Algunos testimonios de las mujeres enfatizan aspectos muy específicos de las violaciones del derecho a la vida perpetradas contra ellas, sobre todo porque es muy presente el con- tenido sexual de la violencia. Si bien la violencia contra las mujeres y específicamente la violencia sexual han sido analizadas en el tomo I de este informe, se recogen aquí un análisis de las características específicas del asesinato de mujeres. La connotación de que la víctima fue una mujer otorga en ocasiones una distinción por el significado del hecho o por la forma en cómo se perpetraron las violaciones.
También el significado colectivo del asesinato de mujeres y la condición de muchos de ellos como feminicidios, es decir el asesinato de mujeres por el hecho de serlo, forma parte del escenario de la violencia en Colombia. Cada vez más con la extensión de la violencia de forma indiscriminada y la ruptura de ciertas barreras morales aún existentes anteriormente, el asesinato de mujeres ha venido siendo más frecuente en el conflicto armado interno colombiano. Una práctica recurrente por parte de los grupos armados es el de violarlas sexualmente de manera previa a su asesinato.
Pues, allá directamente… más que todo en esos lados de las minas, que se vio mucho eso. Mataban las niñas. Pero nadie denunciaba ni nada, por miedo. Niñas, más que todo. Las niñas, y mujeres jóvenes, las mataban y las violaban. Las tira-
ban al río, si no las metían en esos huecos y las tapaban. Triana, Buenaventura,
Valle del Cauca, 2009, P.881.
De una vez la echaron, la agarraron unos manes [hombres]. Le mandó tres manes
y la agarraron por los brazos y la tuvieron ahí. Yo no estaba, yo me había ido para
arriba a hacer el mercado y ella se quedó ahí. Una vez la agarraron y la echaron al carro… y se la llevaron y la mataron en campo de yuca. La mataron y la viola-
ron también. Ocaña, Norte de Santander, 2004, P. 777.
Y a una mujer la cogieron y la violaron, y después la mataron. Piamonte, Antio- quia, 1998, P. 219.
El uso simbólico del terror usando los cuerpos de las mujeres es otra parte del relato de las crueldades contra la población civil. La utilización de partes de los cuerpos humanos en trofeos como para exponer la capacidad de perpetrar el horror por parte de algunos victi- marios, muestra el uso simbólico del terror y del poder de control, donde el componente sexual es muy evidente.
Porque el que mataron que yo le eché la maldición lo llamaban Morcilla. Hay otro
que le decían disque Chepe. Ellos se tenían entre ellos sus apodos… En Aranjuez
fue peor todavía, porque qué pesar, cogían esas mujeres allá en Aranjuez para
matarlas… Si, en una manga [potrero] que había ahí cerquita del refugio de Aran-
juez. ¡Que pesar! a estas mujeres las cogían, las violaban, les mochaban un seno,
les ponía un seno en la cabeza ya ellas muertas. Eso era cosa horrible. Cosas muy
tristes. Barrio Blanquizal, Medellín, Antioquia, 1994, P.63.
Hubo mujeres que se enfrentaron a los victimarios con el propósito de defender otras víctimas. En la mayoría de los casos se trataba de sus seres queridos. Si bien en la parte correspondiente a la resistencia de las mujeres se han mostrado muchas experiencias positivas en que las mujeres lograron arrebatar a sus hijos o esposos de los brazos de los perpetradores, en otros casos el resultado también fue su asesinato.
Mataron a la mujer, porque la mujer era la esposa de uno de los cuatro hombres
que estaban allí. Claro ella no dejó matar al esposo solo. Ella le dijo que ella tam- bién se hacía matar porque ella no iba a permitir que le mataran el esposo. Ella lo defendió, pero eso era la voz de ella contra la de los paramilitares, porque ellos ya tenían en ese listado que esas eran las personas que ellos necesitaban. Allí en la
casa donde yo estaba, ocurrieron esas cinco personas muertas ahí. Buenos Aires,
Cauca, 2001, P. 310.
Ella estaba herida, se devolvió y lo cubrió con su cuerpo, y los hombres le dispa- raron en la cabeza. Ella estaba herida de un brazo, y salió huyendo. Pero como toda madre, al escuchar que su hijo estaba herido, ella lo cubrió con su cuerpo y
los hombres le dispararon en la cabeza. Riohacha, Guajira, 2007, P. 102.
Oras mujeres resultaron heridas y lograron sobrevivir. Los intentos de asesinato en estos dos casos resultaron fallidos para los perpetradores. En uno de los casos el atentado se dio en la misma región, en otro en el lugar de desplazamiento, lo que muestra el grado de seguimiento y control al que han seguido estando sometidas muchas víctimas en los lugares donde huyeron para protegerse.
Las amenazas se convierten en realidad cuando el 11 de diciembre de 2009, a la
salida del Hotel Parque, era las 4 de la tarde soy objetivo de un atentado. Tengo las pruebas porque los tiros no me pegan y uno de ellos corre y me pone una pu- ñalada. Me acuerdo que estoy en el suelo y ya había esquivado a dos tiros y yo
siento que iba a rematarme ahí. La pistola se le encasquilla y no le sale. Tumaco,
Nariño, 2002, P.199.
Cuando llegué acá, después de todo este cuento del desplazamiento, si fui agre-
dida por un actor, que me quería apuñalear, estando en embarazo. Cinco meses de embarazo, eso fue aquí en Chapinero [barrio de Bogotá]. Me tiró puñaladas, habidas y por haber, pero como yo estaba en embarazo tenía un saco grande, y brincaba aquí, brincaba allá, y él decía que “me iba a matar”. Entonces yo, cuan-
do me dijo que “me iba a matar”,… yo no sé cómo hice y le volteé la mano, y le
quité el cuchillo, el cuchillo cayó. Bajo Atrato, Chocó, 1998, P. 139.
Por último, en otros casos el objetivo de los perpetradores fue herir y no matar como una retaliación o castigo. La misma lógica de imposición del poder y de eliminar la resistencia rige estas acciones contra las mujeres.
Entonces yo dije que “porqué me estaban haciendo todo eso, si yo no me metía
con nadie, yo no tenía problemas con nadie”. Fui a un sitio, y me encontré con
una de esas personas, y le pregunté “porqué me estaban haciendo todas esas cosas”. Entonces que “si yo era muy verraquita”. Entonces ahí me pegaron un disparo en un pie. Tengo acá la herida que a veces no puedo colocar toda clase de zapatos. A veces no puedo caminar bien, cojeo. Ahí tengo una cicatriz que me
quedó de secuela de eso. Bajo Atrato, Chocó, 1998, P. 139.