Hace algo así como tres meses me escribió mi amigo el doctor Paz, para que le enviase peón y bestias a la ciudad de Antioquia, pues deseaba ardientemente venir a conocer este Municipio, con el propósito de comprar alguna finca en él, halagado por las ponderaciones que había oído acerca de la fertilidad y baratura de sus tierras, la bondad del clima y su privilegiada situación topográfica, tan cercano al Atrato, no distante de Medellín, y en fácil comunicación con Antioquia, el Carmen, Bolívar, Betulia y Concordia.
Vino, efectivamente, y durante diez días recorrió gran parte de su dilatado territorio. No se le quedó sin conocer ni aun el escabroso páramo del Frontino, gracias a la gentileza e hidalga hospitalidad que le brindó don Pacho Jaramillo, quien se excedió en atenciones y recursos de todo género, para que la excursión revistiera las características de un cómodo viaje de placer. Tocóle en suerte una mañana de sol radiante, y su boca no se cansaba de encomiar la magnificencia del espectáculo que desde aquella cumbre se contemplaba, panorama andino, exclusivo de la zona ecuatorial y del mundo de Colón.
En sus andanzas valoró con ojo inteligente y avizor la calidad de las tierras, la abundancia y bondad de los productos, la actividad, la salud y vigor de los labriegos, el alto espíritu público que empapa a las clases dirigentes, lo suave y benigno del clima, y en una palabra, las innúmeras dádivas, gracias y dones que la naturaleza, con pródiga mano, derramó sobre el valle del Penderisco.
Sin embargo no se decidió a comprar la finca que buscaba, y que encontró a pedir de boca, por la falta de una vía moderna que le diese rápida, cómoda y barata salida al Municipio. Decía que Urrao sería la despensa de Medellín cuando se le uniera por carretera al ferrocarril troncal; pero que mientras tanto viviría pobre, y progresando lenta y penosamente en medio de su pasmosa abundancia, cual un nuevo Tántalo antioqueño, que nadando en las riquezas, no puede disfrutarlas.
Y desgraciadamente, esto parece verdad.
La víspera de su regreso, que hizo por la vía de Concordia, terminado que hubo los preparativos de marcha, y para matar el tiempo sobrante, tomó un exfoliador y escribió febrilmente:
“NOTAS DE VIAJE”
“Bajaba la empinada cuesta de las Juntas conversando con Serafín, el inteligente y habilísimo peón que me enviaron para que me sirviese de compañero y guía.
-“¿Y cuáles son los principales productos de tu tierra?, le pregunté:
-“Pues, dotor, en primer término le pongo el café, por su aroma, la opulencia del grano y la fertilidad de los árboles; aquí tenemos cosecha permanente.... (yo sonreí, y él a punto lo notó); no crea que son cañas, nó; usted por sus propios ojos lo va a ver, como también puede averiguar en la Villa, si es cierto que este café lo pagan con prima sobre el de otras procedencias.
“Después viene el maíz; como producen los arados; qué granos tan abultados, y que lempas de mazorcas. Vea, en la penúltima cosecha alquilé una máquina americana para desgranarlo, y tuve el trabajo de partir las mazorcas en dos porque enteras no alcanzaban a dar vuelta, y por poco me tiro la máquina. Le
cuento más: en ese arado sembré vitorias (curcubita pepo); vendí muchas cargas sin que se notara la merma, por lo cual, cuando ya se hacer acercaba la nueva siembra, di libre el arado al fin de que todo el mundo llevase las que quisiera, para comer, y para echárselas a los cerdos, y ni por esas lograron acabar con ellas; cuando volví a sembrar tuve que recogerlas y formar grandes pilas en varios puntos.
-“Victorias no me interesan, Serafín, háblame de los fríjoles.
-“Qué le parece dotor, que eso si no es bueno aquí; no sé si será que nos hemos descuidado con la semilla, o que el terreno no se presta; pero lo cierto es que no podemos competir con el liborino y el cargamanto. En cambio la panela por su hermoso color, su agradable sabor, y lo sentidor de su dulce, es una bendición para nosotros los pobres; en cualquier plaza de mercado la panela urraeña puede levantar la cabeza con orgullo, pues si no es la reina de todas, le pasó rumbando.
-“Me han informado que este Distrito es esencialmente ganadero, y tú no tienes cuándo hablarme del ganado.
-“Allá llegaremos ya casisito; pero vea, antes de que se me olvide, fíjese para esos montes del lado izquierdo, son los montes de la Aná; observe unos árboles altos, chamizudos, como secos; son los cominos; en todos los montes del Distrito los hay en abundancia; cualquier árbol de esos da doscientas y trescientas piezas....
-“¿Y no es buena madera? Le dije por darle cuerda.
-“No tiene rival. Para muebles, ya usted conoce las bellezas que exhibe don Daniel Mesa en su taller de Medellín; no le entra el comején, y resiste como ninguna otra la humedad. Yo soy aserrador, y me ha tocado trabajar en el monte cañones centenarios, cubiertos por el capote, las palizadas y la vegetación desde tiempo inmemorial, y sin embargo, dar la madera sanita, sin el más ligero daño.
-“Pero dotor, ¿usted por qué se ríe? ¿cree acaso es que estoy diciendo mentiras?
-“Nó, Serafín, muy lejos de eso, pues me consta por propia experiencia la exactitud de lo que afirmas, y si sonrío, es porque tus palabras me han hecho recordar una peregrina resolución del Ministerio de
Industrias, que se dio cuenta la prensa, sobre nombramiento de varias comisiones, bien remuneradas naturalmente, para visitar algunos Municipios del país donde se da el comino, con el encargo de estudiar cuidadosamente sobre el terreno si dicha madera sirve o no para polines de ferrocarril.
-“Estos primeros potreros del lado derecho pertenecen a la hacienda del Chuscal: ¡vea qué ejemplares de ganado! Con las faldas de esa novilla se pueden alimentar todos los conservadores de la República, mientras duren caídos, lo que no será cosa de cuatro días, ¿no es cierto, dotor?
-“Tú como que eres liberal?
“Por la gracia de Dios, señor, y de esa misma opinión política es la gran mayoría de este pueblo.
-“¿Votaste en las últimas elecciones?
“Cómo nó, y fui caso de los últimos; voté antecitos de las cuatro, y me quedé allí hasta que pasara el escrutinio. Los señores del Jurado comentaron mucho que de los ciento cuatro sufragantes que hubo en esa mesa, ciento uno lo hicimos con firma, y apenas tres con la letra K.
“Cuando pasámos el puente para entrar a la hacienda de Guapantal, Serafín exclamó: ¡Estamos en el campo de las brujas! Y soltó la lengua para contar las fechorías de éstas: ya era el pobre viajero a quien se complacían en ofuscar y apartar del camino, para que anduviese perdido toda la noche, de aquí para allá, por entre hondonadas y barrancos, sin acertar con la vía, a cuya vera se encontraba ¡oh sorpresa! Al despuntar la alborada; ora se trataba de un muchacho medio idiota, hijo del mayordomo, a quien pasearon por el aire; todos los peones de la finca salieron en su busca, guiados por los alaridos que daba, y que se oían aquí, y unos segundos más tarde en el lado opuesto, a enorme distancia; corrían para allá, llegaban extenuados de cansancio, pero en balde, porque ahora se encontraban en otro lejanísimo recodo... Sin poder más se tendieron por el suelo hasta el día siguiente, en que regresaron con las primeras luces del alba, para encontrar allí, en el patio de la casa el pobre idiota, muerto de terror, sí, pero apenas con ligeros rasguños en el cuerpo.
“Otra vez fue un señor, Administrador de la Renta de Licores, que venía de Caicedo, quien se encontró encerrado, con bestia y todo, dentro de un espacio cercado para el cultivo de unos frutales extranjeros, sitio que carecía de puerta y de toda entrada que no fuese a rastras por debajo del cerco.
“Otro señor, comerciante de profesión y persona respetable, se hallaba de visita en la casa de la finca, visita de absoluta confianza que lo autorizó para quitarse las botas, por un callo que le mortificaba, cuando a poco, zas, una bruja le arrebata los calcetines, que nunca se pudieron encontrar.
“Por la primera vez en mi vida se me ocurrió reflexionar sobre estos para nosotros inexplicables fenómenos. Prescindiendo de las inevitables exageraciones, ¿será cuerdo darle una rotunda negativa al residuo maravilloso que quede? Si en vez del infantil y ridículo término de brujas, empleamos el de seres invisibles, ¿no nos colocaremos en mejores condiciones para su estudio?
“Nada autoriza para afirmar que el hombre sea el único racional corpóreo del universo; los fenómenos del espiritismo ofrecen materia para muchas cavilacioes: quizá haya seres inteligentes que vivan en el flúido magnético, como los peces en el agua o los pájaros en el aire. La hipótesis de las almas de los muertos para explicarlas es inadmisible, aunque no fuera sino por aquella trivial y manoseada objeción de que es absurdo suponer el que ellas abandonen la morada donde habitan para acudir con presteza al llamado de seis u ocho desocupados que se reúnen para evocarlas. Pero hay todavía argumentos más radicales, más de fondo: la hipótesis de un alma inmaterial para explicar el pensamiento....”
En este momento sonó la campana llamando a comer. Mi amigo guardó su estilógrafo, y juntos nos encaminamos al comedor. Al día siguiente, al leer las cuartillas dispersas sobre el escritorio. Me pareció que este artículo venía como anillo al dedo para satisfacer mi contribución a la Monografía del Centenario. Si hubiese lectores quisquillosos que se escamen por alguno de sus conceptos, desde luego le denunció el pleito al doctor Paz para que se entiendan con él.
RAFAEL DEL CORRAL
URRAO
La tierra, sus productos y sus hombres. Con cariñoso respeto dedico: a Toné, a mis hijos y a los campesinos
En nuestro Distrito no existen curiosidades naturales comparables a las famosas cataratas canadienses y africanas, ni a la espaciosa caverna del Mamut en Yanquilandia, ni a la calzada de los gigantes, ni a los nevados alpinos, cuya espléndida blancura sólo ancha el policromo hormiguero de turistas, ni aun a las que en nuestra patria colombiana oprimen el corazón de los que apenas ven, y abren el vuelo a las ideas de todo cerebro culto que sí mira.
La cueva de Tuluní, el hoyo del aire, las galerías umbrosas que ocultan los ríos nariñenses junto a la frontera ecuatoriana, son remansos de sombra abrillantada por la pluma de buenos escritores. Las cascadas del Tequendama y Guadalupe son los centros del reino de la blancura, cantadas con gracia suprema por los poetas y medidas gota a gota por colosos de la ciencia, como Humboldt.
El tesoro de belleza que enmarcan los linderos urraeños ha corrido una suerte semejante a la de esas orquídeas primorosas que lucen sus encantos sin más testigo que la umbrátil maraña de una selva inexplorada; es desconocido el suelo que saciaría el ansia inextinguible del artista, que forma cauces anchurosos colmados de leche y miel, y que guarda, también, en sus entrañas los metales, deleite del avaro que aprieta sus monedas hasta borrarles la gráfila. Tan rica savia no ha formado mi atraído al sabio que vuelque el celemín y realice las visiones del Tabor.
Las grutas y cataratas, los ríos gigantescos y el altísimo nevado inspiran una mezcla de admiración y de terror; el vulgo los puebla de monstruos pavorosos, y no hay ningún espectador que en las proximidades de tales maravillas no experimente esa penosa sensación que causan siempre las fuerzas avasalladoras y el imperio de las tinieblas. Para esas excursiones es preciso un compañero que infunda fortaleza, guías expertos que garanticen la vida amenazada por los abismos ocultos en la sombra, las pérfidas quebrajas recubiertas por una trampa de nieve falaz, o del vértigo que en nuestro ser va produciendo la mole acuosa que se precipita en rápida caída.
Aquí no hay curiosidades espeluznantes; la naturaleza urraeña no sabe formar esos sujetos horripilantes de que la antigüedad sacó la materia de sus dioses.
Descarto el nombre de curiosidades por parecerme inadecuado a las bellezas que nuestra tierra prodiga para recreo de los sentidos y deducciones morales plenas de consuelo y suavidad.
I
EL CEMENTERIO
Es la más graciosa de las terrazas, obra digna de la corriente que pulió sus flancos con arte tal que envidiara Praxiteles. En ninguna latitud contempla el sol nada que iguale a ese delicioso otero deleitoso, consagrado por la piedad de nuestros abuelos para dar una alegre inmortalidad a los despojos humanos. La fecunda imaginación de los antiguos creó el apático Leteo e hizo que la Estigia diera vueltas repetidas a su Averno; pero no llegaron a concretar la idea de un lugar que aumentara los recuerdos dolorosos para hacerlos apacibles, un sitio en que las lágrimas refluyan al cerebro para engendrar la idea de que dormir y vivir en tal teatro es gozar de una eterna juventud. Los raizales sabemos de su benéfico encanto que neutraliza los horrores del sepulcro; los visitantes cultos experimentan la sensación no imaginada y regresan a sus hogares afirmando complacidos que vieron el más grato rincón del universo, el simpático relieve en que el espíritu humano se hace bello, si es capaz de copiar la maravilla del paisaje. Describir el cementerio de Urrao sería crear la página maestra por la que aún suspiran todas las literaturas de la tierra.
II
EL PENDERISCO
Río que sacia el anhelo humano de hallar algo perfecto, feliz esfuerzo del Supremo Artista cuando quiso dejar en la tierra una rúbrica apropiada a su nombre de Creador Omnipotente. Sus curvas sin rival forman quietos meandros donde el gramal y las vacadas hacen sublime el tono del verdor y de la albura. El conjunto de sus arcos da la impresión de cuellos de garzas enlazados. El variante color de sus aguas copia el rojo limo fecundante y el vestido triunfal de la pradera. En el valle murmura el rumor apacible de las cunas y lame el cementerio suspirando; luego se convierte en un trueno atropellado de saltos y de espumas. Mejor que la
fuente famosa de Torca simboliza una vida: infancia tan tranquila como el rorro que se duerme recostado al ubérrimo pezón, entre los brazos prepotentes de las madres antioqueñas; en su curso medio cumple la consigna de toda juventud: luchar para vencer; en las calladas soledades del Atrato arrastra desmayado su vejez sobre un lecho de arenas prestadas a los Andes, para cegar la pestilente madriguera en que el zancudo y la uncinaria detienen nuestro progreso.
III
EL VALLE
El valle, con el cementerio y su río, con las colinas que lo ciñen y las obras humanas que lo exornan, es el motivo que más hondo se graba en el ánimo de los visitantes ilustrados. No es la residencia de convexos millonarios como el famoso de la Orotava; en él no se levantan los pendones de humo con que las ciudades industriales manchan en el ambiente, sino la espiral blanco – azulada, modesta anunciadora del hogar; en su recinto no viven sabios ni poetas, pero tampoco alientan los instintos malditos del guerrero; aquí no se envilece el sentido de la vista con los falsos atavíos y oropeles que las clases sociales adoptan para encubrir su esclavitud. El paisaje irá transmigrando de la magia de su suave encanto al espíritu de los habitantes y así tendremos la portentosa Arcadia, capital de los bello en la República.
IV
VALLE DEL RIO URRAO
El valle del río Urrao es otra belleza natural eclipsada por la del Penderisco. Recorrido por tumultuosa corriente que muestra en las espumas de lo salubre de su fresco caudal, sembrado de frondosas arboledas, entre las cuales sobresale el frondoso eucalipto que hace inútil al galeno, y el famoso laurel, cercano al puente del Chuscal, cuya copa hospitalaria puede prodigar la caricia de la sombra a centenares de viajeros; al mirar este gigante venerable, se piensa en las sabrosas escenas patriarcales, en los bravos cantores de Guernica, en el culto selvoso y fragante de los druídas. Esto y la limpia variedad de pedrejones multiformes dan a ese ubérrimo rectángulo un género de belleza más varonil y más útil; allí tienen Higía y Pomona sus complacencias. Visto desde las montañas occidentales presenta un aspecto arrobador; los cañamerales agitan sus amarillentos abanicos que, a influjos del sol, van fabricando la rica miel que acendran los jugoso
tallos; las legiones del maizal agitan su cimera de espigas y mueven triunfadoras su vistoso pabellón de esmeraldas; lucios ganados ponen la pincelada blanca sobre esta meseta verdeante, asiento de la gran ciudad del porvenir.
V
El MORRO DEL FRONTINO
Si esa atalaya suprema que, con nombre impropio, llamamos morro de Frontino estuviera ubicada en una nación culta, sería el centro más concurrido de turistas, o la morada predilecta de las musas, o la personificación de las aguas que mana de sus flancos en pasmosa muchedumbre. La prolongada extensión de sus planos nivelados hacen olvidar la altura de sus cumbres y reconstruyen una Suiza tropical. Sus rocas ateridas guardan una historia maravillosa de que fueron protagonistas las nieves permanentes; desnudas y agrietadas copian los despedazados paisajes lunares. Este soberbio pedestal es una maravilla digna de los dos océanos que cierran su horizonte. Toda descripción es muy pequeña ante el coloso, cuyas entrañas vierten la miríada estrepitosa de las fuentes con que se enorgullece esta región privilegiada, pues las grandes civilizaciones no prosperan sino en las comarcas saludables regadas con abundancia creadora.
Hacinando peñascos formidables han formado las fuerzas naturales la más empinada cumbre que servirá de plinto soberano a la estatua del gobernante antioqueño que por mirar hacia el Caribe, convertido hoy en un lago de Yanquilandia, no se olvide del Pacífico, que reflejará más puros los colores de nuestra bandera y daría a la Montaña, si a él une, su ilimitado poder e inmensidad.
VI
PENDERISCO MEDIO
El curso medio del Penderisco es una continua sucesión de raudales a los que el iris viste con hilos policromos y los cuales caen tronando muchos riachuelos, formando cataratas de algodón lanzado en perenne movimiento desde los bordes del abismo. Ahocinado entre peñascos, no permite la inspección de sus riberas y forma una especie de túnel que la imaginación popular ha poblado con los mitos y gigantes de religiones y faunas ya sepultadas en el osario misterioso de los siglos. La Quinta, la Sexta, San Antonio, la
Hondura y el San Juan rompen el augusto ropaje de la selva virgen con las albas comunas de sus aguas despeñadas. El árbol llamado dormilón ostenta en esos lugares columnas de sus aguas despeñadas. El árbol llamado dormilón ostenta en esos lugares una floración intensa de amarillo, como si quisiera mostrar en el fastigio de la floresta las capas de oro y platino en que entrecruzan sus raíces.
VII
SELVAS DEL ATRATO