• No se han encontrado resultados

Autoevaluación formadora basada en el ego e interiorización docente.

INCLUSIVOS PARA LA FORMACIÓN

4. Cinco constructos formativos radicales 1 Conciencia.

4.2. Egocentrismo 1 Introducción.

4.2.5. Autoevaluación formadora basada en el ego e interiorización docente.

Técnicamente, el error docente debería abordarse desde la evaluación de la enseñanza (didáctica y organizativa). Los errores egógenos suelen ser mejor percibidos por otras personas (alumnos, colegas, etc.) que por uno mismo. Para el propio docente, suelen estar enajenados o aletargados, como mecanismos de defensa homeostáticos. La clave, no obstante, no es que los observadores sean otros, sino que su conciencia esté distanciada. Si los observadores están identificados con el profesor, no percibirán con objetividad. P. ej., hemos observado que los antiguos alumnos tienden a olvidar, idealizar o mutar en anécdotas los comportamientos egógenos de su antiguo profesor, según haya o no vínculo positivo actual. También hemos constatado que, cuando un profesor observa sus propios errores en otros, los percibe mejor. Se deduce que puede ser positivo trabajar la conciencia de errores desde el conocimiento y la comunicación.

Los errores reconocidos deben comprenderse relativamente: pueden variar de una persona a otra y de una situación a otra; a veces no son transferibles a otros profesores, y no siempre lo son a otras situaciones. Esto no es un obstáculo para poder compartir los propios errores reconocidos con otros colegas o personas ajenas a la profesión, si hay empatia e interés formativo y si la persona con quien se dialoga dispone de una conciencia suficiente. A partir de aquí, cabe un diálogo basado en la reflexión y en la palabra o en la refracción y en el silencio. Su valor formativo dependerá del reconocimiento o conciencia aplicada en uno mismo, como antesala de cambio hacia su eliminación o al menos a su control. Este reconocimiento es crítico y asocia resistencias. Una de las mayores es que se siente que afecta a lo muy íntimo. Por ello, no se está dispuesto a relacionarlo con la profesión o a considerarlo objeto de cambio o ni siquiera algo mudable. Con frecuencia lo que se intuye que proviene del ego se encapsula y se deja al margen de todo proceso formativo profesional, ni aun promovido por uno mismo. Parece avalarse aquello de que: “Los trapos sucios se lavan en casa”. Pero repercuten en el trabajo y en las relaciones. Puede que la observación de sus efectos formativos baste para deducir que uno debe investigarse, indagar en su ego e intentar reconocerlo, controlarlo, cambiarlo y disolverlo. ¿Cómo no hacerlo desde la responsabilidad o la profesionalidad?

Un docente debiera estar formado para ser, con referencia a su ego, el mejor pedagogo de sí mismo, porque sólo él o ella tienen la posibilidad real de cambio. Ahora bien, ¿qué observar, si todas nuestras observaciones, como dice Krishnamurti (2008), están condicionadas por nuestro pasado y nuestro ego? El ego opera desde el pasado y utiliza el pensamiento presente como instrumento. Por eso podemos decir que: “Pensar es imponer tu pasado en el presente” (Osho). La alternativa es distanciarse: Salir de las rutas habituales para ser atentos observadores de sí mismos. Cuando nos percibimos a nosotros mismos desde la conciencia, el ego funcional, comprendido como ‘pasado-en-nosotros’, se disuelve al menos en parte, la acción se hace sólo presente y con ella emerge una cierta libertad (menor condicionamiento). A partir de aquí, el pensamiento se puede utilizar como cauce para la conciencia. Si esa conciencia es realmente compleja, podría emplear aquello del pasado puede ser útil para su descondicionamiento. ¿Cómo hacerlo? Es preciso proceder desde una empatia distanciada hacia sí mismo, consciente del sesgo, las dificultades y las posibilidades. Consciente también de que a través de la razón

puede adquirirse inicialmente una creciente libertad o mejor situación interior para ver y tomar decisiones con mayor lucidez. A veces el distanciamiento puede ser fugaz o momentáneo. Si la luz se entiende, aunque sólo sea un instante, puede ser

suficiente para ver la puerta.

El egocentrismo es un condicionante básico de la interiorización. Impide profundizar en el cambio interior e iniciar importantes procesos formativos basados en el desempeoramiento. Puesto que si no hay profundidad no hay verdadera formación, es una gran dificultad para su proceso. El ego actúa preservando, lastrando, obturando y confundiendo la interiorización. La formación falla por falta de atención o dispersión de la conciencia generada por el propio ‘ego’, sus intereses (individuales, colectivos, institucionales o sociales) y sus conocimientos sesgados. Esto afecta a la motivación, a la creatividad, a la receptividad, a la comprensión, al comportamiento, etc., que quedan más y más sesgados. Su dualidad reclama equilibración, pero su escora demanda más y más parcialidad en su mismo sentido. Este es un dilema formativo habitual. La compensación del sesgo por complementariedad permita

avanzar hacia síntesis más complejas.

El ego es la personalidad, la máscara, e induce al yo completo a estar pendiente de esa máscara y de sus efectos sobre cualquier otra cosa. Un docente no egocéntrico disfruta cuando sus estudiantes aprenden. El egocéntrico siempre está pendiente de sí, de una u otra forma. Bajo la propia máscara está la autenticidad del ser. El reconocimiento de los propios errores desde un principio didáctico de autenticidad es un paso crucial en el proceso de interiorización. Un proceso de autoformación basada en el ego debe cortocircuitar permanentemente el ciclo vicioso que hace que el propio ego impida indagar sobre el propio egocentrismo. O sea, evitar la identificación con la máscara. La observación ‘yo no soy mi máscara’ es fundamental. Una vez este círculo ha pasado a ser espiral, la conciencia podrá ser más compleja y ver desde más alto más y mejor. El camino reflexivo (analítico, sintético, deductivo o inductivo) puede ser válido para identificar errores egógenos, pero no para cambiar causalmente muchos de ellos. El razonamiento científico, el recurso a autores lúcidos y aceptados por el docente y el sentido común pueden ser apoyos de la conciencia, para disolver o controlar defensas y resistencias del ego y contemplar con más objetividad la situación interior.

Como el ego es lo que se interpone entre nuestro yo existencial y el ser esencial, es prioritario que en su interiorización el profesor que se busca sea su ser, no su máscara (personalidad). Es preciso recorrer hacia atrás el camino del autoengaño. El ego es la principal dificultad para la comunicación de y desde la autenticidad. Requiere eliminar la vieja piel. Por eso la formación radical está muy relacionada con la muerte del ego o, en su defecto, con lo relacionado con él. La muerte es inevitable. Por tanto todos los egos son caducos. La muerte del ego debería venir con la evolución de la persona, no con su final biológico. Puede tener lugar en vida. El estudio de esta posibilidad formativa compete a la Didáctica. La emergencia de una (micro)cultura educativa en cada profesor y en su centro y el apoyo de alguna persona cercana y lúcida pueden ser de gran ayuda. Esa pérdida posibilita el autoconocimiento. Sin embargo, es habitual que el ego se reafirme, acrezca y enturbie la conciencia. Entonces, se comporta como un cáncer: sofoca la lucidez y mata el brillo de lo que toca.

La mejor opción formativa basada en el ego es la eliminación o descondicionamiento. Encontramos un paralelismo en el proceso de la nutrición: así como la salud de un organismo depende tanto de la ingesta como de la defecación, la formación y la educación requieren tanto de incorporaciones como de pérdidas. Freire (2009) conceptuaba la educación como “práctica de la libertad”, en el lado opuesto a condicionar e imponer. Y Krishnamurti (2008) y Osho (2012) compartieron, pese a sus diferencias, que todos los seres humanos estamos condicionados tanto socialmente (política, geográfica, religiosa, culturalmente, etc.) como por nuestras propias tradiciones personales. El corolario didáctico es que, hasta que no disolvamos ese condicionamiento, no se será capaz de razonar con lucidez. Nuestra perspectiva es que una formación dialéctica con base en la

conciencia pasa por tres fases formales: condicionamiento (estado actual),

descondicionamiento (pérdida) y recondicionam iento (estado dialéctico), que será

formativo si es más complejo y está menos sesgado.

El abordaje causal de los errores provenientes del ego docente requiere de su descondicionamiento. Analíticamente, este proceso se traduce en desasociación o liberación de programaciones mentales personales o colectivas, que pueden provenir de personas, paradigmas, enfoques, teorías, tradiciones, costumbres, creencias, prácticas, etc. Se puede producir por olvido, crítica, preferencia por una opción mejor o más compleja, enseñanza directa, etc. P. ej., respecto al ego, una contribución externa y un adecuado momento madurativo interno pueden propiciar una ‘caída de la venda de los ojos’. Ya se ha hecho referencia a que el mismo Dewey (1998) asociaba la práctica reflexiva a la capacidad de objetivar y reconocer el error asociado a aquello que pueda tenerse como más cierto o querido. Sintéticamente, el descondicionamiento requiere no tomarse los cambios internos como algo personal, porque los procesos de cambio interior quedarán bloqueados.

Por lo que respecta a la investigación y desarrollo de la enseñanza, este cambio debe ser un imperativo ético y profesional basado en el respeto a sí y a los demás. Si la ciencia es falible y falsable, cuánto más la docencia es inconclusa. La formación docente centrada en el ego requiere no sólo observar y analizar críticamente, también renunciar, soltar o perder, como ocurre con las células del cuerpo, en función de su sistema mayor. De otro modo, no se estará siquiera en el nivel de “pensamiento reflexivo”. La interiorización centrada en el egocentrismo docente se centra en la visión o análisis y en la depuración, en la eliminación. Pero ésta puede ser una cura más profunda, si la porquería que expulsa es añeja y lleva años adherida a las paredes del intestino grueso. Otra opción formativa menos buena, es su control. Piénsese en la metáfora del colesterol malo. Otras opciones peores son su ocultamiento y sublimación desde acciones contrarias, que no resuelven nada y empeoran la realidad externa e interna. Peor es su desatención o abandono, sin o con excesos, que conducen a la muerte del ser.

En cuanto a la enseñanza, una implicación relevante incluye discriminar si un comportamiento o una realización humana vienen más del ego o de la conciencia. ¿Cómo saberlo? Los comportamientos que surgen más del ego se mueven desde, por y para el propio interés. Puede referirse a lo personal, a lo colectivo, a lo institucional, al propio ismo, etc. Para el crítico Osho (2012) el ego separa entre medios y fines. O sea, se actúa para el logro de algo que está fuera de la propia acción -por ejemplo, obtener ventajas, posición o poder (p. 182, adaptado). El

sentido del ego es aparentar, la notoriedad, destacar, desarrollarse, acrecer, engordar, compararse o diferenciar para dejar por encima, vencer, molestarse, dividir, fragmentar, segregar, etc.

Desde el punto de vista del autoconocimiento, los comportamientos que vienen más de la conciencia se desarrollan aquí y ahora, sin una finalidad más allá de ella, o bien actúan desde el conocimiento para el bien común. En el primer caso, lo que se vive es el medio y es el fin. Se pasea para pasear, se pinta para pintar, como al parecer hacía Van Gogh. En la conciencia el fenómeno, el sujeto, el objeto, el medio, el efecto y el fin coinciden en unicidad. La conciencia no es en función de efectos o de ventajas ajenas a sí misma. Su sentido es interno, no se construye desde ella, sino en ella y se orienta a la generación de más conciencia y el bien externo. La actuación consciente puede practicarse como meditación en movimiento y suceder como “conciencia constante” (Herrán, 1998a). En el segundo caso, se actúa en beneficio de la mejora social o de la posible evolución humana. La conciencia tiene que ver con la liberación, el amor, la evolución, la unidad, el disfrute, etc. Si lo anterior incluyese algún para qué concreto orientado al interés de algún sistema, su causa sería más ego que conciencia. En la realidad, los dos orígenes están mezclados. La madurez y la evolución interior deberían consistir y traducirse en razones y logros más conscientes y menos egocéntricos, tanto en el plano personal como social. Un par de ejemplos de cada uno: Un profesional puede avanzar en conocimiento y en creatividad, pero si lo hace a la par en ego, no estará evolucionando claramente. Una población educativa con buenos indicadores en Matemáticas, expresión escrita y Lengua Extranjera, pero cuyo pueblo es cada vez más etnocéntrico, y por tanto motivado por prejuicios, tópicos, narcisismo colectivo y exclusión latente, ¿es educativamente satisfactoria?

Otra implicación didáctica es que el egocentrismo puede actuar como ‘constructo- criterio’ o analizador que discrimine la formatividad de otros fenómenos, según actúe o no como causa y condicionante de ellos. Así, cuando su génesis, presencia u orientación sean egocéntricas, se alejarán de la formación. Esta redefinición clarificadora evita entender como positivos a priori a constructos habitualmente poco cuestionados, a nuestro parecer, como los sentimientos, las motivaciones, la autoestima, la inteligencia, los conocimientos, los valores, los objetivos, los proyectos, la creatividad, la comprensión, la expresión, la cooperación, la empatia, la complejidad, la transdisciplinariedad, los aprendizajes significativos y relevantes, las competencias, la evaluación, los curricula, etc. En efecto, la complejidad, la cooperación, la creatividad, la autoestima, la empatia, etc. pueden aplicarse en la destrucción o al bien social, pueden ser nefastas o formativas; todo dependerá de si son o no egocéntricas. Esta diferenciación es clave en el proceso de interiorización. Por estas razones, el conocimiento del ego es un buen disolvente o desmontador de

ismos, en tanto que elaboraciones egocéntricas.