Jill Garvey sabía lo fácil que era idealizar a los desaparecidos, y pensar que, de algún modo, estaban mejor que los desgraciados que se habían quedado atrás. Lo había visto de cerca en las semanas que siguieron al 14 de octubre, cuando todo el mundo —adultos, sobre todo, pero también niños— comenzó a contarle toda clase de locuras sobre Jen Sussman, quien en realidad no era nadie especial, sino una persona normal, quizás algo más guapa que el resto de las chicas de su edad, pero sin duda no un ángel demasiado bueno para este mundo.
«Dios quería su compañía», le decían. «Extrañaba sus ojos azules y su hermosa sonrisa».
Jill sabía perfectamente que no lo hacían con mala intención, sino porque ella era uno de los llamados Testigos, la única persona que había en la habitación cuando Jen desapareció. La gente la trataba con una delicadeza algo desagradable —como si fuera un familiar de luto, como si ella y Jen se hubieran convertido en hermanas después de lo sucedido— y con una extraña forma de respeto. Nadie la escuchaba cuando trataba de explicar que, de hecho, ella no había sido testigo de nada y que estaba tan perdida como ellos. Estaba viendo YouTube en el momento crucial, un vídeo lamentable pero a la vez divertido de un niño pequeño golpeándose a sí mismo en la cabeza y haciendo como si no le doliera. Debía de haberlo visto tres o cuatro veces seguidas y, cuando por fin levantó la vista, Jen se había ido. Pasó un buen rato hasta que Jill se dio cuenta de que no estaba en el cuarto de baño.
«Pobrecita», insistían. «Debe de haber sido muy duro para ti perder de ese modo a tu mejor amiga».
Esa era otra cosa que nadie quería escuchar, que ella y Jen ya no eran tan buenas amigas, si es que alguna vez lo habían sido, cosa que dudaba, incluso aunque hubieran utilizado el término «mejor amiga» durante años sin pensarlo demasiado: mi mejor amiga, Jen; mi mejor amiga, Jill. Sus
madres sí que eran muy buenas amigas, ellas no. Las chicas tan solo lo eran porque no tenían otra elección (en este sentido, sí que eran como hermanas). Iban juntas al colegio, dormían la una en casa de la otra, iban de vacaciones con ambas familias y pasaban incontables horas delante de la televisión y el ordenador, matando el tiempo mientras sus madres bebían té o vino en la cocina.
Su alianza provisional fue sorprendentemente duradera, desde preescolar hasta la mitad de octavo, cuando Jen sufrió una repentina y misteriosa transformación. Un día tenía un cuerpo nuevo —o así, al menos, se lo pareció a Jill—, al día siguiente ropa nueva y al día siguiente amigos nuevos, una camarilla de chicas guapas y reputadas bajo el liderazgo de Hillary Beardon, a quien Jen antes decía despreciar. Cuando Jill le preguntó por qué salía por ahí con gente a la que ella misma había acusado de ser superficial y mezquina, Jen sonrió y dijo que, de hecho, eran bastante simpáticas cuando se las conocía.
No lo decía por interés; Jen nunca le mentía y nunca se mofaba de ella a sus espaldas. Era como si se estuviera alejando poco a poco, desviándose hacia una órbita diferente y algo elitista, nada más. Había hecho un esfuerzo simbólico por incluir a Jill en su nueva vida, invitándola (probablemente por orden de su madre) a una excursión de un día a la casa de la playa de Julia Horowitz, pero todo lo que consiguieron fue hacer la brecha entre ellas aún más patente que antes. Jill se sintió como una extraña durante toda la tarde, una intrusa insulsa y apocada en un absurdo traje de baño de una sola pieza, observando con silenciosa perplejidad cómo las chicas guapas admiraban sus respectivos biquinis, comparaban sus morenos conseguidos con crema bronceadora y enviaban mensajes a chicos desde unos teléfonos de colores chillones. Lo que más sorprendió a Jill fue lo cómoda que Jen parecía en ese contexto tan extraño, la facilidad con la que se mezclaba con los demás.
—Sé que es duro —le decía su madre—, pero ella está ampliando horizontes, y quizás tú también deberías hacerlo.
Ese verano —el último antes del desastre— le pareció interminable. Jill era demasiado mayor para los campamentos, demasiado joven para trabajar y demasiado tímida para coger el teléfono y llamar a quien fuera. Perdió mucho el tiempo en Facebook, mirando fotos de Jen y sus nuevas amigas, preguntándose si eran tan felices como parecían. Habían decidido llamarse las zorras con clase, y casi todas las fotos tenían el apodo en el
título: las zorras con clase se relajan; fiesta de pijamas de las zorras con
clase; Eh, zorras con clase, ¿qué es lo que estáis bebiendo? Estaba atenta
al estado de Jen, y seguía los pormenores de su romance en ciernes con Sam Pardo, uno de los chicos más guapos de la clase. JEN Cogida de la mano de Sam y viendo una película. JEN ¡¡¡El mejor beso de toda la Historia!!! JEN Las dos semanas más largas de toda mi vida. JEN… Lo que sea. JEN Los tíos dan asco. JEN Todo perdonado (y más que eso). Jill quería odiarla, pero no era capaz. ¿Qué ganaría con algo así? Jen estaba donde quería estar, con la gente que le gustaba, haciendo lo que la hacía feliz. ¿Cómo se podría odiar a alguien por eso? Lo que necesitaba era averiguar el modo de conseguir todo eso para sí misma.
Por fin llegó septiembre, le parecía como si lo peor hubiera pasado. El instituto se presentaba como una tabula rasa en la que el pasado había sido del todo borrado y el futuro estaba por escribir. Cuando se cruzaba con Jen por el pasillo, se decían «hola» y seguían su camino. Desde entonces, cuando Jill la miraba, Jen solo podía pensar: «Ahora somos personas diferentes».
El hecho de que estuvieran juntas el 14 de octubre fue pura coincidencia. La madre de Jill había comprado algunos ovillos para la señora Sussman —aquel otoño, ambas estaban dedicándose a hacer punto como locas— y estaba en el coche cuando decidió llevárselos. Por la fuerza de la costumbre, Jill acabó en el sótano con Jen, tuvieron una charla incómoda sobre sus nuevos profesores y acabaron encendiendo el ordenador cuando se quedaron sin temas de los que hablar. Jen tenía un número de teléfono garabateado en la palma de la mano —Jill se dio cuenta cuando encendió el ordenador, y se preguntó de quién sería— y las uñas pintadas de un rosa descascarillado. El salvapantallas del ordenador era una fotografía de ellas dos, Jill y Jen, de un par de años antes, durante una nevada. Estaban muy abrigadas, con las mejillas sonrosadas, y lucían una amplia sonrisa; las dos con aparato y señalando orgullosas un muñeco de nieve que habían hecho con todo su amor, un compañero con nariz de zanahoria y una bufanda prestada. Incluso entonces, con Jen sentada a su lado, cuando aún no era un ángel, aquella imagen parecía historia antigua, una reliquia de una civilización perdida.
Cuando su madre se unió a los C.R. Jill comenzó a comprender por sí misma cómo la ausencia de alguien puede moldear los recuerdos, hacer que se exageren las virtudes y se minimicen los defectos de la persona que ya no está. No era lo mismo, claro; su madre no se había ido, no como Jen, pero no parecía importar.
Su relación había sido complicada, un poco agobiante —algo más cercana de lo recomendable para ambas—, y Jill había deseado a menudo poner un poco de distancia entre ellas, algún margen para poder hacer las cosas por su cuenta. «Ya llegará la universidad», pensaba a menudo. «Será un descanso no tenerla encima de mí todo el tiempo». El orden natural de las cosas era ese, uno crecía y se iba. Lo que no era natural era que fuese la madre de uno la que se marchara, que se mudase a una casa comunal en la otra punta del pueblo con una panda de tarados religiosos sin ningún tipo de comunicación con su familia.
Durante mucho tiempo, tras la partida de su madre Jill estuvo abrumada por un ansia infantil de tenerla a su lado. Lo echaba de menos todo de ella, incluso las cosas que la ponían de los nervios: el canturreo desafinado, la insistencia en que la pasta integral sabía igual de bien que la pasta corriente, la incapacidad para seguir el hilo incluso del programa de televisión más simple del mundo («Espera, ¿ese es el mismo hombre de antes o es otro?»). La sacudía una melancolía angustiosa que la dejaba sumida en el vacío, aturdida y llorosa, y la hacía propensa a tener unos terribles arranques de rabia que pagaba de forma invariable con su padre, lo que era del todo injusto, puesto que no era él quien la había abandonado. En un esfuerzo por evitar estos ataques, Jill hizo una lista con los defectos de su madre, que sacaba cada vez que le parecía que iba a ponerse sentimental: Risa rara, estridente y completamente falsa Gusto de mierda para la música Sabionda No me diría hola si se cruzase conmigo por la calle Gafas de sol horribles Obsesionada con Jen Utiliza palabras como guachi y fetén Da la lata a papá con el colesterol
Brazos flácidos como la gelatina
Quiere más a Dios que a su propia familia
De hecho, funcionó un poco, o quizás llegó a acostumbrarse a la situación. En cualquier caso, dejó de llorar antes de dormirse, de escribir cartas extensas y desesperadas pidiéndole a su madre que volviese a casa, de culparse por cosas que no podía controlar.
«Fue su decisión», aprendió a recordarse a sí misma. «Nadie la obligó a irse».
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En aquellos días, el único momento en el que Jill extrañaba a su madre era a primera hora de la mañana, cuando aún estaba medio dormida, sin conciencia de que un nuevo día había llegado. Se le hacía raro bajar a desayunar y no encontrarla junto a la mesa con su bata gris. Nadie que la abrazase y le susurrase «Eh, dormilona», con una voz animada y cariñosa. A Jill le costaba despertarse y su madre sabía darle espacio para su lenta y hosca transición hacia la consciencia, sin necesidad de un montón de cháchara o dramas superfluos. Si quería comer, estaba bien; si no, tampoco había problema.
Su padre intentaba hacer su relación más distendida, tenía que admitirlo, pero no estaban en la misma onda. Él era el tipo de persona que se come el mundo desde que abre los ojos, no importaba a qué hora se levantara de la cama, siempre estaba animado y aseado, buscando el periódico del día —aunque pareciera increíble, seguía leyendo el periódico cada mañana— con una ligera mueca de reproche, como si ella fuera a llegar tarde a alguna parte.
—Vaya, vaya —dijo—. Mira quién anda por aquí. Me preguntaba cuándo ibas a hacer acto de presencia.
—Eh —masculló ella, incómoda por saberse objeto del escrutinio paternal. La escudriñaba del mismo modo cada mañana, tratando de averiguar lo que había estado haciendo la noche anterior.
desaprobación.
—La verdad es que no. —Solo había bebido un par de cervezas en casa de Dimitri, quizás una calada o dos a un porro para rematar la noche, pero no tenía sentido entrar en detalles—. Solo que no he dormido bien.
—Ya —refunfuñó él, sin tratar de ocultar su escepticismo—. ¿Por qué no te quedas en casa esta noche? Podemos ver una película o algo así.
Haciendo como si no le escuchara, Jill se arrastró hasta la cafetera y se echó una taza del café tostado que habían empezado a comprar hacía poco. Se trataba de un acto doble de venganza contra su madre, que no le permitía beber café en casa, ni siquiera la floja modalidad de mezcla para
el desayuno que tan deliciosa le parecía.
—Puedo hacerte una tortilla —dijo él—; o puedes comer unos pocos cereales.
Ella se sentó, estremecida por la imagen de las tortillas grandes y sabrosas que hacía su padre, rebosantes de queso naranja por los bordes.
—No tengo hambre. —Tienes que comer algo.
Jill lo dejó pasar y pegó un buen trago de café. Así era como le gustaba, cargado e intenso, una buena sacudida para el cuerpo. Los ojos de su padre se desviaron hacia el reloj que había sobre el fregadero. —¿Aimee se ha levantado? —Todavía no. —Son las siete y cuarto. —No hay prisa. Tenemos la primera hora libre.
Él asintió y volvió al periódico, igual que cada mañana después de que ella le contase la misma mentira. Ella nunca estaba segura del todo de si se la creía o simplemente no le daba importancia. Muchos de los adultos que formaban parte de su vida le producían la misma sensación: policías, profesores, los amigos de sus padres, Derek el de la tienda de yogures helados, incluso el instructor de la autoescuela. De algún modo, resultaba frustrante, porque nunca sabía si estaban siendo condescendientes o de verdad se había salido con la suya.
—¿Hay noticias del Santo Wayne? —Jill había seguido con mucho interés la historia del arresto del líder de la secta, atraída por los sórdidos detalles que contenían los artículos, pero también avergonzada por su hermano, que había ligado su suerte a la de un hombre que resultaba ser un charlatán y un cerdo.
—Hoy no —respondió él—. Me imagino que ya han sacado a la luz lo más gordo.
—Me pregunto qué va a hacer Tom.
Habían estado especulando sobre ello durante los últimos días, pero no habían llegado muy lejos. Era difícil imaginar lo que estaría pensando Tom cuando ni siquiera sabían dónde estaba, lo que hacía, o si seguía involucrado en el Movimiento de los Abrazos Sanadores.
—No sé. Probablemente está muy…
Dejaron de hablar cuando Aimee apareció en la cocina. Jill se sintió aliviada al ver que su amiga llevaba puestos los pantalones del pijama — algo que no siempre sucedía—, aunque el relativo decoro de su atuendo matutino quedaba ensombrecido por una camisola que dejaba el canalillo al descubierto. Aimee abrió la nevera y estuvo mirando un rato el interior, con la cabeza ladeada, como si estuviera ocurriendo algo fascinante. Luego sacó una huevera y fue a la mesa, con el rostro apacible y medio dormido, y el pelo hecho un glorioso desastre.
—Señor Garvey —dijo—, ¿le importaría hacer una de sus deliciosas tortillas?
Como de costumbre, fueron al instituto por el camino largo, se escabulleron por detrás del Safeway para fumarse un porro rápido — Aimee hacía siempre todo lo que podía para no poner un pie en el instituto de Mapleton sin ir un poco colocada—, luego fueron por Reservoir Road para ver si había alguien interesante por el Dunkin’Donuts. La respuesta, como era de suponer, fue no —a menos que los viejos que estaban zampando buñuelos se pudieran considerar interesantes—, pero en el momento en que asomaron la cabeza por allí, unas terribles ganas de dulces invadieron a Jill.
—¿Te importa? —preguntó, mirando con cierto reparo hacia el mostrador—. No he desayunado nada.
—No me importa. No se reirán de mi culo gordo.
—¡Eh! —Jill le dio un golpe en el brazo—. No tengo el culo gordo. —Todavía no —le dijo Aimee—. Pero ya verás como sigas comiendo donuts.
romperse la cabeza y pedir uno de cada. Le hubiera gustado comérselos por el camino, pero Aimee insistió en que se sentaran en una mesa.
—¿Qué prisa tienes? —preguntó. Jill miró la hora en el teléfono:
—No quiero llegar tarde a segunda hora.
—Yo tengo gimnasia —dijo Aimee—. No me importa si me la pierdo.
—Yo tengo un examen de química; que probablemente voy a suspender.
—Siempre dices eso y luego sacas un diez.
—Esta vez no —dijo Jill. Se había saltado demasiadas clases en las últimas semanas y había estado colocada en la mayor parte de aquellas a las que había logrado asistir. Algunas asignaturas combinaban perfectamente con la hierba, pero química no era una de ellas. Se le subía el colocón y comenzaba a pensar en los electrones, acabando muy lejos de donde se suponía que tenía que llegar—. Esta vez estoy jodida.
—¿Y qué importa? Es un examen de mierda.
«A mí me importa», quiso decir Jill, pero no estaba segura de si lo pensaba de verdad. Antes le importaba —le importaba mucho— y no se había acostumbrado del todo a la sensación de que no le importara, aunque hacía lo que podía.
—¿Sabes lo que me contó mi madre? —dijo Aimee—. Me contó que cuando estaba en el instituto, las chicas podían saltarse gimnasia solo por tener la regla. Tenían a aquel profesor, el neandertal que entrenaba al equipo de fútbol americano, y en todas las clases mi madre le decía que tenía calambres, y él siempre contestaba «Vale. Ve a sentarte a las gradas». El tío nunca lo pilló.
Jill se rio, aunque ya había escuchado la historia antes. Era una de las pocas cosas que sabía de la madre de Aimee, aparte del hecho de que era una alcohólica que había desaparecido el 14 de octubre, dejando a su hija adolescente sola con un padrastro que no le gustaba y en el que no confiaba.
—¿Quieres un mordisco? —Jill le acercó el donut de jalea—. Está muy bueno.
—No puedo; estoy llena. No me puedo creer que me comiera la tortilla entera.
jalea de la punta del dedo gordo—. Intenté avisarte.
La expresión de Aimee cambió, se puso bastante seria. —No deberías reírte de tu padre. Es muy majo.
—Ya lo sé.
—Y la verdad es que no es mal cocinero.
Jill no lo discutió. Comparado con su madre, su padre era un cocinero terrible, pero Aimee no tenía modo de saberlo.
—Lo intenta —dijo.
Engulló el donut de azúcar de tres bocados —era muy ligero por dentro, casi como si no hubiera nada bajo la capa de azúcar— y recogió los restos.
—Ups —dijo, viendo en el horizonte el examen que tenía que hacer —. Será mejor que nos vayamos.
Aimee la estudió por un momento. Miró a la vitrina detrás del mostrador —hileras de donuts dispuestos en canastas de metal, fríos y espolvoreados y granulados y sencillos y llenos de sorpresas dulces— y, de nuevo, a Jill. Una sonrisa traviesa se formó lentamente en su rostro.
—¿Sabes qué? —dijo—. Creo que voy a comer algo. Y a lo mejor también me bebo un café. ¿Quieres café? —No tenemos tiempo. —Claro que sí. —¿Y qué pasa con mi examen? —¿Qué pasa con tu examen? Antes de que Jill pudiera contestar, Aimee se había levantado y había