• No se han encontrado resultados

Capítulo 2. Oscar Wilde el artesano

2.2. Art and the Handicraftsman

Art and the Handicraftsman es el título con el que se conoce una de las conferencias

que Oscar Wilde dio durante su tour por Estados Unidos, en concreto en Filadelfia en 1882. En esta conferencia Oscar Wilde debate sobre las condiciones que han de ser propicias para que se dé el arte, así como aquellas obras que no desembocarán jamás en tal consideración. También señalará que el artista y el artesano deben coincidir en la misma persona para que se cumpla este propósito de crear una sociedad más justa a través del arte. Para matizar todo ello, comienza planteando si existe en realidad una oposición o dicotomía entre las formas de producción en general –no solo artística–, que se consideran útiles y entre aquellas que son bellas. Wilde afirma con contundencia que no existe dicha antonomasia entre useful y beauty sino entre beauty –belleza– y ugliness – fealdad– ya que, según él, la utilidad va a estar siempre en todos los casos del lado de la

belleza.

People often talk as if there was an opposition between what is beautiful and what is useful. There is no opposition to beauty except ugliness: all things are either beautiful or ugly, and utility will be always on the side of the beautiful thing. (Art and the Handicraftsman, 87)

Desde el inicio de su conferencia deja claro y afirma que un trabajador no podrá, por lo tanto, arreglar, decorar o embellecer en ningún caso un trabajo malo, así como, por el contrario, tampoco se podrán tener artesanos y obreros brillantes en un entorno donde se les dé como materia prima con la que trabajar, o como contexto donde llevar a cabo sus tareas, unos diseños o producciones feos o malos. Por lo tanto, la idea de buen artesano o buen trabajador se da estrechamente la mano y está indisolublemente influenciada por la producción y el contexto en el que éstos desarrollen sus creaciones, entendiéndose por artesano o trabajador aquellos que estén relacionados en principio con cualquier oficio; así como por un contexto bello para la producción bella, cualquier entorno de trabajo:

No workman will beautifully decorate bad work, nor can you possibly get good handicraftsmen or workmen without having beautiful designs. ... [T]he minute you have noble and beautiful designs, then you get men of power and intellect and feeling to work for you. (87)

Si a un artesano o trabajador se le proporcionasen estas condiciones contextuales ideales se obtendrían entonces personas que no solo trabajarán con sus manos sino con sus

corazones. Es decir, de estos dos primeros párrafos podemos interpretar entonces que las

condiciones de trabajo que se daban en aquella época a los artesanos u obreros, no eran las apropiadas para obtener un producto que fuese bello y por lo tanto útil, según las afirmaciones del propio escritor. Asimismo, podemos intuir una crítica soterrada a los métodos de trabajo propios de la industrialización, que solamente proporcionará trabajadores y productos feos, y por lo tanto ‘inútiles’; siguiendo la afirmación anterior del propio Wilde por la que un producto bello es útil, entonces feo podríamos inferir que es ‘inútil’. El hecho de cambiar estas condiciones resultará en un cambio en el que el producto y su creador dejarán huella de su identidad y de su alma en dicho producto, haciéndolo por tanto único y admirable en el sentido literal de esta palabra.

By having good designs you have workmen who work not merely with their hands but with their hearts and heads too; otherwise you will get merely the fool or the loafer to work for you. (87)

Aparentemente, de esta forma, o mejor dicho, con estas bases, todos ganan; el artesano, el propietario de la fábrica, el objeto producido e incluso aquél que lo contemple o adquiera: “[B]ecause beautiful decoration is always an expression of the use you put a thing to and the value placed on it” (87).

Parece ser que ésta es la fórmula que propone Oscar Wilde para obtener resultados satisfactorios y útiles en cualquier oficio, pero sobre todo desde el punto de vista que concierne al arte, pues como veremos a continuación, sus afirmaciones son ostensiblemente extensibles al arte, o mejor dicho, a la producción del arte. No olvidemos que en el siglo XIX se desarrollaron diversas teorías e incluso se produjeron numerosos manifiestos sobre las consecuencias en el plano socio-político principalmente –pero también en el filosófico-artístico y literario– que la industrialización estaba acarreando. Por lo tanto, no es de extrañar que entre los distintos puntos de vista o las diversas corrientes existentes, Oscar Wilde se posicionará en el plano en el que él podría aportar una visión conciliadora, que es desde el plano artístico, donde también se ve su reacción a toda la producción frenética y en masa que salía de las fábricas. El punto de su discurso en el que nos encontramos en este momento deja entrever ya lo que posteriormente será una especie de leit-motiv tanto en sus obras como en sus ensayos sobre arte. Se trata de la identidad del individuo en el proceso de producción, es decir, el artesano de cualquier oficio necesita de estas condiciones que está planteando para dejar en el producto su huella o, como él afirma, su corazón y su cabeza. No es gratuito que se detenga a explicar con detalle el entorno y el contexto ideal para que esto suceda, ya que la industrialización estaba provocando que los objetos producidos en masa en las fábricas careciesen de personalidad, de identidad y, como él sostiene, de alma. El hecho de que el artesano e incluso el objeto que éste produce no pierdan la identidad está estrechamente ligado a su proclama por el individualismo del hombre que, no obstante, más tarde matizará en otras obras y ensayos como The Soul of Man under Socialism y en De Profundis. Entonces los objetos producidos bajo las directrices que contemplan en todos los aspectos la belleza, la utilidad, tienen identidad, y la confieren a través de la realización del individuo frente a las masas. A la hora de realizar estas afirmaciones, Oscar Wilde trasluce influencias de la hermandad conocida como The Pre-Raphaelite Brotherhood. Dicha hermandad destacó principalmente en el ámbito pictórico, pero sus preceptos –claros y delimitados– señalan y denuncian la necesidad de buscar la esencia de la creación artística pictórica a través de la cual adquieren un compromiso con la sociedad de su tiempo. Por lo tanto, el arte se ve dotado de una función social capaz de restituir un orden más justo. Los Prerrafaelistas –Pre-Raphaelite Brotherhood– fueron movidos por ese compromiso de intentar despertar a las conciencias –que se vio tanto en sus vidas como en sus creaciones– y ponen de manifiesto las carencias que la moralidad imperante, junto con las injusticias y las diferencias de los avances de la industrialización del momento, trajo consigo. Para

ello, buscaron en el pasado, en concreto en aquellos artistas que produjeron sus obras antes del pintor italiano Rafael, ya que consideraban que hasta él, las obras se producían sin la presión que confieren las escuelas academicistas. También pusieron su mirada nostálgica en el artesonado propio de los gremios de la edad media, en los trabajos manuales –en esos que eran hechos a mano por los artesanos– ya que esto les reafirmaba en su postura contraria a las formas de reproducibilidad de su época; y de igual modo, también recuperar la naturaleza, por su belleza y por todo lo que ésta, de forma metafórica, ha aportado siempre al artista. En pocas palabras, se puede decir de esta hermandad que buscaban en el pasado la fuente de recursos que les haría concienciar a la sociedad contemporánea con la intención de hacerlo extensible a un futuro, que, sin duda alguna, creían debía ser mejor que lo que estaban viviendo entonces. A través de sus creaciones –pictóricas en un primer momento, y literarias o incluso de otra índole a

posteriori, como el diseño o la arquitectura– trataban de regenerar y de desvincularse de

todo aquello que sirva al mercantilismo (es decir, a lo feo, tal y como ellos mismos también denominan), o al academicismo oficial, o incluso a la moralidad impuesta por el Imperio. Se ve así una disociación del arte que producían con respecto a la realidad del momento. En las palabras de William Morris –uno de los artistas más destacables dentro de la hermandad Prerrafaelista, y del movimiento que se dio a conocer como Arts and

Crafts– extraídas de su libro The Beauty of Life (1880), podemos ver en resumidas cuentas

cuál es el ideal por el que se rige el movimiento, ya que recoge la necesidad de que todas las capas de la sociedad, incluso en su ámbitos más cotidianos o domésticos, deben tener en sus casas nada que no sea útil o bello. Para este movimiento es muy importante respetar cuatro máximas: simplicidad, esplendor, naturaleza y color-textura. Dichas máximas se deben seguir para conseguir que la creación se centre más en la finalidad, atendiendo también a la utilidad que de por sí ya se le presupone a un objeto bello. La razón por la que nos hemos detenido a introducir esta matización no es gratuita, ya que justifica las fuentes de las cuales Oscar Wilde bebe, se nutre y proclama en su discurso. Es más, cuando anteriormente con respecto a la hermandad Prerrafaelista, se ha mencionado el hecho de que sus preceptos tenían como finalidad alejarse de aquello que estuviese contaminado por el mercantilismo (lo feo), sobre todo en el ámbito artístico se nos muestra, sin embargo, cómo Wilde aporta en referencia a este punto su propia visión en el texto que nos ocupa, Art and the Handicraftsman (1883). Así, para Wilde el arte no representa un ente que está opuesto de forma unívoca al espíritu comercial que las creaciones pueden generar, ya que, según sus propias palabras, las ciudades más bellas [o

las construcciones arquitectónicas más reverenciadas] fueron creadas gracias también al comercio:

Do not think that the commercial spirit which is the basis of your life and cities here is opposed to art. Who built the beautiful cities of the world but commercial men and commercial men only? Genoa built by its traders, Florence by its bankers, and Venice, most lovely of all, by its noble and honest merchants. (87)

Sin embargo, a continuación, matiza cuál es el tipo de arte que se debe a llevar a cabo, en concreto en Estados Unidos, –país donde en esos momentos está dando esta conferencia– y en líneas generales, en cualquier lugar, ya que el arte que debe ser creado en cualquier parte solo debe atender a todo aquello que le rodea:

‘The circumstances with which you must surround your workmen are those’ of modern American life, ‘because the designs you have now to ask for from your workmen are such as will make modern’ American ‘life beautiful’. (88)

Tampoco debe copiar lo que ya tiene el reconocimiento de arte o mirar atrás al pasado para copiarlo y traerlo tal cual en el presente. De este modo, el arte podrá satisfacer las necesidades al servicio de la sociedad del XIX:

I do not wish you, remember, ‘to build a new Pisa,’ nor to bring ‘the life or the decorations of the thirteenth century back again.’… The art we want is the art based on all the inventions of modern civilisation, and to suit all the needs of nineteenth-century life. (88)

Entonces, ¿qué ocurre con toda la aparatología y toda la maquinaria de las fábricas del momento; con todos esos avances tecnológicos (o de otra índole); con toda esa industrialización; cómo se encaja todo ello con el ideal excelso de belleza, que se busca porque se intuye y se presenta como única forma lícita que producirá la oportunidad de zafarse de todo lo anterior, y que, por otra parte, junto con la reivindicación del trabajo manual y artesanal, supone otro de los grandes conceptos a debate del momento, como bien refleja este texto? Para encajar, contextualizar y desentrañar por fin la respuesta a esta pregunta surgida del ensayo que nos ocupa, hay que sumergirse de forma irremisible, y aunque solo sea por unos instantes, en uno de los apartados de los Manuscritos de Carl Marx de 1848 sobre La propiedad privada y el Comunismo. Éste brindará la clave que simplemente hará comprender mejor qué función debían tener todos estos avances y cómo se reconciliaban con la filosofía de la estética y la sociedad. Marx considera que el momento histórico en el que vive se dan las divisiones de la propiedad privada, la

sociedad: la burguesía y el proletariado. Bien, pues en este apartado que ya hemos mencionado anteriormente, Marx se da cuenta ya de la división que existe entre una necesidad artística y lo que él da a llamar como las necesidades brutas, es decir, todo tipo de maquinaria, producción o incluso necesidades creadas artificialmente en el consumidor a favor de contribuir a incrementar el capital y producir de forma más rápida. Este contexto, según C. Marx, aliena la sociedad con respecto a otras realidades. Para Wilde, este contexto industrial (sobre el cual insistirá de nuevo más tarde), unido a la forma de anunciar los productos que surgen de ella, suponen el empeoramiento global de la sociedad en la cual se ha de desarrollar el verdadero espíritu del arte. De hecho, la solución que propone para que esto no suceda, para que la publicidad no ocupe y por tanto afee los espacios disponibles para que se produzca el arte, pasa simplemente por la creación e instalación en cada población, pequeño pueblo o ciudad, de nobles edificios que sean destinados a ser escuelas de diseño y de arte, tal y como ya se hizo en la antigüedad:

Barren architecture, the vulgar and glaring advertisements that desecrate not merely your cities but every rock and river that I have seen yet in America –all this is not enough. A school of design we must have too in each city. It should be a stately and noble building, full of the best examples of the best art of the world. (89)

Este hecho de basarse y proporcionar un contexto idóneo para la producción artística, junto con todo lo que a un artista – y un artesano, ya que como analizaremos al final de este ensayo con más detalle, Wilde aúna a ambos en la misma persona, – debe concernir, hace que Wilde critique ferozmente lo que, en su opinión, no ofrece o facilita unas buenas condiciones para que se desarrolle el arte de forma apropiada.

Give then, as I said, to your workmen of to-day the bright and noble surroundings that you can yourself create. Stately and simple architecture for your cities, bright and simple dress for your men and women; those are the conditions of a real artistic movement. For the artist is not concerned primarily with any theory of life but with life itself, with the joy and loveliness that should come daily on eye and ear for a beautiful external world. (88)

Por otra parte, y retomando una vez más la figura de Marx, (con una matización que se ha de tener en cuenta a priori, y es que el ‘socialismo’ que en este manifiesto propugna Marx es el ‘socialismo empírico’ o comunismo, y que difiere del que se dio a conocer como ‘socialismo utópico’ del que también Wilde se nutre), éste, tal y como se aprecia en su Manifiesto, era consciente de que esta vorágine de producción no sólo afectaba a la sociedad en el sentido económico humano, sino que, además, contribuía a la disolución

progresiva de todo lo estético y, por ende, de la identidad cultural y artística de los miembros de una sociedad.7 Es decir, que las necesidades brutas contribuyen a que la

sociedad pierda la capacidad de juicio sobre lo que es o no estético y, por tanto, generen necesidades e inquietudes por todo aquello que es bruto o, recuperando el vocablo que Oscar Wilde utiliza, retoma lo feo –ugliness. Además, el arte debe contribuir a admirar la belleza de la vida y a hacer desaparecer las diferencias sociales por las que generalmente el rico tiende a poseer más cosas bellas y el pobre no. Según Wilde, no queremos por tanto que el rico posea más objetos bellos, sino que el pobre sea capaz de producirlas, ya que es la única forma de que la pobreza de espíritu desaparezca:

We do not want the rich to possess more beautiful things but the poor to create more beautiful things; for ever man is poor who cannot create. Nor shall the art which you and I need be merely a purple robe woven by a slave and thrown over the whitened body of some leprous king to adorn or to conceal the sin of his luxury, but rather shall it be the noble and beautiful expression of a people’s noble and beautiful life. Art shall be again the most glorious of all the chords through which the spirit of a great nation finds its noblest utterance. (91)

Explicado el contexto y la posible raíz de la encrucijada que se nos ha planteado una vez más en el texto, es cuando estaremos en condiciones de comprender de qué forma Oscar Wilde resuelve este conflicto sobrevenido por la utilización de toda esa maquinaria industrial. El lugar que ésta debe ocupar en la sociedad está estrechamente unido a la función estricta que ésta ha de desempeñar. Nunca las máquinas deberán usurpar la capacidad que un creador, un artesano, ostenta, pues es el que confiere a sus productos una identidad que facilitará el alcance del individualismo; la máquina más bien no debe sustituir o interponerse en esta realización, por el contrario, debe ayudar al hombre en todas aquellas tareas pesadas y, sin embargo, necesarias en una sociedad que avanza de forma vertiginosa. El artesano, y no la máquina, es el único con la capacidad de conferir a su producto de ese individualismo, de esa identidad, de esa belleza que lo desvincula de las cadenas de montaje alienantes y que, por ende, es el único que es capaz de crear verdadero arte, si se hace en el contexto apropiado.

7 Este presagio de pérdida de identidad cultural y artística pone de manifiesto lo que en realidad está

sucediendo hoy día con la globalización, pues si bien facilita que la macro economía y las políticas económicas se puedan desarrollar de una forma más pragmática, han contribuido a la pérdida paulatina de identidades culturales sobre todo en los países del denominado ‘primer mundo’ y ha propiciado a su vez que esta nueva identidad global evidencie la brecha existente entre aquellos países subdesarrollados que no pueden alcanzar ese estatus de pseudo-confort que ostentan los anteriores.

Wilde afirma que la sociedad no debe tener nada que objetar ni que opinar en contra de las máquinas, sino que incluso se las debe venerar siempre y cuando éstas sirvan para que el hombre no realice trabajos innobles, pero nunca cuando intenten realizar la preciada labor artesanal de un producto que se hace a mano porque, entonces, es ahí