• No se han encontrado resultados

José María Heredia

In document Poesía de la imndependencia_Ayacucho (página 98-103)

(

1803

-

1839

)

Jo sé Ma r ía He r e d ia es el testimonio incontestable de como las circuns­

tancias pueden llevar a fijar un destino. Dentro de la obligada serie de paralelos, proximidades y diferencias entre Bello, Olmedo y Heredia, éste, que nace ya en el nuevo siglo, tuvo una vida mucho más breve que los otros dos (no alcanzó los 36 años) y tampoco tuvo la fortuna de ver a su patria libre. Sin embargo, o quizás por ello, el tema patriótico tiene en Heredia una persistencia que, naturalmente, no tiene en Bello y Olme­ do. Bien es cierto que el tema patriótico aparece en Heredia como nos­ talgia, como corriente motivo para execrar a los tiranos (políticos y re­ ligiosos), como ansia de libertad para Cuba. Agreguemos, en fin, un temperamento ardiente, que, ante la imposibilidad de éxito, por un lado, y obligado, por otro, debe resignarse a vivir fuera de la patria. Fuera de ella pero siempre cerca (Estados Unidos y México), como si, aún en las circunstancias adversas, en la dureza de los climas y en la salud delicada, alentara siempre la esperanza de una Independencia que, por lo visto, debía obtenerse muchos años después.

La relativamente breve vida de Heredia es la vida de un hombre a

quien las vicisitudesrepitoobligaron desde temprano al camino del

destierro. El destierro, sobre todo en los largos años de México, hace que allí pueda desarrollar una fecunda campaña de magistrado, jalonada con cargos de importancia en la naciente República Mexicana. Pero es justo decir que su pensamiento estuvo siempre en Cuba, en su patria, tal como se trasunta en sus poesías, y tal como se ve con claridad en las nutridas páginas de su epistolario, aparte de otras muestras menos persistentes.

Unos pocos datos biográficos. José María Heredia nació en Santiago de Cuba, el 31 de diciembre de 1803. Con motivo de diversos cargos de su padre, el magistrado José Francisco Heredia, José María realizó estu­ dios en Caracas, México y La Habana. Aquí, en 1821, se recibió de bachiller en leyes, y, en 1823, de abogado en la ciudad de Santa María

de Puerto Príncipe. Poco después, acusado de conspiración, como miem­ bro de los “Caballeros racionales”, abandonó Cuba.

Se dirigió a los Estados Unidos, y en el norte vivió en Boston, en Nueva York y en el Estado de New Haven. En 1825, como sufría horriblemente el frío de los Estados Unidos, se dirigió a México. Allí fue bien acogido por el Presidente Guadalupe Victoria e inició una serie de cargos públicos que sólo cesaron con su muerte. En México se casó con Jacoba Yáñez (1827). En este país dirigió una serie de periódicos

(El Iris, de México; La Miscelánea, de Tlalpam; El Conservador, de To- luca). Heredia murió en México, el 7 de mayo de 1839.

La supervivencia literaria de Heredia se apoya en sus obras poéticas, en particular lo que significan como difusión las dos ediciones publi­

cadas en vida del autor (1• ed., Nueva York, 1825; 2? ed., “ corregida y

aumentada”, Toluca, 1832, 2 tomos). Aunque este fundamental sector sigue siendo la base de su prestigio, mucho se ha hecho en nuestro siglo por llamar la atención sobre las virtudes críticas de Heredia. De tal manera, no resulta en nuestros días exagerado asignarle un lugar de privilegio entre los críticos de lengua españoles anteriores a Menéndez Pelayo.

Los artículos críticos de Heredia nos llevan, claro está, a su prosa. Y dentro de la prosa, aunque en lugar inferior, hay que colocar sus dis­ cursos y escritos políticos, así como su interesante epistolario. En cambio, no ha sobrevivido mayormente la producción dramática del poeta cuba­ no. Dejemos a un lado que esta labor se reduce, prácticamente, a traduc­ ciones y “ arreglos” (algunos de ellos, perdidos). Lo concreto es que este sector no se diferencia de la letra muerta que caracteriza a tantos intentos semejantes y contemporáneos a los de Heredia.

La obra lírica de Heredia se centra en unos pocos años. De 1817 son los primeros poemas conocidos a los que el autor confiere alguna ma­

durez. (Esto deja fuera composiciones escolares —alguna de 1813y

primeros ensayos y fábulas). Pero de 1817, o, mejor aún, de 1819, es lícito hablar de decoroso comienzo, tal como el propio Heredia lo reco­ noció al reunir la edición de Nueva York. Por otro lado, la edición de

Toluca, de 1832, nos da casi toda su obra lírica: faltan sólo los Ultimos

versos, publicados en el Noticioso y lucero, de La Habana (25 de octu­ bre de 1839), y alguna otra composición suelta.

Las fechas citadas subrayan con nitidez lo que digo. Permiten, a su vez, comprender por qué no hay en su poesía cambios fundamentales, aunque haya diferencias e incorporaciones que no pueden olvidarse. En este sentido, las dos ediciones mencionadas (la de Nueva York, de 1825, y la de Toluca, de 1832) constituyen elementos ineludibles para el estu­ dio. Lo son porque, como señalo, abarcan la casi totalidad y lo esencial de su obra, y porque, sin mostrar cambios rotundos, permiten descubrir, aparte de las incorporaciones, variantes en relación a las poesías publi­ cadas en la edición de 1825. Tal el caso, importante en tazón de la tras­

cendencia de los poemas, Niágara y En el teocalli de Cholula. La edición de 1832 presenta como aportes valiosos, en cotejo con la primera edición,

algunas poesías como las tituladas La vuelta al sur y A la estrella de

Venus. Vero, en general, no ofrece, repito, novedades extraordinarias. Las poesías que han cimentado el prestigio literario de Heredia son,

indudablemente, Niágara y En el teocalli de Cholula. El canto al Niágara

es el poema que mejor brilla en la edición de 1825, pero creo — de acuer­

do con Menéndez Pelayo, Chacón y Calvo, y muchos otrosque la poe­

sía que nos da más acabadamente la dimensión de Heredia es En el teo­

calli de Cholula, tal como la leemos en su versión definitiva (la de 1832). Con todo, y para no perdernos en gratuitos torneos, cabe admitir que los dos reflejan las mejores virtudes poéticas de Heredia.

El Niágara fue escrito por Heredia en 1824, después de conocer los famosos saltos. Está probado que, entre otras cosas, influyó en la curiosi­

dad y deseo de Heredia la lectura de Atala, de Chateaubriand, en cuyo

epílogo aparece una muy conocida descripción de las cataratas. Pero la contemplación directa de los saltos, al superar ostensiblemente la visión literaria, determinó un rapto de entusiasmo y la inmediata elaboración del poema.

El punto de partida y leitmotiv de la obra está en la descripción del torrente y su posterior caída. Pero, no menos, el canto exalta la presencia de Dios reflejada en aquella maravilla de la naturaleza. Estos son los dos ejes que sostienen el poema. Ligada a ellos, la inevitable, emocionada evocación de la patria distante.

En el teocalli de Cholula es no sólo un gran poema de Heredia, sino que constituye un ejemplo, no muy común en la época, de elaboración literaria. El poema que nosotros conocemos no es exactamente el poema

escrito en 1820, que llevaba hasta otro título: Fragmentos descriptivos de

un poema mexicano. En la edición de 1832 aparece ya con el título defi­ nitivo y con 150 versos (en relación a los 94 versos de la primera edición).

Espacio y tiempo determinan las dos direcciones fundamentales del poema. En primer lugar, la visión de la naturaleza próxima a la pirámide. Después, los colores se apagan y la noche trae la meditación. Al espesarse las sombras, el poeta siéntese más apegado al reducto que el templo indí­ gena ofrece. El teocalli, ruina erguida del antiguo monumento indígena, es el vehículo para su viaje a través del tiempo. Es el teocalli el que dirige la meditación, meditación evocativa del pueblo que lo levantó y, particular y explicablemente, de su religión.

En el teocalli de Cholula fija artísticamente el tema de la meditación

ante las ruinas. En 1825 —y en versos de un ambicioso poema, Placeres

de la melancolía, que quedó inconclusoHeredia explicó, junto a planes futuros, el poder evocador de los monumentos y las ruinas de la antigüe­

dad. Debemos sospechar que la lectura reciente y repetida de Volney (Las

nismcO es en él, como en otros contemporáneos hispánicos, estímulo im­ portante.

Por otra parte, la rememoración histórica de los aztecas (y, en gene­ ral, del indio americano) tuvo en Heredia dos fases: una, marcada por el

Teocalli, en que fustiga la superstición y la crueldad indígena; otra, pos­ terior y con más abundantes ejemplos, en que se exalta a los reyes azte­ cas, y su raza, como símbolo de la libertad, de la lucha contra España.

Testimonio valioso es la oda A los habitantes de Anáhuac. Pero En el

teocalli de Cholula es poema en que prevalece el cristiano sobre el pa­ triota.

En los últimos años se ha debatido con renovados argumentos el problema de la situación de Heredia en relación al romanticismo. Mejor dicho, la justificación de estos estudios consiste en querer mostrar que Heredia no es un escritor que está a mitad de camino entre clasicismo y romanticismo (una mitad de camino que no tiene por qué estar en el medio exacto), sino que está en una ya decidida posición de iniciador.

Yo veo que en Heredia luchan, pugnan ideales y modelos neoclasicis- tas con lecturas y modelos románticos (lecturas más cercanas y, natural­ mente, novedosas). La importancia que adquiere esto último hace que Heredia sea, sin ninguna duda, el escritor de comienzos del siglo que más se acerca a los típicos románticos. Pero, como esas inclinaciones se con­ trapesan con obras decididamente neoclasicistas (obras que, sabemos, es­ cribe al mismo tiempo o cerca de aquellas declaradas “ románticas”), la obra total de Heredia nos produce esa sensación de pugna o lucha a que me referí. Por supuesto, acepto que Heredia es el “ precursor” inmediato, y, repito, el que más se acerca al romanticismo “ de escuela” que preva­ lece rotundamente en Hispanoamérica después de 1830.

Creo comprender los desvelos de algunos críticos de Heredia, con­ vencidos, sin duda, de una “ley de progreso” literario. Situación que, por otra parte, reproduce ejemplos paralelos en otros momentos de iniciación. Para esos críticos, el posible romanticismo de Heredia supone, por lo común y sin más explicaciones, mayor jerarquía estética que el neoclasicis­ mo que pueda observarse en él, sin entrar ahora a distinguir dudosos ras­ gos de escuela.

No se repara en que un buen neoclasicista vale más que un mediano romántico, en que un buen romántico vale más que un mediano moder­

nista. . . y, por supuesto, Heredia está por encima de Echeverría, si tiene

algún valor el ejemplo. Este comentario, elemental y redundante, se jus­

tificacreoante la identificación que se establece a menudo entre

valores poéticos y prioridades cronológicas. Identificación, sabemos, harto discutible. En fin, llegamos, por último, a otra consideración necesaria: este ir y venir acerca del neoclasicismo y romanticismo de poetas como Heredia se justifica siempre que no distorsiona los valores esenciales de

su obra, diluidos con frecuencia —lo vemosen líneas y frondosidades

BIBLIO G R A FIA

Te x t o s:

Jo sé Ma r ía He r e d ia, Poesías (1 ? ed., Nueva York, 1 8 2 5 ).

Jo sé Ma r ía He r e d ia, Poesías (2* ed., “ corregida y aumentada” , 2 to­ mos, Toluca, 1832).

Jo sé Ma r ía He r e d ia, Poesías, discursos y cartas (I, La Habana, 1939, ed. y prólogo de María Lacoste de Arufe).

Jo sé Ma r ía He r e d ia, Poesías completas (Miami, Florida, 1970, ed. de Angel Aparicio Laurencio).

Es t u d io s:

An d r é s Be l l o, Poesías de J. M. Heredia (en El Repertorio Americano,

II, Londres, enero de 1827, págs. 34-45).

J o s é M a r í a C h a c ó n y C a l v o , José María Heredia (en Ensayos de lite­

ratura cubana, M adrid, 1 922, p ágs. 2 2 1 -2 7 6 ).

F r a n c i s c o G o n z á l e z d e l V a l l e , Cronología Herediana (1803-1839),

La Habana, 1938.

J o s é M a r í a C h a c ó n y C a l v o , Estudios Heredianos, ( L a H aban a, 1 9 3 9 ). M a r í a L a c o s t e d e A r u f e , Prólogo a H eredia, Poesías, discursos y cartas

I, (L a H aban a, 1939).

M a n u e l G a r c í a G a r ó f a l o M e sa , José María Heredia en México (M é ­ xico, 1 9 4 5 ).

E. Ca r il l a, La lírica de Heredia y Heredia y Bello. Las dos versiones de

"En el teocalli” (en Pedro Henríquez Ureña y otros estudios, Buenos

Aires, 1949).

E. Ca r il l a, José María Heredia y el Romanticismo (en la revista San

Marcos, Segunda época, Lima, 1967-1968, N? 7, págs. 107-127).

A m a d o A lo n s o y J u l i o C a i l l e t - B o i s , Heredia como crítico literario (en

la Revista Cubana, de L a H ab an a, 1941, X V , págs. 5 4 -6 2 ).

J o s é M a r í a C h a c ó n y C a l v o , Prólogo a Heredia, Revisiones literarias

(La Habana, 1947).

E. Ca r i l l a, La prosa de José María Heredia (en Pedro Henríquez Ureña

In document Poesía de la imndependencia_Ayacucho (página 98-103)