Capítulo 1: Intelectuales, saber y acción política
2. b La práctica del consejo vs La función de la palabra
El 13 de octubre de 1852, Sarmiento publica en el diario El Mercurio de Chile, la “Carta de Yungay” dirigida a Urquiza42, en la que le expone, con respeto pero sin miramientos, los motivos de su ruptura. Una a una va enumerando las situaciones que lo obligaron a adoptar una posición difícil pero a sus ojos necesaria: la de denunciar los vicios de una figura que no se atuvo a la función para la que había sido llamado por las circunstancias ni se dejó guiar por el consejo de los que conocían el decurso de los acontecimientos y los medios por los cuales podían estos justificarse a los ojos de la opinión, sino que cometió el error de dejarse llevar por sus instintos. Sostiene Sarmiento: “He aquí, pues, señor, las consecuencias de una sola falta: no haber querido escuchar a sus amigos honrados” (“Carta de Yungay”: 276).
La actitud de Sarmiento frente a la situación vivida con Urquiza es interpretada por Alberdi como una herida a su inflamado amor propio e imputada a un error de interpretación de las circunstancias en las que se desenvolvía su accionar. Lo fundamental de sus argumentos a lo largo de las “Cartas” se nutre de esta interpretación. A los ojos de Alberdi –y de los que acompañaban sus actividades en el club de Valparaíso- el egotismo de Sarmiento, sus ínfulas como escritor y la imagen de sí que había construido gracias a su temprana autobiografía, nublaban su capacidad analítica, le hacían ver enemigos donde ya no los había y lo condenaban a persistir en el lugar de incansable agitador. Alberdi observa al respecto:
Usted llevó la esperanza de dirigir por el consejo al hombre que sin usted había organizado el plan de conspiración contra Rosas […] Usted no fue interrogado, ni consultado como esperaba, y ese fue un delito de Urquiza, para usted. […] El que había sabido obviar dificultades invencibles, para tantos poderes, ¿podía necesitar que se la diese [la ‘tutoría’] un escritor de periódicos, que jamás había figurado como hombre de Estado? (CII: 61-63)
42 Zorraquín Becú cita el comentario que la publicación de la “Carta de Yungay” causó en el
propio Sarmiento: “El 13 de octubre publica [Sarmiento] en “El Mercurio” la famosa Carta de Yungay, el libelo contra Urquiza. ‘Lancé un panfleto’ –cuenta-, ¡qué rabia en Valparaíso!’ Días después confiesa que ‘la impresión que este escrito produjo fue por el momento desagradable’. Era el mismo ‘lenguaje usado contra Rosas’. No importa ‘lancé un arma de guerra, de destrucción contra el que invadía a Buenos Aires’ (1945: 54).
Desde esta perspectiva, Urquiza no necesitaba a su lado a ningún hombre de letras, menos a uno que no se había formado como hombre de Estado, es decir, que no había practicado el difícil gobierno de los asuntos públicos, sino que había ‘gastado’ sus esfuerzos en la escritura diaria exigida por la prensa. Alberdi carga la responsabilidad del desencuentro únicamente a la actitud desafiante y prepotente de Sarmiento, sin considerar en absoluto las faltas que podrían derivar de una figura de autoridad que se niega a escuchar lo que otros tengan para decirle. Y esto derivado de una sencilla razón: Urquiza, para Alberdi, es un militar, no un político. Como tal, cumple con la función asignada a la violencia, no a la palabra. Sigue estrategias militares, no estrategias retóricas, por lo que la
conversación no producirá en él ninguna persuasión:
Llegado a Montevideo, usted declaró a sus amigos: ‘El general persiste en ser quien es y nadie en la tierra lo hará variar de su modo de ser’. ¿Usted había llevado, pues, la idea de cambiar en tres conversaciones al general Urquiza? ¿Y le hacía usted un defecto de que tuviese una voluntad, un carácter, una fe suyos, y no tomase como la cera el sello que quería darle un escritor que se creía hombre de estado porque había escrito periódicos? No estaría Rosas fuera del poder si hubiese tenido un rival de cera virgen, que tomase la figura de general romano, o general francés, según los deseos de este o aquel escritor que se propusiese amoldarle a su gusto (CII: 65).
Claramente expone Alberdi aquí sus ideas acerca de la naturaleza de la autoridad militar de Urquiza y sus supuestos acerca de la función de los escritores en la dinámica que los liga a ella. La caída de Rosas fue posible por la guerra, es decir, mediante el uso de la violencia, no de la palabra. En consecuencia, la pretensión de Sarmiento –que consistía en mantener una relación asociativa con el líder militar que emulara la del príncipe y el consejero letrado- es desestimada por Alberdi por su clara inadecuación. En la guerra no se conversa, se pelea y cualquier otra asociación entre líder y soldado que no sea la de la obediencia muda es actividad ociosa.
El general Urquiza no satisfizo las miras de influjo que llevó usted al ejército y éste fue el primer motivo de su odio contra él. ¿Cuáles eran sus miras? ¿Qué iba usted a hacer? ¿Qué llevaba usted al ejército? Su pluma, usted no era soldado. La pluma en un ejército no es un arma. Un ejército
supone agotada la misión de la palabra. Es la solución del problema entregada al cañón. La pluma del secretario es suficiente (CII: 60).
La función de la palabra en la guerra, para Alberdi, es sólo instrumental. ‘La pluma del secretario’-la única necesaria en el campo de batalla- transcribe la voluntad del líder, sus exigencias, sus edictos, sus comunicaciones, sus mensajes. En ese carácter participa de la guerra sólo como la materialización de la voz del jefe militar, subordinada a su voluntad y a su ciencia (techné) específica. En la escena de la guerra la palabra se separa de su función persuasiva, capaz de generar acciones, excitar y transformar pasiones. La palabra-instrumento de la guerra, se encuentra en el extremo opuesto de la palabra política e intersubjetiva: cumple su función poniéndose al servicio de la estrategia militar y facilitando sus canales, por lo que es
reflejo y no faro o luz. El jefe militar, si necesita consejos, sólo los recibe de aquellos
que conocen la estrategia militar, no de aquellos que -formados en las humanidades- pretenden invertir los tiempos y las jerarquías. En el tiempo de la guerra la fuerza manda, allí las jerarquías son fijas e inobjetables. En el tiempo de la política o de la paz, la palabra recupera su función y discute la ley, permitiendo con ello fijar las normas que harán libre a la república.
El modo de proceder de Sarmiento en la campaña es inadecuado según la evaluación realizada por Alberdi: “¿qué luces, qué consejos quería usted hacer escuchar? Se trataba de cosas militares, hablaba usted con un soldado; se trataba de guerra y no de política; iba usted a un ejército, no a un congreso” (CII: 62). Sarmiento se comportaba, según Alberdi, como si el campo de batalla fuera el de la política, no el de la guerra. La separación neta establecida por este entre escenario de guerra y escenario de paz no era válida para aquél.
Alberdi consideraba que la guerra, es decir, la campaña de Urquiza para vencer a Rosas, era el momento necesario anterior de la política que correspondía al establecimiento del orden constitucional. Este orden era el único que podía posibilitar la vida pacífica y libre en la República Argentina. Por eso, la única función que un hombre podía cumplir en el escenario de la campaña era la del soldado, o eventualmente la del consejero militar, no la del consejero político: “Usted no es militar, no podía ofrecer luces, consejos estratégicos, los únicos que convenían antes de la venida de los congresos deliberantes o del gobierno civil
representativo” (Ibíd.). En el marco de la guerra sólo se admite la jerarquía militar43, y esa jerarquía no se discute. La guerra no es escenario de discusión, ni espacio en el que la palabra cumpla una economía distinta a la de instrumento de comunicación de resoluciones u operaciones: “¿Quería usted pelear por la libertad? Magnífico pensamiento. Pero debió usted tomar el fusil, la subordinación y el silencio automáticos del soldado que sabe serlo, en vez de ir a discutir la cucarda44 que debía llevar el ejército” (CII: 62).
Sarmiento no establece la distinción entre política y guerra en la que se fundaba el análisis de Alberdi. Para él la guerra es parte de la política, en tanto la guerra no es la condición de posibilidad de la república sino el modo en que esta se defiende de aquellos que quieren corromper sus principios y el despliegue de su destino. Con la prensa como medio, la política en Sarmiento es plena actividad guerrera, por lo que no encuentra inadecuación en su pretensión de ilustrar por el consejo al líder militar que para él no era diferente del líder político, ni en utilizar la pesada prensa que imprimía los boletines informativos de su autoría como arma de combate45: “En la prensa y en la guerra, usted sabe en qué filas se me ha de encontrar siempre.[…] Háblole de prensa y de guerra, porque las palabras que se lanzan en la primera, se hacen redondas al cruzar la atmósfera y las reciben en los campos de batalla otros que los que las dirigieron.” (“Carta de Yungay”: 37, 38)
Sarmiento entiende que su responsabilidad en esa guerra es la de defender a la república, en cambio Alberdi entiende que su actitud impide el proceso mediante el cual será posible construir un orden para la república. La república representativa alberdiana no admite la guerra en su interior, sino sólo como condición de posibilidad anterior al establecimiento del orden constitucional. Es por eso que toda práctica política queda excluida del marco de la guerra, en el que impera la fuerza de las armas y no la razón de los argumentos. Por el contrario, Sarmiento considera que
43 Sostiene Alberdi: “La disciplina militar no reconoce notabilidades literarias” (C II: 67).
44 Alberdi se refiere a la cuestión del ‘cintillo colorado’ que tanto preocupó a Sarmiento, más
adelante trabajaremos esta cuestión. Véase apartado 3, “Política y saber de artificio” en el presente capítulo.
45 Ante el fracaso de la pretensión de Sarmiento de convertirse en consejero de Urquiza acepta
encargarse de la redacción, impresión y circulación de boletines que irían relatando los acontecimientos protagonizados por el ejército de la campaña contra Rosas. Relata Sarmiento: “Desde muy luego comprendí, pues, que mi papel natural de consejero, de colaborador en la grandiosa tarea de constituir una nación de aquellos países tan favorecidos, pero tan mal poblados y tan mal gobernados, estaba concluido […] En la tercera entrevista con el general […] me indicó encargarme del Boletín del Ejército, llevar prensa, etc., lo que acepté gustoso” (Campaña: 127).
la virtud republicana es aquella que se juega a cada momento en defensa de la amenazada vida común. La exagerada incidencia que –según Alberdi- otorgaba aquél a la prensa, o a la palabra en su función política o persuasiva en el campo de batalla, representaba la medida de esta inadecuación y mezcla de escenarios:
Y yo pregunto ¿podía dejar de chocar con el jefe del ejército, el que creía de buena fe que el Boletín era la única novedad, la única fuerza activa de un campamento de treinta mil hombres, del que cada cambio era una pericia nueva y grandiosa de la República Argentina? ¡Un boletín, la única fuerza activa en medio de una fuerza militar de treinta mil soldados en acción! Yo pregunto ¿si un escritor que atribuía la popularidad del boletín al nombre y prestigio literario de su redactor y no a los avances que la libertad argentina hacía en cada paso del Ejército Grande aliado podía dejar de estrellarse con el general en jefe menos susceptible? (CII: 68)
La oposición entre palabra y acción resulta, en Alberdi, fundamental. La acción militar es opuesta a la palabra de la prensa o a la palabra política. El boletín informativo que escribía periódicamente Sarmiento notificando los avatares del ejército e instando a la población a sumarse a la causa de la libertad no tenía para Alberdi ningún tipo de incidencia positiva en ‘los avances de la libertad argentina’, que se producían por las acciones militares del ejército y no por las acciones periodísticas de Sarmiento. Llamar ‘fuerza activa’ al boletín –y mediante este adjudicarle esa cualidad a la prensa en general- era para Alberdi un abuso del lenguaje y no correspondía en absoluto a la ‘realidad de los acontecimientos’.
Sin negar su brillante aptitud periodista, de que he sido y soy sincero apreciador, le diré que lejos de merecer siquiera el reproche que usted le hace de hombre incapaz de consejo, por haber rehusado el suyo, yo creo que habría dado muestra evidente de poco juicio, entregando parte de la dirección de la guerra a cualquier periodista, por espiritual y elocuente que fuese (CII: 74)
El consejo de Sarmiento corresponde al conocimiento requerido por un líder político, no por el líder militar. Si el líder militar escuchara los consejos del periodista, perdería de vista su verdadera misión: vencer por la fuerza de las armas al enemigo de la organización constitucional de la República Argentina, Rosas. En el escenario de la campaña la palabra periodística, la palabra política, la palabra deliberativa no tiene cabida. Allí funciona otra lógica, la lógica de la fuerza y de las jerarquías indiscutibles. La libertad para Alberdi no tiene cabida en el marco de la
guerra. Esta es la condición de posibilidad de aquella, y aquella es posible sólo a condición de estar al amparo de leyes que permitan su ejercicio.