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2. APROXIMACIÓN LITERARIA Y TEOLÓGICA A JN 17, 17-19

2.4 El lugar y la identidad del cap 17 en la obra joánica

La mayoría de los estudiosos del cuarto Evangelio coinciden en dividirlo en dos partes: el “libro de los signos” (1,19-12,50) y el “libro de la Gloria” (13,1-20,31). Según Raymond Brown, hay notables diferencias entre ambos libros, pues en el primero, las palabras y las obras de Jesús iban dirigidas a un amplio auditorio, provocando una crisis de fe, ya que unos creyeron y otros se negaron a creer; los signos del primer libro anticipaban lo que Jesús iba a hacer en favor de los hombres una vez glorificado. Mientras que el segundo, por el contrario, va dirigido al grupo reducido de los que creyeron, y describe la glorificación, es decir, “la hora” de la pasión, crucifixión, resurrección, y ascensión en que Jesús es elevado hasta el Padre para gozar nuevamente de la gloria que tuvo junto a él antes de que existiera el mundo (17,5).71

A su vez, los capítulos 13 al 17 son conocidos como los discursos de adiós. En ellos se quiere resaltar el mensaje a los discípulos de que la muerte de Jesús no es el final, sino que es su marcha hacia el Padre, pero promete que retornará. Brown dice que “este retorno hará posible

68 Ibíd. 69 Ibíd. 70 Ibíd. 71 Ibíd., 773.

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que los discípulos permanezcan unidos a Jesús (15,1-17), y esta unión será semejante a la que hay entre Jesús y el Padre (17,21)”72.

Una característica de estos discursos es que Jesús habla a los suyos (13,1), por quienes está dispuesto a entregar la vida. En ellos se puede ver un Jesús preocupado de no dejar solos a quienes creen en él y han de permanecer en el mundo (14,18; 17,11), incluso en un tiempo lejano, pues “si bien los que le escuchan son sus discípulos, las palabras de Jesús van dirigidas a los cristianos de todos los tiempos. Los discursos de Jesús son su testamento final, destinados a ser leídos después de su muerte”73.

En este lugar se ubica, pues, el cap. 17, el cual según Brown, “evoca la atmósfera de despedida propia de la Última Cena”74.

Además, esta plegaria del cap. 17 ha sido designada tradicionalmente como oración sacerdotal, pues se habla de Jesús que intercede como sacerdote por los suyos. Ahora bien, no se trata de alguien que va a ofrecer un sacrificio, sino como quien está ante el trono de Dios para interceder. Brown, citando a Dodd, dice: “de alguna manera esta plegaria es ya la ascensión de Jesús al Padre; verdaderamente es la plegaria de ‘la hora’”75.

Junto a esto, en el cap. 17 se encuentra una oración de Jesús por sus discípulos (v. 9), pues de la perseverancia y de la misión de ellos depende que el nombre de Dios, dado a Jesús, sea glorificado sobre la tierra.76 A su vez, Jesús retoma el tema de la oposición entre los

discípulos y el mundo, mencionado previamente en 15,18-16,4a. Quienes lo sigan quedarán en el mundo, pero sin ser del mundo (vv. 11.14.16). Esa presencia, sin duda, es extraña, llega incluso a incomodar, y por eso Jesús pide a su Padre que no los retire del mundo, sino que los guarde del Maligno (v.15).77 Así, pues, como Jesús sabe que sus discípulos necesitarán ayuda en esta batalla contra el mal y sus seducciones, pide a Dios por ellos, para que los cuide en su nombre con el fin de que sean uno como lo son Jesús y el Padre (v. 11).

Para Leon-Dufour, en este cap. 17 Jesús se oculta de los judíos y se vuelve a sus discípulos; sin hablar con nadie, levanta los ojos al cielo y conversa con su Padre, coordinando una

72 Ibíd., 774. 73 Ibíd., 821. 74 Ibíd., 1011. 75 Ibíd., 1013. 76 Ibíd., 1032.

77 Según Brown, “el mundo” llegó a personificar a los que se han apartado de Jesús y están ahora bajo el poder de Satanás (1Jn 5,19), jefe o príncipe del mundo (12,31; 14,30). [Ibíd.].

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retrospectiva que corona su estancia en la tierra con la perspectiva del porvenir que se abre para él mismo y para los suyos.78 Se trata de una plegaria, un coloquio de Jesús con su Padre

que refleja en toda su amplitud el designio del mismo Padre, que era lo que había motivado el envío del Hijo. Jesús realizó este designio de manifestar el nombre a los que le había dado el Padre. Por eso, a punto de volver a su gloria original, pone en manos del Padre la tarea realizada.79

Este autor dice:

Aquí, el Hijo único celebra al Padre, cuyo amor lo ha colmado desde antes de la creación del mundo y se extendió luego a toda criatura. Ahora vuelve a él, pero no vuelve solo: los creyentes, presentes y venideros, permanecen ciertamente en el mundo y tendrán que seguir en él, pero ya no son del mundo. Si Jesús, pronunciando en voz alta su oración, vive delante de los discípulos su propia intimidad con el Padre, es porque esta intimidad será pronto compartida con ellos.80

Y más adelante continúa diciendo:

El eje vertical de la oración –la subida de Jesús al Padre (“Vengo a ti”)- culmina en la frase: ‘Que donde yo estoy, estén también ellos conmigo’ (v.24). En el sentido descendente, se celebran en cascada los dones que el Padre, de quien todo procede, ha dado al Hijo para que por él reciban los hombres la vida eterna. Comenzando por la glorificación del Enviado, que será la del Padre mismo, el coloquio se cierra con la inhabitación del Amor en los creyentes […] También se dibuja un eje horizontal en la duración indefinida de la historia: el mundo, que no ha conocido a Dios, sigue estando llamado a acoger su revelación. En el cruce de los dos ejes se encuentra el testimonio que se espera de los creyentes: aquellos a quienes dio Jesús las palabras del Padre, aquellos a los que el Padre guarda en su nombre y santifica en su verdad, irán multiplicando la presencia del Enviado a través del tiempo y del espacio […] La oración de Jesús incluye la totalidad de la obra divina que se inscribe entre dos polos absolutos: el antes y el después del tiempo en la tierra.81

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