EDAD MODERNA
MI AUTORIDAD NO LLEGA HASTA EL INFIERNO»
(Paulo III)
Muchas son las anécdotas que se cuentan referentes a los Papas, prelados y hombres de le Iglesia. Citaremos seguidamente algunas:
El papa Sixto V se llamaba, antes de su pontificado, Félix Pereto, y anduvo arrimado a una muleta con la cabeza baja, fingiéndose enfermo. Y decía en el cónclave que necesitaba (si le elegían pontífice) que los cardenales gobernasen por él.
—Yo sólo tendré el título honorífico, sin el ejercicio laborioso — agregaba.
Sin embargo, apenas resultó elegido cuando, arrojando la muleta, se enderezó y con majestuosa seriedad dijo:
—Hasta ahora anduve inclinado mirando hacia la tierra para poder hallar las llaves de San Pedro. Pero ya que las he hallado, quiero
enderezarme y buscar la cerradura, porque quiero abrir la puerta del cielo. El día 10 de septiembre de 1586 se efectuó el traslado a la plaza de San Pedro del obelisco que hoy se alza en el centro de le misma, y que a la sazón se hallaba en el interior de la primitiva Basílica vaticana.
La maniobra, en la que tomaron parte ciento cuarenta caballos y ochocientos hombres (muchos de ellos presos), entrañaba un gran riesgo, por lo cual el papa Sixto V, deseando evitar cualquier distracción, dio orden de que cuantos participasen en aquella ardua tarea, o la presenciasen, guardaran profundo silencio, bajo pena de muerte. Si bien llegó un momento de extrema tensión cuando las cuerdas parecía que iban a romperse. En tal momento se oyó un grito estentóreo:
— ¡Mojad les cuerdas!
Se hizo lo recomendado, y las cuerdas ganaron en resistencia. Gracias a ello, la difícil maniobra pudo ser llevada a feliz término. El hombre que profirió la recomendación «salvadora» era un capitán de la marina genovesa, llamado Bresca, a quien, además de indultarle, colmaron de honores.
Le enviaron al cardenal Polo una larguísima carta llena de infinidad de argumentos, a fin de consolarle en la muerte de un gran amigo suyo. Y leída la carta, comentó:
—Es muy cierto que esta carta es a propósito para consolar, porque no puede reírse sin gran risa.
En la elección de Don Pedro González de Córdoba, arzobispo de Granada, le dijo el duque de Lerma:
—Muy contentos están todos con la elección que Su Majestad Católica ha hecho en Vuestra Señoría, si bien para prelado le juzgan muy mozo.
Respondió el joven arzobispo:
—Falta es ésa de que me iré enmendando a cada día que pase
Solía Don Pedro Calderón de la Barca decir misa en la iglesia de San Salvador, muy temprano. Y como cierta mañana fuese algo tarde, al ponerse el alba (que por vieja al menor descuido se rasgaba), llegó el sacristán y le dijo:
—Pues, Don Pedro, ¿cómo hoy tan tarde? Y respondió el autor de «Le Vida es sueño»:
— ¿Tan tarde os parece que vengo, y estoy al romper de el alba?
si era provechoso que hubiese en la república médicos. La mayor parte de comensales dijeron que no, y alegaron, en sus razonamientos, que Roma estuvo seiscientos años sin ellos.
—Yo no soy de ese parecer —expuso el Pontífice—, antes lo soy de que los haya, porque si faltasen los médicos crecería tanto la multitud de los hombres, que no cabrían en el mundo.
Cierto día salió el cardenal Cisneros a presenciar unos ejercicios militares que se hacían en Madrid, fuera de la Puerta de los Moros. Los arcabuceros le hicieron salva apenas le vieron. Y como se levantó mucho humo, un caballero que iba cerca de Cisneros indicó:
—Apártese Vuestra Señoría de este humo, que huele mal y es muy dañoso.
Y le respondió el cardenal regente:
—No me hace daño, y me huele mejor que el incienso.
Acostumbraba el cardenal Cisneros no dar nunca beneficio a quien se lo pedía. En esto vacó uno en Valdeavellano, de donde era natural un criado suyo, el cual, sabida la vacante, se llegó al prelado y le dijo:
—Señor reverendísimo, en mi tierra está vacante un beneficio que me estaba muy bien por ser mi patria. Y sé también que Vuestra Señoría no da nada a quien se lo demanda, ni tampoco se acuerda de quien le pide. Suplico a Vuestra Señoría reverendísima me avisase cómo yo pueda haber este beneficio.
Cisneros le dijo:
—Ya os lo daré. Llamad al secretario, que os haga la colación. Y así se lo dio.
El papa Adriano VI deseaba echar la estatua del maestre Parquín en el río Tíber, para evitar la ocasión de los que con libertad dijesen todo lo que querían en nombre de aquella estatua.
Le dijo el duque de Sesa, que entonces era embajador:
—No lo haga, Su Santidad, porque se volvería rana, y si ahora canta de día, después cantará de día y de noche.
Al maestrescuela de Toledo, fundador del colegio de Santa Catalina, acudió a visitarle, pidiéndole prestados cincuenta ducados. Mandó sacar un talegón de reales y se los dio. El que los pedía prestados los tomó de su mano y los echó en un pañuelo, sin más contarlos. Observando el
maestrescuela que no los contaba, le pidió el pañuelo con los dineros y los volvió a donde los había sacado, diciendo:
—Quien no los cuenta, no los piensa pagar.
Pasó el arzobispo de Colonia por un lugar donde araba un labrador, y como iba armado y acompañado por mucha gente, se rió aparatosamente el rústico. El arzobispo le preguntó, enfadado:
— ¿Por qué te ríes, labrador?
—De ver un arzobispo armado —respondió el campesino.
—Si ando de tal guisa es porque soy duque y arzobispo —replicó el prelado.
A lo cual agregó el labrador,
—De acuerdo. Y si ese duque, que dice Vuestra Señoría, va al infierno, ¿a dónde irá el arzobispo?
Estando el conde de Cifuentes de embajador en Roma, en un Concilio presidido por el Santo Padre, quitó la silla del rey de Francia, que estaba puesta donde debía estar la del rey de Castilla, y la arrojó a puntapiés. El obispo Don Pablo, que iba con él, mostró estar enojado porque en tales momentos buscaba que se montase un escándalo. A lo que dijo el conde de Cifuentes:
—Padre, haced vos como letrado; yo haré como caballero.
Se cuenta que el papa Julio II hizo al genial Miguel Angel, que acudía a saludarle, esperar largo rato en la antecámara. El artista se marchó diciendo al ujier:
—Cuando pregunte por mí el Papa le diréis que en otra parte le espero. Miguel Ángel recibió el encargo de realizar la ejecución de los frescos de la Capilla Sixtina de Roma. En repetidas ocasiones el Pontífice julio II, no pudiendo reprimir su impaciencia por verlos terminados, le preguntaba:
— ¿Cuándo acabarás? Y respondía el artista: — ¡Cuando pueda!
En cierta ocasión se quejó al papa Paulo III el maestro de ceremonias de que Miguel Ángel (el excelentísimo pintor) le había pintado su retrato en la capilla del Juicio de Roma, entre los atormentados espíritus que estaban en el infierno.
—Esto no puede permitirse —dijo el maestro de ceremonias al Papa —, porque redunda en desdoro de mi fama; pues mi retrato se quedará permanentemente donde está.
Deduciendo el Papa que «aquello» ya no tenía remedio, y ante la tozudez del maestro de ceremonias, respondió con ironía:
—Bien sabéis que tengo potestad de Dios en el cielo y en la tierra; pero, como sabéis, mi autoridad no se extiende hasta el infierno. Vos habréis de tener paciencia, porque yo no puedo libraros.
Un día visitó al citado Paulo III Don Juan de Hibernia, persona de grandísimo entendimiento.
— ¿Qué edad tenéis? —le preguntó el Papa. —Sesenta años.
Y pareciéndole a Don Juan que Su Santidad no le daba crédito, se quitó el solideo que cubría el cabello de su cabeza, todo cano. Y admirado el Pontífice, porque la barba no representaba más edad que le de cuarenta años (pues la tenía negra) respondió:
—No cause a Vuestra Santidad esto admiración alguna, porque el cabello tiene veinte años más que la barba.
Al hacer el nombramiento de pontífice a favor de Clemente XIII, hubo varios cardenales que quisieron influir sobre él para que admitiese en el número de los empleos vaticanos a aquellos por quien se empeñaban. Les respondió Su Santidad, muy severo:
—A vosotros toca proponer y elegir Papa, y al Papa elegir ministros. El cardenal Richelieu, refiriéndose a su confidente el capuchino padre José, de la ilustre familia de los Temblay, decía:
—Nadie puede «hacer la barba» a mi capuchino, por muy larga que la lleve.
Al invadir las tropas españolas Picardía, Borgoña y Guyena, París tembló. Tembló también Richelieu, a tal punto que pensó en retirarse del gobierno. Entonces el padre José le fortaleció y le indujo a montar a caballo y recorrer París. Aquel acto de valor le devolvió el aprecio del pueblo, que le aplaudió largamente. Y al encontrarse de nuevo con el capuchino, éste dijo al cardenal:
— ¿No os tengo dicho que sois un pollo mojado y que con un poco de serenidad y mala cara se arreglaría todo?
Se cuenta que desde el lecho de muerte, Richelieu escribió al rey:
«Señor, vuestras armas están en Perpiñán, y vuestros enemigos han sido muertos».
Preguntado por su confesor si perdonaba a sus enemigos, respondió el famoso purpurado:
—No he tenido más enemigos que los del Estado.
«YO NO ENVIE "LA INVENCIBLE" A QUE LUCHARA CONTRA LOS ELEMENTOS»
(Felipe II)
Felipe II, nacido en Valladolid el año 1527, era de carácter grave y taciturno. Pero en los ratos de ocio que le dejaban los asuntos del Estado, se solazaba tañendo la vihuela y aun escribiendo versos. También tenía gran afición al ajedrez, y se ejercitaba con el famoso ajedrecista Ruy López de Segura, cura de Zafra y autor de un celebrado libro acerca del mencionado juego, en que se defiende un planteo conocido en todo el mundo con el nombre de Ruy López o «salida española».
Por la inconmensurable extensión de sus territorios, Felipe II era el monarca más poderoso de la tierra. Y por eso es por lo que decía con orgullo:
—En mis Estados nunca se pone el sol.
Cuando concedía audiencia usaba de pocas frases: siendo muy contadas las de su repertorio. Gustaba asistir a las fiestas de Corte con jubón y calzas blancas bajo su ferreruelo negro. De vez en cuando se le escapaba un ansia del pecho, y suspiraba como si estuviera cansado de ser rey.
Al conversar con el Nuncio o con los legados del Papa, siempre acababa su oración con las palabras:
— ...Beso los pies de Su Santidad por la merced que me hace.
Por su parte, el embajador de Carlos II de Francia decía de Felipe II: —Su entereza y disimulación es tanta, que aunque tuviese un gato rabioso bajo sus calzas no se movería ni demostraría alteración alguna. Nunca se le ha oído cantar, ni se le ha visto reír.
No se crea, por lo expuesto, que el Rey Prudente carecía de ingenio y que no amaba el buen humor, pues solía ser agudo en las notas marginales que ponía a los papeles y en las súplicas de gracia; ello se advierte incluso en los expedientes de más graves negocios del Estado. A cierto sujeto que le suplicaba un cargo de importancia y cuya prudencia se le recomendaba con grandes extremos, contestó:
«Propóngaseme otro, que ya tengo noticias de su Prudencia». (Pues éste era el nombre de su coima.)
Al margen de otra petición parecida, escribió: «Cuando no juegue».
Se cuenta que recibió el rey una carta en la que le recomendaban a un clérigo para ocupar una mitra vacante. Su gran conocimiento de las personas le hizo escribir al margen de la misiva la siguiente nota:
«Si le hacemos Obispo, ¿cuál de sus hijos le heredará?». Y a un virrey del Perú, famoso por sus crueldades, le dijo:
«No os he enviado a las Indias para que matéis a reyes, sino para que sirváis a reyes».
Durante una audiencia pidió un soldado a Felipe II alguna merced por sus servicios, y le hizo el rey merced de trescientos ducados cada año. Volvió el soldado poco después a visitarle y nuevamente le pidió alguna merced al monarca, y éste le dijo:
— ¿Pues, no os di ya una provisión de trescientos ducados?
—Es así, Majestad —respondió el soldado—, pero «aquéllos» fueron para comer, y lo que pido ahora es para beber. Tan graciosa respuesta hizo concederle la nueva gracia solicitada tan ingeniosamente.
El rey Felipe II no era inaccesible a la razón de los otros, cuando se le demostraba que la suya se desviaba del recto sendero. Tal sucedió con Don Gonzalo Chacón, que incurrió, por ciertas andanzas, en el enojo del rey, por lo cual buscó refugio en la celda de un fraile de San Francisco. Cuando se descubrió la ayuda que el religioso le prestó al cuitado, el monarca mandó llamar al fraile.
— ¿Quién os enseñó a desobedecer a vuestro rey y a encubrir a un delincuente tal? —le preguntó, enfadado.
El franciscano escuchaba de rodillas, y temeroso; y al alzar los ojos y la voz hacia el soberano, murmuró encogido y angustiado: