De Cleopatra a la ruina del Imperio de Occidente.
TAN CIERTO COMO QUE ESPERO DAR LEYES »
(Cleopatra)
A su llegada a Egipto, César no tenía ninguna prevención ni en favor ni en contra de Cleopatra o de su hermano el rey Ptolomeo. No conocía ni a uno ni a otro, y las referencias que de ambos tenía eran muy vagas.
Y si parecía simpatizar algo más con el bando de Cleopatra era por su profunda aversión a los próceres del partido del rey, el eunuco Potino y el infame Teódoto, enemigos declarados de Roma.
Con el fin de atraerse a los adictos a Cleopatra, César pensó celebrar una entrevista secreta con la reina. Y dispuso que se lo comunicaran a ella. Cleopatra se decidió a correr todos los peligros para llevarla a efecto.
Y una noche salieron de una pequeña playa cercana a Pelusio la reina Cleopatra y su hombre más fiel, Apolodoro de Sicilia, en una embarcación de pesca.
Lograron atravesar, sin ser descubiertos, la boca del gran puerto y atracaron, protegidos por la noche, en el desembarcadero del palacio. Allí, con gran sigilo, se metió Cleopatra en un gran saco de estameña. El bueno de Apolodoro se cargó sobre sus fornidas espaldas la carga maravillosa. Y emprendió la marcha.
No llamaron la atención ni a los centinelas romanos, ni a los espías de Potino. Penetraron en el palacio y preguntaron por César. La combinación resultaba perfecta. Fueron acompañados ante el Imperator.
Al ver llegar el emisario se levantó César de su sitial de marfil. Apolodoro depositó en el suelo su dulce y leve carga. Algo se movía dentro, algo piaba o reía, como un ave prisionera.
Y ante los ojos maravillados del romano surgió la juvenil princesa, cual una nueva Afrodita, pero surgiendo, en esta ocasión, no de las azules ondas del mar, sino de un saco de estameña.
Una hermosa perla que Cleopatra llevaba en el valle delicado de su seno «brillaba como la estrella del alba».
La graciosa travesura de Cleopatra, su belleza y su atracción in- vencible, la donosura de sus palabras, el centelleo de su ingenio, los mil recursos de su perfecto arte de seducción (el más perfecto que jamás se haya visto), rindieron al punto cl ánimo del victorioso Imperator.
El dios Cupido revoloteó también entre las altas columnas aquella noche. Mas pronto se arrancó la venda de los ojos y sus saetas fueron, cosa singular, certeras.
Cleopatra, ataviada con toda la pompa oriental, lucía en su diadema piedras preciosas traídas de las tierras más remotas. A través de su túnica, casi transparente, resplandecía su cuerpo como el de una diosa...
Y aquella noche fue para César una noche de amor como no ha existido otra.
Por primera vez en su vida sacrificó, el conquistador romano, sus conveniencias políticas a los atractivos de una mujer. Y por gozar del amor de la hermosa reina, César se olvidó de todo...
Después de caer César asesinado, Marco Antonio eligió el Oriente para vivir en Egipto, al lado de la bella Cleopatra.
Y es fama que la ambiciosa reina egipcia, para deslumbrarle con su fastuosidad y opulencia al mismo tiempo que con su espléndida hermosura, dio en su honor un festín, celebrado en Tarsis, donde Cleopatra se bebió, disolviéndola en vinagre, una magnífica perla estimada en más de un millón.
Marco Antonio, como antes César, cayó vencido bajo los hechizos de la fascinante Cleopatra. Refiérase que fue poco después cuando ella acostumbraba jurar con la siguiente fórmula:
—Tan cierto como que espero dar leyes en el Capitolio. Muchos son los detalles que se cuentan del buen humor y el ingenio de Cleopatra, y de la maneen jovial y placentera, del paraíso de amor que vivían los dos amantes.
Un día salieron a pescar y Antonio estaba disgustado porque no lograba atravesar ningún pez y Cleopatra tenía que presenciar su poca habilidad. Entonces mandó secretamente a unos pescadores que se sumergiesen en el agua cada vez que lanzaba la caña y le enganchasen un
pez de los que ya tenían preparados para simular capturas.
Cleopatra se dio cuenta del ardid, si bien fingió entusiasmarse de las «proezas» piscatorias de Antonio y propuso que sus amigos vinieran otro día a presenciar tan abundante pesca.
Así fue. Y la primera vez que Antonio lanzó el aparejo al agua, ordenó la reina a uno de sus criados que, nadando, colocara en el anzuelo un arenque salado del Ponto.
Creyendo Antonio que había picado algún pez, tiró, siendo notorio el chasco. Entonces le dijo Cleopatra:
—Imperator, déjanos la caña a nosotros, que somos reyes de Fatos y de Canobos. Tú has nacido para «pescar» ciudades, reinos y continentes.
No duró mucho la felicidad de los das amantes. La rivalidad planteada entre Octavio y Antonio terminó en la batalla naval de Accio, ganada por Octavio, quien luego conquistó Egipto, suicidándose Antonio.
Se cuenta que, Cleopatra, al ver que no podía seducir al frío Octavio con su fascinadora belleza, como había hecho con César y con Antonio, se suicidó también.
«Cuando Octavio fue a verla —dice Bertolini— la halló rodeada de los recuerdos de César: esperaba sin duda, conmoverle con tales sensibilidades y desarmarle con la fascinación de su palabra y de su belleza, todavía notable a pesar de sus cuarenta años.»
La tradición supone que Cleopatra se suicidó con la picadura de un áspid que un criado le proporcionó oculto en un cesto de higos. Sin embargo, el egiptólogo Larrey asegura que se suicidó con óxido de carbono, esto es, asfixiándose con las emanaciones de un brasero de carbón, en compañía de sus dos doncellas, Iras y Carmión.
«SI HE EJECUTADO BIEN LA COMEDIA, APLAUDIDME»
(Octavio)
Un ingenioso escritor francés, refiriéndose a la influencia ejercida en los destinos de Roma por la hermosa y astuta Cleopatra, comentó:
—Si la nariz de Cleopatra hubiera sido un centímetro más larga, la historia del mundo sería muy distinta.
Con la frialdad de Octavio, sin embargo, nada pudo la fascinadora belleza de la reina de Egipto. Y la verdad es que de haberse dejado seducir por ella, como antes hiciera con Pompeyo, César y Marco Antonio, otra habría sido ciertamente la historia del mundo.
El maquiavélico, ambicioso y calculador Octavio, al volver a Roma después de conquistar Egipto, recibió del Senado y del pueblo el título de «Emperador», que significaba general o caudillo del ejército; el de «César» en recuerdo del gran hombre que había sido el verdadero fundador del Imperio; y el de «Augusto», que tenía carácter sagrado, pues hasta aquellas fechas sólo se había dado a los dioses.
La paz «octaviana» duró casi todo su reinado, si bien sostuvo varias guerras. Las menos afortunadas fueron contra los germanos, pues las legiones que, al mando de Varo, habían ido contra ellos, quedaron exterminadas por Herman o Arminio en los desfiladeros de Teutoburgo.
La noticia de dicha catástrofe causó tal dolor en Roma, que Augusto no cesaba de exclamar entre sollozos:
— ¡Varo! ¡Varo, retórname mis legiones!
Dice Suetonio que Augusto, afectando sencillez de costumbres, tomaba parte, algunas veces, en los juegos de los niños. Fedro también parece aludir a ello en una de sus fábulas, que lleva por título Aesopus
ludens.
En uno de los aludidos juegos y bromas, cierto día preguntó Cesar Augusto a un mozo extranjero, que se le parecía mucho en el rostro, si acaso su madre había estado, en alguna ocasión, en Roma. Y el forastero, advirtiendo la malicia de la pregunta, respondió:
—No, señor; pero mi padre sí, muchas veces.
El gobierno de Augusto constituyó un continuo ejercicio de suma habilidad política. Cuando cayó asesinado Julio César, Octavio, después de declararse heredero del muerto, ante la sorpresa de todos, se dirigió a Roma.
De todas partes acudieron a unírsele los amigos de César; únicamente Antonio se mantuvo quieto. Y Octavio, en vez de mostrarse ofendido por ello, le dijo:
—A mí me toca, como joven y particular, ir a saludar a Antonio, respetable por su edad y por sus cargos.
Más tarde, intentando acallar el creciente descontento de sus soldados distribuyó, entre las tropas, collares, brazaletes y coronas de oro. Pero un
tribuno le reprendió diciendo:
—Vale más que guardes esos juguetes para tus niños.
Octavio acometió reformas importantes y embelleció a Roma, dotándola de grandiosos monumentos; por lo cual decía, con legítimo orgullo:
—Ved esa Roma; la recibí de ladrillo y la dejaré de mármol.
Describe César Cantú que en tiempo de Augusto tenía Roma cerca de millón y medio de habitantes, y se llenó de magníficas viviendas, guardadas siempre por fieles perros; por lo cual ostentaban generalmente sobre la puerta el aviso: Cave canem («¡Cuidado con el perro!»).
César Augusto vivía con gran sencillez, vistiendo modestamente y llegando al extremo de admitir convites de los más obscuros particulares. Uno le ofreció comida tan mezquina, que Augusto le dijo, sonriéndose:
—No creía que fuésemos tan íntimos amigos.
Su entenada Tiberio, que luego le sucedió en el trono, refería a Augusto todos los dichos y quejas del pueblo, a lo que solía responder el emperador:
—Dejémosle decir, a condición de que nos deje actuar.
En algunas ocasiones sabía hacer honor a la amistad. Un soldado le pidió un día que le patrocinara en una causa, a lo que respondió Augusto con evasivas e inhibiéndose por sus muchas ocupaciones.
—Ya te mandaré otro abogado en mi lugar —le dijo. A lo que el soldado repuso:
—Cuando tuviste necesidad de mi brazo, ¿te mandé yo en mi lugar un substituto?
Y César Augusto, ante tales razones, le defendió en persona. También, lo mismo que su antecesor Julio César, tenía una gran fe en sí mismo. En vísperas de la batalla de Accio, contra las huestes de Antonio y Cleopatra, los veteranos no cesaban de recomendarle:
—No pongas, Octavio, tu confianza en tablas agitadas por las olas. Deja para los egipcios y los fenicios los combates del mar, pues nosotros estamos acostumbrados a vencer en tierra y a morir sin volver atrás los ojos.
Sin embargo, Octavio decidió dar la batalla naval en la que obtuvo un señalado y definitivo triunfo sobre Antonio.
educar a su hija en el amor al bien y a las letras, sufrió gran desconsuelo al enterarse de su disolución y mala vida, a tal extremo que ordenó su destierro, y en el testamento mandó que no fuera depositada en el sepulcro de los Cesares.
Frecuentemente se lamentaba:
— ¡Ojalá hubiera yo vivido sin esposa o llegado a morir sin haber tenido hijos!
Por no ser menos que otros romanos, tuvo en varias ocasiones devaneos amorosos a espaldas de su esposa Livia, mujer de genio fuerte. Y se cuenta que un día Augusto se hallaba en palacio esperando a una hermosa dama, cuando vio salir de la litera en que ella había de llegar, a un hombre con la espada desenvainada. Era el filósofo Atenodoro, el cual, queriéndole dar una lección, le dijo:
—Ved, señor, a lo que os exponéis. ¿No teméis que un republicano o un esposo ofendido se valga de semejante medio para arrancaros la vida?
Parece ser que el argumento, con ser tan convincente, no tuvo mucho éxito, puesto que Augusto continuó corriendo aventuras galantes.
Otras veces, en cambio, agradecía los consejos. Durante una revista, dirigió a un caballero cargos terribles, pero que eran infundados.
—César —le dijo el personaje—, cuando queráis tener informes exactos acerca de personas honradas, pedidlos a hombres que lo sean.
En tal ocasión, Augusto siguió el consejo que le daban.
A menudo solía tener rasgos ingeniosos. Al propio emperador le fue denunciado un día cierto Emilio Eliarto, por haber proferido palabras injuriosas en contra suya.
—Le probaré yo —dijo Augusto— que también tengo lengua para hablar de él dos veces peor.
Debe reconocerse que mucha de la gloria que César Augusto alcanzó corresponde en justicia a su consejero Mecenas, gran protector de las artes y de las letras, que reunió en torno del emperador a todos los escritores más ilustres de la época, designada por ese motivo con el nombre de «Siglo de Oro» de la literatura latina.
Del comedimiento de Mecenas en su ambición, se refiere el hecho de que con frecuencia acostumbrara decir:
que me conservéis la vida; lo que queráis, crucificadme, pero que viva.
Augusto dispuso del Imperio como de cosa propia. Lo curioso del caso es que se presentaba, de tiempo en tiempo, en el Senado ofreciendo la renuncia de sus poderes. Es por esto que su vida resultó una verdadera representación teatral, llena de estudiados trucos.
Y se cuenta que al sentirse morir, después de cuarenta y cuatro años de gobierno, pidió un espejo, se vistió de gala y, dirigiéndose a sus amigos, les pidió:
—Si he ejecutado bien la comedia, aplaudidme.
« ¡QUÉ GRAN ARTISTA PIERDE EL MUNDO!»
(Nerón)
Tanto amaba Agripina a Nerón que habiendo predicho los astrólogos que su hijo reinaría, pero que sería a costa de su madre, contestó decidida:
—Máteme, con tal que él reine. Y así sucedió.
Sabido es que, educado por el filósofo español Séneca, Nerón comenzó a reinar bajo felices auspicios.
—No quisiera saber escribir —decía—, por no tener que firmar una sentencia de muerte.
Mas luego, transformado su carácter hasta convenirse en monstruo, comenzó a poner en práctica sus procedimientos drásticos. Ordenó ahogar a su propia madre, que se salvó a nado, mas una vez ella estuvo en la orilla la hizo acuchillar por unos esbirros a sueldo. Después de procesar a su esposa Octavia, la mandó matar bajo la falsa acusación de infidelidad. Dio a Otón, su mejor amigo, un destierro en Lusitania, para quedarse con su mujer (la célebre Popea), a la que luego mató de un puntapié en el vientre estando embarazada.
Además, en la lista de sus víctimas, se registra: envenenó a Británico; dio a su maestro Séneca la orden de abrirse las venas; y ordenó lo mismo a su amigo el poeta Lucano, por envidia de sus versos en «La Farsalia».
Otro de los grandes amigos de Nerón, el satírico Petronio, el árbiter
Séneca y con Lucano) una «cariñosa invitación» dándole a elegir el género de muerte que fuera de su agrado, se envenenó en un festín, juntamente con su fiel favorita. La muerte de Petronio inspiró al novelista polaco Sienkiewicz la popularísima obra «Quo vadis?».
Humanum est errare. («Equivocarse es propio de los humanos»),
había escrito Séneca en sus «Quaestiones Naturales» (libro IV, 2). El cardenal De Polignac escribió luego: Errare humanum est.
Sí, Séneca se equivocó y fue condenado a muerte por su discípulo Nerón. La esposa del filósofo, Paulina, manifestó deseos de morir con su marido, a lo que él se opuso, diciéndole:
—Yo, que te he enseñado el modo de vivir, no te envidiaré el honor de morir. Si tu conciencia es igual a la mía, será siempre más gloriosa.
Acto seguido se hizo abrir las venas mientras continuaba dictando a sus «escribientes». Mas observando que tardaba en llegar la muerte se metió en un baño de agua caliente y, rociando con agua a los siervos que le rodeaban, les dijo, sonriendo:
—Hago estas aspersiones en honor de Júpiter libertador.
Suetonio dice, aunque otros lo niegan, que Nerón, por el gusto de contemplar un remedo del incendio de Troya (tan admirablemente descrito en la «Eneida») mandó prender fuego a un barrio de Roma, mientras él cantaba al son de su lira los versos de Virgilio.
Ocurrió la trágica efemérides en la noche del 18 al 19 de julio del año 64. Y. aunque Tácito escribe que Nerón se hallaba fuera de Roma al estallar el incendio, y que al volver recorrió los sitios del siniestro distribuyendo socorros, la voz pública afirmaba lo que Suetonio refiere y la tradición ha mantenido.
Otros suponen que la idea del incendio no fue de Nerón, sino de su favorito el infante Tijelino, Jefe del Pretorio y hombre que, con tal de halagar a Nerón, cuyos deseos conocía, no reparaba en los medios.
Recientemente, sin embargo, un distinguido escritor italiano, Lanciani, ha pretendido probar que el incendio de Roma obedeció al propósito imperial de destruir los barrios más antiguos de la ciudad, para abrir calles más anchas y levantar hermosos edificios; habiendo tenido que recurrir a este medio, por los invencibles obstáculos que a tal reforma oponían los propietarios de las fincas...
indignación que el incendio produjo, culpó del siniestro a los cristianos, que vivían, entonces, en las catacumbas. La acusación calumniosa motivó la primera y feroz persecución contra los cristianos, en la que recibieron el martirio (San) Pedro y (San) Pablo.
Y escribe Tácito:
«Se añadió a los tormentos de los cristianos el vituperio de vestirlos con pellejos de fieras y hacerlos despedazar por los perros, o ponerlos en cruces; y en acabándose el día, les pegaban fuego para que sirvieran de luz a la noche, para cuyo espectáculo ofreció Nerón los jardines de su palacios.
Para acabar con los despotismos y crueldades de la «fiera coronada», se insurreccionaron las legiones de España. Y Galba, que era su general, marchó triunfante sobre Roma. Antes de que llegara, huyó Nerón a una posesión que tenía en el campo, donde se hizo matar por su fiel esclavo, que le acompañaba.
Y se cuenta que, al tiempo de morir, exclamó:
— ¡Qué gran artista pierde el mundo! —(o, según otros: ¡Qué gran artista muere en mí!).
«HE PERDIDO EL DÍA.
(Tito)
Muerto Nerón, tras el brevísimo reinado de Galba y de Otón, el cetro imperial pasó a manos del general Vitelio, hombre cruel y vicioso, que siempre vivió embrutecido por la gula...
El ejército y el pueblo se alzaron, a poco, contra él. Hecho prisionero por las turbas, le pasearon por las calles de Roma con el traje desgarrado, una cuerda al cuello y con los brazos atados a la espalda, entre gritos y denuestos del populacho, que dos días antes le adoraba.
A la infinidad de insultos que le dirigía la plebe, el César les daba esta única respuesta:
—Pues a pesar de todo, he sido vuestro emperador.
Vitelio fue degollado en la calle, y recogió la púrpura imperial Vespasiano, a quien sucedió su hijo Tito, llamado, por la bondad de su carácter, «Amor y delicias del género humano».
Tito tomó por asalto y destruyó Jerusalén. Su gobierno, como el de su padre, forma bello contraste con los reinados anteriores, por la moderación y rectitud que caracterizaban al nuevo César, a quien debe Roma grandiosos monumentos.
Entre ellos el arco triunfal de Tito y el «Coliseo» o Colosseo, cantado por el poeta español Marcial como la mayor maravilla del mundo.
Queremos remedar que para poder realizar dichas obras tuvo Vespasiano que establecer nuevos impuestos, entre ellos el llamado «del orín», consistente en las multas que pagaban los que hiciesen aguas en la vía pública.
A este propósito refiere Suetonio que, como Tito reconviniese a su padre porque no reparaba en los medios de sacar dinero, aquél aproximó a la nariz de su hijo las primeras monedas procedentes de las multas y le preguntó:
— ¿Conoces su origen por el olor?
Tito vivió moderadamente, y su carácter bondadoso queda reflejado en