CONJURAS, TRAICIONES Y GUERRA CIVIL
CAPÍTULO 6. ESPARTACO: EL HOMBRE QUE SE CONVIRTIÓ EN MITO
Rápido, muchacho... trae vino, que recuerda la guerra de los marsos. Si es que el saqueo de Espartaco ha dejado alguna jarra.
(El poeta Horacio pidiendo vino añejo.) Carmina, 3,14
La historia de Espartaco es realmente increíble. Espartaco se enfrentó a Roma, el imperio más poderoso de la Antigüedad, en la propia Italia. Nadie lo había conseguido desde Aníbal, y en el ínterin Roma se había convertido en una gran potencia. Aníbal contó con los recursos de Cartago e Hispania, además de una hueste de aliados galos, mientras que Espartaco comenzó con las manos vacías, pues no poseía, literalmente, ni la camisa con la que se cubría. Era un esclavo, un prisionero condenado a muerte. Más tarde reunió una banda de pastores y esclavos fugitivos, una chusma provista de armamento casero que tendría que haber sido masacrada por auténticos soldados bien entrenados. Pero nada de eso ocurrió, y Espartaco ganó una batalla tras otra.
La historia comienza en el año 73 a. C. en Capua, al sur de Italia central. En esta ciudad, en la escuela de un hombre llamado Léntulo Batiato (o posiblemente Léntulo Vatia), un numeroso grupo de gladiadores se entrenaba para combatir en la arena del anfiteatro. Hasta el siglo I a. C, los gladiadores no se convirtieron en uno de los principales elementos de los espectáculos de entretenimiento romanos, aunque eran conocidos desde el año 264 a. C, cuando un individuo llamado Junio Pera ofreció por primera vez un espectáculo de gladiadores. Pera tomó la idea de los etruscos, un antiguo pueblo que había vivido en una región de Italia justo al norte de Roma.
Originariamente, los combates de gladiadores poseían una función cuasi religiosa, se trataba de una forma de honrar al difunto durante su funeral. La idea de que los gladiadores combatieran y murieran para divertir al público sólo comenzó a tomar cuerpo durante la época de los años setenta a. C. Aunque siguieron teniendo un marcado carácter funerario, los combates de gladiadores se celebraron a partir de entonces en público, y a menudo en la arena, mientras que hasta entonces habían tenido lugar en casas privadas, e incluso (en ocasiones) en el foro de Roma. Las herramientas especializadas que emplearían los gladiadores de la época imperial todavía eran muy raras, y la mayoría de los gladiadores combatían con el arma de la que deriva su nombre, la espada (gladius en latín).
Este tipo de combates no era muy frecuente, y no siempre se luchaba a muerte, pues los gladiadores resultaban muy caros. Al tratarse de un acto peligroso, los participantes debían ser hombres sanos y entusiastas. No sorprende saber que a menudo este entusiasmo se conseguía mediante coacción, y así la
profesión de gladiador llegó a ser propia del colectivo al que más fácilmente se podía coaccionar, los esclavos. Los esclavos sanos tenían un precio más elevado que cualquier otro, y era una extravagancia arriesgarlos en la arena, donde, si morían, su valor se reduciría a la nada. Sin embargo, cuanto más hábil fuese el gladiador, menos posibilidades tendría de morir, y conservaría su valor durante más tiempo.
Espartaco recorrió toda la península Italiana dos veces durante sus dos años de saqueo generalizado. Su ejército tuvo la oportunidad de escapar después de alcanzar los Alpes, pero decidió permanecer en Italia.
Esto nos lleva de nuevo a la escuela de Léntulo Batiato, donde se entrenaba a los gladiadores en el brutal arte de sobrevivir a costa de la vida de sus rivales. Según Plutarco, que escribió un siglo más tarde, las condiciones de la escuela de Batiato eran especialmente duras, y se mantenía a los gladiadores en un estrecho confinamiento. En defensa de Batiato deberíamos recordar que los hombres a su cargo eran especialmente peligrosos. Entre ellos se encontraba un tracio conocido como Espartaco. «Spartakos» era un lugar de Tracia y, puesto que era frecuente llamar a un esclavo romano por su lugar de nacimiento, es probable que Espartaco recibiese su nombre de Batiato. Espartaco había comenzado su vida adulta como pastor, y en la antigua Tracia la vida en el campo no era sencilla. Se alternaban las largas horas de aburrimiento con las luchas contra los lobos, osos o
bandidos. Evidentemente, Espartaco acabó cultivando cierto gusto por la lucha, pues acabó dejando los rebaños para convertirse en soldado.
Las leyendas difieren en este punto. Algunos, entre los que se cuenta el historiador Apiano, dicen que Espartaco combatió contra los romanos y fue capturado. Como prisionero, y al no tener medios para pagar su propio rescate, fue vendido como gladiador. Otra tradición diferente sugiere que Espartaco sirvió en el ejército romano como soldado auxiliar (los auxiliares eran soldados no romanos con armamento ligero que luchaban junto a las legiones). Si esta información es correcta, tendríamos la explicación sobre dónde obtuvo Espartaco un conocimiento detallado de las técnicas de combate de los romanos que empleó con efectos tan devastadores contra sus inventores.
Tras abandonar el ejército (según el historiador Floro, desertó), Espartaco se convirtió en bandido, y se dedicó a asaltar a los caminantes que se aventuraban por los solitarios caminos de Tracia. Fue capturado después de uno de estos asaltos y le condenaron a muerte, aunque sus captores decidieron que la justicia debería combinarse con el entretenimiento, pues Espartaco poseía todo lo necesario para ser un buen gladiador. Era un combatiente feroz, estaba entrenado en el manejo de las armas y —ante la ley— ya estaba muerto.
Espartaco fue vendido como gladiador. Según una de las versiones, en sus viajes le acompañaba su esposa, que le predijo un destino bien diferente.
Hay una historia que cuenta que, nada más llegar a Roma para ser vendido, una serpiente se enrolló alrededor de su cara mientras dormía. Su esposa, que también escaparía y se uniría a él, era una campesina tracia, una especie de profetisa, en concreto de aquellas de las que se apoderaba el frenesí báquico. La mujer declaró que aquello era un signo que indicaba que Espartaco adquiriría un poder enorme y formidable, pero que tendría un mal final.
Plutarco, Vida de Craso, 8
Y así, Espartaco, y con él un puñado de bandidos, terminaron con Léntulo Batiato, que los preparaba para luchar en un espectáculo para el pueblo de Capua. Espartaco tenía otros planes, y comenzó a preparar a los otros gladiadores, unos 200 en total, para intentar obtener la libertad. No se sabe cómo, pero se descubrió el motín, y los cabecillas, Espartaco y otros dos compañeros de armas llamados Crixo y Enomao, se vieron obligados a escapar en compañía de menos de la mitad de los gladiadores. Todavía desarmados, se arrojaron a las calles y arrasaron una de las tabernas típicas de la vida urbana romana. Su objetivo, probablemente planeado, era apoderarse de los espetones, cuchillos y cuchillas de carnicero de las cocinas.
Estas armas rudimentarias en manos de luchadores entrenados eran más que suficiente para persuadir a los guardianes de las puertas para que no intentaran oponerse a los deseos de los gladiadores de abandonar la ciudad. En el camino desde Capua, los fugitivos descubrieron un carromato con armas y protectores para gladiadores, quizás los mismos utensilios con los que se suponía que iban a morir en el espectáculo de Capua. Tras equiparse con este botín, los gladiadores subieron el monte Vesubio e instalaron su campamento en el cráter.
La noticia de la rebelión se propagó rápidamente, y pronto el pequeño campamento comenzó a recibir un goteo continuo de esclavos huidos que preferían una vida de fugitivos a la cautividad entre los romanos. La mayoría de estos nuevos reclutas no eran vernae, como se denominaba a los nacidos en cautividad, sino soldados capturados en las muchas guerras libradas por Roma y que habían sido puestos a trabajar en los campos, recibiendo un trato apenas mejor que el de los animales de granja.
La mayoría de ellos, incluidos los propios gladiadores, eran tracios y galos. Conforme a la tradición de estos pueblos, designaron a sus líderes, y los elegidos fueron los gladiadores cabecillas de la revuelta: Crixo y Enomao, ambos galos, y el tracio Espartaco, que asumió el mando supremo. Este arreglo, por el que la mayoría de los líderes era de origen galo, mientras que el jefe supremo era tracio, reflejaba tanto las tensiones entre las diversas facciones que ya se dejaban sentir entre los huidos, como la habilidad diplomática de Espartaco para superarlas.
Utilizando el Vesubio como base, la banda de Espartaco se dio al bandidaje, y no es probable que lo hiciera reticencia o inexperiencia. De hecho, pronto se convirtieron en una molestia tan importante que los romanos enviaron 3.000 hombres a las órdenes del aristócrata Apio Claudio Pulcer para limpiar el Vesubio de esta plaga. Los romanos acorralaron rápidamente a los bandidos en la montaña y comenzaron a estrechar el cerco sobre ellos.
Atrapado cerca del cráter, Espartaco demostró tener una habilidad táctica sin rival en su época. Los romanos habían dejado sin vigilancia una de las caras del Vesubio, pues era tan empinada que resultaba inaccesible. Utilizando enredaderas salvajes, Espartaco y sus hombres confeccionaron cuerdas y descendieron la pendiente con ellas. Un hombre quedó en último lugar para descolgar las armas y eliminar las pruebas de su huida, y luego consiguió deslizarse a través del cordón romano sin ser visto.
Creyendo que sus enemigos se encontraban atrapados en lo alto de la montaña, los romanos estaban instalando tranquilamente su campamento cuando Espartaco y sus hombres cayeron sobre su retaguardia, dieron muerte a muchos de ellos y pusieron en fuga al resto. La victoria permitió a Espartaco equipar a sus hombres con material militar romano y favorecer que una nueva oleada de fugitivos se uniera a él.
Este éxito era un arma de doble filo. Al demostrar que podían sobrevivir y prosperar, atrajo a más seguidores pero, cuantos más fuesen éstos, más salvajes tendrían que ser sus saqueos para alimentarlos, y más violenta sería la respuesta de Roma. Era una espiral que refleja la verdad básica de que Espartaco no era más que un síntoma de una enfermedad más grave dentro de la política y la sociedad de Roma.
Hubiera triunfado o no como bandido, Espartaco habría sido olvidado pronto; lo que le convirtió en un fenómeno fue el gigantesco número de personas que se unieron a él. Ciertamente, no todos eran gladiadores. En total, había menos de 10.000 gladiadores en toda Italia, mientras que, a fines del 73 a. C, Espartaco contaba con unos 40.000 hombres armados.
Lo que más ayudó a Espartaco a la hora de reclutar hombres fue el egoísmo y la brutalidad de la élite romana. Aunque ya habían pasado ciento
veinticinco años, el sur de Italia todavía no se había recuperado de las devastaciones sufridas durante la guerra con Aníbal. La guerra había destruido las pequeñas propiedades familiares que proporcionaban reclutas para las legiones, y ahora, con las guerras de Roma prolongándose casi de manera indefinida, los agricultores que quedasen eran enrolados en el ejército, donde permanecían durante años y, en algunos casos, décadas, mientras sus haciendas se sumían en el abandono. Esta situación era perfecta para las élites romanas, que compraban la tierra a precios ridículos o expulsaban a los pequeños propietarios de sus tierras.
Las pequeñas propiedades se combinaban en enormes granjas llamadas latifundios y eran trabajadas por esclavos. La decisión de explotar las propiedades con esclavos era deliberada, pues no había que tratarlos ni siquiera con una mínima decencia, y no podían ser llamados a filas. En consecuencia, Espartaco saqueó tierras pobladas en su mayoría por esclavos que no tenían nada que perder o por agricultores arruinados que ya lo habían perdido todo y a los que sólo les quedaba el sentimiento de amargura. Cuando Espartaco comenzó a atacar ciudades, los pobres que vivían en ellas lo recibieron con entusiasmo y se unieron a él en el saqueo de sus poderosos opresores. Espartaco siempre compartía el botín de manera equitativa, y esto contribuyó enormemente al reclutamiento.
Espartaco arrasó toda la campiña al sur de Roma, destruyendo las villas rurales y reclutando a sus esclavos. Las ciudades de Cora, Nuceria y Nola fueron saqueadas. Los esfuerzos de los pretores Varinio y Glaber por ofrecer alguna resistencia fueron entorpecidos por la autosuficiencia de Roma. Ya se habían producido en otras épocas revueltas de esclavos, en especial dos grandes revueltas en Sicilia (durante los años 135-132 a. C. y 104-100 a. C.) que fueron como pequeñas guerras. Cada revuelta había durado lo que habían tardado las legiones en llegar hasta allí y aplastarla. Unos esclavos pobremente armados y sin experiencia militar no eran rival para los legionarios, pero los pretores no contaban con legionarios.
[El pretor] tuvo que arreglárselas con todos aquellos que pudo reclutar por el camino a toda prisa. Ocurrió así porque los romanos todavía no consideraban el problema como una guerra, sino como algo parecido a un gran ataque de piratas.
Apiano, Guerras Civiles, 1, 14
Los romanos pagaron cara su despreocupación, y Espartaco derrotó primero a un contingente romano y luego a otro. Alcanzó a Glaber en Salinae y, en su huida, el pretor abandonó a sus asistentes, su caballo y las fasces que simbolizaban su rango. A partir de entonces, el bandido y gladiador tracio se paseó con los asistentes y avíos propios de un magistrado romano.
Por desgracia, casi no disponemos de información acerca de lo que ocurría en el campamento de Espartaco. Nuestro conocimiento procede de los romanos que informaron fielmente sobre lo que hizo, aunque sus motivos resultaron tan misteriosos para ellos como lo son para los historiadores modernos. No obstante, parece que, después de su primer año de libertad, Espartaco llegó a la conclusión acertada de que no podía permanecer en Italia. La mayoría de su gente eran
cautivos de tribus galas, germanas o tracias, y para llegar a sus hogares había que atravesar toda la península italiana y cruzar los Alpes. Pero Roma y sus ejércitos se interponían en su camino.
Espartaco burló a un ejército mediante un truco que posteriormente adoptó un protagonista de la novela Beau Geste.
Cuando se vio rodeado por los soldados del procónsul, Espartaco hizo que sus hombres colocaran estacas a intervalos regulares enfrente de las puertas del campamento. Colgó cadáveres de estas estacas y les colocó armas, de manera que, a cierta distancia, parecían centinelas. También encendió hogueras alrededor del campamento, y mientras sus enemigos eran engañados con este espectáculo vacío, Espartaco y su ejército se escabulleron en medio de la noche.
Frontino, Estratagemas, 1.5.22
Puesto que ya estaba demasiado avanzado el año para intentar cruzar los Alpes, Espartaco se dirigió hacia el sur para pasar el invierno, y sometió casi por completo las regiones de Lucania y Bruttium. Pasó el invierno preparando sus fuerzas —que ahora se habían incrementado hasta casi 70.000 hombres— para el enfrentamiento con Roma. No permitió la entrada de oro y plata en las ciudades bajo su control y, por el contrario, fomentó la importación de hierro. Buscó activamente herreros que pudieran fabricar armas y armaduras para sus nuevos reclutas. Espartaco había llegado al sur con una muchedumbre, pero pretendía regresar al norte con un ejército.
Entonces sí, los romanos se tomaron en serio a Espartaco. En el año 72 a. C. enviaron dos ejércitos consulares y un tercero bajo el mando de un pretor, mucho más de lo que se había empleado en otras ocasiones para conquistar una nación completa. Al verse ante aquella amenaza, el ejército de esclavos se dispersó. Enomao había muerto en combate, y Crixo y sus galos se desgajaron de la fuerza principal. Puede que se produjeran conflictos étnicos dentro del ejército de esclavos, o quizás hubo un cisma por el liderazgo, o bien el ejército era tan grande que se dividió por motivos puramente administrativos. En el monte Gorgano, en Apulia, las fuerzas de Crixo se enfrentaron al ejército del pretor Q. Arrio. Como se demostraría repetidamente, sin Espartaco, los rebeldes no eran rival para los romanos. Murieron Crixo y gran parte de sus hombres, y los supervivientes se dispersaron.
Mientras tanto, Espartaco se dirigió hacia el norte con el resto de los rebeldes. Llegó hasta el río Po sin ningún enfrentamiento serio, pero su enorme ejército era mucho menos maniobrable que los bien entrenados soldados romanos, lo que a la larga le supuso una desventaja considerable. Justo al norte se encontraba el ejército del cónsul Léntulo, y por el sur se aproximaba rápidamente el otro cónsul, Poplícola. Parecía el final de Espartaco, atrapado entre ambos ejércitos, pero, en lugar de eso, derrotó primero a un ejército y a continuación al otro. Resulta difícil comprender cómo lo hizo, y los romanos, humillados por su derrota a manos de unos esclavos, nunca dieron una explicación sobre lo que ocurrió realmente.
En memoria de Crixo y de los caídos en las últimas batallas, Espartaco hizo que los prisioneros romanos combatieran entre ellos como gladiadores. «Justo como si deseara borrar toda su deshonra pasada convirtiéndose, en lugar de en gladiador, en patrocinador de espectáculos de gladiadores», señala Floro, y no es necesario añadir que semejante trato dispensado a los soldados deshonró a todo el estado romano. Apiano retoma la narración en este punto:
Tras la retirada del ejército romano presa de la confusión, Espartaco sacrificó en primer lugar a 300 prisioneros romanos en honor de Crixo, y luego se dirigió hacia Roma con 120.000 soldados de infantería, no sin antes quemar todo el equipo innecesario, dar muerte a todos los prisioneros y sacrificar todos los animales de tiro para liberarse de todas las cargas; y aunque muchos desertores se acercaron a él, se negó a aceptar a ninguno de ellos.
Apiano, Guerras Civiles, 1.14
Aparte de la crueldad calculada hacia los prisioneros, de la narración de Apiano se deducen dos cosas. La primera es que Espartaco tenía entonces bajo sus órdenes a más de 100.000 hombres. Para tener una perspectiva correcta de lo que esto significaba, baste señalar que el mayor ejército que jamás puso Roma en un campo de batalla italiano fue el de la batalla de Cannas, que tenía en total unos 85.000 hombres. Los ejércitos romanos no sobrepasaban este número sencillamente porque mantener un ejército de estas dimensiones constituía una auténtica pesadilla logística. Incluso Espartaco, que vivía de saquear las tierras por las que pasaba, sintió que no podía mantener un ejército mayor —y Crixo había demostrado que los insurgentes no podían crear otro ejército sin encontrar otro Espartaco que lo dirigiese—.
Si Espartaco contemplaba la posibilidad de atacar a la propia Roma es que estaba soñando. La ciudad contaba con unas poderosas murallas y, además, la guerra de asedio era una cuestión muy compleja que requería de habilidades y equipos especiales. Sin embargo, después de las últimas victorias, ¿había algo imposible para él? Su movimiento hacia Roma fue en realidad una finta para desviar a las tropas romanas al sur de su vía de escape. La estrategia fracasó, y Espartaco se vio obligado a luchar de nuevo, esta vez en algún lugar de Piceno. Venció, pero le aguardaba otro ejército en Mutina.
Hasta entonces Espartaco había combatido contra milicias locales reunidas apresuradamente o con reclutas novatos alistados recientemente en las legiones. El ejército de Mutina era un ejército veterano comandado por C. Casio, procónsul de Galia. En cualquier caso, Espartaco lo derrotó de manera aplastante, en otra de