bosque casi impenetrable [...] había montañas puntiagudas y unas arboledas altas y densas. Incluso sin ser atacados, los romanos pasaron apuros mientras cortaban árboles y construían caminos, y hasta tuvieron necesidad de puentes. Llevaban consigo muchos carros. Fue como si viajaran en tiempos de paz, pues, de hecho, entre ellos había muchas mujeres, niños y sirvientes.

Dión Casio, 56. 20-21

Puede ser (los testimonios son contradictorios) que Varo pretendiese llegar a sus cuarteles de invierno y, por lo tanto, trasladara todo su campamento y tratara los disturbios locales durante el camino. Arminio informó sinceramente a Varo de que necesitaba organizar sus propias fuerzas y se despidió de los romanos. Varo no lo sabía, pero las fuerzas de Arminio no sólo incluían las de su propia confederación tribal, los queruscos, sino también la mayoría de sus vecinos caucos. Los maroboduos y los marcomanos permanecieron cautelosamente neutrales.

Lo que ocurrió a continuación debe ser siempre, hasta cierto punto, una conjetura. En lo más profundo del bosque de Teotoburgo, los germanos cayeron sobre los romanos y los destruyeron. Aquél fue uno de los momentos decisivos de la historia de Alemania y, sin embargo, hasta la última década fue un misterio incluso el lugar exacto donde se libró la batalla. El gigantesco monumento que erigieron los alemanes en el siglo XIX en recuerdo de la victoria de Arminio ha resultado estar situado a unos cuarenta y cinco kilómetros del lugar correcto.

Las investigaciones del Mayor Tony Clunn, un arqueólogo aficionado británico, llevaron al descubrimiento de un gran número de objetos de hierro, muchos de ellos romanos, en Kalkriese, en las lindes de los montes Wiehen, al norte de Osnabrück. Los arqueólogos profesionales, dirigidos por el Profesor Wolfgang Schlüter, confirmaron muy pronto lo que el Mayor Clunn había sospechado: era el lugar de la Varusschlapht, la batalla de Varo. Las pruebas nos dicen que allí se libró una lucha continua durante varios días, hasta que los romanos lograron salir del bosque. Cuando los romanos regresaron al lugar de la batalla unos años más tarde, hallaron los restos de una «muralla derruida», en palabras de Tácito. Los arqueólogos modernos encontraron esta muralla, pero quedaron muy sorprendidos por el hecho de que era más una valla que un muro, y que, al parecer, la mayoría de los romanos cayeron fuera de ella.

Las investigaciones posteriores dejaron claro que la valla era del tipo que los germanos construían alrededor de la cumbre de sus pastos para evitar que se extraviasen sus rebaños. Sin embargo, en este caso, las criaturas encerradas fueron seres humanos. Arminio acorraló a los confundidos y mal dirigidos romanos entre el bosque y un pantano cercano, sin dejarles tiempo para huir u organizarse, y

destruyó a todo un ejército de aproximadamente 30.000 hombres. La mayoría de los legionarios fueron masacrados allí mismo, aunque algunos desafortunados oficiales de alto rango fueron llevados a las arboledas sagradas donde los romanos fueron víctimas de horribles sacrificios. Un dios, Donar, recibió especiales muestras de gratitud por una serie de tormentas que habían inmovilizado y desmoralizado a los ignorantes romanos, la mayoría de los cuales fueron abandonados en el lugar donde cayeron, y cuyos huesos blanquearon los claros del bosque durante los siguientes seis años.

También Varo murió, fuese en combate o por su propia espada. Tácito nos informa de que era una tradición familiar, pues el padre y el abuelo de Varo habían hecho lo mismo (el padre de Varo había combatido en el bando perdedor en una de las guerras civiles romanas, mientras que no se conoce la razón del suicidio del abuelo). Arminio hizo que sus hombres buscaran entre los cadáveres hasta que hallaron el cuerpo de Varo. Luego, envió su cabeza a Maroboduo, jefe de los marcomanos, con la esperanza de que su colega abandonara rápidamente su obstinada posición de neutralidad. Pero Maroboduo no estaba interesado en este horripilante trofeo, y lo envió a Roma para que recibiese unas honras fúnebres dignas.

Las noticias del desastre golpearon Roma como si se tratase de uno de los rayos de Donar. Con las legiones de Varo destruidas, sólo los Alpes separaban a la indefensa capital del Imperio de las hordas germanas. Unas pocas generaciones antes, decenas de miles de germanos cimbrios se habían infiltrado hasta el norte de Italia y sólo fueron derrotados por la heroicidad desesperada de Mario y Lutacio Catulo. El emperador Augusto ordenó una leva de emergencia y envió rápidamente al norte a la experimentada Legión V Alauda para que cubriera el vacío dejado por las legiones de Varo. Según su biógrafo Suetonio, Augusto quedó profundamente afectado por el desastre. Incluso meses más tarde, se golpeaba la cabeza contra las paredes mientras gritaba «¡Quintilio Varo, devuélveme mis legiones!». Las legiones I Germánica y XVII fueron trasladas posteriormente para completar la reparación de las líneas romanas, pero nunca se reconstruyeron las legiones XVII, XVIII y XIX destruidas por Arminio, y jamás volvieron a emplearse sus funestos títulos.

Con la frontera segura, los pensamientos romanos volvieron a la venganza. Puesto que en otro tiempo había servido bajo las águilas romanas, Arminio sabía de la resistencia romana ante la derrota y de la amarga tenacidad con la que perseguían a sus enemigos. Los meses posteriores a la batalla del bosque de Teotoburgo fueron testigos de una frenética actividad diplomática; por una parte, Arminio buscó unir a las tribus contra los romanos y, por otra, los romanos prometieron, y era una amenaza que debía tomarse muy en serio, que aquellos que no ayudasen a luchar contra Arminio correrían su misma suerte. Tan pronto como se inició la estación de campaña del año 10 d. C, Tiberio, heredero nombrado por Augusto, dirigió el contraataque romano.

A pesar de su reciente victoria, Arminio no se hacía muchas ilusiones respecto a la capacidad de sus hombres comparada con la de los legionarios de Tiberio y renunció por completo a enfrentarse a los romanos en campo abierto. En lugar de ello, se retiró a lo más profundo de los bosques. Esta táctica desconcertó

a Tiberio, pues la política militar romana consistía en avanzar directamente sobra cualquier cosa que preciaran sus enemigos y derrotar entonces a cualquier ejército que acudiera a defenderla. Pero Germania no poseía ciudades que capturar, muy

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