REACCIONES DEL PUBLICO ANTE LA EMERGENCIA
10. REACCIONES DEL PUBLICO ANTE LA EMERGENCIA “Dunas que como el olvido, sin cesar avanzan”
11.1 ASPECTOS GENERALES
El título de este capítulo parece espectacular, sin embargo, no lo es. Espectacular resulta contemplar los grandes rascacielos cubiertos de vidrios y situados uno al lado de otro, en las grandes ciudades. En ellos viven o trabajan miles de personas y tal vez en lo que menos han pensado es en la posibilidad de un incendio, terremoto u otra eventualidad, que coloque en peligro su integridad física o su existencia. Sin embargo, los incendios y catástrofes existen, no son una quimera. Si miramos retrospectivamente, con asombro nos daremos cuenta del acelerado ritmo con que ha crecido la metropolis. Esto ha implicado simultáneamente una mayor complejidad de la vida urbana. Así por ejemplo, en la época colonial no se habría justificado tener semáforos, ni expertos en prevención de riesgos, puesto que rara vez chocaba un caballo con otro a causa de no respetar el derecho a vía y muy pocas veces se producía algún siniestro. Un sinnúmero de ejemplos podríamos dar, pero la finalidad es resaltar la falta de organización para actuar en una emergencia, tanto a nivel de implementación como de simulacros, con o sin aviso, y de capacitación en Psicología de la Emergencia. Esto puede llevarnos a vivir tragedias en edificios de gran altura como lo ocurrido en Brasil en 1974, cuando perdieron la vida 179 personas; o en la Torre Santa María, donde fallecieron 11 personas. Demos dar gracias a la arriesgada labor del Cuerpo de Bomberos de Santiago, que a no mediar por su heroica acción, producto de una constante capacitación, ese incendio habría terminado en una gran tragedia.
Para los que integramos un grupo de rescate significa un desafío y una gran responsabilidad con la ciudadanía, el salvaguardar sus vidas y la propiedad. Si a esto le agregamos las barreras arquitectónicas, llamense espejos de agua, estacionamientos o jardines, nos aguarda una situación muy difícil que puede convertirse en un espectáculo atroz, ya que la ubicación del material de salvataje se ve dificultada por estos impedimentos. Sin duda que a corto plazo el helicóptero será la pieza de material mayor que junto a los carros bombas serán despachados a los incendios de altura. Pero esto no es suficiente. Insisto, lo importante es la capacitación psicológica y el entrenamiento constante con y sin aviso de simulacros. La reacción emocional será cualitativamente distinta entre un y otro caso. Con aviso tendremos una organización mental, sin aviso actuaremos “orgánicamente”, en términos neurosicológicos “proceduralmente”.
Si permanentemente nos entrenamos, llegará el momento en que perderemos el miedo a la altura, la angustia frente a una emergencia se controlará y la reacción
emocional no interferirá sustancialmente con nuestro rendimiento intelectual y eficiencia conductual. Así evitaremos desgracias producidas por la precipitación y a la vez, estaremos alerta frente a eventualidades. Es insuficiente sólo la información, incluso me atrevería a decir peligrosa. No basta sólo con leer avisos y afiches, es necesario además vivir la experiencia. “La mejor forma de aprender a nadar es aventurándose al agua”, afirmaba el filósofo Kant.
A las barreras arquitectónicas de estos rascacielos debemos agregar otra, la indiferencia con la cual reaccionamos cuando se nos habla de las emergencias. Unos derraman emociones, otros se asombran de lo que les contamos, pero la mayoría reacciona como si estuviéramos hablando de algo fantasioso y a la vez muy lejano y ajeno a la propia realidad.
Durante los años en que he capacitado y dictado cursos de Psicología de la Emergencia a distintas empresas, dos hechos comunes y reiterativos he observado. El primero de ellos es la resistencia inicial a realizar prácticas en esta área, sobre todo por parte de los habitantes de edificios de altura. Pareciera ser difícil, en este grupo, reconocer los inminentes peligros que pueden enfrentar. La segunda observación se refiere al entusiasmo que se gesta una vez realizado el curso.
El “darse cuenta” de lo que nos ocurre en una emergencia y conocer las técnicas psicológicas para vencer el miedo y la angustia, son aspectos fundamentales. Imaginemos por un instante que en un vigésimo piso de un edificio se genera un incendio. Gritos, humo, angustia, miedo, pánico, invaden el lugar mientras el crepitar de las llamas azota de cerca. A los pocos momentos el ulular de las sirenas anuncia la llegada de bomberos que, junto con extender sus armadas de agua, izarán las escaleras aéreas para el rescate. El espectáculo es dantesco y los minutos transcurridos pueden ser decisivos para salvar con vida. Si caemos víctimas del miedo y si éste se contagia, tendremos una escena de pánico. Sin embargo, si actuamos con calma y utilizamos algunas técnicas psicológicas podremos salir airosos. ¿Qué recomendaría previendo un caso así?.
Los simulacros son fundamentales, como técnica psicológica para mentalizar el miedo, la “intención paradójica” que a continuación explico. Un refrán pretérito decía “el mal se trata con el mismo veneno”, y esto lo observamos con las vacunas para que se produzca la reacción antígeno - anticuerpo. “No nade contra la corriente”, escuchábamos decir a nuestras abuelas. Pues bien, en el momento en que seamos invadidos por el miedo y/o angustia (no hago distinción para estos efectos) no debemos luchar para que se nos pase, sino, muy por el contrario, tratar de que nos dé más miedo o angustia, diciéndonos por ejemplo: “ojalá que me muera de miedo, que me desmaye” . En ese mismo instante el miedo o angustia desaparecerá y la calma y tranquilidad aflorará. En Psicología Clínica, aplicamos esta técnica con éxito. Por ejemplo, en casos de insomnio invitamos al paciente a que se decida a no dormir nunca más en su vida, convirtiéndose en el
rey o en la princesa del insomnio. A la sesión siguiente reportan dormir y aseguran que la técnica no sirve porque no ha podido permanecer despierto. Sin embargo, no recomiendo aplicar esta técnica con los candidatos al suicidio.
Recuerden lo que les conté del caso ocurrido en Brasil, cuando un suicida quería lanzarse de una torre de 87 metros y la gente le gritaba: “salta, salta”. Resultado: saltó. Esta técnica es para que la apliquemos en nosotros. De esta manera podremos tener calma y lucidez para buscar la mejor alternativa y facilitar la labor de bomberos en el rescate. Pero también los bomberos tenemos miedo y eso no está mal ya que un bombero sin miedo es altamente peligroso. Lo que sí importa es que sea decidido, pero prudente y que disponga también de estas técnicas cuando lo requiera. A mayor cantidad de recursos mayor eficiencia tendrá nuestra acción.
Las reacciones psicológicas en edificios de altura tienen características particulares. El miedo por ejemplo, es distinto, esto es porque va acompañado de fantasías angustiosas tales como la sensación de caer, de quedar atrapado y otras, que en una eventual emergencia pueden provocar descontrol en la persona y bloquear su comportamiento con las consabidas consecuencias. La amenaza de incendios en altura es inminente. Recordemos el incendio de un Hotel en Puerto Rico, ocurrido en enero de 1991, donde murieron 109 personas. Me pregunto ¿cuántas de esas personas podrían haberse salvado se hubieran contado con instrucciones en Psicología de la Emergencia?. La respuesta la tiene el lector y la palabra de todo aquel que labore en un lugar susceptible a riesgos. Pero la Psicología de la Emergencia, que incluye técnicas y métodos para controlar la conducta frente al miedo, recordemos que no sólo se aplica antes y en el momento de una catástrofe, sino que también después.
Por ejemplo, la escena de un siniestro mostrará imágenes impresionantes donde la reacción de los accidentados, familiares de las víctimas, personas histéricas, etc., puede llevarnos a una verdadera catástrofe. El efecto es multiplicador, tanto para el contagio del pánico (“enfermedad” de transmisión automática), como para la reacción de calma. Finalmente, quisiéramos insistir en la necesidad de convertir en tema cotidiano la posibilidad de una emergencia y darnos cuenta de su real dimensión; sólo así podremos prevenir a terceros y a nosotros mismos de nuevas desgracias. En cuanto a los edificios en altura, es fundamental que junto a las medidas de prevención, se realicen prácticas periódicas, sin esgrimir ningún tipo de argumento.
- ¡Más vale perder un minuto en la vida que la vida en un minuto! -
En síntesis, podemos afirmar que la organización de las personas que viven o trabajan en edificios de altura y el énfasis en los programas de prevención de riesgos disminuye la posibilidad de incendio, el que una vez producido, por lo general es difícil de controlar.