• No se han encontrado resultados

LLORA COMO MUJER »

In document Anécdotas históricas (página 171-187)

EDAD MODERNA

LLORA COMO MUJER »

(Aixa, a su hijo Boabdil)

Los Reyes Católicos, decididos a terminar la Reconquista, buscaron un pretexto para declarar le guerra a Granada, último baluarte de la morisma. Primeramente se preocuparon de ir tomando todas las ciudades cercanas, hasta que al fin pusieron los reales cristianos a dos leguas de la populosa capital granadina.

La reina Isabel la Católica acudió también al campamento, me- reciendo el título de Mater Castrorum. Y su presencia inspiró a los capitanes del ejército, Gonzalo de Córdoba, Hernán Pérez del Pulgar y otros, heroicas hazañas y caballerescas empresas, dignas de ser cantadas con épica trompa.

El Gran Capitán (de quien ya hablamos) acabó su gloriosa existencia en Granada el 2 de diciembre de 1515. Su triunfadora espada se conserva en la Armería Real de Madrid, y sobre su cruz juraban antaño los herederos del trono y los grandes de España. Hernán Pérez del Pulgar fue cronista de los Reyes Católicos y se le llamó «el de las hazañas» por los actos heroicos que realizó durante la guerra de Granada.

En cierta ocasión, y seguido de quince valerosos campeones, entró de noche en Granada, cruzó sus desiertas calles, llegó a la puerta de la gran mezquita y clavó en ella un cartel con el mote de Ave María. Al retornar el campamento cristiano encontraron una ronda de moros; la arremetieron y dispersaron saliendo gozosos de la ciudad.

Hechos análogos realizaron los moros granadinos Tarfe y Muza. El primero atando a la cola de su caballo el cartel del Ave María, que Pulgar había clavado en la puerta de la mezquita, lo llevó arrastrando hasta el campamento cristiano, donde recibió el castigo de su audacia, pereciendo a manos de Garcilaso de la Vega. El segundo acometió, él solo, contra las huestes cristianas; y, al ser perseguido por los caballeros de Doña Isabel, se precipitó en las aguas del Darro, donde halló su tumba.

Durante el sitio de Málaga por los Reyes Católicos atacaron los árabes con ímpetu al mando de Ibrahim Zenet, logrando desbordar las trincheras de

los maestres de Santiago y Alcántara.

En una tienda cristiana el feroz Ibrahim encontró a algunos jo- venzuelos, los que quedaron absortos por la presencia del formidable guerrero musulmán. Y cuando los mozos temían por su vida les tocó Ibrahim suavemente con el astil de su lanza diciéndoles:

— ¡Ea, muchachos, id con vuestras madres!

Le reconvinieron luego los otros moros porque los había dejado ir con vida, a lo que respondió el guerrero:

—No los maté porque no vi barbas.

Mientras tanto, la Reconquista marchaba favorablemente. Si bien Granada seguía en poder de los infieles. Repetidas veces se lamentaba la reina Isabel la Católica:

—Me duele Granada mora como una espina clavada en el corazón. Y su esposo Don Fernando respondía:

—Todo se andará... Todo llegará...

Un día, antes de poner sitio a Granada, el rey de la ciudad, Muley Hacén, solicitó una tregua de los Reyes Católicos, a lo que éstos respondieron por medio de su embajador, Don Juan de Vera, que no podían aceptar la tregua sin que antes recibiesen el tributo de cautivos y la entrega de dinero que los emires anteriores pagaban a los reyes de Castilla. Ensoberbecido el monarca Muley Hacén, se irguió altanero, y exclamó:

—Decid a vuestros soberanos que ya murieron los reyes granadinos que pagaban tributo a los cristianos. Y que en Granada ya no se labra oro, sino alfanjes y moharras para someter a nuestros enemigos.

Poco después los moros cayeron sobre Zahara y pasaron a cuchillo a sus habitantes. Todos felicitaron con tal motivo a Muley Hacén; mas el viejo faquí Macen, al salir de la Alhambra, pronunció, agorero, las palabras siguientes:

— ¡Ay de Granada! Las ruinas de Zahara caerán sobre nuestras cabezas. Quiera Alá que me engañe; pero veo que el fin del Imperio musulmán ha llegado en España.

Los castellanos se enardecieron y la venganza no se hizo esperar. Un ejército, dirigido por el marqués de Cádiz, marchó, triscando vericuetos, sobre Alhama, en el mismo corazón del reino granadino. El capitán de escaladores Juan Ortega del Prado, amparándose en la noche, degolló a la

guardia y tomó el castillo. La ciudad entera cayó acto seguido en poder de los cristianos.

« ¡Ay de mi Alhama!», gimieron los granadinos en patético romance. El campamento cristiano se quemó una noche, por accidente casual. La reacción de la Reina Católica fue la de levantar en el mismo lugar un pueblo, al que dio el nombre de Santa Fe, para significar el irrevocable propósito de conquistar a Granada.

Sin embargo, en los altibajos de la guerra granadina transcurrieron varios años: tantos como en la de Troya, que cantó Homero. Y hubo momentos de entusiasmo y otros de decaimiento, No fue de los menores aquél en que la soldadesca se negaba a combatir, mientras no cobrasen los atrasos que les debían. El dinero escaseaba, y aun faltaba, en las arcas reales.

Y entonces el conde de Tendilla tuvo singular ocurrencia y resolvió el problema, que parecía insoluble. Ideó pagarles en monedas de cartón, obligando, bajo las más severas penas, a admitirlas en pago de toda clase de artículos, y empeñando el conde su palabra de que a su tiempo serían cambiadas por monedas de metal.

Como el conde y los Reyes merecían máxima confianza, nadie protestó, y se sorteó el grave conflicto presentado gracias al ingenio de Tendilla, nieto del primer marqués de Santillana y sobrino del cardenal Mendoza.

Fue la primera vez en que apareció en la Historia el empleo de papel moneda, luego tan generalizado y difundido.

A finales del año 1491 el cerco de Granada había llegado al período agudo. La ciudad quedó desprovista de víveres. Entonces los granadinos, faltos de todo recurso, tuvieron que rendirse, aceptando la capitulación propuesta al rey Boabdil por Hernando de Zafra y Gonzalo de Córdoba, el

Gran Capitán, representantes de los Reyes Católicos.

Las cláusulas principales de la capitulación, firmada el 25 de noviembre de 1491, fueron les siguientes:

1.° En el término de sesenta y cinco días Boabdil entregaría la ciudad. 2.° Los Reyes Católicos aseguraban, a los moros granadinos sus vidas y haciendas, sus mezquitas y el libre ejercicio de su religión, sus leyes y sus jueces, idioma, trajes, usos y costumbres, instrucción y títulos.

3.° Se cedía a Boabdil y a su familia, como patrimonio real, cierto territorio en la Alpujarra y treinta mil castellanos de oro.

Finalmente, el 2 de enero de 1492, el gran cardenal de España don Pedro González de Mendoza entraba en la Alhambra solemnemente y colocaba la Cruz del Salvador en la torre de la Vela. En otras torres de la Alhambra ondeaban, también, pendones y estandartes.

Mientras tanto, los Reyes Católicos, que aguardaban a la orilla del Genil, vieron llegar, con su séquito, a Boabdil, el cual presentó las llaves de la ciudad al rey Fernando, diciéndole:

—Tuyos somos, rey poderoso y ensalzado, y éstas que te entrego, señor, son las llaves de este paraíso. Esta ciudad y este reino te entregamos, porque así lo quiere Aláh, y esperamos que uses de tu triunfo con generosidad y clemencia.

El rey entregó las llaves a la reina Isabel, de cuyas manos pasaron a las del príncipe Don Juan; luego, a las del cardenal Mendoza, y por último, a las del conde de Tendilla, nombrado gobernador de Granada y de la Alhambra.

Seguidamente se dirigió Boabdil al conde de Tendilla y le hizo entrega de un hermoso anillo, diciéndole:

—Con este sello se ha gobernado Granada. Tomadlo para que la gobernéis, y Aláh os dé más venturas que a mí.

A continuación, el rey moro Boabdil se presentó ante Doña Isabel, rindiéndole pleitesía. Cual si aguardasen esta consigna, estalló en el campamento un griterío ensordecedor. Todos gritaban:

— ¡Granada, Granada por los reyes Don Fernando y Doña Isabel!

Y los heraldos y reyes de armas repetían el mismo grito, mientras prelados y sacerdotes entonaban el Te Deum laudamus.

Cuando el desdichado Boabdil dejó para siempre la hermosa ciudad de Granada, no pudo impedir exhalar un hondo suspiro, al divisarla por última vez. Ello motivó que su madre, la sultana Aixa, le dijera:

— ¡Llora; que bien debe llorar como mujer quien no supo defenderla como hombre!

« ¡SOY LA MÁS DESGRACIADA DE LAS MUJERES...!»

(Juana «la Loca»)

Felipe el Hermoso, una pasión morbosa, tanto más intensa y agudizada cuanto mayores eran los desprecios y liviandades de él. Los devaneos del archiduque no cesaban, y, lo que aún es peor, se mostraba cruelmente desenfadado, no teniendo para con su mujer ni siquiera la piedad del disimulo.

Se cuenta que buscaba sus concubinas entre las damas de la Corte, haciendo presenciar a Juana el odioso espectáculo de tan ofensivas preferencias. En cierta ocasión la infanta sorprendió a su protervo esposo en flagrante intimidad con una de sus damas, rubia beldad, cuyos cabellos ostentaba con orgullo su poseedora. Sintiéndose leona, Doña Juana cercenó las doradas trenzas de su rival y se las mostro al infiel, diciendo:

— ¿Conocéis estos cabellos?

Felipe, hermoso, pero no caballeroso, reaccionó brutalmente, golpeando como un rufián a su celosa esposa.

Con su instinto de madre la reina Isabel presentía algo sobre los sufrimientos de su hijo. Mas en vano le escribía tiernas epístolas pidiéndole noticias acerca de su existencia. Juana no contestaba nunca. Sin embargo, al morir el príncipe Don Juan y quedar su hermana Juana como heredera de los reinos de Castilla y Aragón, era necesaria su presencia para ser jurada por las Cortes. Una y mil veces les fue rogado, a ella y a su marido, que empren- dieran el viaje de retorno. Todo en vano. Par fin, gracias a las gestiones del embajador Gutierre de Fuensalida, Felipe el Hermoso y su mujer llegaron desde Amberes a España por Fuenterrabía. Los Reyes Católicos salieron presurosos para coincidir en Toledo, donde pudieron abrazar a Juana.

Después de los primeros saludos, la reina Isabel se encerró con su hija en un aposento.

—Cuéntame, Juana, todo lo que has callado en estos años... Dime, ante todo: ¿eres feliz, tan feliz como yo quiero verte?

Su hija dudó un instante, deseosa de callar, para no descubrir la úlcera dolorosa de su alma. Mas no pudo, y rompiendo a llorar, cayó de hinojos, diciendo:

— ¡Ay, madre; compadéceme mucho, mucho; soy la más desgraciada de las mujeres...!

Y a borbotones, entrecortadamente, hizo el angustioso relato del calvario matrimonial que había destrozado su existencia. No tardó el matrimonio en volver a Flandes.

Después de muerta Doña Isabel, Felipe el Hermoso y Doña Juana retornaron a España, para reinar, si bien por poco tiempo. Una meiga, al verlos desembarcar en La Coruña, vaticinó:

— ¡Pobre príncipe! Poco estaréis con nosotros. Y seréis llevado por tierras de Castilla, después de muerto, más que habéis andado por ellas en vida.

Mal gobernante, despreocupado de cuanto no fuese su egolátrico proceder, Felipe el Hermoso tan sólo atendía a sus caprichos y placeres, olvidando a su esposa, ya en plena vesania. Residían en la casa «del Cordón» en Burgos. Cierto día departía el apuesto galán con varios cortesanos acerca de la aparición de un cometa en el horizonte.

—Dicen que este fenómeno presagia la muerte de algún príncipe — dijo uno.

— ¡Bah! —comentó Felipe, soltando la carcajada—. Guarde Dios a mi padre y a mí, y de los demás haga lo que guste.

Pocos días más tarde, acalorado después de jugar a la pelota, bebió un vaso de agua helada y se sintió indispuesto seguidamente. Unas fiebres malignas, que entonces aquejaban con frecuencia, le llevaron al sepulcro en breve plazo. Doña Juana, que no le abandonó un instante, se negó a reconocer la realidad.

—Mi esposo idolatrado no ha muerto —decía—: está dormido.

De no haber estado ya loca, hubiese perdido la razón ante el duro trance. Consintió que guardasen el cuerpo amadísimo en un ataúd, sin embargo no toleró que lo enterrasen, y dispuso quedase depositado en la Cartuja burgalesa. Allí iba todas las semanas la doliente señora. Hacía abrir el féretro, y abrazaba a besaba con frenesí el cadáver putrefacto.

Tres veces transcurrieron del modo reseñado, hasta que Doña Juana se decidió a emprender la larga caminata para darle tierra en el edén de Granada. Resultaba asombroso que la infeliz reina no derramase una lágrima. Se dolía ella de esta anomalía, que más y más aumentaba su padecer, por falta de tan natural desahogo. Y en un extraño instante de lucidez hubo de decirle a su más próxima cubicularia:

—Lloré tanto, cuando me convencí de las infidelidades de mi esposo, que el manantial de mis lágrimas quedó seco para siempre.

Los restos mortales de Felipe el Hermoso reposaban en un magnífico ataúd colocado en un carro, arrastrado por cuatro caballos. De tal guisa, el

cortejo patético emprendió la marcha. Todos iban a pie, dando ejemplo Doña Juana, cubierta de negros crespones, y acompañada por un séquito interminable de prelados, personajes y caballeros. Únicamente caminaban de noche, por orden expresa de la atribulada y enloquecida reina.

—Una mujer honesta —decía—, que ha perdido a su esposo, que es su sol, debe huir de la luz del día.

Y así avanzaban, lentamente, recorriendo más de media España, camino de Granada. En los pueblos del tránsito se celebraban solemnes exequias, a las cuales no podía concurrir ninguna mujer. Los celos, que fueron siempre tenazón de su espíritu, rebasaban todos los límites. Un día, por error, en un convento que creyó de frailes, entre Torquemada y Hornillos, fue depositado el féretro, hasta que, horrorizada la reina al saber que era de monjas, hizo sacar el cadáver al campo, permaneciendo ella con toda la comitiva a la intemperie, desafiando la crudeza de los elementos.

Cada vez en mayor inconsciencia, Doña Juana vivió cuarenta años recluida en Tordesillas. Y gracias al tesón admirable del cardenal Cisneros, España se libró de revivir los tiempos calamitosos de Enrique IV el

Impotente.

« ¡ESTOS SON MIS PODERES!»

(Cisneros)

Fray Francisco Jiménez de Cisneros, una de las figuras más descollantes de la historia patria, se hallaba de guardián en el monasterio de Salcedo cuando la reina Isabel la Católica le eligió por confesor; y luego le propuso para la vacante del arzobispado de Toledo.

Convertido en Primado de la Iglesia española, Cisneros seguía viajando a pie y vistiendo el tosco sayal de franciscano. Sus comidas eran de anacoreta, y dormía sobre dura tabla en estancia pobremente decorada. Fueron precisas nuevas bulas del Papa para que honrase el cargo que ostentaba con las manifestaciones pertinentes. Y tuvo que obedecer.

Mas siempre ha de haber descontentos y envidiosos. Cierto día, en una gran solemnidad, presidida por Cimeros, revestido de pompa pontifical, en la sede catedralicia toledana, el predicador (un viejo fraile franciscano) aludió con acrimonia al lujo excesivo de ciertas vestiduras, «que

contrastaban con la ascética sencillez de la Orden franciscana». La alusión resultaba tan ostensible, que no pasó inadvertida. Y una vez terminada la ceremonia, y ya en la sacristía, Cisneros se aproximó el predicador, diciéndole:

—He de felicitaros por la fácil expresión de vuestro discurso Y también por el espíritu que lo informa. Si bien conviene que tengáis en cuenta la diferencia que ha de establecerse entre la necesaria ostentación que exige el cargo y la intención de quien lo desempeña.

Y levantando sus vestiduras, agregó con firme acento:

—Ved, bajo la riquísima capa pluvial que me recubre, la túnica de paño burdo que va en contacto con mi cuerpo, como cumple al ascetismo franciscano, al que jamás falté.

Proverbial era la modestia y austeridad del nuevo arzobispo de Toledo. En cierta ocasión le mostraron a Cisneros un precioso diamante que se vendía. Y preguntando el precio, le dijeron:

—Cinco mil escudos de oro. A lo que Cisneros respondió:

—Yo quiero más asistir a cinco mil pobres con ese dinero, que poseer todos los diamantes de las Indias.

Poco antes de morir Isabel la Católica, el cardenal Cisneros expuso a la excelsa reina la conveniencia de llevar las armas españolas al territorio africano, como ratificación de la recién terminada Reconquista. Le pareció admirable a la soberana la idea. Mas la muerte segó en flor el propósito, que arrumbado quedó por algún tiempo. Regente ya Don Fernando, Cisneros se lo recordó. Pero la empresa entrañaba grandes dispendios, y el erario no disponía de fondos necesarios para acometerla.

—No importa —insistió el cardenal—. Yo anticiparé lo que sea necesario.

No tardó en salir del puerto de Almería una armada, que se apoderó fácilmente de Mazalquivir. Poco más tarde, nueva flota zarpó de Málaga, también costeada por Cisneros, que en persona dirigió la expedición, llevando como teniente al conde Pedro Navarro, que tanto se distinguió en las guerras de Italia.

Cisneros era ya septuagenario, y por este motivo desconfiaban muchos de su eficacia como jefe de le expedición. Y es que desconocían el temple de su alma, capaz de las más grandes empresas. Y demostró su valor y

energía apoderándose de Orán, contraviniendo órdenes expresas de Pedro Navarro, caudillo de las tropas, quien tenía dispuesto el asalto para fecha determinada: mas las huestes sintieron impaciencia y pidieron al cardenal Cisneros que anticipase la ofensiva. No tardaron en sonar los clarines tocando a generala. Los soldados se lanzaron a la lucha y obtuvieron rápida y rotunda victoria.

Pedro Navarro protestó airadamente por lo que consideraba usurpación de sus atribuciones —injustamente, pues su papel era subalterno— motivándose escenas violentas entre Cisneros y su lugarteniente.

No era hombre el cardenal que se doblegase a intransigencias extrañas. Pero una carta del rey Don Fernando (dirigida a Pedro Navarro e interceptada por Cisneros) descubrió al cardenal la desconfianza del monarca Católico y el deseo de retenerle en África, para alejarle de la Península. Amargado y entristecido, resignó el mando y retornó a España.

Entonces se dedicó a dos empresas que, a falta de otros títulos, inmortalizarían su nombre; a saber: la fundación de la Universidad de Alcalá (en 1837 fue trasladada a Madrid con el título de «Central») y la impresión de la «Biblia Políglota Complutense».

Algo después, reconociéndole de nuevo sus méritos, Don Fernando el Católico (en su testamento) nombró regente a Cisneros: y como tal actuó desde la muerte del monarca aragonés hasta la llegada a nuestro país del príncipe Carlos, hijo de Doña Juana la Loca, el futuro Carlos V.

En seguida Cisneros hizo proclamar a Don Carlos como rey, aunque vivía su madre, Doña Juana, que era la verdadera reina. Luego riñó rudas campañas con los nobles, siempre revoltosos, mal avenidos con su regencia.

Y como los nobles trataran de intimidarle, preguntándole con insolencia en virtud de qué poderes ejercía el mando del reino, Cisneros abrió un balcón del aposento en que se hallaban y les mostró un batallón de artillería formado en línea de combate, al tiempo que pronunciaba la histórica frase:

— ¡Estos son mis poderes!

Luego, queriendo enfrenar a la nobleza, creó una milicia ciudadana, que fue, juntamente con las fuerzas organizadas por los Reyes Católicos, la base de los ejércitos permanentes.

Entretanto, el rey Don Carlos se hallaba en Flandes, consumiendo allí todo el dinero que ahorraba el regente. Mas a la última demanda de dinero

que hizo el joven príncipe, hubieron de contestar Cisneros y el Consejo de

In document Anécdotas históricas (página 171-187)