• No se han encontrado resultados

Todo esto no basta

In document Baker Miller Jean - Psicologia de La Mujer (página 128-138)

El «poder» es casi una palabra malsonante, en cierto sentido igual que lo había sido el sexo. Especialmente para las mujeres se ha tratado de un tema indecible. Sin embargo, todas las capacidades a las que nos referimos en los capítulos anteriores seguirán siendo algo irreal e irrealizable a menos que ellas consigan el poder para ponerlas en práctica. Para ello tendrán que adquirir poder y autoridad económica, política y social. En estos momentos casi no lo tienen en absoluto.

La estrategia y la táctica de la acción eficaz en el frente económico y político requiere un análisis y un debate profundo que se están llevando a la práctica en muchos contextos. Al mismo tiempo hemos de plantearnos la cuestión de la naturale­ za y el significado psicológico del poder y la autodeterminación, a menos que queramos malinterpretar las ventajas y posibilida­ des femeninas en esta lucha. Los términos «poder» y «autode­ terminación» han adquirido ciertas connotaciones, es decir, implican ciertas formas de conducta más típicas de los hombres que de las mujeres. Pero puede que tales formas no sean necesa­ rias o esenciales para su significado. Como todos los conceptos y acciones del grupo dominante, el «poder» puede ser algo distorsionado y sesgado. Ha recaído casi por entero en manos de gente que ha vivido con la necesidad constante de mantener un dominio irracional; y es en sus manos que ha adquirido tintes de tiranía. De la misma forma, la idea de la autodetermi­ nación ha sido construida por los grupos dominantes sobre una base que incluía, parí passu, la restricción de otro grupo. Esto

no es autodeterminación en estado puro, sino un concepto que ha adquirido connotaciones extrínsecas a su naturaleza real, signos de otro proceso oculto.

Por lo tanto, es importante analizar algunos de los significa­ dos del poder y la autodeterminación para ver si, a medida que la mujer lucha en el ámbito económico y en otros, puede redefi- nirlos.

Poder

En general, para las mujeres de hoy en día, el poder se puede definir como «la capacidad de llevar a la práctica». Una gran parte de esta tarea consiste en llevar a la práctica las destrezas que ya tienen. También aquellas nuevas que están desarrollando. Este no ha sido el significado del «poder» en el pasado. Normalmente ha significado la capacidad de avanzar y, a la vez, controlar, limitar y, si era posible, destruir el poder de los demás. Es decir, hasta el momento ha tenido al menos dos componentes: el poder para uno mismo y el poder sobre los demás. (Hay una diferencia importante entre la capacidad de influir a los demás y el poder de controlarlos y restringir­ los.) La historia de las luchas por el poder tal como la conoce­ mos se ha basado en ello. El poder de otra persona o grupo de personas se veía como peligroso. Tenías que controlarlos o te controlarían a ti. Pero en el ámbito del desarrollo humano, ésta no es una formulación válida. Más bien es al contrario. En un sentido muy básico, cuanto mayor es el desarrollo de una persona, más capaz, más eficaz y menos necesitada de limitar a los demás será. Esta no es la forma en la que se han querido presentar las cosas.

Las mujeres no proceden de un entorno que creía que nece­ sitaba subordinados. Tampoco están acostumbradas a la idea de que el poder es necesario para mantener la autoimagen. Sin embargo tienen sus propios problemas con el poder. Su inexpe­ riencia en emplearlo abiertamente, unida al miedo que les

produce, está adoptando nuevas formas. A medida que partici­ pan en un mayor número de actividades de más amplio alcan­ ce, se enfrentan a nuevas formas de lucha y rivalidad. La mayoría de ellas no tienen práctica con las fórmulas y conven­ cionalismos que los varones han ejercitado desde que eran niños. (Jane, por ejemplo, evitaba las luchas abiertas por el poder con los miembros de ambos sexos.) Los sentimientos femeninos pueden ser especialmente crudos al respecto, y algu­ nas situaciones pueden resultar muy frustrantes.

Aun así, estas luchas no pueden evitarse. Son terrenos im­ portantes de interés femenino, y algunas mujeres pueden come­ ter graves errores en el proceso de enfrentarse a ellas. Sin embargo, hay nuevos factores. Ellas han creado formas de examinar más abierta y cooperativamente sus deseos y caren­ cias en estos ámbitos. Muchas mujeres están dispuestas a vol­ verse hacia los demás con la esperanza de enfrentarse a esa área. Pueden emplear sus capacidades para apoyarse mutua­ mente, incluso mientras desarrollan formas más eficaces y ade­ cuadas de tratar con el poder, fomentando su empleo adecuado y reaccionando ante el que no lo es, en sí mismas y en los demás.

Hay que enfrentarse con los problemas del poder; incluso entre las propias mujeres hay fuerzas en conflicto. Sobre todo es importante comprender que no es necesario que se menospre­ cien mutuamente; no es necesario adoptar esos atributos des­ tructivos que no son parte del poder eficaz, sino simplemente una forma de mantener el sistema dominante-subordinado. Las mujeres necesitan el poder para fomentar su propio desarrollo, pero no para limitar el de los demás.

Parten, sin embargo, de una posición en la que han sido dominadas. Salir de esa posición requiere una base de poder desde la que dar al menos el primer paso, es decir, resistirse a los intentos de ser controlada y limitada. Han de avanzar desde este primer paso hacia un mayor poder; el poder de conseguir el desarrollo pleno. Es importante acentuar esto. Los grupos do­ minantes tienden a caracterizar incluso la menor resistencia

a su control como una demanda de poder excesivo. (Por ejem­ plo, cuando una da el primer paso y se niega a llevar el café a la oficina, puede ser tratada como si tuviera más poder que el jefe.)

Hay otra forma en la que el poder, tal como lo hemos visto funcionar hasta ahora, está distorsionado. Ha funcionado sin los valores especiales que las mujeres pueden aportarle. De hecho, estas cualidades femeninas parecen no tener relación con la «realidad» del poder en el mundo. No estoy insinuando que ellas deban suavizar el poder sino que, mediante su partici­ pación, podrían fortalecer su funcionamiento adecuado. La mujer puede aportar más poder al poder, empleándolo cuando se necesita, y no como sustituto de otras cosas como la coopera­ ción. Entonces podremos empezar a despejar suposiciones muy rígidas. La meta es, en último extremo, una nueva integración del poder eficaz y las cualidades femeninas tal como intenta­ mos definirlas.

A utodeterminación

Las mujeres parten de una posición en la que su propia naturaleza venía determinada por los demás. Su identidad estaba casi del todo determinada por lo que la cultura domi­ nante creía que necesitaba de ellas, y lo que las inducía a intentar ser. Como se indicó al principio de este libro, estas definiciones del grupo dominante son inevitablemente falsas. Es más, como se indica en todo él, están burdamente distorsio­ nadas por los propios problemas sin resolver de los dominado­ res. Estas definiciones se apartan mucho de la «verdadera naturaleza» de la mujer; desde luego no reflejan lo que buscan ellas como individuos autodeterminados. Empezar a definirse a sí mismo casi «desde cero» y descubrir qué es lo que se quiere es una empresa enorme para cualquiera.

Por supuesto, el poder está íntimamente vinculado a tal empresa. Sin el poder de llevar a cabo esas determinaciones, la

vida de la mujer seguirá circunscrita y controlada por los de­ más; los menos indicados para tomar determinaciones válidas.

En este punto, igual que en los anteriores, los temas princi­ pales de discusión pueden resultar inadecuados y sesgados. Es más, pueden actuar a modo de trampas. Por ejemplo, está claro que una forma de opresión para la mujer es la dependencia económica, política, social y psicológica. Sin embargo, lo con­ trario, es decir, el ser «independiente» en cuanto al grupo dominante, puede constituir una meta espúrea. Quizá haya metas mejores que la «independencia» tal como se ha definido. O podrían existir mejores condiciones, negadas por el propio término: por ejemplo, sentirse eficaz y libre a la vez que se mantienen vínculos intensos con los demás.

La autodeterminación será un concepto significativo sólo si empieza donde empiecen las mujeres. Al mismo tiempo, com­ prender dónde están ellas cambia y aumenta el significado del término, añadiéndole sus perspectivas especiales. Estas pueden ayudar en el intento de alcanzarla, en lugar de distraer a la mujer en direcciones falsas -e incluso atemorizantes, como la independencia del varón- que pueden no ser definiciones válidas en ningún caso. De hecho, el miedo inducido a la mujer ante su propio poder y autodeterminación ha sido tan asumido que requiere examinarse de cerca. Explorar este miedo, a su vez, puede aportar pistas importantes sobre las rutas hacia una mayor autodeterminación y poder.

El miedo de las mujeres al poder

La sociedad masculina tal como se ha constituido hasta ahora teme a la eficacia autodirigida de la mujer. Un ejemplo de ello se produce cuando ésta se refiere a su poder en lugar de a su eficacia. Dado que los hombres le temían, han induci­ do en ellas este temor. Pero su dinámica es muy diferente en cada sexo. Es importante diferenciarlos. Las mujeres no tie­ nen los mismos motivos que los hombres creen tener, pero se

Todos hemos oído los términos «mujer castradora», «puta», y similares. Han bastado para apartar a muchas mujeres, no sólo de la agresión sino incluso de la conducta asertiva directa. Pero nos hemos de preguntar, ¿quién creó estos términos? ¿A partir de que experiencia se originaron?

Los motivos para el miedo masculino a las mujeres son muchos y van desde lo superficial a lo muy profundo, mezcla­ dos constantemente. Como he sugerido, cuando las mujeres empiezan a salir de su lugar restringido, amenazan al hombre, en un sentido muy profundo, con la necesidad de reintegrar muchos de los aspectos esenciales del desarrollo humano; as­ pectos que ellas han acarreado en nombre de la sociedad total. Estas cosas han permanecido ocultas y se han convertido en algo que temer, porque parece que pueden atrapar al hombre en sus «emociones»: debilidad, sexualidad, vulnerabilidad, inde­ fensión, necesidad de atención y otros campos sin resolver. En un plano más obvio, la eficacia autodirigida de la mujer llevaría directamente a la necesidad obvia de reexaminar muchas for­ mas de apoyo, incluida la mano de obra barata, que la mujer ha estado dispuesta a facilitar.

Por otra parte, ¿cuál es la razón del temor de las mujeres a su propio poder? En primer lugar, el uso directo de éste en interés propio suele desencadenar una reacción muy negativa en el hombre. Esto, en sí mismo, ha bastado muchas veces para disuadir a un miembro del grupo dependiente de emplear direc­ tamente su poder. Ante las experiencias de este tipo, la mujer ha formulado una ecuación interna exagerada: el empleo eficaz de su poder significa que está equivocada o que es destructiva. Es más, este mensaje se inculca en las niñas desde la infancia, incluso antes de que tengan oportunidad de contrastar su vera­ cidad en su propia vida. ¿Resulta, por lo tanto, sorprendente que hayan llegado a pensar que el empleo eficaz y directo de sí mismas podría ser destructivo para los demás? De hecho, dada la forma en que se organiza la vida femenina y las cosas que se supone que ellas hacen por los demás, es muy probable que la realidad actual confirme este concepto de sí mismas. Actuar

para una misma parece igual que privar a los demás de algo, o herirlos. Así es como pensaba, por ejemplo, Anne (la artista del Capítulo 6) de su pintura. Si bien era consciente de ello, decía que era difícil «sacarse esa idea de la cabeza». La misma reacción adquiría rasgos mucho más complejos en algunas de las otras mujeres comentadas.

Jane, de la que hablamos en el primer capítulo, se refería a un miedo que se oponía incluso a la primera precondición del poder. Había tomado la decisión de marcharse de la ciudad, creyendo que eso la llevaría a cosas mejores. Cuando comenta­ ba que tal decisión había dado buenos resultados, dijo:

Para. No quiero oír eso. Me da miedo... Me asusta incluso pensar que tomé esa decisión y resultó bien... Me da miedo permitirme pensar eso. Nunca decidí nada por mí misma. Siempre tuve la sensación de que no podía tomar la decisión correcta. Por supuesto, no sabía en realidad qué hacer; todo se me venía encima... Pero incluso si decidía algo, no quería saber cómo iba. Si me permitía pensar que lo había decidido yo, que yo había hecho que sucediera -y que había ido bien-

me sentía ansiosa como ahora.

Eso significa que realmente que puedo comprender cosas... O sea que sería bueno para mí saber algo. No sabes cómo me asusta eso. No lo entiendes. Si tengo alguna base para saber lo que me conviene, entonces es mucho más difícil...

El intento de Jane de autoengañarse demuestra la intensa ansiedad que sentía respecto a ese paso inicial en el uso de su propio poder. Es importante recordar que se la había llevado a intentar conseguir el poder casi absoluto de forma indirecta. Nunca resultó eficaz, nunca lo consiguió, pero seguía aferrán­ dose a ese enfoque.

Otra mujer, Francés, se encontraba en una etapa diferente del proceso de conseguir más poder y autodeterminación. Si bien era una persona muy activa y capaz, no reconocía sus propias destrezas. Refiriéndose al pasado, dijo:

Cuando Sam [su marido] estaba cerca, yo me sentía confiada, y tenía mucho menos miedo de fracasar. Parecía más capaz de moverme y dejar que las cosas pasaran. Las posibilidades estaban abiertas. Cuan­ do se fue, pareció que todo se había cerrado. Parecía que las cosas no

saldrían bien, que las haría mal. Tenía miedo incluso de empezar a hacer nada. Parecía que era él quien hacía que sucediesen.

Ahora veo que yo hacía la mayor parte de ellas. Incluso las planea­ ba. Pero entonces no parecía así. Era como si fuera él quien las hiciera.

Ahora he cambiado todo eso. que hago cosas.

Es divertido. Ahora quiere volver y todo parece al revés. Es como si las cosas estuvieran cabeza abajo. Y lo estarán si yo vuelvo a actuar como antes. El hará todo y yo seré «impotente» otra vez. El sistema viejo tenía que centrarse en que los dos viéramos las cosas así, y actuáramos como si todo viniera de él. Ya no me es necesario verlo así. Ahora veo que a él sí le hacía falta. Y aún es así. Pero por aquella época, para mí también lo era.

Se hizo evidente que parte del sentimiento de desesperanza de Francés partía de su miedo a reconocer que tenía poder; que podía hacer que las cosas sucedieran, y que hacerlo era seguro. Al principio desechaba toda sugerencia de hacer algo por sí misma, para sí misma: «¿Sólo para mí? ¿Si es sólo para mí, de qué sirve? Simplemente no hay ningún motivo». He aquí -en pocas palabras- la fuerza de las mujeres y su problema.

Masoquismo y poder

El llamado «masoquismo femenino» se centra en ciertos aspectos del poder. Jane demuestra por qué a veces puede parecer mucho más fácil ser, y seguir siendo, la víctima en lugar de luchar por una misma. Incluso en una situación abiertamen­ te destructiva, la víctima no tiene que enfrentarse a sus propios deseos de cambiar la situación, a su poder de hacerlo, ni a la rabia que ha acumulado en la posición de víctima. Puede parecer más fácil culpar a la otra persona y protegerse una misma que enfrentarse a esos temas difíciles. Dado que la sociedad empuja a la mujer a mantenerse en esa posición, salir de ella significaría tenerlo casi todo en contra. Intentar cambiar la situación representa la amenaza de no tener dónde ir, ningu­ na alternativa, y, aún peor, el aislamiento y la condenación completa. Tales amenazas pueden ser validadas por la realidad,

y recicladas de esta forma para reconfirmar los miedos internos de las mujeres.

La cólera es una parte especialmente importante de la impo­ tencia. Mantenerse en una postura de impotencia puede ser un refugio ante la propia cólera. Reconocerla y sentirla produce temor al principio. Si una se ha sentido impotente durante un largo período, casi siempre habrá reaccionado con furia. (La gente no se limita a aceptar tales cosas; siempre reacciona ante ellas.) Incluso las mujeres que desean ser abiertamente asertivas pueden verse atrapadas por el miedo a enfadarse, cosa que no desean hacer casi nunca. Suele ser difícil separar la cólera de la asertividad. A veces las mujeres pueden temer que el grado de su rabia sea excesivo o injustificado. Normalmente aprendemos a separar las dos cosas sólo cuando nos permitimos experimen­ tar y explorar la cólera. Es más, puede que esté justificado un grado mayor de ésta de lo que nos permitimos admitir. A veces, culpar a la persona que nos hiere puede ser más difícil que mantener el círculo masoquista de la autocondena. Esto se cumple especial y trágicamente si uno cree que la otra persona es absolutamente necesaria para la propia existencia. Puede

parecer que una «persona masoquista» culpa al opresor, pero se

culpa a sí misma mucho más, y la situación no cambia para uno ni para el otro.

Ambitos de la vida con y sin poder

Para las mujeres que luchan por construir su vida o traba­ jan en una fábrica o en su hogar, todas las capacidades femeni­ nas mencionadas antes pueden parecer de poca ayuda y nin­ gún consuelo. ¿Cómo pueden ayudarles a mejorar sus vidas? No son las características que ayudan a una a «conseguirlo» en el mundo tal como está constituido. Ese es el verdadero pro­ blema. Todas estas características sólo se pueden ver como valiosas si están en un estado dinámico, en marcha hacia algo más. En realidad, en el caso de muchas mujeres de hoy, parece

que éstas son las tendencias contra las que deben luchar más duramente para actuar como ellas mismas. Hay ocasiones significativas en las que las mujeres sienten que han de hacerse fuertes en contra de estas características para llegar a algún sitio o escapar de algún vínculo personal.

Me parece que, en esas ocasiones, no son dichas características las que atrapan a las mujeres o las detienen; es más bien el uso que se hace de ellas y el hecho claro de que en cuanto una actúa en base a ellas se ve llevada a la servidumbre y a la falta de dignidad y libertad. No tendría que ser así, y la suma del poder y la autodeterminación son los dos factores determinantes. Pero aún puede resultar muy difícil sortear las cortapisas personales conflic­ tivas. En ciertas ocasiones en la vida, puede parecer necesario abandonar parte del «equipaje», dado que la dignidad o la necesi­ dad de autoafirmarse están en juego como paso esencial de cara a hacer algo o a huir de un vínculo paralizante. Individualmente,

In document Baker Miller Jean - Psicologia de La Mujer (página 128-138)