(
1788
-1822
)darle un caer en cómicas prerogativas de jurisdicción), es, a despecho de su escasa obra y su significación poco espectacular, un escritor “ v i v o E s t e carácter es digno de análisis, ya que suelen abundar en aquella época escritores encum brados por diferentes motivos, pero que hoy sólo se recuerdan a través de rasgos extraliterarios, y, particularmente, por factores patrióticos. Esto lo sabemos de sobra.
Bartolomé Hidalgo nació en Montevideo, en 1788, de humilde familia. A temprana edad debió trabajar, y se recuerda que estuvo en una casa de comercio del padre de Artigas.
En 1806 aparece alistado en el Batallón de Partidarios de Montevideo. En 1808 estaba en Montevideo, y en 1811, en plena lucha emancipadora, sirvió a las órdenes del Comandante José Ambrosio Carranza. Ese mismo año el Triunvirato de Buenos Aires lo declara “Benemérito de la Patria” . Y de ese tiempo se conoce una carta de José G. de Artigas dirigida a Hidalgo.
Estuvo en Montevideo, sitiado en 1814. En 1818 pasó a Buenos Aires con motivo de un pleito con un pariente y en Buenos Aires se casó con Juana Cortina, porteña. Murió en Morón (Provincia de Buenos Aires) a fines de 1822.
Entrando ya en la obra de Hidalgo, hay que decir que, sin estar resueltos todos los problemas de atribución, esa obra es poco abultada. Al pasar, quizás convenga establecer aquí un muy externo paralelo con el peruano Melgar. Los dos, de vida breve; los dos de producción escasa; los dos vinculados a las luchas de la época (si bien esto era lo corriente); y los dos con especial significación en las letras de esos años.
Lo que llama la atención en Hidalgo es que su reducida obra (aun con agregados dudosos) se empequeñece más en número al separar de ella sus
Po c a s composiciones le han bastado a Bartolomé Hidalgo para
lugar de alguna importancia en las letras de aquella época. Bartolomé Hidalgo, verdadero poeta rioplatense (para no
poesías “ cultas” . Mejor dicho, el conocimiento de tales obras nos enfrenta con tributos entonces muy frecuentes y sin mayor personalidad. Tan lejos
están esas “poesías” de los populares Cielitos y Diálogos de Hidalgo.
Una vez más conviene repetir que Hidalgo no es el creador o el ini
ciador de la “poesía gauchesca” . Que antes de Hidalgo —y no muy lejos—
encontramos los obligados precedentes (Maziel, El amor de la estanciera,
etc.). Pero lo que hay que decir también es que Hidalgo aparece como el primer “poeta” auténtico dentro de la corriente. Y esto no sólo porque ostenta ya un nombre propio reconocible en el tiempo. La obra de Hidalgo (de aquí, en otra perspectiva, su importancia) se transformará en elemento
tradicional consciente o inconsciente, y como tal la reconoceremos —ver
sos, vocabulario, rasgos de la lengua poética, etc.— en los escritores de
alguna dimensión que vienen después: Ascasubi, Del Campo, Hernández,
Lussich. . .
En el caso de Hidalgo, creo que, mejor que hablar de carácter social, corresponde hablar de carácter políticosocial. La aclaración se impone por el hecho de que, al llevar al verso las circunstancias más cercanas, una buena parte de ellas tienen que ver con la prédica de independencia, con los tributos de las armas patriotas, con la independencia lograda con la defensa de los nacientes países, no solo en relación a España sino también en relación a los portugueses y sus ambiciones sobre la Banda Oriental. Por último, aparecen en los versos de Hidalgo (de nuevo, reflejo de condi ciones inmediatas) la mención de las discordias civiles y, por supuesto, la defensa del gaucho, olvidado, menospreciado o atacado.
Como Hidalgo murió en 1822 es interesante reparar en esto: para una obra tan exigua, abarcamos una totalidad abrazadora y sugestiva dentro de las vicisitudes que acompañan los primeros pasos de los nuevos países. Trayectoria que vemos repetida en diversos escritores coetáneos y que no hacen sino marcar, junto a caracteres inconfundibles de la época, su corres pondiente y casi obligado reflejo literario. En verdad, la desazón, el des encanto, nos parecen prematuros, aunque haya mucha dureza, desconcierto y hasta caos en los pocos años que median entre 1810 y 1821.
Sentimos tales composiciones como productos americanos, que nacen consustanciados a determinados tipos y lugares. Pero su americanismo no supone un producto que nace de la nada o por generación espontánea. Observemos que Hidalgo utiliza en sus poesías gauchescas el metro octo
sílabo. En los Diálogos y la Relación es el propio metro del romance. “Son”
romances particularizados, con desarrollo dramático. Los Cielitos se apartan
algo aunque no mucho, del típico esquema del romance. Dentro de una
intención “ musical”, lo que hacen los Cielitos es dividir en estrofas de cua
tro versos y cambiar la rima en cada estrofa. Cambio que no altera funda mentalmente el esquema métrico del romance, si bien deja de ser, por eso, el romance típico.
El romance (como la décima y la estrofa hernandina) fue forma corrien te en los versos gauchescos. El romance se prestaba, sobr» todo, a la narra
ción, al avance rápido del tema, a la sencillez y claridad del diálogo de Hidalgo. Y por otro lado, la división en estrofas se acomoda, sin cambios
fundamentales, al carácter más musical de los Cielitos.
Hidalgo, el Lizardi del Periquillo (y de otras obras), son manifestaciones
populares que asoman a la literatura de una época escasa en tales tributos. Los dos (Hidalgo y Lizardi) fueron hombres cultos, como se prueba a través de diferentes testimonios. En el caso de Hidalgo, es interesante señalar también que, como va a ser característica posterior, no era él tam
poco un verdadero gaucho aunque logre instalarse —anímica y poética
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