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B USCAOS UNA HABITACIÓN

In document Ascension - Tom Perrotta.pdf (página 125-148)

Nora había estado esperando el baile, menos por el acontecimiento en sí mismo que por la oportunidad de hacer una declaración pública, para que en su pequeño mundo supieran que estaba bien, que se había recuperado de la humillación que había supuesto el artículo de Matt Jamison y que no quería la compasión de nadie. Llevaba todo el día imbuida de un desafiante optimismo, probándose los vestidos más seductores que tenía en el armario —aún le quedaban bien, algunos incluso mejor que antes— y ensayando los pasos delante del espejo; era la primera vez que iba a bailar en tres años. «No estoy mal», pensaba. «No estoy nada mal». Era como volver atrás en el tiempo, encontrarse con la persona que una vez fue y reconocerla como una amiga.

Finalmente, optó por un elegante vestido cruzado, rojo y gris, y de escote profundo, que había llevado por última vez en la boda de la hija del jefe de Doug, donde había recibido un montón de cumplidos, incluido uno del propio Doug, el maestro de la contención. Supo que había elegido bien cuando se lo enseñó a su hermana y vio cómo se le agriaba la mirada. —No vas a llevar eso puesto, ¿verdad? —¿Por qué? ¿No te gusta? —Es un poco… llamativo, ¿no? Podrían pensar que… —No me importa —dijo Nora—. Que piensen lo que quieran. Un agitado pero, sobre todo, placentero sentido de la anticipación — las cosquillas en el vientre del sábado noche— se apoderó de ella en el coche de Karen, una sensación que recordaba de la universidad, cuando parecía que cada fiesta tuviera el potencial de cambiar su vida por completo. La acompañó durante todo el viaje y en el recorrido por el aparcamiento de la escuela secundaria, solo para abandonarla frente a la entrada principal del edificio, donde vio el folleto que anunciaba el baile:

ENCU ENTRO DE NOVIEM BRE PARA ADU LTOS

DJ, BAILE, REFRIGERIOS, PREM IOS

20:00-MEDIANOCHE

CAFETERÍA DEL INSTITU TO HAWTHORNE

«¿Diversión en Mapleton?», pensó, al tiempo que veía un mortificante reflejo de sí misma en la puerta de vidrio. «¿Es una broma?». Si lo era, iba por ella, una mujer madura vestida de fiesta para entrar en el instituto al que sus hijos nunca habían tenido la oportunidad de ir. «Lo siento», les dijo, como si estuvieran escondidos en su mente y juzgaran todo lo que hacía. «No había pensado en eso». —¿Cuál es el problema? —preguntó Karen, mirando por encima del hombro—. ¿Está cerrado? —Claro que no está cerrado. Nora empujó la puerta para que su hermana viese que era una tontería de pregunta. —No pensaba que estuviera cerrado —dijo Karen con exasperación. —¿Entonces, para qué preguntas? —Porque estabas ahí parada como un pasmarote; por eso. «Cállate», pensó Nora mientras entraba al pasillo principal, un túnel radiante con un suelo marrón encerado y una multitud de taquillas verdes a ambos lados, a lo largo de todo el tramo. «Cállate de una vez». En la pared, frente a la oficina central, colgaba una serie de retratos de los estudiantes, sobre una pancarta que decía: ¡Somos los Mustangs! Le dolió ver todas esas caras lozanas, esperanzadas y torpemente representadas, pensar en todas las afortunadas madres que les dejaban cada mañana, con sus mochilas y su comida, y luego iban a recogerlos a la salida, por la tarde. «Hola, cariño. ¿Qué tal el día?» —Su asignatura de arte es excelente —dijo Karen, como si estuviese mostrando las instalaciones a un padre interesado en inscribir a sus hijos —. También hay muy buenos profesores de música. —Fantástico —masculló Nora—. Quizás debería inscribirme. —Solo estoy tratando de tener una conversación. No hace falta que te seas tan borde. —Lo siento.

Nora sabía que estaba siendo un coñazo. Era especialmente injusto teniendo en cuenta que Karen había sido la mejor acompañante que pudo encontrar con tan poca antelación. Eso era lo bueno de su hermana: Nora en ocasiones era incapaz de soportarla y rara vez estaba de acuerdo con su forma de pensar, pero siempre se podía contar con ella. Todas las personas a las que había llamado —las supuestas amigas del grupo de mamás, del que no volvería a considerarse miembro— habían declinado, alegando obligaciones familiares o cualquier otra cosa, pero solo después de haber tratado de disuadirla para que ella tampoco fuera.

«¿Estás segura de que es una buena idea, cariño?». Nora detestaba la condescendencia con la que la llamaban «cariño», como si fuera una niña incapaz de tomar sus propias decisiones. «¿No quieres esperar un poco más?».

Se referían a esperar un poco más para que pasase la tormenta que había desencadenado el artículo, sobre el que era probable que todo el pueblo aún siguiera cuchicheando: JU EGO EN EQU IPO: LA ARDIENTE CITA DE U N «HEROICO» PADRE CON U NA

M ACIZ A DEL J ARDÍN DE INFANCIA. Nora solo lo había leído una vez, en su cocina, tras la

visita sorpresa de Matt Jamison; pero, con un único repaso a los escabrosos detalles del tórrido affaire de Doug con Kylie Mannheim, tuvo suficiente para enterrarlos para siempre en su memoria.

Incluso ahora, dos semanas después, le resultaba difícil aceptar la idea de Kylie como la otra mujer. En la mente de Nora, ella aún era la encantadora profesora de sus hijos en la escuela Little Sprouts, una chica adorable y enérgica, recién salida de la universidad, que conseguía parecer inocente y honesta, a pesar de tener un piercing en la lengua y un tatuaje en el brazo izquierdo que fascinaba a los niños. Era la autora de un precioso cuaderno de evaluación que Nora una vez creyó que guardaría para siempre, un análisis de tres páginas, minuciosamente detallado, del primer año de Erin como Little Sprout, que elogiaba sus «habilidades sociales fuera de lo común», su «mente incansablemente curiosa» y su «valiente sentido de la aventura». Durante un par de meses después del 14 de octubre, Nora había llevado el cuaderno a todas partes, para poder leerlo en cualquier momento en que quisiera recordar a su hija.

Desafortunadamente, no había duda de que la acusación del reverendo era cierta. Había rescatado un viejo ordenador portátil, que parecía roto, de la basura de Kylie —el chico de la tienda de ordenadores le había dicho que el disco duro estaba estropeado— y utilizó sus

habilidades de recuperación de datos recientemente adquiridas para desenterrar un tesoro oculto: correos incriminatorios, fotos comprometidas y sesiones de chat «escandalosamente explícitas» entre «el encantador padre de dos niños» y la «joven y atractiva profesora». La revista incluía numerosos pasajes irrecusables de la correspondencia, en los que Doug revelaba un talento para la literatura erótica hasta ese momento desconocido.

Nora lo había pasado mal, no solo por las revelaciones de pésimo gusto —ella nunca había sospechado nada, claro—, sino también por el obvio deleite del reverendo al hacerlas públicas. Se escondió durante varios días después de que estallara el escándalo, para revisar mentalmente su matrimonio y preguntarse si cada minuto había sido una mentira.

Una vez que se le pasó la conmoción inicial, notó que sentía una especie de alivio, un atenuante de su carga. Durante tres años, había estado de luto por un marido que en realidad no existía, al menos no como ella imaginaba. Ahora que sabía la verdad, veía que había perdido un poco menos de lo que creía, lo que era casi como haber recuperado algo. Después de todo, no era una viuda desdichada, solo otra mujer a la que un hombre egoísta había traicionado. Era un papel más pequeño, más habitual y mucho más fácil de interpretar.

—¿Estás lista? —le preguntó Karen.

Estaban frente a la entrada de la cafetería, ante una animada pista de baile con escasa iluminación. Había más concurrencia de la que habría cabido esperar, un montón de personas de mediana edad, sobre todo mujeres, que se movían con un entusiasmo que compensaba su torpeza al ritmo de Little Red Corvette de Prince, abriéndose camino hacia el pasado, para encontrarse con una versión más joven y más ágil de sí mismos.

—Creo que sí —replicó Nora.

Pudo sentir las cabezas volviéndose hacia ella en cuanto entró al cavernoso espacio de la fiesta, la atención de toda la sala osciló en su dirección. De esto era de lo que sus amigas habían intentado protegerla; pero, de una forma o de otra, no le importaba. Si querían mirarla, que mirasen.

«Sí, soy yo», pensó. «La mujer más triste del mundo».

Se metió de lleno entre el gentío, alzando los brazos por encima de la cabeza y dejando que sus caderas tomasen el control. Karen estaba justo a

su lado, moviendo codos y rodillas. Hacía años que Nora no veía bailar a su hermana y había olvidado lo divertido que era, una mujer gruesa y de corta estatura con un montón de articulaciones en movimiento, con un atractivo inimaginable si se la conocía en cualquier otro contexto. Se inclinaron la una hacia la otra, sonriéndose mientras cantaban: Little red

Corvette, baby you’re much too fast! Nora hizo un giro hacia la izquierda

y en un ágil movimiento volvió a desplazar todo el cuerpo hacia la derecha, con su largo pelo cubriéndole la cara en hileras. Por primera vez en siglos, se sentía otra vez casi humana.

• • •

El juego al que jugaban se llamaba buscaos una habitación. Era bastante parecido al de la botella, solo que todo el grupo tenía que votar para decidir si una pareja podía abandonar el círculo e irse a un espacio privado. El voto añadía un elemento de estrategia a lo que, de otro modo, sería un juego de puro azar. Había que barajar toda una serie de posibilidades y recalcular a quién se quería tener cerca y a quién se quería eliminar como posible rival en cada ronda. El objetivo —aparte de enganchar a la persona a la que se deseaba, obviamente— era no ser uno de los dos últimos jugadores en el círculo, ya que tenían que irse a una habitación, aunque Jill sabía por experiencia que, la mayoría de las veces, lo único que hacían era sentarse y mirarse como perdedores. En realidad, sería más divertido con un número impar de jugadores, a pesar de lo humillante que era quedar el último, ser el rechazado.

Aimee juntó las manos en señal de buena suerte, le sonrió a Nick Lazarro —que era la primera elección de todas las chicas— y puso en movimiento la flecha giratoria, que habían sacado de un Twister. La flecha se volvió borrosa, luego fue reduciendo la velocidad, recuperando su forma mientras repiqueteaba sobre el círculo, pasando por poco a Nick para ir a parar de lleno a Zoe Grantham.

—Dios —gruñó Zoe. Era una chica guapa, voluptuosamente fornida, con un flequillo a lo Cleopatra y unos labios rojos y carnosos que dejaban marca en los cuellos y caras de los demás—. Otra vez no.

—Venga, mujer. —Aimee hizo un puchero—. No es para tanto.

Se inclinaron la una hacia la otra, apoyadas en sus manos y rodillas, y se besaron en el centro del círculo. No tuvo nada de especial —sin lengua, sin caricias, solo un púdico beso en los labios—, pero Jason Waldron comenzó a aplaudir y a reírse o carcajadas, como si se estuvieran comportando igual que estrellas del porno. — ¡Sí, señor! —vociferó, como siempre hacía cuando tenía algo de acción lésbica delante, por muy lánguida que esta fuera—. ¡Estas guarras tienen que irse a una habitación! Nadie secundó la moción. Nick fue el siguiente, pero la flecha fue a parar a Dimitri, así que hizo un nuevo intento. Eran las reglas sexistas que regían el juego: las chicas tenían que besarse las unas con las otras, pero los chicos no. A Jill le molestaba este doble rasero, no porque tuviera nada en contra de besar a otras chicas —le resultaba agradable, con la excepción de Aimee, que era más como una hermana—, sino porque conllevaba una segunda injusticia: las chicas podían besarse, pero no podían ir a una habitación, ya que eso dejaría a dos chicos sin contrapartida femenina, interfiriendo en la simetría heterosexual del juego. Jill había intentado un par de veces que los demás reconsiderasen esta política, pero nadie la apoyaba, ni siquiera Jeannie Chun, que habría sido la beneficiaria más clara del cambio.

Al segundo intento, Nick acertó en Zoe, y se lo tomaron con suficiente entusiasmo como para que Max Connolly sugiriese que se fueran a una habitación. Jeannie secundó la moción, pero el resto votaron que no —Jill y Aimee, porque querían que Nick se mantuviese en el juego; Dimitri, porque estaba encaprichado de Zoe; y Jason, porque era el lacayo de Nick y nunca votaba para que Nick se fuera a una habitación con nadie que no fuera Aimee. Ese era el problema en aquellos días; no eran suficientes jugadores y se perdía el suspense. El verano anterior había sido una locura; algunas noches llegaban a ser hasta treinta personas en el círculo —que montaban en el patio trasero de Mark Soller—, muchas de las cuales no se conocían entre ellas. El voto era escandaloso e imprevisible; había las mismas posibilidades de irse a una habitación para un beso de poca monta que para uno de lo más tórrido. La primera vez que jugó, Jill acabó con un chico de la universidad que resultó ser un buen amigo de su hermano. Se enrollaron un poco, pero acabaron por desistir y estuvieron un buen rato

charlando sobre Tom, una conversación en la que aprendió más cosas sobre su hermano de las que había llegado a saber viviendo en la misma casa durante tantos años. La segunda vez, se fue a una habitación con Nick, al que conocía del instituto pero con el que nunca había hablado. Era guapo, un chico callado y de ojos negros, con pelo liso y expresión vigilante, y ella se sentía hermosa con él, absolutamente segura de que estaban hechos el uno para el otro.

El juego se hizo más solitario y aburrido en septiembre, cuando los universitarios volvieron a la Facultad, y la situación empeoró durante el otoño; el número se fue reduciendo hasta que quedaron ocho jugadores incondicionales, y todas las sesiones eran más o menos iguales: Aimee se iba con Nick, Jill y Zoe lo hacían con Max y Dimitri, y Jeannie y Jason acababan juntos por descarte. Jill no se explicaba por qué seguían haciéndolo, el juego le parecía una costumbre más que nada, un ritual que había perdido su utilidad, siempre acompañado por una ligera esperanza de que la dinámica del grupo oscilase de tal forma que pudiera volver a encontrarse a solas con Nick y así poder hacerle recordar la forma en que sus cuerpos y sus mentes encajaban a la perfección.

Desafortunadamente, no iba a ocurrir esta noche. Lo pilló en el cuarto intento, y sintió una sacudida familiar de emoción cuando su cara se acercó a la de ella y una desilusión igual de familiar cuando se besaron. Él ni siquiera fingía que le interesase lo más mínimo, con los labios secos y solo ligeramente abiertos, la lengua tenazmente pasiva en respuesta al ansia de ella, poniendo en duda sus propios movimientos. Fue una puesta en escena tan soporífera —bastante menos apasionada que cuando se había besado con Zoe, ¡Jill ya ni siquiera estaba en segundo lugar!—, que nadie se molestó en proponer que se fueran a una habitación. Cuando acabaron, él se limpió la boca, asintió lánguidamente a modo de aprobación y dijo: —Gracias. Ha estado muy bien.

Pero solo lo decía por educación, como si se hubieran dado un apretón de manos o se hubieran saludado por la calle desde aceras distintas. Se llegó a preguntar si su lío de verano había siquiera ocurrido, si la gloriosa hora y media que pasaron en la cama del padre de Mark había sido un mero fruto de su imaginación, un caso desafortunado en el que había visto solo lo que había querido ver.

Pero no había sido así; las sábanas eran blancas y ligeras, con florecillas azules, de un aspecto realmente delicado e inocente, y Nick se

había entregado de verdad. Lo único que había cambiado desde entonces era que se había enamorado de Aimee, como les ocurría a todos los chicos en un momento u otro. Percibía la manera en que su rostro se iluminaba cuando la flecha finalmente apuntaba en su dirección, y la forma pausada y seria en que la besaba, como si no hubiese nadie más en la habitación, como si aquello no formara parte de ningún juego. Aimee no era capaz de mostrar la misma sinceridad —había algo teatral en la forma en que se derretía sobre el suelo, tirando de él hacia sí misma mientras y arqueaba la espalda para poder presionar una pelvis contra la otra—, pero la combinación de ambos estilos tenía un poderoso efecto en los jueces. Cuando Jason sugirió que se fueran a una habitación, Zoe secundó la moción y el voto a favor se hizo unánime, sin una sola abstención.

• • •

La barrera que separaba a Nora de los que la rodeaban se fue estrechando y debilitando a medida que se entregaba al baile; ya no le parecían lejanos o extraños, como ocurría a menudo, cuando se los cruzaba en el supermercado o en la senda para bicicletas. Cuando se chocaban con ella en la pista de baile, el contacto no era intrusivo ni desagradable. Si alguien le sonreía, ella devolvía la sonrisa y, no se sentía extraña al hacerlo.

Pasada media hora, hizo una pausa y fue a la mesa de los refrigerios, donde se sirvió un Chardonnay en vaso de plástico y se lo bebió de dos tragos. El vino estaba tibio, quizás dulce de más, aunque le pareció que habría estado perfecto con hielo y un toque de soda.

—Disculpe, ¿señora Durst?

Nora se volvió hacia la voz, suave y misteriosamente familiar. Se quedó en blanco por un prologando intervalo de tiempo, durante el que le pareció haber perdido las capacidades de pensamiento y habla.

—Perdone por molestarla —dijo Kylie. Se había cortado el pelo como si fuera un chico y le quedaba bien, hacía un buen contraste con toda esa tinta sofisticada que tenía en el brazo y que Doug parecía haber encontrado tan excitante. «M encantan ts tatus», le había escrito en uno de

los mensajes de texto que el reverendo Jamison había publicado en su revista. «Le he dicho a mi mujer que se haga uno, pero ha dicho que no : (»—. ¿Podemos hablar un momento?

Nora continuó sin decir una palabra. Lo gracioso era que había imaginado tantas veces su versión de este momento, que se la sabía de memoria. Durante los primeros días después de enterarse del affair de Doug, había fantaseado en repetidas ocasiones, y en detalle, con que irrumpía en el centro de los Little Sprouts a la hora de la siesta y le daba a Kylie una bofetada, muy fuerte, delante de los niños y del resto de los

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