Por la noche, después del Sustento diario y la Hora de Autoinculpación, revisaron los informes de las personas a las que esperaban seguir. Por supuesto, en teoría podían seguir a quien quisieran, pero había ciertos individuos que requerían una atención especial, ya fuera porque uno de los Supervisores pensaba que estaba en un momento óptimo para su reclutamiento o porque alguno de los residentes había hecho una petición formal para incrementar su vigilancia. Laurie abrió el informe en su regazo: Arthur Donovan, edad 56, 438 Winslow Road, Apt. 3. La foto grapada en la cubierta interior mostraba a un hombre de mediana edad completamente corriente —pérdida de cabello, panza voluminosa, miedo a la muerte— que empujaba un carro de la compra vacío a través de un aparcamiento, con la cortinilla que le tapaba la calva despeinada por la fuerte brisa. Divorciado, padre de dos niños, el señor Donovan trabajaba como técnico en Merck y vivía solo. De acuerdo con la entrada más reciente del informe, había pasado la noche del jueves anterior en casa, viendo la televisión. Debía de hacerlo bastante, porque Laurie jamás lo había llegado a ver en ninguna de sus salidas nocturnas.
Sin molestarse en recitar la oración silenciosa obligatoria por la salvación del alma de Arthur Donovan, cerró la carpeta y se la pasó a Meg Lomax, la nueva conversa en cuyo entrenamiento colaboraba. Todas las noches, en la Autoinculpación, Laurie se proponía superar esta debilidad en concreto, pero a pesar de sus repetidos intentos de mejorar, seguía dándose de frente con los límites de su propia compasión: Arthur Donovan era un extraño y no conseguía sentir lástima por lo que le hubiera ocurrido el Día del Juicio. Esa era la triste verdad y no tenía demasiado sentido hacer como si fuera de otra forma.
«Soy humana», se decía a sí misma. «No tengo sitio para todo el mundo en mi corazón».
melancólica, meneando la cabeza y chasqueando la lengua, a un volumen inaceptable para cualquiera que no fuese un Aprendiz. Pasados unos momentos, cogió su cuaderno, garabateó algunas palabras y le mostró el mensaje a Laurie.
Pobre hombre. Parece tan perdido.
Laurie asintió bruscamente, luego cogió el siguiente archivo de la mesa, conteniendo el deseo de coger el cuaderno y recordarle a Meg que no era necesario que escribiera cada pensamiento que se le pasase por la cabeza. Era algo de lo que acabaría dándose cuenta por sí misma. Todo el mundo lo hacía en un momento u otro, una vez que la conmoción inicial por no poder hablar desaparecía. A algunos les costaba un poco más que a otros comprender las pocas palabras que hacían falta para el día a día, la cantidad aspectos de la vida se podían resolver en silencio.
Eran doce; en una estancia llena de humo, el contingente de Vigilantes de aquella noche se pasaba los informes en el sentido de las agujas del reloj. En teoría, se trataba de un acto solemne, pero en ocasiones a Laurie se le olvidaba su finalidad y disfrutaba entresacando jugosos chismes y cotilleos locales de los informes, o simplemente renovando su conexión con el mundo pecaminoso pero lleno de color al que se suponía que había renunciado. Cayó en la tentación al leer el archivo de Alice Souderman, una vieja amiga de la APA del colegio Bailey. Juntas copresidieron el comité de subastas durante tres años seguidos y habían mantenido el contacto, incluso durante el turbulento periodo que precedió a la conversión de Laurie. No podía sino sentirse intrigada por la información de que, la semana pasada, habían visto a Alice cenando en el Trattoria Giovanni con Miranda Abbott, otra buena amiga de Laurie, madre de cuatro hijos, con un gran sentido del humor y un talento enorme para la mímica. Laurie no sabía que Alice y Miranda eran amigas y estaba segura de que habrían dedicado una buena parte de la cena a hablar sobre ella y sobre cuánto extrañaban su compañía. Era probable que estuviesen desconcertadas por su decisión de desaparecer de ese mundo y que despreciaran a la comunidad de la que ahora formaba parte, aunque Laurie prefería no pensar en ello.
Se concentró en la lasaña vegetal del Giovanni —era la especialidad de la casa, con una salsa de crema sabrosa pero no demasiado fuerte, las zanahorias y el calabacín cortados en rodajas tan finas que casi parecían translúcidas— y en la posibilidad de haber sido la tercera en la mesa,
bebiendo vino y riendo con sus amigas. Sintió ganas de reír y tuvo que estirar la cara a propósito para no hacerlo.
«Por favor, ayuda a Alice y a Miranda», pidió mientras cerraba la carpeta. «Son buenas personas. Ten piedad de ellas».
Lo que más le fascinaba era lo engañosamente normales que parecían las cosas en Mapleton. La mayoría de las personas se había puesto una venda en los ojos y continuado con sus asuntos triviales, como si la Ascensión nunca hubiese ocurrido, como si esperaran que el mundo fuera a durar para siempre. Tina Green, nueve años, iba a sus clases semanales de piano. Martha Cohen, veintitrés, dedicaba dos horas al gimnasio y paraba en la farmacia de camino a casa, para comprar una caja de tampones y un ejemplar de la US Weekly. Henry Foster, cincuenta y nueve, salía a pasear con su terrier de las West Highland por el camino del lago Fielding, realizando diversas paradas para que el perro pudiera interactuar con sus congéneres. A Lance Mikulski, treinta y siete, se le había visto entrando en el Victoria’s Secret de Two Rivers Mall, donde compró distintos artículos de lencería no especificados. Se trataba de una revelación incómoda, ya que la mujer de Lance, Patty, estaba sentada enfrente de Laurie en ese preciso momento y enseguida tendría la oportunidad de revisar el informe. Patty parecía una mujer bastante agradable —por supuesto, la mayor parte de las personas parecían muy agradables cuando no podían hablar— y Laurie se sintió identificada con ella. Sabía exactamente lo que se sentía al leer revelaciones turbadoras sobre tu marido, en una estancia llena de gente que ha leído la misma información y hace como si no pasara nada. Sabías que, aun así, estaban mirándote, preguntándose si mantendrías la compostura, si podrías despegarte de emociones insignificantes como los celos y la rabia, y mantener la cabeza en su sitio, atada firmemente al mundo que estaba por venir.
A diferencia de Patty Mikulski, Laurie no había realizado una petición formal para vigilar a su marido; la única petición que había hecho era la de vigilar a su hija. Por lo que a ella respectaba, Kevin era libre de hacer lo que quisiera: era un hombre adulto y podía tomar sus propias decisiones. Sin embargo, esas decisiones incluían el irse a la cama con dos mujeres diferentes, cuyos archivos había tenido la mala suerte de revisar y por cuyas almas se suponía que tenía que rezar, como si aquello nunca hubiese ocurrido.
Imaginarse a su marido besando a una extraña, desnudándola en un cuarto desconocido, durmiendo apaciblemente a su lado después de haber hecho el amor, le dolió más de lo que hubiera esperado. Pero no lloró. No mostró ni un ápice del dolor que le producía. Tal cosa solo había ocurrido en una ocasión desde que Laurie se mudó allí, el día que abrió el archivo de su hija y vio que la foto de la cubierta interior —un retrato escolar enternecedor de una alumna de segundo con una sonrisa afectuosa— se había sustituido por lo que le pareció la foto policial de una criminal adolescente con unos grandes ojos como de muerta y la cabeza afeitada, una chica que necesitaba desesperadamente el amor de su madre.
Se agacharon detrás de unos arbustos en Russell Road, para divisar entre el follaje la puerta delantera de una casa colonial blanca con un porche de ladrillo, que pertenecía a un hombre llamado Steven Grice. Había luz tanto en el piso de abajo como en el de arriba y parecía que la familia Grice iba a estar allí durante toda la noche. A pesar de ello, Laurie decidió permanecer en su sitio por más tiempo; sería una lección de persistencia, la cualidad más importante que un Vigilante podía cultivar. Meg se movió detrás de ella, cubriéndose con los brazos para resguardarse del frío.
—Joder —murmuró—. Estoy helada.
Laurie apretó un dedo contra sus labios y negó con la cabeza.
Meg hizo una mueca y dijo «lo siento» con el movimiento de los labios.
Laurie hizo un gesto de desdén, tratando de no dar demasiada importancia al paso en falso. Era el primer turno de Vigilancia Nocturna de Meg y le iba a llevar un tiempo acostumbrarse; no solo a la adversidad física y al aburrimiento, sino también a la incomodidad —grosería incluso — social de no poder llenar los silencios con alguna conversación, de más o menos ignorar a la persona que estaba respirando a su lado.
Pero Meg se acostumbraría, igual que se acostumbró Laurie. Hasta podría llegar a apreciar la libertad que acompañaba al silencio, la paz de la entrega. Era algo que Laurie había aprendido durante el invierno después de la Ascensión, en la época en que pasó tanto tiempo con Rosalie Sussman. Cuando todo lo que se puede decir es fútil, es mejor no decir nada, o ni tan siquiera pensarlo.
Un coche torció en Monroe hacia Russell, y las sumergió en un baño de luz plateada, al pasar retumbando por delante de ellas. A continuación, la quietud pareció hacerse más profunda, el silencio más completo. Laurie vio una hoja caer desde un arce casi desnudo que había junto al bordillo, a través de la luz de una farola, y posarse muda sobre el pavimento, pero la perfección del momento se desvaneció a causa del barullo producido por Meg al rebuscar en el bolsillo de su chaqueta. Después de lo que sonó como una lucha esforzada, consiguió extraer el cuaderno y garabatear una breve pregunta, apenas legible a la luz de la luna: ¿Qué hora es? Laurie alzó el brazo derecho, se arremangó de un tirón y se golpeteó la muñeca, en la que no había ningún reloj, un gesto con el que esperaba expresar la idea de que la hora era irrelevante para un Vigilante, que había que vaciarse de toda expectativa y sentarse en silencio todo el tiempo que hiciese falta. Con suerte, podía llegar a disfrutar, si se tomaba la espera como una forma de meditación, una manera de conectar con la presencia de Dios en el mundo. A veces ocurría: había noches de verano en las que el aire parecía imbuido de un consuelo divino; entonces, era posible cerrar los ojos y respirarlo. Pero Meg parecía frustrada, así que Laurie cogió su propio cuaderno —algo que había esperado no tener que hacer— y escribió una palabra con letras grandes:
PACIENCIA.
Meg entornó los ojos durante unos segundos, como si el concepto le fuese desconocido, antes de asentir tímidamente en señal de haberlo comprendido. Sonrió con valentía al hacerlo, y Laurie pudo ver lo mucho que agradecía ese pequeño retal de comunicación, la simple amabilidad de una respuesta.
Laurie le devolvió la sonrisa, acordándose de su propio periodo de entrenamiento, la sensación que tenía de estar aislada por completo, separada de sus seres queridos —a Rosalie Sussman la habían destinado fuera de Mapleton, por aquel entonces, para que ayudase a formar un nuevo grupo en Long Island—; una soledad que se hacía incluso más dura por el hecho de elegirla por voluntad propia. No había sido una decisión fácil, pero en retrospectiva, no solo parecía lo correcto, sino además algo inevitable.
Después de que Rosalie se mudase a Ginkgo Street, Laurie había tratado de seguir con su vida de esposa, madre y ciudadana ejemplar. Por
un breve lapso, resultó una bendición escapar del campo de fuerza generado por el dolor de su mejor amiga —volver a hacer yoga y trabajos voluntarios, dar largos paseos alrededor del lago, ayudar a Jill con los deberes, preocuparse por Tom e intentar arreglar su relación con Kevin, que no escondía el haberse estado sintiendo abandonado—, pero esa sensación de libertad no duró mucho.
Le contó a su psiquiatra que le recordaba al verano que volvió a casa, después de su primer año en Rutgers: el regreso al cálido regazo de amigos y familiares, que fue maravilloso durante una semana o dos. Luego acabó sintiéndose atrapada, muriéndose por regresar a la Facultad y echando de menos a sus compañeras de cuarto y al encantador novio que se había echado, las clases y las fiestas y las conversaciones risueñas antes de dormir. Había comprendido por primera vez que ahora aquella era su vida real, que la otra, a pesar de lo mucho que le había gustado, se había acabado para siempre. Por supuesto, en ese momento no era la emoción y el romance de la universidad lo que echaba de menos, sino la tristeza que había compartido con Rosalie, la opresiva pesadumbre de sus días largos y silenciosos, en los que clasificaba las fotografías de Jen y tomaba la medida de un mundo en el que su dulce y preciosa hija ya no estaba.
Había sido horrible vivir esa certeza desde dentro, aceptar su brutal finalidad, pero de alguna forma parecía más auténtico que pagar las facturas pendientes o planificar los beneficios de la biblioteca para primavera o acordarse de coger un paquete de pasta en el supermercado o felicitar a su hija por el 92 que había obtenido en el examen de matemáticas o esperar con paciencia a que su marido dejase de gruñir y saliese de dentro de ella. De eso era de lo que necesitaba escaparse en este momento, la irrealidad de hacer como si las cosas estuvieran más o menos bien, de que habían superado un bache en el camino y tocaba seguir adelante, atender deberes, decir frases completamente vacías, disfrutar de los placeres sencillos que el mundo insistía en ofrecer. Y había encontrado lo que buscaba en los C.R., un régimen de privaciones y humillaciones que, por lo menos, ofrecían la dignidad de sentir que la propia existencia cargaba con algún tipo de relación con la realidad, de que ya no se participaba en el juego de apariencias que consumía la vida de las personas.
y seis, cuyos mejores años habían quedado atrás. Meg era una preciosa chica de ojos grandes en la mitad de su veintena, con las cejas depiladas, mechas rubias y retazos de manicura profesional. En su Libro de
Recuerdos había pegado un anillo de compromiso, con una piedra del
tamaño de una roca que debía de haber puesto verdes de envida a sus amigas.
Laurie pensó que eran días muy duros para ser joven; verse despojado de sueños y esperanzas, saber que el futuro que se había planeado nunca iba a llegar. Debía de ser como quedarse ciego o perder un miembro, incluso si se creía que Dios tenía algo mejor esperando a la vuelta de la esquina, algo maravilloso e inimaginable. Meg pasó a una página en limpio del cuaderno y comenzó a escribir un nuevo mensaje, pero Laurie no llegó a ver de qué se trataba. Se oyó el ruido de una puerta al abrirse y ambas se volvieron al mismo tiempo, para ver como Steven Grice se dirigía al porche, un tipo de aspecto común, con gafas y algo de barriga, que llevaba un jersey de lana que parecía abrigar, y que Laurie no podía evitar querer para sí misma. Él dudó un segundo o dos, como si se estuviera aclimatando a la noche, luego encaminó sus pasos y cruzó el césped en dirección a su coche, que realizó una alegre intermitencia cuando su dueño se acercó.
Lo siguieron, pero perdieron la pista del vehículo cuando giró a la derecha al final de la manzana. La hipótesis de Laurie, basada tan solo en una corazonada, era que probablemente Grice había ido hasta el Safeway para comprar algún tipo de antojo nocturno, bizcocho de arándanos o helado de mantequilla de cacahuete con pedazos de almendra, cualquiera de los muchos y variados alimentos con los que fantaseaba en ocasiones, a lo largo del día, normalmente durante el largo y famélico intervalo que había entre el tazón de avena de por la mañana y el tazón de sopa de por la noche.
A paso ligero, el supermercado estaba a unos diez minutos desde Russell Road, lo que quería decir que, si estaba en lo cierto y se daban prisa, podrían alcanzar a Grice antes de que saliera del establecimiento. Por supuesto, después se subiría al coche y volvería a casa, pero era mejor no anticipar tanto los acontecimientos. Además, quería que Meg entendiera que la Vigilancia era una actividad fluida, de improvisación. Era perfectamente posible que Grice no fuera al Safeway y que le perdiesen del todo la pista. Pero era igual de probable que, mientras lo buscaban, se
encontrasen con alguien de la lista y pudieran volver su atención hacia ese sujeto. O podían encontrarse con una situación completamente imprevista, en la que estuviesen envueltos nombres que ni siquiera conocían. El objetivo era tener los ojos abiertos e ir adondequiera que se pudiese continuar su labor.
En todo caso, era un alivio dejar de esconderse en los matorrales y ponerse en movimiento. Por lo que respectaba a Laurie, el ejercicio y el aire puro eran la mejor parte del trabajo, al menos en una noche como aquella, en la que el cielo estaba claro y la temperatura aún seguía por encima de los cinco grados. No quería ni pensar en cómo iba a ser en enero.
Paró en la esquina para encender un cigarrillo y le ofreció otro a Meg, que retrocedió ligeramente antes de levantar la mano en un fútil gesto de rechazo. Laurie agitó el paquete con mayor insistencia. Odiaba ser un grano en el culo, pero las normas eran muy claras: Un Vigilante
expuesto al ojo público ha de llevar siempre un cigarrillo encendido.
Puesto que Meg continuó resistiéndose, Laurie encajó un cigarrillo —los C.R. repartían una marca genérica muy fuerte y con un sospechoso olor a sustancias químicas, que la oficina central compraba al por mayor — entre los labios de la chica y lo encendió. Meg se atragantó violentamente con la primera calada, como siempre le ocurría, luego emitió un pequeño gemido de repugnancia, cuando el ataque de tos se le pasó.
Laurie le dio una palmadita en el brazo, para darle a entender que lo estaba haciendo bien. Si pudiesen hablar, le habría recitado la consigna que ambas habían aprendido en orientación: No fumamos por diversión.
Fumamos para proclamar nuestra fe. Meg sonrió con cara de mareo y se
frotó los ojos antes de reanudar la marcha.
De alguna forma, Laurie envidiaba el sufrimiento de Meg. Se suponía que así tenía que ser; un sacrificio a Dios, la mortificación de la carne,