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Didáctica: del ego al autoconocimiento.

In document Creatividad y Formación Radical Inclusiva (página 100-102)

INCLUSIVOS PARA LA FORMACIÓN

4. Cinco constructos formativos radicales 1 Conciencia.

4.4. Autoconocimiento 1 Introducción.

4.4.5. Didáctica: del ego al autoconocimiento.

El vector formativo esencial de una Didáctica basada en la conciencia transcurre del ego al autoconocimiento a través de la ignorancia, como bien enseñaron Confucio, Siddharta Gautama o Sócrates, y como tan mal hemos aprendido, al parecer, por nuestra generalizable condición de seres humanos presocráticos, en sentido estricto. Una Didáctica centrada en el ego se ha de basar en ver, reconocer y perder. Ver es la que propicia la conciencia a través del conocimiento. El hecho de perder es contrario a priori a los gestos del ego, que piensa más en ganar, acrecer y medrar. Pero perder no es negativo, si lo que se pierde es negatividad. Entonces puede ser una necesidad. Perder o soltar la personalidad, el personaje o los múltiples disfraces del ego es como soltar cadenas mentales, eliminar obesidad o librarse de una enfermedad. Formarse es identificar esa necesidad, descubrirse o intuirse bajo ella y perderlo.

En esta fase inicial -que es crítica-, la presencia de un maestro o maestra funcional puede ser crucial. Un “maestro del ego” (Herrán, 1997) es todo aquel ser (persona, fenómeno, libro, animal, vegetal, objeto, etc.) que nos enseña desde el rigor de la

razón que no estamos haciendo bien las cosas, que estamos confundiendo e intoxicando nuestro yo y nuestra conciencia, bien desde nuestra indiferencia, bien desde nuestras seguridades. Una vez que se cae en la cuenta, se tiende a dejar de

cometer el mal hábito, desde procesos de desaprendizaje, desempeoramiento o

descondicionamiento. Es importante para ello no confundir a un maestro con un (o

con su) ismo, y en modo alguno atribuirle ninguna clase de monopolio de la ‘verdad’ o mejor de la validez de algún proceso o parte del proceso. Después, es preciso desembarazarse, soltar o abandonar al maestro en cuestión. Es el noble proverbio formativo zen: “si por el camino te encuentras a Buda, mátalo”. De lo contrario, se estará mostrando otra cara nueva (para nosotros) de la estupidez o de la ignorancia que sólo indicará que no nos hemos librado del todo del ego. Con esta cautela, traemos una respuesta de Osho (2004b), que expresa a la vez la conciencia y el

rigor a que nos referimos:

Cuando yo te pregunto: “¿ Quién eres?”, si de verdad miraras en tu interior; tu única

respuesta posible sería: “No lo sé”. Digas lo que digas, será un recuerdo, no tú. La única respuesta verdadera, auténtica, tiene que ser “No lo sé”, porque conocerse a sí mismo es lo último. Yo puedo decir quién soy, pero no lo voy a decir. Tú no puedes decir quién eres, pero estás dispuesto a responder. En esta cuestión, los que saben guardan silencio. Porque si se descarta toda la memoria y se descarta todo el lenguaje, entonces no se puede decir quién soy. Puedo mirar en tu interior, puedo hacerte un gesto; puedo estar contigo con todo mi ser... esa es mi respuesta. Pero la respuesta no se puede dar en palabras, porque cualquier cosa que se diga con palabras será parte de la memoria, parte de la mente, no de la conciencia (pp. 123,

124).

Para desarbolar al ego lo primero y lo permanente es comprender sus estrategias: conocerlo, verlo, entenderlo, ser muy consciente de ello. Es preciso en efecto hacerlo desde la serenidad, desde la observación tranquila, no desde la obsesión. Esto es la mitad del camino. La otra mitad es dejar de darle prioridad y permitir que se vaya desprendiendo. Esto se consigue redefiniendo el centro de gravedad: antes estaba en el ego y poco a poco debe estar en la conciencia. Cuando esto ocurre, el ego se va aflojando, va cayendo por su propio peso. Suele ocurrir en edades avanzadas, pero podría suceder antes, si se generara y normalizara una Didáctica aplicada. Dejar de darle prioridad es como dejar de suministrarle combustible. Es preferible observarle sin darle importancia. Se trata de permanecer atentos a la conciencia, al ser subyacente o al verdadero yo. A veces con intervenciones ‘positivas’, el nudo se hará más fuerte y el lío se hace mayor. El ego bien ignorado tiende a desprenderse, como una fruta pasada. Esa es la razón por la que, en la tabla denominada: “La escalera formativa” -referida a enfoques o procesos formativos, por su profundidad de conciencia o complejidad-, los últimos niveles son

el wu wei y la meditación.

Una persona que ha soltado la pesada mochila de su ego es un viajero ágil que puede ganar en fineza y en altura observadoras. (P. ej., si es pedagogo investigador, verá más allá de la investigación cuantitativa o cualitativa, y se moverá en el espacio del tetraedro de vértices: ‘objetividad-subjetividad-conciencia-evolución’. Su mirada anhelará operar en el plano y en el espacio, y no en puntos o en rectas. Podrá conseguirlo o no, según su personalidad más o menos conservadora o creativa, y sus conocimientos técnicos).

Cuando el ego se pierde se avanza en conocimiento y conciencia. Por ello, también emergen cualidades formativas y éticas que estaban aletargadas, inhibidas: la humildad, el silencio, el agradecimiento, la bondad, la penetración intelectual, la crítica a lo ficticio, etc. Liberarse del ego provoca eso espontánea, automáticamente. Pero practicar la humildad, el silencio o la crítica a lo ficticio no disuelve el ego. A veces lo blinda, lo confunde aún más. Lo importante es buscarse con honestidad y eficacia. Es preciso desenmascarar el ego falso (o la pseudoconciencia). El ego también se puede mostrar reactivamente. Entonces aparece el ego sutil o paradójico, con formatos socialmente aceptables (p. ej., falsa humildad, falsa generosidad, falsa modestia, falsa entrega, etc.), pero su motivación y su metodología es la misma -e l egocentrismo-, o sea el reconocimiento, la rentabilidad del sistema propio (ismo) o con el que la persona se identifica. Muchas personas perciben estas falsedades, aunque lo hagan preconscientemente. Es como escuchar una canción medio dormidos: a veces la oímos. Osho (2012) va más allá y observa que, cuando el ego se evapora y la persona se queda sin ego, no se convierte en humilde, ni arrogante, ni se entrega más. Simplemente pasa a ser un ser sin ego. Ni siquiera se puede decir que se queda sin ego, porque ya no hay ningún yo que pueda declararlo. El yo va junto con el ego. Esta cualidad de ser permanece en la existencia y cambia radicalmente la realidad que ha sido hasta entonces. Proporciona un nuevo nacimiento (pp. 390, 391). Cuando el iceberg del ego se funde y pasa a formar parte del océano (Osho, 2004b, p. 13), la conciencia de la persona desemboca en la universalidad de cada persona y de la Humanidad. Experimenta que su sí mismo está en todos los seres y en toda la naturaleza.

4.5. Evolución (universal) de la humanidad.

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