MONOGRAFÍA DEL DISTRITO DE URRAO
HOMENAJE
RELATO HISTÓRICO DEL MUNICIPIO DE URRAO,
EN EL DEPARTAMENTO DE ANTIOQUIA,
DESDE LA CONQUISTA HASTA NUESTROS DÍAS
Contribución espiritual a la conmemoración del primer centenario de mi pueblo, que con unción dedico:
A la memoria de mi madre, como ofrenda a mi esposa y recuerdo para mis hijos.
“Sólo donde se halla un progreso en el conocer y obrar, donde se muestre la diversidad y elevación de caracteres individuales, aparece la Historiografía, y según la bella frase de Hegel recoge lo que fluye rápidamente para consagrarlo a la inmortalidad en el templo de Mnemósyane. La Historia es, de esta suerte, la imagen de la humanidad en su desenvolvimiento”.
J. BTA. WEISS
asombrosos acontecimientos, hundidos unos en la noche de olvido, marcados otros con jalones de imperecedera memoria; y en tanto que la naturaleza, en su sagrada función de madre, crea, vivifica y sustenta, devora y consume su propia obra, mientras en el cosmorama se destacan mudos e impotentes testigos encargados de testimoniar a las generaciones el tránsito de una a otra edad, las legendarias tradiciones o características de los pueblos con sus razas, las portentosas hazañas de quienes actuaron en cada etapa, y en último término, la rueca del tiempo destructor, va hilando sostenida y pausadamente, con exquisita puntualidad los días, los meses, los años, los lustros, los siglos y los evos, que se pierden en los recuerdos los que se alejan y se aguardan con su enigmático porvenir los que han de llegar.
Si en alas de la fantasía vagamos por los memorables campos del Viejo Mundo, el ánimo se sorprende incesantemente con los vestigios y señales del pretérito, ostensibles en diferentes formas. Tras la mudez adusta del dormido lago donde yacen sumergidos bajo el peso de sus iniquidades, las bíblicas ciudades de la Pentápolis de Palestina, se extienden por las sinuosidades del terreno, las fortalezas de la gran muralla China, levantadas para contener las frecuentes incursiones de los Hunos. Cerca de la enhiesta figura que, semejante a un colosal centauro inerte, perfila la esfinge de Gizeh, representación egipcia de los monarcas de la Creación, símbolo del poder espiritual y la dignidad real, unión entre la sabiduría y la fortaleza, y expresión lapidaria de los más caros y hondos sentimientos de la vida de un pueblo que amaba el arte, las pirámides de Cheops de la misma arquitectura, muestran sus grandiosas moles de granito, urnas veneradas de sarcófagos para depositar las momias de los soberanos del hermoso valle del Nilo. Junto a los monumentos megalíticos de la edad de piedra, constituidos por menhires, a manera de obeliscos de una sola y levantada pieza para perpetuar la memoria de personajes o sucesos destacados, los dólmenes con signos indescifrables, postrer refugio de quienes segaba la muerte, y los cromlec, de gigantescos pilares en círculos como interrogantes inexplicables, cuyo solitario centro, considerado como santuario, es también depósito de sepulturas humanas, junto, repito, está el Partenón en el propio corazón de la metrópoli helénica, grandiosos templo dórico, de mármol pentélico, decorado por los genios y destinado al culto de la diosa de las ciencias.
terminan en otras tantas capillas, con su respectivo nombre; el puente de Alcántara, con seis formidables ojos, por donde pasa el Tajo, y una elevada torre en el centro; la Giralda, estatua de la fe, que gira como una veleta en la cúspide del campanil de la gran catedral de la ciudad de Sevilla; restos de acueductos romanos de singular significación, pregonadores de la habilidad de quienes los construyeron, así como el deseo de prosperidad, ingénito en ellos, y en fin, obras innumerables que la brevedad impone callar.
Retornando a la América descubierta por Colón, cuyo origen de población en objeto de conjeturas, recojo para transmitirla a los lectores una versión, por la cual se asigna origen chino a la raza que le ocupaba antes de la Conquista, basada en la leyenda que los sacerdotes del Emperador Tsin – Schihoangti le transmitieron acerca de que en las islas opuestas crecía la hierba de la inmortalidad, y entonces éste para adquirirla preparó una armada de jóvenes y doncellas y la envió en su búsqueda, pero en la travesía una tormenta dispersó las naves, excepto una que regresó y del resto nunca se volvió a tener noticia. De aquí se refiere que las embarcaciones extraviadas atracaron en algunas de las costas del Nuevo Mundo, y sus tripulaciones esparcidas en los cuatro puntos cardinales de las tierras que las acogieron, fueron conquistadas, colonizadas y pobladas por ellas. Este continente, huérfano de monumentos prehistóricos como los que se levantan en el ultramar, es sin embargo, asiento de abundantes bellezas naturales, y las riquezas del suelo y subsuelo, útiles para exportar sobre los lomos de sus gigantes arterias y la inmensidad de los océanos que lo circundan, en cambio de la civilización que importa, son los únicos atractivos para ofrecer al artista y al empresario extranjero. Las soberbias cordilleras y cadenas de montañas que, como severa combinación de las murallas chinas y las pirámides egipcias, se levantan altaneras y orgullosas, nidos son de águilas y cóndores, y en ellas, al igual del monte Helicón, han bebido inspiración los poetas y pensadores que en brotes espontáneos de su imaginación apasionada han traducido en hermosos poemas e idílicos cantos; los guerreros que brotaron de sus entrañas escribieron con los filos de sus espadas, en memorables campos de batalla, la grandiosa epopeya de la libertad de un mundo, el más glorioso galardón de pueblos jóvenes. Cuando todavía en los dominios de la antigua Europa predominan los regímenes monárquicos, despóticos y tiránicos, azote y baldón de la humanidad durante siglos, en los amplios horizontes del hemisferio descubierto por el genovés, flamea el pendón de la democracia, que es personificación de la justicia, igualdad y confraternidad predicadas desde la cima del Monte Calvario, y esto por si solo es grandeza y elevación de sentimientos e ideales.
aztecas, pero en materia de cerámica, capaz de emular con la de Tánagra y orfebrería, poseían conocimientos asombrosos, demostrado con las piezas y joyas labradas que se han encontrado, en los patios y sepulturas, y en cuanto a arquitectura, el Templo del Sol de Sogamoso no podría equipararse al palacio de Uxmal en Méjico, ni a la casa de las Vírgenes en el Perú, pero establecidas las proporciones, era sin duda la mejor construcción en mucho espacio, y servía para la educación inicial del mancebo, escogido como víctima para celebrar el ciclo de quince años en que se igualaban las diferencias del tiempo pasado y se conmemoraba el curso del astro y el ocaso del dios.
Al penetrar por último, al rincón del suelo colombiano, nuestro sueño dorado, donde se hallan nuestros más caros afectos, y relicario de recuerdos dulces y amargos, se estrecha la visión, porque absolutamente no hay en él monumentos artificiales como testificadores de los hechos y hazañas de nuestros pasados aborígenes, pero no obstante algunos lugares culminantes legados por la naturaleza y proezas desarrolladas en ellos, dan margen para asegurar que su panorama no le va en zaga a muchos del país, admirados y cantados, y que los naturales que los escogieron para rendir culto a su dioses tutelares, supieron defender y mantener en alto la dignidad adquirida al aire libre, en medio de la selva perfumada y bravía, sin límites que señalaran su heredad ni quien impidiera su peregrinaje en conquistas eróticas, única ambición que poseían. Cuando el corcel de los invasores holló su suelo, se sintieron despojados ignominiosamente de su patrimonio y entonces temerarios, arrojados y valientes, se enfrentan a sus huéspedes, en lucha sostenida y tenaz, y antes que la rendición, prefirieron la muerte, como los moradores de Numancia cuando Escipión el africano los sitió.
Política y administrativamente pertenece el Municipio al Departamento de Antioquia, pero, en sentido riguroso, constituye más bien su apéndice, porque está aislado del interior por la cordillera de los Andes, y las corrientes de aguas que brotan de ésta y sus derivaciones en territorio urraeño, van a confluir en el caudal hidrográfico que forma el sistema chocoano, de donde resulta desvinculado geográficamente del sector que integra, y mientras se pregona que está al occidente de él, mantiene sus mejores relaciones comerciales e industriales con los pueblos que formaron la antigua Provincia del Suroeste.
Perfilan su lindero occidental la cordillera andina y el cordón del Atrato, hasta donde desagua el Murrí, conductor de la mayor parte de las aguas que bañan el Distrito, porque el Arquía lleva el resto. De las márgenes de las dos primeras nombradas arterias, húmedas e hirsutas, se levantan gradualmente, de modo caprichoso, innumerables colinas de variado aspecto que mueren indistintamente, cortadas por la naturaleza o por las adherencias a sus vecinas mayores, y todas en ascensión curvilínea, formando prominencias, desfiladeros, hondonadas y pampas, se incrustan en la masa principal relacionada y forman el perímetro o hemiciclo que describe el Distrito a manera de principesco o artístico abanico. Existen allí las eminencias de Ocaidó, Nicasio, Mojauro, Zumbáculo, Plateados, Horquetas, San José y Frontino. Este último, que ostenta en su formación los fenómenos causados en las rocas por los ventisqueros que cubrieron el páramo, y una laguna de origen glacial, con altura de 4.100 metros sobre el nivel del mar, cubierto a menudo de blancos penachos de nubes, constituye con su arrogancia, enorme y respetable atalaya que, a no dudarlo, hizo desviar al licenciado Juan Badillo y compañero de expedición, la ruta que seguían, cuando por primera vez los conquistadores se atrevieron a internarse en persecución de los tesoros de El Dorado y Dabeibe, y es para nosotros lo que los Alpes para Europa, la montaña más querida. Si la cima del Mongó, donde termina el cabo de San Antonio en las costas de España, es famosa en la historia de la Geodesia, porque en ella verificaron las primeras operaciones relativas a la medición del tiempo los sabios Michain, Biot, y Arago, en la dilatada de nuestro morro, cubierta de pastos naturales y un vasto horizonte desde cerca de las fronteras ecuatorianas hasta las azuladas aguas del Pacífico que están al frente, pusieron también sus plantas en observaciones científicas el sabio Coronel de ingenieros italiano. Agustín Codazzi y el no menos ilustre geólogo alemán doctor Roberto Scheibe.
desfiladeros atronadores torbellinos hasta llegar a las llanuras que recorren lenta, pausada y calladamente, con severidad augusta, y penetrar en el Atrato, que los conduce a perderse juntos en el gran mar de las Antillas. Así es la vida del hombre: sale de la nada, pasa a la niñez, y a la juventud, poseído de deleites y ensoñaciones de fecundas o prometedoras esperanzas, se precipita por los desfiladeros de sus pasiones y debilidades, hasta que al fin, cargado de años y desilusiones, se reclina a ver pasar el día, mientras se acerca la noche interminable, y penetra en sus arcanos a confundirse en el infinito.
El sistema hidrográfico, como ya se dijo, los constituyen, las hoyas de Arquía y Murrí, a las cuales concurren las corrientes menores de Ocaidó, Ocaidocito, San Miguel, Chibugadó, Chibugando, Pacurucundo, Partadó, Jarapetó, Nendó, Nendocito, Mandé, Mandecito, dos Quiparadó, Gengamecodá, Venados, San Pedro, La Encarnación, Urrao, Pavón, y Penderisco. Este es nuestro río sagrado como lo es el Ganges para el país del Indostán, y nace en una de las prominencias de la cordillera andina, recorre largas llanuras cubiertas de pastos color de esmeralda, que aquerencian hatos de ganados, nuestra principal riqueza, serpentea frente a la ciudad, imitando al Elba delante de Dresde, en elegantes curvas de minué, como dijera galanamente don Jesús del Corral, circunda con respetuoso recogimiento la colina que sustenta la necrópolis sombría, musita su oración por los muertos y prosigue su marcha de eterno e incansable peregrino, para fecundar luego las tierras de la agricultura, y atravesar oculto la selva milenaria y rendir la jornada en el Atrato con el nombre de Murrí.
Cada corriente de agua de las nombradas forma un valle con el mismo nombre, y los de Urrao, Pavón y Penderisco fueron seguramente los escogidos por los primeros colonizadores para ejercitar su músculo y su brazo. En sus pampas evocadoras de las argentinas, y las estepas rusas, sin castillos feudales ni moradas druídicas, esos bravos luchadores “vestidos todos de calzón de manta y de camisa de coleta cruda” hacían retumbar en el espacio de las galgas preparadas con el filo de sus hachas en los árboles seculares, mientras lanzaban gritos alegres o entonaban coplas del cancionero antioqueño o los romances zamoranos.
El título con que se presenta ante propios y extraños se caracteriza por su singularidad mundial, y su etimología es netamente indígena, no obstante las alteraciones que haya podido sufrir en el tránsito de una a otra generación, porque Curadó traduce, río de cera de abejas, y no se conoce otra semejanza por estos lados.
Hay testimonios que acreditan que un indio llamado Gaspar Urrado habitó muchos años las playas de la corriente así denominada, y esta es la razón de su nombre y el de la población, y la justificación, además del gentilicio que le deduce el doctor Antonio José Restrepo en uno de sus más famosos y eruditos estudios. El señor Benjamín Tejada Córdoba en un cálido brote de entusiasmo dijo que ese nombre provenía del hurra!
Lanzado por los conquistadores al descubrir este hermoso panorama, y el eco prolongado de ese grito.
muchos días de penosa marcha, llegó al edénico punto que escogió para radicarse. Construyó una gran vivienda sobre sólidos troncos de comino, con dos pisos, el alto para albergar a los propietarios, y el bajo para la servidumbre y animales domésticos. Pero como entre tal servidumbre había un indiecito, recogido mal herido y agonizante por el bachiller, en su marcha, y un día lo azotó, cruelmente, el chico se escapó, y meses después, inesperadamente, en una noche de luna, cuando a la sazón había acabado de pasar una fuerte tempestad acompañada de una grande avenida de los ríos, y el bachiller se paseaba tranquilamente por el corredor de su casa, fumándose un cigarro, de repente se llevó las manos a la garganta, dio unos pocos pasos hacia el interior y se desplomó moribundo en brazos de su mujer. El grito de angustia y de terror de la familia fue ahogado por las voces guturales de los chamíes, que asaltaban el edificio y atravesaban con sus flechas de macana a todos sus habitantes, bajo la dirección del indio flagelado antes por el bachiller. En medio de la matanza general, una negrita, de siete a ocho años de edad, logró ocultarse entre un grupo de vacas de su mismo color y de esta manera pudo escapar del asesinato, y desde ese momento empezó para ella una vida extraordinaria. Andaba siempre con las vacas, mamaba de ellas como un ternero, de noche se albergaba entre sus patas, buscaba calor entre sus tibios vientres, y en las menguantes, cuando el ganado ocurría a los abrevaderos de fuentes saladas conocidas, la negrita lo acompañaba en su viaje hasta que se le capturó en la forma descrita.
Documentos relacionados con la conquista de las Indias occidentales y Tierra Firme aseveran que Pedrarias Dávila, victimario de Nuñez de Balboa, visitó la parte norte del territorio urraeño, o al menos cruzó sus inmediaciones, y ello lo deducen otros conquistadores del hallazgo posterior entre los aborígenes de aves domésticas, y aparece que allí mismo que el Gobernador don Pedro de Heredia hizo una acometida a esa región para explorarla, pero con tan mala suerte, que al desembarcar en la población indígena llamada Oromira, situada en la desembocadura del río Murrí, tuvo un fuerte encuentro con sus moradores, en uno de los deltas del río, y allí fue herido su hijo Antonio.
venció el cacique Nabuco. Siguió Cauca arriba, y después de muchas fatalidades, entre ellas la muerte del valiente Capitán Cesar, salió por Buenaventura.
De las tierras conquistadas por esta expedición, se hizo en la ciudad de Antioquia un reparto, y a Pedro de Frías le correspondió la porción comandada por el cacique Toné, situado en lo que hoy comprende el Distrito de Urrao, y quizá algo más. Dicho cacique pagaba con puntualidad y sumisión el tributo que periódicamente le exigía el conquistador. Fiado éste en la sinceridad de las manifestaciones de su contribuyente, entre alguna ocasión con 9 o 10 soldados a cobrar, pero cuando estaban sentados en la mesa a comer, vieron caer de lo alto del bohío, sobre el mantel, cinco gotas de sangre viva, que produjeron en los circunstantes grande asombro y turbación, y un presagio de catástrofe, por lo cual los españoles ocurrieron inmediatamente a sus armas, pero ya era tarde porque estaban totalmente encerrados por un ejército indígena, uniformado bizarramente con penachos, equipados y dotados de armas y elementos de los que ellos usaban, y los atacaron con tal bravura y valor, que dieron muerte a toda la expedición, excepto al mestizo Juan González, porque huyó. Este, avergonzado de su cobardía, regresó al campo de combate a desfilar e insultar a sus victoriosos enemigos, y después de una lucha, en el cual perecieron varios indios, éstos le dieron muerte.
destacamentos de gente, a trechos, para su defensa, pero éstos fueron rotos por los invasores, sin el mayor inconveniente. La fortaleza del cacique para defenderse de sus enemigos fronterizos y de quienes le acometieran, consistía en una enorme casa construida sobre grandes horcones de madera de cuatro estados de altura, que equivalen cuatro veces la talla de un hombre ordinario, y donde terminaban se hallaba el primer piso. De aquí subían otros horcones a recibir el techo pajizo, y para sostener el piso atravesaban fortísimos maderos de un extremo a otro. Sustentaban el edificio, clavados sin interrupción en el alrededor, gruesos palos que llegaban hasta la gotera, y sólo a trechos había algunos agujeros, capaces apenas para disparar la flecha y quedar salvaguardado el disparador.
Guarnecían el cercado, colocadas a cortos espacios y sueltas, otras monstruosas vigas, y el interior estaba provisto de todos los elementos bélicos necesarios para la defensa, consistente en flechas, dardos, largas, lanzas, gruesos y largos estacones de aguzada punta tostada que infundían pavor, lo mismo que una gran cantidad de piedras. Los víveres suficientes, vasos con abundante cantidad de vino, agua de manantial recogida en canoas, y llovediza en tarros de guadua que luego se trasladaba a tinajones, complementaban el equipo de campaña. Los caminos que conducían a este original castillo y los llanos aledaños estaban sembrados de afiladas puntas tostadas, y en diversos lugares se hallaban huecos cubiertos maliciosamente, pero la pericia del Capitán Gómez Fernández sustrajo a su ejército de los peligros que de manera semejante se le ofrecían. Toné que era poseedor de fuerzas monstruosas, atrevido desaforadamente, suelto, de buenas disposiciones, con antecedentes de valor y buen éxito que le hacían confiar en la victoria, ocupaba la fortaleza con cien aguerridos y disciplinados soldados, sus mujeres, hijos y familiares, porque de otro lado su posición sobre la cumbre de una loma, con extensión de cien pasos de ancho por doscientos de largo, barrancos y pendientes a los frentes y a los lados, de tanta inclinación que difícilmente podía sostenerse en sus pies una persona.
“Allegaos un poco más, cristianos, y llevaréis el tributo que llevó Pedro de Frías y sus compañeros; dejaremos las armas de las manos para ponéroslas en las cabezas y yo os cortaré la cabeza pieza por pieza vivos para que queden las amistades más fijas”.
Visto esto por los soldados de Gómez Fernández, decidieron emprender un sostenido ataque, distribuido en la siguiente forma: unos disparaban la arcabucería por los orificios para atajar el empuje de los indios y el disparo de sus flechas, mientras los mosqueteros, con sus rodeleros, cubiertos con mantas de maderas, trepaban hasta la cumbre de la fortificación, desde la cual llovían dardos, flechas, lanzas, piedras, agudos estacones, uno de los cuales cayó sobre el rodelero Diego de Ardila, le pasó la rodela y el cojín, así como el brazo; a Bernardino de Mojica, rodelero del célebre mosquetero Arce por la muerte que había dado al tirano Lope de Aguirre, le acertaron una piedra en el costado, y el golpe le hizo vacilar algunos pasos, pero tornó con bravura a su puesto, y como en este instante viera su compañero que sobre ellos venía una gran viga, le dio un fuerte empellón, lo arrojó atrás y brinco velozmente, evitando la muerte, porque la viga cayó en el propio punto donde ellos estaban. Con esto concluyó la jornada de aquel día, y la noche la emplearon los españoles en custodiar el fuerte para evitar la fuga de los ocupantes, por lo inmediato del monte, y los últimos a su vez disparaban constantemente al acaso contra sus enemigos, por lo cual les impidieron acercarse a poner fuego.
Los vencedores avanzaron luego dos leguas, hasta un asiento llano y apacible, donde plantaron tiendas por el tiempo necesario para curar y restablecer los heridos, y cuando lo hubieron logrado, pasaron a Nobobarco, o mejor Nongobarco, donde los bravos naturales se hallaban atrincherados en un fuerte más inexpugnable que el anterior, colocado en la cumbre de una cuchilla, con más dificultosas y empinadas laderas. Tenían mayores proporciones, materiales y pertrechos de las mismas clases y condiciones de las que se emplearon en Penderisco, pero con la diferencia de que aquí sólo se hallaba el personal guerrero, pues el resto se hallaba internado en la espesura de la montaña. Con trincheras y baluartes contra las espesas nubes de flechas y dardos, que a noche y día llovían sobre los atacantes, quienes en su mayoría fueron heridos en las piernas y cabezas, inclusive Mojica, en la mejilla, que tardó mucho para curarse, sin que por esto evitara la cicatriz para eterna memoria, estos cercaron por dos partes la fortaleza, sin resultado favorable sobre los atacados. Aquéllos entonces, para buscar efecto a la arcabucería, construyeron con levantados maderos ciertas garitas, sin los resultados apetecidos, porque cuando alzaban los palos la puntería enemiga hacía blanco en ellos. Apelaron de nuevo a las mantas de tablones, y con ellas acometieron muchas veces, sin éxito tampoco, porque los indios les impelían a retroceder con gruesas picas de madera de cincuenta pies de largo, de agudas puntas que manejaban con habilidad, y por eso los herían y aporreaban en los pies. García de Arce arrojaba tiros por las troneras, los cuales aprovechaba, pero las bajas que ocasionaba eran cubiertas inmediatamente. Baldelomar Manchego de la Membrilla, mozo robusto, fuerte y valeroso, con una celada borgoña y otras armas, en una media burra de madera, intentó entrar a la fortaleza por el reventón, pero una grave contusión acusada con piedra, arrojada de lo alto, que le abolló la celada y destrozó la máquina, se lo impidió, pues rodó casi muerto, y fue preciso que sus compañeros ocurrieran a socorrerlo y sacarlo aturdido, y para curarse duró no pocos días.
a dar el golpe, los sitiados levantaron tremenda algarabía, les precipitaron troncos y les acometieron furiosamente con piedras y flechas, hasta que los obligaron a retroceder con mayor precipitud que la empleada para acometer. Siguieron repitiéndose las bullas anteriores, con oprobios y amenazas, entre las cuales merece mención la realizada por un indio aljamiado y ladino, en el idioma castellano, al colocarse todas las noches en determinado punto alto de la casa, a lanzar sobre los españoles desvergüenzas y deshonestidades, hasta que García de Arce disparó su escopeta en la dirección de la voz, y lo atravesó por el pecho, desplomándose en seguida por los estertores de la muerte, dando valientes gemidos y excitando a sus compañeros y sobrevivientes a ejecutar venganza con la destrucción total de los cristianos, y para que éstos no se enteraran de lo ocurrido, los que allí había levantaban la voz para ahogar los ayes del moribundo. Redoblóse la defensa con cuartos de ronda por las noches, al favor de la oscuridad, que salían por ciertos agujeros secretos en dirección al campo enemigo, donde a menudo causaban daño, no obstante la activa y permanente vigilancia que allí se ejercía, sin que por esto se descuidaran los enfermos y heridos. El cansancio en las huestes españolas no se hizo esperar, y lo exteriorizaron con el deseo de continuar la marcha en busca del tesoro que era su objetivo, por ser más provechoso. Enterado de esto el Capitán Francisco Moreno, viejo militar, fundador de la ciudad de Antioquia, muerto después por Gaspar de Rodas en un desafío, a pesar de hallarse mal herido en la cama, recobró sus fuerzas, se levantó con energía e increpó duramente a sus compañeros por semejante proceder, indigno de la raza, y lo pernicioso que resultaba, porque de no acabar en aquella ocasión con los Catíos que diariamente los injuriaban, saldrían a inquietar la tierra, si no se pacificaba con su destrucción. El Capitán Gómez Fernández, por su parte, prohijó estas razones, a las cuales agregó otras de mayor significación, a la vez que amenazó de muerte a quien rehuyera el mandato que le daba de reducir a pavesas la fortaleza en que se ocupaban. Este se encaminó luego a una roza cercana, de los indios, donde había mucha leña menuda cortada, y se dio a la tarea de trasladar de ella, en cuya operación fue imitada por sus súbditos.
llegó a la cubierta de la casa en forma sofocante, hasta obligarlos a entregarse, no sin mostrar su arrogancia, pues decían:
“Ya cristianos, sabéis, casi tanto en astucias y ardides guerreros como los catíos”.
Otros bajaron del bohío, para entregarse, pero como entre los invasores había algunos agraviados, y esclavos y otros, ultimaron inmisericordemente a muchos de los vencidos. Algunos de éstos permanecieron firmes en su posición, peleando denodadamente, hiriendo de nuevo a don Bernardino de Mojica. Algunos de los prisioneros fueron colgados y uno de éstos cuando oyó el pregón en que se decía que el rey mandaba a hacer justicia, dijo a su vez con desprecio y rabia: “¿qué Rey es ese que manda?, “con lo cual el Capitán, demasiado colérico por tan enorme desacato a Su Majestad Real, le mandó soltar un ferocísimo perro adiestrado en carnicerías, y éste hincó en el instante sus dientes en la víctima, comenzó a despedazarla con crueldad y ella sin una queja, ni un ¡ay! decía al animal: “aprisa, come, come.” A los más viejos y obstinados de los prisioneros les cortaron las narices y las orejas, y a los menos culpados les dieron libres, obsequiándoles cruces y encargándoles ‘participaran a los demás de lo que había pasado, encareciendo la conveniencia de estar a paz y salvo los cristianos. Entre los últimos estaba Toné, quien se comprometió a dar y propagar la nueva.
Después García de Arce y Mojica, con algunos soldados, se internaron en la comarca, en donde destruyeron otras barbacoas y barracas de menor importancia, y por último, regresaron a cumplir el mandato de reedificar la ciudad de Antioquia. De aquí continuo Gómez Fernández su marcha en busca del tesoro de Dabeibe, atravesando provincias indígenas de tres y cuatro mil habitantes, hasta que llegó a Cartagena, después de muchos trabajos y penalidades, de donde regresó a Antioquia por Oromira. Se dirigió en seguida a Anserma, de aquí a Santafé, a dar cuenta a la Real Audiencia de la comisión que se le había impuesto; después de un juicio en que se le formaron cargos como Teniente Gobernador, pasó a España y cuando regresaba a encargarse de la Gobernación de los chocoes, murió en Cartagena.
Santafé de Antioquia, una estancia y caballería de tierras para ganado y labor, que legua de largo y otra de ancho, la cual es, y se entiende en el camino que va de Noque al pueblo de Urrao, desde la salida del arcabuco hasta el río de Urrao, que nace del pueblo de Penderisco, y desde la quebrada de Aná hasta la entrada del arcabuco de Nongobarco, en todas las cuales s tierras y estancias vos doy y señalo según derecho en con todas sus entradas y salidas, aguas y arbolados; y los que más le perteneciere para ser servidos y en alguna remuneración de los dichos vuestros servicios, para que sea vuestra, propia e de vuestros herederos e la podáis dar, donar, trocar y cambiar, y hacer de ella como cosa vuestra propia, habida y adquirida por vuestros méritos y servicios, sin perjuicio del señorío y patrimonio real e de otro tercero que mejor derecho a ella tenga, y mando a mi lugarteniente, Alcaldes Ordinarios, y otras cualesquiera justicias de dicha Villa de Santafé de Antioquia, que os metan y amparen en la tenencia y posesión de las dichas tierras, y no consientan de ellas seáis removido ni quitado primero ser oído y vencido por fuero y por derecho, so pena de quinientos pesos de buen oro para la Cámara de Su Majestad- Fecho en Popayán a once días del mes de julio de mil quinientos y sesenta y ocho- Sancho García del Espinel- Por mandato del señor Gobernador, Francisco Tonizá.”
Capitán Andrés Arias y la famosa doña María Centeno, como su madre, casada tres veces, con Antonio Machado, García Jaramillo y don Fernando del Cossio Salazar.
Como entre los compañeros del Gobernador Gaspar de Rodas en la conquista de Zaragoza había un mestizo de nombre Pedro Martín Dávila, quien había obtenido alguna fortuna en el laboreo de las minas del Nechí y la notaba disminuir por su prodigalidad, resolvió emplear la que le restaba en nuevas conquistas, especialmente en las provincias que no habían sido visitadas por el Gobernador, de cuya determinación dio participación a éste, y por cuanto le fuera otorgado permiso y se le concediera el título de Teniente General de las Provincias de Nitama, Caribana, Panzezú, Maritúe, Guazuze, Tuango, Urabá y Urabaibe, con facultad para poblar en ellas, a su costa, mas encargo especial para entrar y conquistar el río Darién, las Provincias de Funucuna y casa del Dabeibe, se dio a la tarea de hacer leva de gente en la Gobernación de Antioquia y juntó 200 soldados baquianos. Un año duró la preparación del viaje, la cual se redujo a conseguir pertrechos de guerra, fragua, herreros, carpinteros, etc., en todo lo cual gastó $20.000 de 23 quilates. Llevó dos sacerdotes, entre ellos el Padre Chaves, fraile después de San Diego de Bogotá, señaló sus oficiales; maese de campo a Gonzalo de Bolívar; Tesorero perpetuo de cuanto se poblase, consejero en paz y guerra don Jerónimo Garavito; concertó sobre 300 indios e indias de servicio que fueron causa de muchas de sus desgracias, y al fin salió la expedición en dos compañías de a 100 hombres cada una, en junio de 1596, con muchos caballos de carga y camino, vacas, cerdos y otros animales, para cría y habiendo llegado a los valles de Norisco y Penderisco, tomó 80 soldados, se dirigió con ellos por un atajo a coger por sorpresa a los indios de Nitama, donde tuvo un encuentro y algunos heridos, porque los naturales estaban listos a su defensa. De aquí siguió a Urabá, donde realizó proezas y adquirió alguna buena cantidad de oro.
No continuaré sin consignar que los primeros mineros que hubo en territorio urraeño lo fueron doña Clemencia Caicedo, herederos de José Rentería y don Lorenzo de Córdoba, Antonio Esteban y Luisa de Córdoba, quienes se radicaron en la desembocadura del río Murrí además empresas de plátano y caña de azúcar. En el interior por la ribera del río había una población compuesta de indios y libres, con setenta casas, llamadas San José de Murrí, gobernada por un sacerdote de la Orden de San Francisco y el Corregidor de indios. Esto Lo informó don Fernando de Morrillo a mediados del segundo tercio del siglo XVII.
Provincia de Antioquia, en atención a que el peticionario era benemérito por los servios prestados por sus padres a su Majestad, accedió el 9 de marzo de 1661.
El 11 de enero de 1687 otorgó testamento Pedro de Silva, y declaró en él que el ganado cimarrón que había en el valle de Urrao pertenecía a él y a su hermano Diego, y como se confesó deudor de su cuñado Juan Jaramillo, por cuenta suya y de su padre Damián de Silva, dispuso que el acreedor tomara en pago de la deuda la mitad del ganado que le pertenecía. Como el Supremo Consejo de Indias condenó a Jaramillo al pago de una cantidad de oro, los Jueces Oficiales de la real Hacienda de Su Majestad de la ciudad de Antioquia y su Provincia, Capitán Antonio Eyzaguirre, Tesorero y Juan Antonio de Porras, Contador, dispusieron que el referido ganado y tierras del sitio de Urrao y Penderisco pertenecieran por adjudicación al Rey, porque así constaba en las actuaciones de sus antecesores, en que aparecía promulgada la prohibición a golpe de caja por las calles de la ciudad, con graves sanciones de matar esos ganados. Por estos motivos se negó en resolución fechada el 8 de abril de 1687, a Juan Mena Ibañez Garcés para sí y sus cuñados, la autorización que solicitó para matar tales ganados.
Años después, Luis Valderrama, vecino de la ciudad citada y residente en este valle, exigió merced de un pedazo de tierra de pan en el valle, hacia la otra banda del río Penderisco, frente a la que poseía de caballería transmitida por Juan Garcés, bisnieto de Juan Taborda, donde a la sazón poseía rocerías y sembrados, por cuanto soportaba una enorme carga, en su mujer e hijos que lo habían obligado a trasladarse a vivir a esta comarca, distante de la capital cuatro días de camino, y carecía de una parcela para trabajar. Alegó además que esa concesión beneficiaba a Su Majestad en la vigilancia de los conatos de rebelión que pudieran presentarse, procedentes del Chocó. Aceptadas estas razones, don Manuel de Mena Felices, Contador Oficial de la Real Hacienda de Su Majestad y Juez privativo de tierras por comisión real, de la ciudad y Provincia antedichas, le hizo la adjudicación en el punto señalado, desde el desemboque del río de Urrao hasta el amagamiento del Salado, que desagua en Pavón, con cargo de servir puntualmente el derecho de composición con cinco pesos de oro de veinte quilates, entregados al encargado señor Francisco de J. Foronda, lo que tuvo lugar en resolución datada el 20 de febrero de 1724.
Aparece que el español don Bernardo González Cossio, en su carácter de Administrador de la Renta de Tabaco, tuvo un alcance, y por eso le embargaron y licitaron sus bienes, consistentes en derecho y medio de tierras, indivisas ubicadas en este Distrito y adquiridas de los herederos del Capitán Guzmán, treinta y ocho reses, ocho yeguas y dos potros. En casa del Gobernador y Comandante General, siendo pregonero Félix Rave, se llevó a cabo la licitación por el Regidor don Juan P. Pérez de Rublas, el 14 de octubre de 1791, por 285 castellanos de oro, cuando habían sido avaluados en 428 castellanos.
aprovechamientos. Como Corregidor del pueblo creado y los demás indígenas del Chocó que quisieran acogerse al pueblo de Antioquia, dispersos en el río San Juan, se nombró a José Manuel Montoya, con encargo de instruirlo a los diez y ocho que constaba la parcialidad, en la fe cristiana, tratarlos con piedad y amor, y conducirlos nuevamente al lugar expresado. Se ordenó que ninguna persona, cualquiera que fuese su condición y calidad, molestase, inquietase, turbase o hiciese daño o perjuicio a los naturales, y quien contraviniese ese mandato incurría irremisiblemente en la multa de doscientos pesos de buen oro, aplicados en la forma ordinaria, sin prejuicio de otras sanciones mayores, de acuerdo con la contravención. El Corregidor quedó con facultad de oír a los pobladores en justicia, ampararlos en sus derechos, ponerlos en posesión de tierras, determinar sus causas criminales y contenciosas, corregirlos con medios prudentes en sus vicios y costumbres de gentilidad, y finalmente, hacer cumplir al cacique y Alcalde la promesa de sacar de las cimarronas que las habitaban a los demás indígenas a fin de poder descubrir los ricos minerales de oro que según documentos guardados en los archivos, existían en esta región. Por esta obra, y la apertura del camino, se remuneraría a Montoya su celo y trabajo, a proporción de los adelantos que resultaran. Se mandó a expedir el respectivo título, sin perjuicio de la aprobación del supremo Gobierno del reino, al cual se daría cuenta, y se firmó por el señor Buelta Lorenzana en su calidad del Capitán del Regimiento de León y Gobernador de la Provincia, ante Simón Robledo E., Escribano Público y de Cabildo. Más Tarde el Oidor y Visitador Juan Antonio Mon mandó agregar esta parcialidad a Cañasgordas, pero los indígenas, disgustados con tal determinación, por antiguas rencillas, pidieron al Gobernador Baraya y la Campa su derogatoria, y la consiguieron por Resolución de 15 de abril de 1789, en atención a la posibilidad de que pudieran regresar a los montes a sus antiguas idolatrías, si se les comprometía a trasladarse a un lugar que no era de su agrado. Se les permitió pues congregarse dentro de los términos y señalamiento que se les había hecho, se les nombró como Corregidor a don José Vargas, por su arreglada conducta, a Manuel Caiperá, como Gobernador o cabeza de dicho pueblo, y a Salvador Niamaná como Alcalde, para que portándose con honor y vergüenza, ayudaran a su Corregidor en cuanto fuera necesario en la y dirección de los moradores de la población.
En enero de 1795 fue elevado el caserío a la categoría de partido con el nombre de Urrao, que antes tenía.
“Por esta parte, el páramo de Frontino, corriendo río abajo por el Gengamecodá y cortando por su derecera hasta los linderos de la jurisdicción del Chocó; del páramo para arriba se sigue la cordillera del Cauca hasta dar en las cabeceras del río Penderisco y el Pavón, cortando por su derecera a lindar con la expresada jurisdicción del Chocó.”
Las gestiones del apoderado y su resultado con la consecución del Curato se hallan en otra parte de este libro, y por eso es inútil repetirlas, pero de esas labores parece que el Gobernador don José Felipe de Inciarte, Teniente Coronel de infantería de los Reales Ejércitos, de acuerdo con don Pantaleón Arango, por decreto de 18 de julio de 1796 asignó al partido de Urrao la categoría de parroquia por la delimitación señalada por don José de Vargas, y le puso por nombre el de San José de Urrao, con el cual quedó sustituido el de San Carlos de la Isleta que hasta entonces llevaba.
Los nombramientos de Alcaldes principian en los libros capitulares de Antioquia en diciembre de 1784, con José Larrea, como único, quien había venido desempeñando y era concuñado de don Bernardo González Cossio. En 1787 ratificaron este nombramiento; en 1788 fue designado en primer término José Montoya, en segundo, José Montoya, hijo y en tercero, José de Vargas. En diciembre de 1789, primero Manuel Aguirre, y segundo, José Montoya. En 1790, en diciembre, primero, José de Vargas y segundo su hijo Santos de Vargas, y tercero José Vallejo. En 1793, Nicolás Varelas, Santos de Vargas y Pío Montoya. En 1794, Salvador Vargas, Pedro Sepúlveda y José de Florez. En 1795, Cayetano Urrego, Manuel de Rueda y Pedro Sepúlveda. En 1796, Pedro Vallejos, Manuel de Rueda e Ignacio Franco. En 1797, Luis de Rueda, Ignacio Franco y José Montoya. En 1798, José Montoya, Santos de Vargas y Mateo Cossio. En 1799, Pedro Manuel Sepúlveda y Hermógenes Fernández. En 1800, Fernández Manuel y Pedro Sepúlveda
El 25 de junio de 1805 los doce donantes de tierras para la población, ratificaron de nuevo el convenio, con el propósito de arreglar el plan de urbanización, porque ya se había dado principio a la construcción de casa y a la iglesia, que era sólida y capaz, pero las calles se habían trazado con defectos, lo mismo que los cuadros para el ensanche, y como consideración que aún era tiempo de arreglar y corregir las anomalías, acordaron ceder para las calles cien varas de ancho y cien para las cuadras, las cuales debían dividirse en cuatro solares de a cincuenta varas en cuadro, para vender a diez castellanos cada solar, a quien quisiese poblar en el término de cuatro años, sin otra condición que la de entregar el valor al señor Juan Esteban Martínez para la fábrica de la iglesia.
El 7 de agosto de 1805 el Gobernador don Francisco de Ayala nombró Juez de este partido al señor José María Argotes por ausencia al Chocó del titular, y como encontró arruinada la cárcel existente, como podía testificarlo el Alcalde don José Pardo, pedía autorización para derramar una contribución que a lo sumo ascendería a tres reales para cada contribuyente, con el ánimo de concluir el edificio, y así le fue otorgada.
Hernández formuló acusación contra Ramírez, por faltas contra el orden social, a la vez que de motu propio
ordenó a éste la desocupación del pueblo en el perentorio término de tres días, y exigió amparo para Aguirre, porque conservaba su derecho. A su turno, Ramírez acusó a su rival, por educador inescrupuloso e incumplido, porque abandonaba su puesto para irse al Chocó a negociar, por cuya razón el Gobernador Salcedo ordenó a Aguirre permanecer en su puesto, con serias amonestaciones, y éste ofreció cumplir religiosamente, siempre que el personal asistente no faltara y los padres cejaran en su resistencia. La lucha continuó, y el 18 de enero de 1800 el Procurador General don Antonio Escudero, a quien se pidió concepto, lo emitió favorable a Ramírez, por lo cual se restableció a éste en su empleo el 25 de ese mes y año, y se le dieron normas para la enseñanza.
El año de 1797 formó Luis Rueda el censo de la población, del cual resultaron los siguientes habitantes: casados en la clase primera, 87; solteros en la misma, 82; casados en la clase pardos, 72; solteros en la misma, 80; total, 321. En 1801 el Alcalde del partido, don Pedro Sepúlveda hizo igual cosa con una cifra de 449 personas de resultado, entre los cuales figuraban como españoles don José de Larrea y Llanos, casado con doña Juana de Herrera, y sus hijos Francisco, Antonio, Alejo, Felipe y Micaela y 15 blancos nacidos en la tierra; mestizos casados había 192; solteros, 216; y esclavos, 19. Es pertinente hacer saber que Alejo, cuando venía en dirección a esta tierra, contrajo matrimonio en Bebará, legalizándolo después aquí, con doña Mercedes Caicedo. De este enlace sobreviven como descendientes los señores Francisco Antonio, Pedro Pablo, Anselmo y Nazario, hijos de don Salvador, un venerable patricio fallecido no ha mucho tiempo a edad avanzada, y una respetable y numerosa prole. En 1805, el censo levantado por el Juez José María Rueda, dio un total de 626 almas así: blancos, 30; mestizos, 356; mulatos, 213; y esclavos, 27.
Santos de Vargas, esposo de María Pérez, fue padre de Casiano, Agustina y Lucía, José María Rueda, casado con María Manuela Montoya, fue padre de José Lope y María Manuela. José Faustino Montoya, tuvo por esposa a Manuela Holguín, e hijos a Silverio, Nicolás e Inés. Pedro Vallejos, casado con María Antonia Morales, no tuvo descendencia. Diego Jiménez, casado con Josefa Aguinaga, tuvo por hijos a Antonio, Nicolás, Francisco, Angel, Mauricio, María y Vicenta. Nicolás Varela, viudo, tenía por hijos a Juan Francisco y Felipa. Cayetano Urrego, casado con María Antonia Vargas, tuvo por hijos a Facundo, Santiago, Manuel, María Ignacia y Mercedes. Hermógenes Fernández casado con Anselma Vargas, fue hijo de don Solano Fernández: éste fue casado con doña Francisca de Herrera, hija de don José de Herrera y doña Salvadora de Hoyos. Julián Flórez, casado con Saturnina Urrego. Don José de Larrea se radicó aquí en 1801, y en 1807 se establecieron, entre otros, don Francisco cano, casado con doña Josefa Arango, padres de Alejo, María de Jesús, Simona, Francisca y Francisco, y José Giraldo, con su esposa Estefa Fernández, padres de Isidro y José.
Un pacto firmado en la ciudad de Antioquia el 6 de mayo de 1809 por los señores doctor José de Rublas, José María Hoyos, José Antonio de Larrea, Hermógenes Fernández, Santos de Vargas, José María Aguirre, Esteban Montoya, Manuel Aguirre y sus cuñados Santos Becerra y Gerardo Urán, Hermenegildo Montoya y Gabriel Layos, éste comprador de Rublas, dueños de dos leguas de terreno de las que pertenecían a los Guzmanes, designó a don José Manuel Cossio para la liquidación de la comunidad, exceptuando por supuesto, la porción demarcada por el sitio. El 15 de junio de 1809 procedió el Juez arbitro a ejecutar lo acordado ante los agrimensores y testigos a la vez, Manuel Pérez y Matías Moreno, principiando desde el río Urrao, a la linde con el presbítero Mauricio de Lora y José Ignacio Martínez hasta la Quebradona.
En 1808 hizo levantar otro censo el Virrey, y entonces resultaron como habitantes 582, libres; 18 esclavos, 62 casas de paja y un templo cubierto del mismo techo.
Vargas; 1809, José Faustino Montoya, Hermógenes Fernández y Lorenzo Rueda, y 1810, Raimundo Sepúlveda.
Como la situación política en ese año era apremiante por los arrestos bélicos de los patriotas a favor de la emancipación, difundidos por el eximio repúblico Antonio Nariño con la publicación de los Derechos del Hombre, que tuvieron su cuna en la revolución francesa, que había sepultado los últimos baluartes de la monarquía, el Jefe Político, de la cabecera exigió de este partido un contingente de cinco hombres, pero se ignora si concurrió con tal número de soldados. Entretanto llegó a conocimiento del Gobierno el hecho de que los transeúntes por el camino de Bebará derribaban los tambos, con perjuicio para los negociantes, y entonces el Gobernador Presidente, don José A. Gómez, ordenó castigar con tres días de arresto a quienes cometieran esa falta en lo adelante, y encargó para dar el aviso correspondiente a Luis Rueda, residente en el caserío que a la sazón existía en el paraje de Ocaidó, de alguna importancia, pero el aislamiento y los rigores del clima lo hicieron desaparecer.
El 16 de noviembre de 1810 la Junta superior gubernativa, en atención a que las quejas de los pueblos distantes llegaban tardíamente, y sin vigor, en todas las nuevas poblaciones apartadas que necesitaban reedificarse, un Juez poblador, con jurisdicción ordinaria, delegado de caminos, privativo de agricultura, promotor de industrias y educación y circunscritas sus funciones a los límites de la administración espiritual o beneficio curado, sin perjuicio del nombramiento de pedáneos, y para el nuevo sitio de Urrao eligió por término de dos años, prorrogables por la Junta, a Pedro Arrublas, con la sola exigencia del papel y amanuense, en obsequio de la población, por la alta consideración de los objetos de la Provincia, y dispuso además hacer saber esta determinación de los cuatro Cabildos del Departamento. Firmaron, Francisco de Ayala, Juan Elías López, Manuel A. Martínez, Luis de Villa, José María Montoya, Nicolás Hoyos y Carlos José de Garro, Secretario.
En el año1813 los donantes del suelo donde debían levantarse la, ocurrieron a don José Antonio Londoño, Regidor del ilustre Ayuntamiento, Alcalde Ordinario de primer voto, suplicándole ordenara retirar a los vecinos poseedores radicados, que hacían cercas y chambas dentro de la demarcación del sitio y oposición a lo convenido para lustre y aumento de la población, y el solicitado resolvió de conformidad. Firmaron Hermógenes Hernández, Gerardo Urán, José Serna, Francisco Sepúlveda, José María Vargas, Pedro J. Sepúlveda, Pedro Castro, Pedro Gómez, Zoilo Gómez, Toribio Arroyave, Fermín Montoya, Fernando Benítez, Manuel Sepúlveda, Francisco Montoya, Manuel Pérez, Raimundo Sepúlveda, Francisco A. Larrea, Isidro Pérez, Tomás Vargas, Pedro San Martín, Francisco Jiménez y José M. Moreno, a más de otros que lo hicieron por ruego de algunos peticionarios.
En este mismo año Santos de Vargas levantó el censo que arrojó una cifra de 664 habitantes, así: eclesiástico, 1; hombres casados, 88; mujeres íd, 88; varones solteros, 268; mujeres íd, 219. En 1815 se repitió el empadronamiento, y ya el monto fue de 802 personas.
El nunca bien lamentado Francisco José de Caldas, gloria de la ciencia y patriota eminente, salió de la ciudad capital en excursión científica, por el Cauca y el Ecuador, y cuando regresaba le escribió a su esposa doña Manuelita Barahona una carta fechada en Cartago el 4 de febrero de 1813, en la cual expresaba la esperanza de verse con su familia en Rionegro, le hace algunos encargos respecto a sus hijos, y le significa que a su regreso de Urrao arreglaría con Vicenta un asunto que tenía pendiente con ella. Las impresiones y observaciones del ilustre varón, si en realidad estuvo por acá, son desconocidas todavía, no obstante que alguno de nuestros hombres nacionales hizo pública la especie de que el eminente sabio, arrebatado en hora aciaga alevemente a la ciencia y a la patria, había dicho en uno de sus escritos que aquí debía estar la capital de la República.
de los primeros pobladores, sin elección ni discernimiento alguno, el Gobierno, deseoso de conservar las denominaciones de algunas aldeas y lugares de Grecia, que al mismo tiempo participan de la dulzura de aquella lengua culta, recordaban la memoria de unos lugares que fueron la escuela del género humano en todos los ramos de la civilización, y el teatro del patriotismo y del valor, dispuso que en lo sucesivo se llamara la colonia de Abejorral, Misenia; la de Bahos, Larisa; la de Guarne, Elida; la de Urrao, Olimpa; la de Canoas, Camppe; la de Titiribí, Pylos, y la de Angostura, Amicla.
Este mandato se ordenó publicar y enviar a los Cabildos por el Secretario Francisco A. Ulloa desde la sala electoral de Antioquia, que funcionaba en la ciudad de Rionegro. El ilustre geógrafo y geómetra Agustín Codazzi, a fuer de predecirle a esta tierra un magnífico centro comercial, por su situación topográfica y por hallarse en el camino señalado por la naturaleza parea salir al Atrato, afirma que este valle fue en época remota un gran lago, cuyas aguas se levantaron 495 metros sobre el plano actual del pueblo, la que luego abrieron brecha por entre la roca para abrirse paso y precipitarse por otro lago más pequeño. También el valle de Tempe en Tesalia, entre el Olimpo griego y el Ossa, regado por el Selembría, fue un lago, y al corte de Likostomo, algo falto de luz, se le consideró por los antiguos helenos y latinos, como el punto más hermoso de la tierra. Esplendoroso traduce el Olimpo, y éste servía de corte a los dioses eternamente jóvenes, bebedores de ambrosía y el valle descansa sobre cuarenta y dos colinas. De las cuales la más alta tiene 2972 metros en la desembocadura del Peneo, y en uno y otro caso se encuentra similitud entre este valle y el primoroso de Grecia, de manera que la elección del mandatario en el cambio de nombre no estuvo desacertada.
Francisco Montoya, Francisco Vargas, Hermógenes Hernández, Valentín Montoya, Gerardo Pudán, Manuel Aguirre, José M. Aguirre y Francisco A. Larrea.
En el año de 1816 el Alcalde poblador concedió a Mateo, Bonifacio, Dámaso y Narciso Jiménez y Germán Castro, cinco cuartos de legua de terreno, en nombre del Rey, en la confluencia del río Encarnación con el Penderisco, alindado por el Sur, con Fernando Benítez, en cuyo terreno ejercitó su músculo y su hacha de colonizador el señor Manuel A. Madrid, y hoy es una empresa de respetables proporciones de caña de azúcar que explotan los señores Nicanor y Ramón Madrid. A continuación de este fundo quedaba la propiedad de don Sacramento Hoyos, padre del doctor Ramón de Hoyos, nacido aquí y bautizado el 31 de marzo de 1816.
Conduce recordar que en este año las fuerzas realistas habían alcanzado algunas ventajas sobre las republicanas, y que el Alcalde del partido, Hermógenes Fernández, excitaba a los ciudadanos por medio de un manifiesto a jurar fidelidad al Rey, ordenaba celebrar misa en acción de gracias por semejante acontecimiento, mandaba iluminar las calles, y concedía cuatro días de regocijos públicos, en tanto que la cuchilla del verdugo tronchaba para siempre la existencia meritoria del sabio Francisco José de Caldas.
examen de los arbitrios fiscales. Síguese de aquí que Urrao, desde la Conquista hasta la época que nos ocupamos, perteneció indistintamente a Cartagena, Popayán, Cundinamarca y Medellín.
No parece corriente hacer a un lado la circunstancia de que en el año de 1823 fue restablecida la escuela costeada por los padres de familia, y que como Director fue nombrado don Miguel M. Cano.
En 1826 se formó censo de la población, incluyendo el partido de Noque, el cual formaba parte de este Municipio, y el resultado fue el siguiente: hombres en Urrao 480; mujeres, 504; hombres en Noque, 20; mujeres, 32; esclavos, 4 hombres y 3 mujeres, todos los cuales formaban un total de 1.043. En este mismo año los señores Benigno Rivera y Juan de Herrera rindieron un informe sobre los temas que enseguida se compendian, así: hubo en el año 12 matrimonios, 55 nacimientos y 11 defunciones; en Urrao, había 370 cabezas de ganado vacuno y en Noque 25, a $3 cada una; 36 mulas aquí y 13 en Noque, a $10; burros, 5 en Urrao10; burros, 5 en Urrao y 1 en Noque a $10; 70 caballos aquí y 8 en Noque, a $6; en esta población había 63 casas, y en los campos 113, por 20 en Noque. Como animales existentes citan casi toda la fauna y como productos de la agricultura, el maíz y la menestra, aquél en cantidad de 1,400 y ésta en 100; en Noque: maíz 100 fanegas y la menestra 80. No había minas en laboreo, no obstante las versiones que llegaron a las esferas oficiales sobre la existencia de minerales auríferos de alguna consideración. En el punto denominado El Volcán, y en otros algunos parajes aledaños existen todavía los vestigios de trabajos de mineros, pero se ignora la época en que ellos tuvieron lugar y las personas que los ejecutaron. Por el mismo tiempo desempeñaba la Jefatura de Política de la ciudad de Antioquia don Sacramento de Hoyos, y en ese cargo ordenó la apertura del camino de esta cabecera hacia la capital, y encargó de la dirección de trabajos a Juan Herrera, con encargo especial de construir un puente sobre el río Urrao.
Las mejores haciendas de ganado que han existido y existen en estos valles, como Guapantal, El Espinal, El Volcán, La Unión y San Dimas, obra fueron de su ingenio y de su brazo. Casó con doña María de los Santos Martínez, linajuda dama de la memorada ciudad de Antioquia, y fue progenitor de eximios varones continuadores de su obra, como don Juan de Dios, don Mariano, don Ramón, don Carlos, don Manuel Romualdo y don Juan Pablo, todos los cuales han desaparecido de la escena de la vida, y el último exteriorizó con hechos, y lo consiguió, el deseo vehemente de dormir su sueño postrero en el hermoso panteón que forma nuestra sombría necrópolis, con su vista hacia la hacienda de El Espinal; arrullado y abrazado por perenne cántico del Penderisco. Descendientes de éstos fueron los señores don Germán, don José María, don Juan de D., don Juan Luis, don Manuel Dimas, don Jesús, don Manuel Antonio, don Luis y el doctor Rafael del Corral. Generalmente recibieron todos estos esclarecidos ciudadanos una esmerada y exquisita educación y varios de ellos y otros que no han sido nombrados, escalaron y escalan puestos de distinción. El último ha sido Senador de la República, Representante al Congreso, Ministro de Despacho Ejecutivo, Diputado en varias ocasiones a la Asamblea de Antioquia, Secretario de Gobernación, Gobernador del actual régimen parlamentario, hábil abogado de altas ejecutorias y servidor constante de los intereses de este pueblo. Don Jesús, desaparecido recientemente, fue un escritor galano, ameno contertulio, cuyos salerosos cuentos divertían y animaban, Ministro del Ejecutivo, y progenitor, entre otros jóvenes de sustantivo mérito, de nuestro estimado amigo don Mario, literato y periodista de altos quilates, que en sus permanencias aquí y en la misma capital de la República le ha prestado su contingente al progreso de esta tierra. El doctor Martín del Corral, de la misma estirpe, también ha laborado con interés en el mismo sentido. Don Luis es todavía más fervoroso entusiasta de nuestro adelanto, y ya tendremos ocasión de ocuparnos de su personalidad más adelante.
Rionegro y Remedios, en las villas de Santa Rosa y Marinilla, y en las parroquias de Envigado, Itagüí, Amagá. Titiribí. Fredonia, Copacabana, Sopetrán, San Jerónimo, Urrao, Abejorral y Sonsón. Este acto tiene como fecha la del 22 de septiembre del citado año, y fue sancionado por Juan de Dios Aranzazu, en su calidad de Jefe del Poder Ejecutivo. De allí arranca la existencia de este pueblo con entidad libre, bajo el imperio de la democracia, y este acontecimiento histórico, que constituye un jalón de indiscutible valor para las generaciones contemporáneas y las que han de seguir la brecha, se conmemora en la actualidad con indecible júbilo, porque nuestro pueblo y nuestra raza, a pesar de los medios desfavorables en que le ha tocado actuar, sabe apreciar y valorar el inefable bien de la libertad.
En 1837 el eminente Prelado doctor Juan de la Cruz Gómez Plata visitó este beneficio curado y dio instrucciones a las autoridades civiles y eclesiásticas para la construcción del templo. Asimismo estuvo en misión oficial el Prefecto de Provincia, Jorge Martínez, quien también proveyó sobre el funcionamiento de la nueva entidad.
De aquí en adelante siguió un período de calma y laboriosidad entre los colonizadores radicados ya y los emigrados, en tala de montes para la agricultura y plantación de dehesas de ganado, de halagüeño porvenir, sin que por esto descuidaran el engrandecimiento del terruño, pues la generalidad de los moradores se preocupaban ostensiblemente por él. Poca es, por consiguiente, la historia en un respetable intervalo, pero no obstante se relacionaran algunos de los hechos culminantes.
De Itagüí penetraron a esta colonia los señores José Antonio Vélez y su esposa doña María Ignacia Amaya y don Francisco Gaviria con su esposa doña María Josefa Vélez, donde se establecieron definitivamente, dedicándose a extraerle a la tierra el jugo que les daba la riqueza y sustento digno y honorable. Don Venancio Vélez, hijo del primer matrimonio citado, fue también el progenitor de los señores José María, Salustiano, y Anacleto Vélez, y éstos dejaron, como sus descendientes, imitadores suyos en el patriotismo y el trabajo entre otros, a los señores Venancio, Ramón A., Félix A., Emiliano, Rafael, Joaquín, Domingo, Justiniano, Juan de D., Marco A., Antonio J. y Aureliano Vélez, este último graduado en agronomía y veterinaria.
y Joaquín Ruiz, al mismo tiempo que para vigilar el Chocó situó aquí un destacamento al mando del Oficial Gabriel Restrepo, porque allá había una conspiración capitaneada por Nicomedes Conto y Pedro Varona, con cuya Provincia suspendió comunicaciones y relaciones comerciales.
A pesar del estado de guerra que reinaba y la intranquilidad que consigo lleva, no fueron obstáculo para suspender actividades, y por eso se veían en este sitio disensiones entre los ciudadanos Francisco Montoya, Froilán Vargas, y Miguel Giraldo por el remate de las rentas, para conseguir el cual inventaban recursos y ardides propios de esta clase de industrias. La de licores era anhelada por sus pingües rendimientos, especialmente en las fiestas patronales que precedían a las profanas, en las cuales se consumían gran cantidad de bebida y se fomentaban las carreras hípicas, los originales bailes con tambor y guache, a semejanza de los que todavía imperan en la región del Chocó urraeño, juegos de toda índole, y mascaradas, en los meses de febrero y junio, por espacio de hasta catorce días consecutivos. Esta prolongada diversión hizo que el señor Gobernador amonestara al Prefecto para que prohibiera con sanciones fuertes semejante extralimitación.
En el tiempo mencionado contaba el Municipio con 1.646 habitantes, entre los cuales había siete esclavos, y se registraba un movimiento anual de 125 nacimientos, 9 matrimonios y 17 defunciones, con excedente en favor de la población.
Existían tres fracciones, con funcionarios elegidos por el Cabildo de Antioquia, a saber: Noque, Ocaidó y la Encarnación.
El Cabildo Comunal de 1843 estaba integrado por los señores Juan Antonio Gómez, Alcalde; Manuel María Herrera, Juez Parroquial; Antonio Montoya, suplente y Miguel Giraldo, Tesorero Parroquial.
Digna de mención y recordación a las nuevas generaciones es la actitud de don Sacramento de Hoyos frente a los problemas educativos y viables, en su calidad de autoridad superior no sólo fomentó las escuelas y las obsequió con útiles y muebles de su peculio particular, sino que hizo abrir caminos que comunicaran esta región con otras.
Pausada y serenamente transcurría la vida entre los moradores de este suelo, en medio del aislamiento y que aún perdura y su única ocupación la constituía la tala de los bosques y las diversiones de que atrás se ha hecho mérito. No obstante, en el año de 1851 lograron obtener el integérrimo Gobernador doctor José Justo Pabón permiso para que ante el Secretario del Cabildo se otorgaran escrituras de transmisión del dominio de propiedades, y otros contratos, y en efecto, principió a funcionar ese organismo en manos del señor Fruto Urán, en presencia de testigos actuarios juramentados.
El 25 de marzo de 1854 estuvo en visita oficial el aludido mandatario en esta población, y con esa fecha dictó un decreto, autenticado por su Secretario Francisco a: Gónima y Llano, en el cual disponía la apertura del camino provisional a los límites con el Chocó, por la ruta de la loma, desde el mes de abril siguiente, en forma de contratos que serían celebrados ante los señores Angel J. Montoya, Antonio Pérez y Antonio María Restrepo. Dos meses largos más tarde, caía asesinado en la plaza de Sopetrán aquel Magistrado de limpias ejecutorias y de un pasado glorioso. Coetánea con esta visita, fue la excursión científica del Coronel Codazzi, quien pudo admirar el panorama y predecir para este lugar un puesto prominente en los destinos de Colombia, y para el efecto se produjo en los siguientes términos:
pasar en pocos días en vehículos de ruedas al Atrato por el camino que ha preparado la naturaleza por medio de la serranía, hoy apenas conocida. Los vapores que surcarán entonces este hermoso río, en menos de cuatro jornadas podrán conducir los pasajeros al gran canal, llevándolos así cómodamente del uno al otro lado del mar.”
Dice también el ilustre geógrafo que en 1852 la población era de 2.204 habitantes; había 4.000 cabezas de ganado vacuno, 50 lanar, 60 caprino, 1.000 de cerda, 1.000 caballar, 100 mular y 10 asnal.
Por primera vez se estableció el servicio de correos en el año de 1857, en forma quincenal, y el primer Administrador fue Antonio Pérez, a quien sucedió José María Ibarra, por haber pasado aquél al servicio de suplente del Veedor para levantar el censo, que era don Sixto Ruiz. Hoy hay servicio trisemanal con la capital del Departamento, recientemente establecido, merced a los buenos oficios del Administrador principal don Andrés E, Londoño, una línea semanal a Suroeste y otra quincenal a Puerto Arquía.
Como de los documentos examinados aparece que en la época en mención estaba otra vez revolucionado, el Secretario de Estado del Despacho de Gobierno constituyó aquí una guardia formada por tres compañías, pertenecientes al batallón número 1°, del cual era Comandante interino Mercedario Vélez, y Sargento Mayor Tomás Gómez, con sendos Capitanes, Tenientes, 1° y 2°, y Alféreces 1° y 2°, desempeñados respectivamente por los señores Deogracias Arango, Reyes Urrego y Manuel Montoya Benítez; Santos Hernández, Vicente Montoya y Marco Antonio Montoya; Sebastián Cossio, Pedro Gómez y Guillermo Herrera, Nicolás Durango, José M. Herrera Castro y José M. Herrón; y Benedicto Montoya, Juan Argáez y Bernabé Montoya Rueda.
La estrechez en que se hallaba el tren administrativo era proverbial, pues la escuela de varones y las oficinas públicas que había en el Municipio funcionaban en un solo edificio, el que hoy presta servicio a la escuela de niñas y en el año de 1861 fue roto y saqueado en los archivos y expedientes que allí se custodiaban.
En el mismo año visitó la población el Prefecto y Comandante General de Occidente, don Abraham García, con su Secretario Antonio Hernández, y aunque expidió un decreto que eximía contribuciones de guerra a los habitantes de este Municipio, porque habían sido muy pagadores y gravados, dispuso establecer el monopolio de carnes para el abasto público con ganados suministrados por los desafectos al régimen, excepto a los señores Antonio M. Restrepo y Manuel del Corral, y en efecto gravó para el suministro a los señores María de la Cruz Serna, Vicencio Urrego, Fruto Urán, Pastor y Antonio Montoya, Tomás Gómez, Hilario Sepúlveda e hijos, José Concepción Serna, sucesión de Juan N. Restrepo, José M. Gaviria, José M. Cossio, José Quiceno. José M. Quiceno, Marcelino Restrepo, sucesión de Benedicto Aguirre, Silvestre Urrego y Alejo Durango. Dispuso también que el señor Sotero Escobar penetrara a la región del Chocó comandando una fuerza gobiernista, pero como le fue imposible proveerse de todos los bagajes necesarios, desistió su empresa, y entonces lo sustituyó Miguel Celedón, quien la llevó a cabo.
En el tiempo relacionado, el expendio de víveres se verificaba en las casas particulares, y para establecerlo en la plaza, las autoridades tuvieron que apelar a los apremios, y aún así no pudieron conseguir que las mujeres concurrieran a dicho lugar, providencia tomada por el Alcalde José A. Gaviria, en asocio de su Secretario José León Montoya, la cual también le correspondió ejecutar con energía al señor José Ignacio Palacio, pero en 1854 la Municipalidad había expedido un Acuerdo sobre el particular.
Los hados favorecieron por entonces la vía hacia la capital de la Provincia, y para llevar adelante su apertura, se destinó una sección del presidio a trabajar bajo la dirección de los señores Manuel Murillo, Protasio Gómez, Juan Manuel López y otros que ejercieron indistintamente los cargos de capataces.
En octubre de 1871 se creó por los padres de familia una escuela de niñas, y dos años más tarde se le asignó carácter oficial con una asignación anual de $240 para la Directora.
El espíritu público iba aumentando en proporciones y de allí se organizara una sociedad bajo la Presidencia de don Antonio M. Restrepo, de mutua protección, y los propósitos, además de impulsar la minería, agricultura, educación pública, vías de comunicación, beneficencia y mantenimiento del orden y compostura en el templo, en tanto que el Prefecto nombrara otra Junta de Fomento, compuesta por los señores Leonidas Restrepo, Salustiano Vélez, Dimas y Faustino Montoya, Dimas M. Sanmartín, José M. Urrego, Concepción Madrid, José A. y Antonio M. Restrepo, Marco A. Durán, Gregorio Restrepo y Práxedes Vélez, las cuales laboraron de consuno, y entre las medidas importantes que adoptaron, una fue la solicitud al Presidente del Estado para la apertura del camino al Atrato, en respuesta de la cual manifestó el mandatario que esa vía estaba comprendida en la Ley 305, y que si alguna compañía particular quería construírla, se tendrían presentes las indicaciones que se les daban, al mismo tiempo que destinó una sección del presidio a trabajar en ella, pero ésta fue retirada en el año de 1876 para verificar reparaciones en otros caminos.
Como el patrono Señor San José poseía una extensión de área urbana, donada por algunos propietarios, a las autoridades civil y eclesiástica, de común acuerdo, resolvieron repartirlas a pobladores y en efecto adjudicaron sendos solares a los señores Prudencia Varela, Lorenzo Moreno, Domingo Holguín, Toribio Vargas, presbítero Francisco A. González, Esteban Montoya, Buenaventura Herrera, José Reyes Urrego, Timoteo Varela, José Manuel Rodríguez, Vicencio y Roque Sanmartín, Santiago Fernández, Bonifacio Bravo, Juan Manuel Larrea, Juan Francisco y Nemesio Madrid, Mamerto Durango, Manuel Félix, Cupertino y Gregorio Urán, y para trazado de calles y ordenada urbanización fue contratado un ingeniero que debió ser el doctor Nugen.
En el año 1879 una revolución intestina ensombrecía los horizontes patrios, pero en esos confines un acontecimiento extraordinario atraía las miradas de propios y extraños. Se trataba de la aparición en persona de San Antonio a una niña pequeña, en un charco del arroyuelo de El Saladito, y por ese motivo las romerías y peregrinaciones se sucedían sin cesar, hasta de personas de lejanas latitudes, en busca de alivios para sus males, consecución de prendas, perdidas, curación de las enfermedades, en los milagros del santo, en los milagros del santo. La aglomeración de peregrinos era incesante y se condenaba como heréticos o faltos de la gracia divina a quienes no vieran en el lugar señalado la figura del beatífico taumaturgo. De un santuario, donde la piedad pretendió levantar un templo, idea en cuya realización se adelantaron algunos pasos, surgió un verdadero Montecarlo, con los juegos de toda clase, día y noche, ofrendas constantes al Dios Baco, danzas y diversiones de todo orden, hasta que el ilustrísimo señor Obispo de la Diócesis, doctor Jesús M. Rodríguez, en una visita pastoral condenó esa leyenda, dando al traste con el andamiaje que a su alrededor se había formado, la cual fue motivo para que el ático escritor don Jesús del Corral ironizara, fina y galantemente, en un folleto que publicó al respecto.
Pero es de observarse que es insuficiente para contener el número de fieles que hay en la parroquia, y para salvar en algo la deficiencia, al adquirir los señores doctor Emiro A. Trujillo, Marco y Ramón Rivera, un predio en el punto La Sabaneta, cedieron un lugar para la capilla, condicionalmente a iniciar trabajos en determinado tiempo, y como la condición no se cumplió, ellos recuperaron el dominio del terreno. Allí mismo cedieron dichos señores otra extensión para plazuela y parque, la primera de las cuales lleva el nombre de Uribe Uribe, y ha recibido algunas mejoras del Municipio.
Los pueblos, como los individuos, a medida que avanzan van creando necesidades que por fuerza de las circunstancias tiene que satisfacer a la hora oportuna, y de aquí hasta el año de 1886 no principiara a funcionar en esta cabecera el Juzgado Municipal, con los señores Froilán Montoya C., y Rosendo Lora, como primeros funcionarios, y con toda regularidad ha funcionado hasta la época en que nos encontramos, pero pronto tendrá que dividirse, porque el volumen de negocios así lo impone. Allí han actuado varios y honorables conterráneos, con todo acierto y escrupulosidad, hasta el punto de que no se registra una queja. Hoy laboran en esa oficina los señores Eliseo Acosta y Luis Mariano Quiceno.