2. APROXIMACIÓN LITERARIA Y TEOLÓGICA A JN 17, 17-19
2.8 Balance del capítulo: La santidad desde la perspectiva de Jesús
El verbo ἁγιάζω tiene por sujeto a Dios, el único santo: “Soy yo, Yahvéh, el que os santifica” (Ex 31,13). La acción de Dios se puede ejercer de una manera puntual, es decir, para un servicio que se habrá de cumplir en un momento determinado como cuando escoge a alguien separándola de los demás105 convirtiéndola en “sagrada” respecto de los demás, o para designar un acto cuya finalidad solo se precisa respecto a Yahvéh: “Seréis santos porque yo soy santo” (Lv 19,2).
Según León-Dufour:
En el contexto de la alianza que ha sellado con Israel, el Dios santo quiere comunicar su santidad a su pueblo. Lo invita a comulgar con él. Se pasa a otro orden, al de Dios mismo. La santificación supone desde luego la consagración, pero la desborda por completo: puesta aparte, la persona se trasforma por dentro o, al menos, se siente llamada a transformarse sin cesar.106
Podría hablarse entonces de dos conceptos de santidad: la ontológica y la moral, que definen el ser y actuar divinos.107 Con respecto a la santidad ontológica, se resalta que en la religión judía la santidad conviene a Dios y caracteriza su Ser y Obrar. Esto es lo que caracteriza a lo
104 Ibíd., 1047-1048.
105 Como es el caso de Moisés (Eclo 45,4) o Jeremías (Jr 1,5). En este caso, podría traducirse por “consagrar”. 106 León-Dufour, Lectura del Evangelio de Juan, 243.
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divino. Esta le corresponde sólo a él. Así es como los semitas se refieren a Dios para hablar de su trascendencia, para indicar que está separado del resto. Además, muestra que hay una diferencia entre lo que es santo y lo que no. Dios es Dios y el hombre es hombre. Dios es la divinidad, lo infinito, ilimitado; la creación es la criatura, lo finito, limitado. De ahí que se hable de la santidad ontológica.108
Por otra parte, la santidad moral parte del principio de que al ser le sigue el obrar, un obrar en Dios de modo perfecto. En el obrar divino no puede tener cabida el pecado (Hab 1,13). En los salmos, por ejemplo, se ensalza su justicia y equidad. Su proceder es bueno, íntegro, piadoso y recto, sin mancha alguna que se le pueda reprochar. La expresión clara de la santidad moral de Dios se encuentra en el cántico de Moisés que resume perfectamente su comportamiento: “Sus obras son perfectas, todos sus caminos son justos. Es un Dios fiel y sin maldad, es justo y recto” (Dt 32,4).109 Este pensamiento, expresado de diversas formas,
recorre todo el AT, y es la base cuando se habla de alguien santo, pues si Dios es el Santo, a su vez puede acercarse a sus criaturas y transformarlas en el ser y quehacer propios.
Por eso Montes dice que:
En la medida que el Santo se abaja a su creación, y especialmente en ella a los hombres, y desea encontrarse, autocomunicarse graciosamente y mantener con ellos un diálogo de amor, garantizado por su presencia permanente y fiel, el hombre, la comunidad, tocados por la gracia complaciente, condescendiente y benevolente de Dios, se convierten en santos si acogen libre y conscientemente la acción divina. Mediante la acción divina, la creación y, de modo privilegiado, el hombre, son santificados, pueden relacionarse con el Altísimo y, en el caso humano, llevar un comportamiento santo, conforme a los dictados del Santo. La santidad ontológica se convierte así en santidad moral.110
Así, pues, lo especial de Dios es que él no se reserva la santidad para sí mismo, sino que desea comunicarla a Israel, a cada uno de los miembros de la comunidad de la Alianza. Por tanto, todos los actos liberadores de Dios en relación con los hombres constituyen otras tantas manifestaciones de su santidad.111
Esto permitiría afirmar con Schelkle que el fundamento de la santidad es la acción divina en Cristo, no el modo de ser natural ni el esfuerzo ético.112
108 Ibíd., 84. 109 Ibíd., 85. 110 Ibíd. 111 Ibíd., 86.
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Ahora bien, en los capítulos precedentes a Jn 17, Jesús venía hablando con sus discípulos. En este capítulo, se dirige al Padre. Este cambio se marca por la expresión “levantando los ojos al cielo” que, según la mentalidad judía, el cielo puede significar a Dios mismo.113
La clave está en que Jesús tiene que volver al Padre, lo cual suscita la pregunta por sus discípulos, pues ¿qué va a pasar con ellos si tienen que quedarse en el mundo? Por eso aquí será el mismo Padre el que va a encargarse de los creyentes. Jesús interviene por ellos, pues los va a dejar en un mundo que se ha levantado contra ellos y al cual ya no pertenecen. De ahí que los discípulos tendrán que ser guardados en el nombre del Padre (17,11b-19) y de esta forma serán uno (17,20-23).
Así, “esta llamada a la santidad se convierte en una llamada al Padre santo, autor de toda santificación: él tiene que ‘guardarlos en su nombre’ (v.11), lo cual supone ‘guardarlos del Maligno’ (v.15), o lo que es lo mismo, ‘santificarlos’ (v.17)”.114
En definitiva, podría decirse que la santificación desde la perspectiva de Jesús en Jn 17, parte desde el momento en que él sabe que ha sido santificado por el Padre (10,36). Por eso ha sido enviado al mundo. En el mundo hay quienes han acogido su palabra; estos son quienes lo siguen y viven en la verdad.
A su vez, Jesús sabe que debe volver al Padre, mientras que sus discípulos permanecerán en el mundo, el cual es hostil con ellos. Por eso le pide a su Padre que los santifique en la verdad, esto es, que los llene de él, pues él es la verdad. Esto aplica tanto para los discípulos actuales, como para los venideros, quienes creerán en Jesús. Y la manera en que puedan seguir la misión que Jesús les encomienda, es que sean uno, como el Padre y él son uno. Esta unidad significa una comunión en el amor, que se amen los unos a los otros como Jesús los ha amado.
113 Ibíd., 226. 114 Ibíd., 236.
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