EL FINAL DEL IMPERIO
CAPÍTULO 15. ZENOBIA: LA REINA RENEGADA DE ORIENTE
Mientras Galieno tenía un comportamiento horrible, incluso las mujeres gobernaban de forma excelente [...] [Zenobia] ejerció el poder imperial en nombre de su hijo [...] gobernando durante más tiempo de lo que podría resistir una mujer.
«Los treinta tiranos», Historia Augusta, 30. 1
En la segunda mitad del siglo III de nuestra era, Roma tenía abundancia de enemigos. La Galia se había separado para formar un imperio independiente en Occidente. Procedentes del norte, las invencibles hordas godas se internaban a través de las defensas fronterizas y saqueaban las tierras romanas del interior del Imperio. La desesperada necesidad de dinero y soldados que tenía Roma provocó la inestabilidad de todo el Imperio, y los usurpadores aprovecharon esta inestabilidad para reclamar, y algunas veces obtener, la púrpura imperial.
Los persas se sentían muy confiados después de su victoria ante Valeriano y ya albergaban arrogantes sueños de control de todo el oriente romano. El poder que competía con ellos no era Roma, sino una pequeña ciudad desértica conocida por los romanos como Palmira, cuyo auge dominaría brevemente toda la región.
Los habitantes de Palmira, una mezcla de pueblos siríacos y árameos, con un pequeño componente de comerciantes griegos, llamaban a su ciudad Tadmor. Era una ciudad muy antigua, construida alrededor de un grupo de oasis, con una historia de asentamientos que se remontaba hasta el séptimo milenio a. C. (Damasco, al sudoeste, tiene casi la misma antigüedad, y actualmente es la ciudad habitada de manera permanente más antigua del mundo.) Originariamente dominada por el Imperio Seléucida, Palmira se convirtió en una entidad semiautónoma a fines del siglo I a. C, y tuvo su primer contacto con la civilización romana cuando Marco Antonio intentó infructuosamente saquear el lugar en el año 41 a. C.
Para la época del emperador Tiberio, Palmira estaba bajo soberanía romana, no mediante conquista, sino por la aceptación palmirena del dominio romano. Los romanos estacionaron tropas en la ciudad e instituyeron un sistema fiscal pero, por lo demás, se le permitió a Palmira prosperar por su cuenta bajo la paz romana.
Y prosperó. Palmira era sobre todo una ciudad comerciante, como demuestran sus dos divinidades, Arsu y Azizu. Estos dioses, montados sobre un camello y un caballo respectivamente, protegían las caravanas que traían riquezas a la ciudad desde el este y el oeste. Palmira era el lugar donde hacían negocios los imperios rivales de Roma y Partia. Palmira comerciaba con las ciudades costeras de la Siria romana, e importaba especias y sedas de Arabia, China y otras partes
del Lejano Oriente. En la otra dirección, enviaba un flujo constante de oro romano, aunque retenía un buen porcentaje para sí misma.
Oriente Medio en la época romana tardía. Zenobia no encontró razón por la cual Palmira no debiera dominar todas las tierras al oeste del Eufrates que aparecen en este mapa, incluido Egipto, y legitimó esta pretensión proclamando que era heredera del Imperio Seléucida que una vez había cubierto gran parte de la misma región.
Como mercaderes, los palmirenos traían los frutos de la India y Arabia desde Persia. Ellos los vendían en territorio romano.
Apiano, Guerras Civiles, 5. 1 .9
Palmira se construyó con una mezcla característica de los estilos helenístico y parto, combinando un ágora griega y una arquitectura romana con bajorrelieves persas; uno de los mayores templos de la región estaba dedicado al dios semítico Baal. El emperador Adriano visitó la ciudad aproximadamente en el año 129 d. C. y encontró una floreciente cultura híbrida unida en la búsqueda del comercio y el beneficio.
La crisis del siglo III hizo que muchos palmirenos se replantearan su lealtad a Roma. Los impuestos romanos suponían una carga cada vez mayor, y la paz y seguridad que ofrecían a cambio eran conceptos cada vez más tenues. Con la derrota de Valeriano ante los persas sasánidas y la fractura y división del Imperio Romano entre diversos y, a menudo rivales, imperatores, los palmirenos buscaron otros protectores.
La mezcla de Oriente y Occidente que caracterizaba Palmira se personificó en su líder de aquel momento, un hombre llamado Septimio (un buen nombre romano) Odenato (un nombre árabe que significa «oreja pequeña»). Al parecer, Odenato no era un monarca por derecho de herencia, sino más bien el líder de una de las casas comerciales que luchaban por el predominio en aquellos tiempos turbulentos. Con el respaldo de la población palmirena, Odenato decidió ofrecer una alianza al rey persa Shapor (véase capítulo anterior). En respuesta, el persa reprochó bruscamente a Odenato su impertinencia. Sólo el vasallaje absoluto de Odenato satisfaría al arrogante monarca, de modo que Palmira volvió a su fidelidad a Roma.
En aquel momento, Roma era gobernada por Licinio Galieno, el hijo de Valeriano, el emperador derrotado. Galieno estaba intentando con todas sus fuerzas mantener unidas las regiones centrales de sus dominios, y estaba casi dispuesto a ceder el control de las áreas periféricas, siempre que los usurpadores actuasen en nombre de Roma.
De esta forma, Odenato se convirtió en dux Romanorum, un líder militar romano, y como tal emprendió la guerra contra el enemigo persa. Palmira poseía dos formidables armas: los arqueros y los catafractos, que eran un rasgo distintivo de los ejércitos orientales. Los soldados utilizaban otra palabra para describir la armadura que llevaban bajo el asfixiante calor del desierto: clibanus, la palabra latina para «horno».
Odenato era un buen general y disponía de tropas bien pagadas y motivadas. Pronto recuperó las estratégicas fortalezas de Carras y Nisibis, y llegó incluso a someter a un breve asedio al rey persa dentro de su propia capital. Después de estas victorias, Odenato comenzó a hacerse llamar «Rey de Reyes», probablemente para insultar al rey persa que solía adoptar este título. Mientras tanto, un encantado Galieno nombraba a Odenato vir consularis y le confiaba el grandilocuente, aunque básicamente vacío, título de corrector totius orientis («supervisor de todo el este»).
Una repentina incursión de los godos en Capadocia durante el año 267 d. C. obligó al corrector totius orientis a marchar a toda prisa hacia el norte para enfrentarse a la nueva amenaza. Poco después llegó a Palmira la noticia de que Odenato había muerto, y no lo había hecho combatiendo en una batalla, sino asesinado. También había muerto Septimio Herodes, el hijo de Odenato, y el autor del crimen era un sobrino de Odenato llamado Meonio, que alegó que había vengado una ofensa recibida del rey, aunque la muerte de Septimio Herodes demuestra que Meonio tenía la ambición de hacerse con el trono.
Esta ambición duró muy poco. En Palmira, Zenobia, la esposa de Odenato, reclamó el trono para su hijo Vallábate (aunque, según algunas fuentes, Vallábate fue precedido brevemente por otro hermano llamado Herodiano). Actuando como regente, Zenobia capturó rápidamente a Meonio y se cobró su vida como sacrificio en memoria de su esposo.
Muchas veces se ha planteado la posibilidad de que Meonio fuese un peón de una de las potencias rivales de la región. Quizá los persas le ofrecieron tener buenas relaciones con él si eliminaba de la escena al formidable Odenato, o puede que Cocceio Rufino, gobernador romano de Siria juzgase (correctamente) que el
poder palmireno había crecido tanto que se había convertido en una amenaza para Roma.
Pero las sospechas principales han recaído sobre la propia Zenobia. El heredero asesinado de Odenato, Septimio Herodes, era fruto de otro matrimonio y, hasta su muerte, era casi imposible que los hijos de Zenobia accediesen al trono. Ahora, por medio de su hijo, Zenobia controlaba un imperio que se extendía desde los montes Tauro en el norte hasta el golfo de Arabia en el sur, e incluía Cilicia, Mesopotamia, Arabia y partes de Siria.
Moneda de Zenobia. Esta moneda fue acuñada durante el período en el que Zenobia desafió abiertamente a Roma, pues el «AUG» después de su nombre la proclama como «Augusta», o madre del emperador, el título que reclamaba para su hijo.
Zenobia ha fascinado a los historiadores casi desde el momento que accedió al poder. Las reinas orientales eran escasas, pero hubo varios ejemplos. Los contemporáneos de Zenobia habrían recordado a Semiramis, legendaria reina de Asiría, y también a Artemisia, reina de Halicarnaso durante el siglo V a. C. De manera deliberada, Zenobia cultivó su imagen exótica, haciéndose llamar la «Reina del este». Tomó como modelo a otra reina famosa, Cleopatra, de quien pretendía ser descendiente lejana (una pretensión bastante improbable, aunque no imposible, pues Cleopatra fue una reina helenística y Palmira había formado parte de un reino helenístico posterior, aunque sucesor de Seleucia más que de Egipto).
De vez en cuando, Zenobia se presentaba ante sus tropas vestida con la armadura de combate y se dirigía a sus soldados con voz alta y (según algunas fuentes poco favorecedora) muy masculina. Sin embargo, se trataba de la misma reina que reunió en su corte una escuela de los filósofos neoplatónicos de moda, y que hizo de uno de ellos, Longino, su principal consejero.
Al parecer, Zenobia dedicó el primer año y medio en el poder a consolidar su posición dentro de los territorios palmirenos. Tomó buena nota de la muerte de Galieno en el 268, asesinado mientras combatía contra el usurpador Aureolo en
Milán. El sucesor de Galieno, Claudio Gótico, tuvo que dedicar todos sus esfuerzos a contrarrestar la invasión goda contra la que se había enfrentado el difunto esposo de Zenobia. Con la atención de los romanos en otro lugar, Zenobia decidió que era un momento apropiado para la expansión. A comienzos del año 270 d. C, sus tropas entraron en acción. Sus primeras misiones se concentraron en intentar absorber Bostra, en el sur, destruyendo durante los combates el templo de Júpiter Hammón.
Poco después, Palmira se hizo con el control de Antioquía, que Zenobia consideraba con cierto descaro la «ciudad ancestral» de Vallabato. Puesto que Antioquía era una ciudad fundada en época helenística, esta afirmación ponía en relación a Zenobia con unos supuestos antepasados macedonios. En esta misma línea, Zenobia helenizó el nombre de su padre, al que a partir de entonces llamó Antíoco, igual que los reyes seléucidas de Siria. Los palmirenos también intentaron extender su control en dirección al Mar Negro, un movimiento que provocó confusión y fricciones entre los oficiales romanos que no sabían cómo tratar a aquella aliada tan decidida.
Claudio Gótico infligió una gran derrota a los godos y consiguió estabilizar la frontera nororiental romana. No sabemos qué pretendía hacer a continuación, porque poco después falleció víctima de la peste. Quintilio, su sucesor, apenas se había instalado en el trono cuando fue depuesto por Aureliano, uno de los generales de Gótico. Zenobia se aprovechó de esta situación de caos para proclamarse reina de Egipto, en este caso no por una supuesta herencia, sino por derecho de conquista. Este acto supuso una ruptura definitiva con Roma. Galieno había animado a Palmira y Gótico la había tolerado porque la ciudad actuaba claramente a favor de los intereses de Roma. Pero al fomentar la inestabilidad y enviar tropas a Egipto, Zenobia demostró que había cometido un error fatal al juzgar al nuevo emperador de Roma.
Zenobia intentó hacer creer que seguía siendo una fiel aliada del Imperio. Las monedas acuñadas en las regiones bajo su control llevaban la efigie del emperador en el reverso y la de Vallabato en el anverso, este último con la corona de laurel de un romano en lugar de la diadema típica de los potentados orientales. Pero estas demostraciones de lealtad no podían disculpar la incursión de los ejércitos palmirenos en una provincia romana, una afrenta que Roma no podía tolerar.
En aquella época, Egipto era un foco de inestabilidad. Una gran facción, liderada por un tal Timagenes, se situó de manera entusiasta en el bando palmireno. La historia de la lucha por el control de Egipto es confusa. Nuestra mejor fuente es la Historia Nova del historiador Zósimo, con alguna ayuda suplementaria de la Historia Augusta, aunque esta última es una mezcla de especulaciones y chismorreos. Existe también una tradición árabe que se conserva en la Crónica de Tabari (839-933), que describe las hazañas de una tal Zebba, probablemente Zenobia, pero es demasiado fantasiosa para servir de verdadera ayuda. Algunos papiros de dudosa veracidad también ofrecen versiones diferentes —e incluso contradictorias— de los hechos.
Parece que el gobernador de Egipto, un individuo llamado Probo, respondió con energía a la incursión palmirena. Había combatido contra los
piratas godos, pero ya se encontraba de vuelta en Egipto, y consiguió rechazar completamente a los ejércitos de Zenobia. Según la Historia Augusta, Probo persiguió a los rebeldes hasta Gaza, donde el superior conocimiento de la región por parte de los palmirenos les permitió tender una emboscada a Probo en la que éste perdió la vida. Sin embargo, otras fuentes afirman que este Probo fue el futuro emperador del mismo nombre, de manera que la cuestión sigue abierta.
De lo que no cabe duda es de la reacción del emperador Aureliano. Se trataba de uno de los fuertes gobernadores de los Balcanes que habían enderezado el timón de la zozobrante nave romana —unos hombres conocidos como los «emperadores ilirios»—. Como se deduce claramente de su sobrenombre, Manu
ad ferrum («mano en la espada»), Aureliano no era un hombre paciente ni
diplomático. Tras estabilizar la frontera del Danubio, decidió ocuparse de una vez por todas de las aspiraciones de poder de Palmira en Oriente.
Después de consolidar las defensas de Roma (incluyendo la construcción de las Murallas Aurelianas, que aún hoy pueden verse en la ciudad), Aureliano se dirigió al este en 272, y fue aumentando su ejército a medida que pasaba por los Balcanes. Ahora no había duda de que se consideraba a Palmira como enemiga de Roma. Las monedas palmirenas reflejan este hecho, pues ya no aparece en ellas la efigie de Aureliano, mientras que Vallabato pasa a recibir la denominación de
Imperator y Zenobia la de Augusta, madre del emperador.
No está claro dónde se enfrentó por primera vez el ejército de Aureliano a los palmirenos. Zósimo sugiere tres batallas, aunque la segunda pudo ser una continuación de la primera. En su relato, ambos bandos se encontraron cerca de Immae, un pueblo en la meseta cerca de Antioquía. Zenobia había reunido un gran ejército para la ocasión y había puesto al mando a su mejor general, un hombre llamado Zabdas. Para conseguir la victoria, los palmirenos contaban con su caballería pesada, que parecía demasiado rival para los jinetes ligeros dálmatas de los que disponía Aureliano. Sin embargo, el emperador sabía que una táctica de golpeo y huida agotaría rápidamente a los jinetes palmirenos, ya de por sí bastante acalorados dentro de su armadura bajo el sol del desierto. Con los catafractos enemigos desmoralizados y exhaustos, Aureliano golpeó con todas sus fuerzas, obligando a los palmirenos a refugiarse en Antioquía.
Una vez en la ciudad, Zabdas ganó tiempo para realizar una retirada ordenada paseando por las calles a un hombre de quien afirmaba era el propio Aureliano a quien había capturado. Zabdas dejó también un contingente en retaguardia en el suburbio de Dafne, que se encontraba sobre una colina, para retrasar en lo posible la llegada del auténtico Aureliano. En respuesta, Aureliano marchó contra el suburbio con sus legionarios en la famosa formación de testudo —los soldados del centro de la unidad cubrían las cabezas de sus compañeros, de manera que, al avanzar, las tropas parecían una enorme tortuga, invulnerable ante los proyectiles lanzados desde las alturas—. Dafne fue capturado y la retaguardia aniquilada, pero Aureliano esperaba que otras ciudades se pusieran de su parte, de modo que evitó el saqueo de Antioquía, e incluso realizó algunas ofrendas en sus templos.
Con el ejemplo de Antioquía muy presente en sus retinas, Apamea, Larissa y Aretusa se rindieron rápidamente. Sin embargo, a las afueras de Emesa
Aureliano encontró una decidida resistencia de los palmirenos. Esta vez la caballería palmirena se enfrentó a los jinetes romanos y, rodeándolos, los derrotó. No obstante, antes de que la victoriosa caballería pudiera celebrarlo, Aureliano lanzó contra ella un cuerpo especial de guerreros palestinos. Estos soldados iban armados con unas enormes mazas con la punta de hierro que impactaban con gran fuerza contra las mallas flexibles de los catafractos y destruían su valiosa protección. Los catafractos sufrieron una derrota aplastante y el ejército de Palmira se vio obligado a retirarse una vez más. Esta derrota resultó especialmente amarga para Zenobia, puesto que en Emesa Aureliano se apoderó de su tesoro, y con él se evaporaron las posibilidades de sufragar una campaña cada vez más costosa.
A Zenobia no le quedaba más remedio que hacer que sus tropas se retirasen hasta la propia Palmira, además de pedir la ayuda de los antiguos enemigos de su esposo, los persas. Shapur no la rechazó abiertamente, y la esperanza en una intervención persa sostuvo a los palmirenos durante su difícil retirada a través del desierto. La Historia Augusta sugiere que el propio Aureliano estuvo en peligro debido a los arqueros y las escaramuzas de la caballería ligera. Esta misma obra sugiere que las escaramuzas fueron contra «bandidos sirios», aunque resulta poco verosímil que unos bandidos tuvieran el atrevimiento de enfrentarse a un ejército romano en campaña. En cualquier caso, tanto Aureliano como su ejército estaban hartos de luchar en el desierto cuando se presentaron ante las murallas de Palmira.
Quizá por esta razón, Aureliano hizo a Zenobia una propuesta que podría considerarse muy magnánima. Vospico, el hombre que se supone redactó los acontecimientos de esta campaña en la Historia Augusta, ofrece esta versión del inicio de las negociaciones por parte de Aureliano:
De Aureliano, Emperador de Roma y restaurador del Oriente; a Zenobia y aquellos que combaten a su lado en esta guerra. No has cumplido las órdenes que te di cuando te escribí la última vez. No obstante, si te rindes, te prometo que vivirás. Zenobia, tú y tu familia podréis vivir en el palacio que pediré a nuestro reverenciado senado que os garantice. A cambio, deberás entregar tus joyas, tu plata, tu oro, tus trajes de seda, tus caballos y tus camellos al tesoro de Roma. Los derechos del pueblo de Palmira serán respetados.
Vospico «Vida de Aureliano», Historia Augusta, 26
Si Aureliano esperaba que Zenobia aceptase alegremente su oferta, debió de sentirse muy defraudado, pues ni siquiera recibió de la reina una respuesta cortés y, en su lugar, ésta le respondió enérgicamente:
Zenobia, Reina del Este, a Aureliano Augusto. Nadie sino tú podría pensar en pedirme algo como esto en una carta, cuando lo que se necesita sobre todo es coraje. ¿Rendirme? Como si no supieras que la reina Cleopatra prefirió morir antes que vivir de manera diferente a una reina. Los persas no nos han abandonado y están de camino para rescatarnos. Los sarracenos y los armenios están con nosotros. Si
incluso los bandidos de Siria han derrotado a tu ejército, Aureliano, ¿qué ocurrirá cuando lleguen hasta aquí los refuerzos procedentes de todas partes? Entonces cambiarás el tono que empleas para ordenar mi rendición como si ya hubieras obtenido una victoria completa.
Vospico «Vida de Aureliano», Historia Augusta, 27
Y así quedaron las cosas por el momento. Los romanos no estaban