Capítulo 1: Intelectuales, saber y acción política
3. c El trabajo con las apariencias ‘Simulacro de artificio’
El manejo doméstico de Urquiza en los asuntos de la campaña había alarmado a Sarmiento. Se sumaba a ese signo de despotismo, la producción del miedo entre sus allegados y los desconocidos que tuviesen intenciones de entrevistarse con él, gracias a la imponente compañía del perro Purvis, dispuesto a morder a todos. Sarmiento –gracias a estas dos ‘advertencias’- sospechaba que Urquiza mantenía lo fundamental del caudillaje bárbaro en el gobierno de los asuntos comunes. Sin embargo, lo que finalmente logró convencerlo de la continuidad entre el general entrerriano y Rosas fue el asunto del ‘cintillo colorado’. En Campaña señala: “Pero lo que más me llamó la atención […] fue que el general se había ocupado, durante su acampamento en los alrededores de Montevideo, en hacer sentir a los emigrados argentinos la necesidad de ponerse la cinta colorada” (Campaña: 86).
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El interés por el manejo de las apariencias -como hemos señalado en el parágrafo 2. c.- si bien era compartido por Sarmiento y el ‘caudillaje bárbaro’ partían, según la perspectiva del primero, de marcos diferentes. El marco en el que esas apariencias eran moldeadas y conducidas era republicano en el caso de Sarmiento y despótico en el de Quiroga, Rosas y Urquiza.
Esto resultaba inaudito para Sarmiento: el uso de aquel ‘embeleco’, sostiene, habría sido tan sorprendente allí como vérselo usar a los integrantes del Club de Valparaíso en Chile. No representaba sólo un detalle superficial, era el símbolo de la continuidad del caudillaje65: el uso del distintivo colorado servía para reforzar la figura de autoridad de Urquiza, asociada por el color al que sería, no el enemigo vencido, sino su lógico antecedente. “Quien haya leído en Civilización y Barbarie lo que sobre la cinta colorada he escrito podrá formarse la idea de la extrañeza, de la preocupación en que me echaba esta persistencia en seguir las prácticas de Rosas.” (Ibíd.) Efectivamente, en el Facundo, Sarmiento se había detenido a considerar el mecanismo y la función del cintillo colorado, reconociendo el importante rol cumplido por este emblema en la construcción de la figura de autoridad de Rosas:
De las fiestas sale […] el color colorado, como insignia de adhesión a la causa; el retrato de Rosas, colocado en los altares primero, pasa después a ser parte del equipo de cada hombre, que debe llevarlo en el pecho, en señal de amor intenso a la persona del Restaurador […] La América entera se ha burlado de aquellas famosas fiestas de Buenos Aires y mirándolas como el colmo de la degradación de un pueblo; pero yo no veo en ellas sino un designio político, el más fecundo en resultados. ¿Cómo encarnar en una República que no conoció reyes jamás, la idea de personalidad de gobierno? (Sarmiento, 2005: 226/227)
De hecho, la cuestión de la encarnación del gobierno preocupa seriamente a Sarmiento, que reconoce la dificultad de lograr la adhesión a la causa republicana sin alguien que la represente en el sentido teatral del término, es decir, sin alguien que la personifique66. Burlarse del modo básico en que Rosas
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Para Sarmiento la cinta colorada no es un mero detalle, sino la materialización de todo un sistema despótico basado en el terror. En su Campaña relata la siguiente escena vivida luego de la batalla de Caseros: “El doctor Gorostiaga, después de las primeras felicitaciones, necesitó desahogarse en el seno de aquella intimidad de correligionarios. ‘Lo único que acibara, me dijo, el contento público, es esta exigencia del señor general de que nos pongamos la cinta colorada. ¡Oh, esto es imposible, jamás nos la pondremos! [...] Entonces aproximé mi caballo, toméle la mano del chicote, y apretándosela y con mirada firme y voz decidida le dije: resistan, y se salvan. De esto depende, créanmelo, la salvación del país (Campaña: 250). Resistirse a la cinta colorada significa para Sarmiento resistir al despotismo y a los usos bárbaros de las apariencias y de las asociaciones.
66 Perelman distingue dos figuras retóricas utilizadas para transmitir a un auditorio ciertas
características inmateriales o cualidades abstractas de una esencia o una idea. Estas figuras son el
apóstrofe y la prosopopeya, llamadas también figuras de la personificación. Cuando se trate del apóstrofe, el orador se dirigirá a lo que está personificado, considerándolo un oyente (Perelman,
1989: 508). Un ejemplo de apóstrofe es el comienzo del Facundo en el que Sarmiento exclama: “¡Sombra terrible de Facundo, voy a evocarte, para que, sacudiendo el ensangrentado polvo que cubre tus cenizas, te levantes a explicarnos la vida secreta y las convulsiones internas que
fabricó ‘el amor intenso hacia su persona’ no sirve de nada según él, ya que no hace sino ocultar la eficacia de dicho mecanismo en el ánimo del pueblo. Sarmiento está dispuesto a analizar esa modalidad de legitimación de la autoridad basada en el asociacionismo entre ‘insignia’ y ‘personalidad de gobierno’ -y ligados ambos por el amor o, más bien, el terror- criticándola duramente, pero sin desestimarla. Como ‘designio político’ que produce fecundos resultados, la insignia colorada es un importante analizador67de las modalidades de construcción de la autoridad, que indica el grado de barbarie de un pueblo:
La cinta colorada era una materialización del terror que os acompaña a todas partes, en la calle, en el seno de la familia; es preciso pensar en ella al vestirse, al desnudarse, y las ideas se nos graban siempre por asociación. La vista de un árbol en el campo nos recuerda lo que íbamos conversando diez años antes, al pasar por cerca de él; figuráos las ideas que trae consigo asociadas la cinta colorada y las impresiones indelebles que ha debido dejar unidas a la imagen de Rosas (Sarmiento, 2005: 227)
desgarran las entrañas de un noble pueblo!” (Sarmiento, 2005: 11/12). Facundo representa para Sarmiento la personificación de la barbarie, por lo que los avatares de su biografía y la comprensión de sus actos permitirá conocer mejor a la Argentina, el ‘noble pueblo’. En el caso de la prosopopeya (prósopon, máscara), la esencia o idea personificada tomará la palabra y se transformará en sujeto parlante y activo (Perelman, 1989; 508). Combinada con la sinécdoque – tomar la parte por el todo- puede ampliarse la égida de la prosopopeya al efecto de personificación producido por un signo o símbolo (el ‘cintillo colorado’) que representa/alude al poder detentado por la autoridad. El recurso retórico de la prosopopeya fue usado por Pascalen los Pensamientos para hacer hablar a la Sabiduría de Dios (Pascal: 1984: 165/166). Lacan, a su vez, utiliza la
prosopopeya para hacer hablar a la verdad y demostrar así que esta está dividida estructuralmente
entre enunciado y enunciación (Lacan, 1992b: 391/392). En la tradición retórica la prosopopeya ha sido considerada un recurso importantísimo para ganarse el ánimo del juez y lograr una sentencia favorable, pero a la vez se ha reconocido la dificultad de utilizarla de manera eficaz, ya que requiere un profundo entrenamiento en las artes de la emulación –las de los comediantes o actores- para que resulte ajustada a la situación y produzca el efecto deseado. Como se trata de encarnar un
carácter o ethos, el orador debe estar en condiciones de mantenerse en ese papel de manera
adecuada y sostenerlo en el tiempo (Quintiliano, 1887: 169 y 313). Cualquier desarreglo entre el orador y la actuación realizada en la prosopopeya podría llegar a poner en peligro el efecto de realidad buscado, provocando risas o sospechas (Goffman, 2009). En el Cap. 2, apartado 2, “Prensa y política”, analizaremos el uso de la figura del apóstrofe en las “Cartas” de Alberdi, cuando concibe a Sarmiento como la personificación de la prensa bárbara.
67 La noción de analizador fue articulada por la corriente institucionalista francesa y alude al
dispositivo natural o construido que hace visible al analista institucional la dinámica de un determinado grupo u organización. El análisis que permite hacer el analizador depende únicamente de la situación específica en la que está inmerso y no depende en absoluto de una escala de valores o canon establecido al margen de esta. Por eso analizadores pueden ser tanto el discurso de un director o jefe político, como el chiste dicho al pasar por el encargado de la limpieza de una organización, o la canción burlona que hace un grupo de empleados refiriéndose a su trabajo, etc. En este sentido, importa menos la naturaleza del analizador que la dinámica institucional puesta en marcha por él y evidenciada por su entramado singular en una situación precisa. Véase Lapassade (1979) y Loureau (2001).
Gracias al mecanismo de la asociación que Sarmiento concede a la totalidad de los seres humanos –compartiendo así las ideas básicas del asociacionismo inglés desarrollado en el siglo XIX, uno de los pilares fundamentales de la disciplina psicológica moderna68- y que no resultaba desconocido para el ‘caudillaje bárbaro’, un pueblo entero había sido disciplinado en la conexión entre una persona y un color. Gracias a la insignia colorada, la personalidad de Rosas podía estar en cada uno de los hogares y de las personas, su sola percepción era capaz de reeditar el cuadro entero de asociaciones que remitían únicamente a la persona del Restaurador, porque era ‘la materialización de terror’. No había nada de malo en la asociación misma –de hecho Sarmiento da un ejemplo personal de ella- lo malo, insistía, es el marco en el que esa asociación se realiza y los mecanismos mágicos o hipnóticos mediante los cuales se la mantiene.
La asociación se produce siempre. Pensamos por asociaciones diría Sarmiento. Pero una cosa es asociar la vista de un árbol a una conversación llevada a cabo años antes, y otra muy diferente asociar un color a una persona y en esta a un sistema entero de despotismo, sostenido en el principio del temor. La conversación supone intersubjetividad, remite a algo compartido, a algo que no se puede realizar en soledad, sino que requiere del concurso de otras personas y de otras ideas. La asociación entre el árbol y la conversación es artificiosa y forzada, sólo la contingencia ha ligado por el principio de la contigüidad en el espacio y en el tiempo una actividad intersubjetiva a una cosa en el mundo. Pero justamente por el reconocimiento de esa contingencia y de esa artificiosidad la asociación se
68 El asociacionismo inglés constituyó en el siglo XIX -fundamentalmente con James Mill y John
Stuart Mill- una elaboración del aristotelismo en clave empirista y una revisión de los aportes de Locke y Hume. Según la versión de Locke, el conocimiento deriva de la relación de asociación originaria entre una idea y un real o fenómeno, y se desarrolla luego en la relación asociativa entre ideas (Bercherie, 1988: 125). Mill retoma lo planteado por Locke y sostiene que además de las sensaciones perceptivas, las sensaciones de placer y dolor, asociadas al amor-aceptación y al odio- rechazo, dejan una huella indeleble en el espíritu, determinando las acciones posteriores a la sensación ocasionada (Bercherie, 1988: 131). Cfr. artículo “Asociación, asociacionismo” en Ferrater Mora (1999: 255/256). Se analizan allí los tres principios fundamentales de conexión o asociación destacados por Hume: la semejanza, la contigüidad y la causa y efecto. Las ideas se originan de acuerdo al patrón de la semejanza, de la contigüidad o de la causa y el efecto.
convierte en un mecanismo psíquico humano y no una herramienta mágica al servicio del despotismo69.
El cintillo colorado no admite mediación intersubjetiva para Sarmiento. Es sólo la asociación mecánica entre un símbolo y la personificación de la barbarie, por lo que la exigencia de Urquiza de mantener el distintivo entre los pobladores y el ejército no era más que la certificación de la continuidad del despotismo. La explicación estratégica del general tampoco convenció a Sarmiento: “El general decía que era una cosa que no significaba nada, que cuando llegásemos a Buenos Aires lo pisotearíamos; pero que era necesario conciliarse con las masas, y que él quería probar a Rosas que era federal” (Campaña: 86) ya que ‘conciliarse con las masas’ por la vía de la asociación con el terror no suponía un remedio sino la agudización de la enfermedad.
Sarmiento intentó enseñar a Urquiza otro modo de manejar las apariencias con el fin de construir una personificación de autoridad acorde al momento de la república, pero este no quiso aprender de sus consejos. Para aquél resultaba de imperiosa necesidad trabajar en el armado de una figura de autoridad contraria a la del caudillismo bárbaro, poniendo especial atención en las apariencias -a las que el ‘vulgo’ es tan afecto- pero sin hacer un uso mágico de ellas.
Luego de la victoria del Ejército Grande en Caseros, el 3 de febrero de 1852, Sarmiento advierte que –efectivamente- las pasiones del pueblo se siguen manejando con los antiguos medios, a partir de un trabajo sobre las apariencias que no pone reparos en presentarse como la continuidad del despotismo. El reproche de Sarmiento se dirige especialmente a la incapacidad que ve en Urquiza a la hora de manejar la coyuntura, sin evaluar seriamente los miramientos que resultan necesarios para legitimar su poder frente a la población que lo observa:
¡Qué! ¿No había en Buenos Aires un federal de aquella provincia, un general Guido, un general Pacheco, un coronel Costa, Lagos y otros mil a quien confiarle el gobierno, nominalmente siquiera, para salvar las
69 Sarmiento, en la Campaña sostiene con ironía: “Los naturales de la tierra creen haber hallado un
antídoto seguro contra esta epidemia [el degüello] que creen adherente al suelo. Llevan un trapito colorado en el pecho como los fetiches que usan los africanos contra mordeduras de víboras y culebras […] A los judíos y a los leprosos en la Edad Media se les forzaba a llevar un gorro amarillo en señal de reprobación. Entre nosotros son los buenos los que llevan el sambenito”(Campaña: 49)
apariencias, para no herir las susceptibilidades de aquella población y poner a Galán, su ministro, su servidor antiguo, a la cabeza de las tropas? (“Carta de Yungay”: 264)
El mensaje de Urquiza, al darle lugar en el gobierno de Buenos Aires a una persona de su entorno doméstico, era el de la continuidad de formas bárbaras en el gobierno de los asuntos comunes. A eso, se le suma además la exigencia de llevar el cintillo colorado como distintivo de la victoria, lo que prueba, definitivamente según Sarmiento, la continuidad entre Rosas y Urquiza:
Llegamos a Buenos Aires, y el general vencedor se empeña en que los ciudadanos, que a millares iban punto menos que a besarles las plantas, llenos de gratitud y entusiasmo, recojan del fango odiado, el despreciado, el innoble trapo colorado que habían pisoteado el 4 de febrero, como prueba de que eran libres ya (“Carta de Yungay”: 267).
En la exigencia de recuperar un distintivo asociado mecánicamente a la figura de Rosas se cifra -siguiendo el análisis de Sarmiento- el descuido de Urquiza por las apariencias civilizatorias. La continuidad en el uso del símbolo que materializaba una etapa concebida como superada a partir de Caseros, llenaba de desorientación a los ciudadanos ya que –gracias al mecanismo de la asociación- conectaban automáticamente el cintillo colorado a Rosas:
Este hecho insignificante es causa en gran parte de todos los males que se han sucedido. Los pueblos son así, obran por reacciones. La cinta de Rosas era el despotismo, era la mazorca, era la barbarie, era la humillación, era todo. Imponerla era resfriar los ánimos, suscitar descontentos, traer la duda, la división, la alarma para el porvenir. Todo estaba perdido, todo puesto en duda. El pueblo iba y venía. No quería creer a sus propios ojos; esperaba todavía (Ibíd.)
El artificio mediante el cual Urquiza pretendía legitimar su figura de autoridad y ‘conciliarse con las masas’ no hacía más que demostrar que su intención no era civilizar las pasiones para ponerlas al servicio del todo, generando ese amor a la república imprescindible para formar ciudadanos virtuosos y defensores activos de la libertad. Más bien le interesaba seguir
manejando los asuntos comunes a partir del asociacionismo básico entre un color y una figura de autoridad, mágicamente enlazados y sostenidos por el temor.
En estas cruciales circunstancias la mirada de Sarmiento se dirigía a la estructura del artificio de autoridad, viendo precisamente allí el descalabro. Con respecto a las medidas posteriores de Urquiza, señala: “Se convoca a los gobernadores de las provincias a San Nicolás, paso indiscreto que dejaba ya ver la hebra. Lo mismo se habría conseguido haciendo venir diputados de gobiernos, a fin de salvar, siquiera, las apariencias” (“Carta de Yungay”: 273). ‘Salvar las apariencias’ significaba poner especial cuidado en una serie de formas o de modos que se alejen del mecanismo del simulacro que unía un color a una persona mediante el temor. Sarmiento sabía perfectamente que las cosas no necesariamente debían ser de determinada manera para lograr la legitimidad deseada, pero sí debían alcanzar cierto grado de verosimilitud o de apariencia para asegurarse el respeto y la observancia necesarios. Era imprescindible cuidar las apariencias, trabajarlas para generar entre los ciudadanos el respeto necesario por la organización venidera de la República en lugar de desatenderlas y abandonarlas a los antiguos mecanismos bárbaros, como hacía Urquiza.
Si el cometido era convocar al congreso para finalmente acordar una Constitución, ¿qué respeto podía infundírsele a esta última si Urquiza violaba todas las reglas y hacía lo que dictaba su capricho? La preocupación de Sarmiento se nutría de la serie de arbitrariedades de Urquiza, en las que veía naufragar las posibilidades de construir el fundamento válido de la nueva etapa que se abría:
Pero todo esto no vale nada en comparación de los efectos morales obrados sobre la opinión de todos los hombres. ¿Quién que tenga noticia de estas violencias creerá que va a darse una Constitución real al país, y, si es dada, que la respete un hombre que a cada paso por los motivos más frívolos, atropella por todo, creyendo que los pueblos son niños a quienes se alucina con proclamitas y decretos? (Ídem.: 274/275)
La producción de la creencia en la Constitución es la que se encuentra en peligro. Efectivamente, las acciones derivadas de la arbitrariedad de la figura de autoridad no infunden respeto sino temor, y en tal caso, con el temor como principio, se continuará en un régimen despótico, según la clasificación de
Montesquieu (2007) y no podrá constituirse una verdadera república. La república se anima por el principio de la virtud entendida como aquella que es posible gracias al ‘renunciamiento de sí mismo’ y al amor por las leyes y por la patria (Montesquieu, 2007:65) pero para ello se necesita un asiento firme, o un cuerpo doctrinal validado de tal forma que genere el amor de todos hacia él, tal como ocurre con los monjes y el amor que prodigan a su orden y a las reglas que la gobiernan.
En una república, por otra parte, los pueblos no se deben tratar como menores de edad, es decir, como niños a los que resulta fácil alucinar con un trabajo básico sobre las apariencias, sino que se los debe tratar como ciudadanos, es decir, como adultos emancipados. El trabajo sobre las apariencias –inescindible según Sarmiento de la vida política- debe realizarse, en una república, no con el fin de generar una adhesión muda o automática de las pasiones de los hombres a la persona de la autoridad, sino más bien con el objetivo de poner las pasiones y las acciones al servicio de los valores republicanos, en la defensa del interés común y de la libertad.