Vínculos con los demás
2. Jean B Miller y Stephen M Sonnenberg, «Depression Following Psychotic Episodes: A Response to the Challenge of Change?», Journal o f the American Academy
ras. He aquí la causa de que los problemas psicológicos sean la peor forma de esclavitud; uno participa en la creación de su propia esclavitud, utiliza la mayor parte de su energía para derrotarse a sí mismo.
Todas las formas de opresión intentan que la gente participe en su propia esclavitud. En el caso de las mujeres, en concreto, esta participación adopta inevitablemente formas psicológicas, y suele acabar en diagnósticos de neurosis y cosas similares. (Los hombres también padecen problemas psicológicos, como todos sabemos, y la dinámica de éstos es similar, pero adopta un camino diferente.)
En este sentido, los problemas psicológicos no son causados por el inconsciente sino por la privación de la conciencia com pleta. Si tuviéramos rutas de conciencia más válidas en la vida, si tuviéramos términos más exactos en los que conceptualizar lo que sucede (a cualquier edad), si tuviéramos mayor acceso a las emociones y si tuviéramos formas de conocer nuestras opciones reales podríamos establecer mejores programas de acción. Al faltamos una conciencia completa, creamos a partir de lo que está a nuestro alcance. A las mujeres sólo se les han facilitado conceptos distorsionados sobre lo que es y debe ser una perso na. (Los conceptos a disposición de los hombres podrían juzgar se como más distorsionados. Las posibles programas de acción y la dinámica subsiguiente son, sin embargo, diferentes.)
Incluso las palabras, los términos en los que concebimos las cosas, reflejan la conciencia predominante, no necesariamente la verdad sobre lo que sucede. Esto es cierto para la cultura en general y también para la teoría psicológica. Necesitamos una terminología que no se base en trasposiciones inadecuadas de la situación masculina. Incluso una palabra como autonomía, que muchos de nosotros usamos, tendría que ser redefínida en el caso de las mujeres. Lleva consigo la implicación -y, para las mujeres, la amenaza- de que uno debería ser capaz de pagar el precio de prescindir de las añliaciones para convertirse en un individuo independiente y autodirigido. En realidad, cuando las mujeres han luchado para desarrollarse como individuos
fuertes e independientes, han puesto en peligro muchas de sus relaciones en las que la otra persona no estaba dispuesta a tolerar a una mujer autodirigida. Pero cuando el hombre se hace autónomo no hay razón para pensar que sus relaciones puedan correr peligro. Al contrario, parece que el autodesarro- 11o les hará ganar nuevas relaciones. Los demás -normalmente las mujeres- les apoyarán en sus esfuerzos, y los otros hombres les respetarán y admirarán. Dado que las mujeres han de hacer frente a circunstancias muy diferentes, el término autonomía parece potencialmente peligroso; deriva del desarrollo masculi no, no del femenino.
Hay otro sentido en el que la transferencia automática de un concepto como el de autonomía tomado como meta para las mujeres puede producir problemas. Las mujeres buscan algo más que la autonomía tal como la definen los hombres, esto es, una mayor capacidad para mantener relaciones con los demás de forma simultánea al desarrollo completo de una misma. Así, muchos de nuestros conceptos necesitan un reexamen.
Muchas mujeres han procedido a determinar la naturaleza de sus afiliaciones y a decidir por sí mismas con quién se afiliarán. En cuanto intentan dar este paso se enfrentan a la oposición de las estructuras sociales. De hecho, ellas ya están fuera de esas viejas estructuras, buscando otras nuevas. No se sienten marginadas, sino pioneras. Encontrarse en esta posición poco familiar no siempre resulta cómodo, pero tampoco es del todo incómodo; y de hecho está empezando a producir recom pensas nuevas y diferentes. Incluso en el plano más inmediato, las mujeres se encuentran con una comunidad de otras pione ras, que participan en esta búsqueda. Nadie puede emprender esta tarea formidable en solitario. (La terapia, incluso aunque supiéramos cómo llevarla a cabo de forma casi perfecta -cosa que no sabemos- no basta.)
Es sumamente importante reconocer que el impulso hacia la afiliación que sienten las mujeres en sí mismas no es algo erróneo o retrasado; no hace falta que la mujer se sume a la condena de sí misma. Al contrario, podemos reconocer este
impulso como la fuerza básica que representa. También pode mos empezar a escoger relaciones que fomenten el crecimiento mutuo. En el capítulo siguiente se comentarán algunos ejem plos de ello.
Hay otras preguntas igualmente difíciles. ¿Cómo concebir una sociedad organizada para permitir el desarrollo y la mutua lidad de todos? ¿Cómo alcanzarla? ¿Cómo hemos de pasar las mujeres de una posición impotente y devaluada a la eficacia totalmente reconocida? ¿Cómo conseguiremos el poder para ello, a pesar de no necesitarlo para controlar o someter a los demás? Ya sería bastante difícil si partiéramos de cero, pero no es así. Partimos de una posición en la que los demás tienen poder y no dudan en emplearlo. Incluso cuando no lo emplean conscientemente en contra de las mujeres, lo único que han de hacer es mantenerse en una postura de dominio, seguir hacien do lo que hacen, y nada cambiará. Las cualidades femeninas que creo valiosas y esenciales no facilitan el poder en el mundo actual. ¿Cómo emplear entonces estas capacidades para fomen tar nuestra eficacia en lugar de dejar que nos desvíen de la ac ción?
Una parte de la respuesta parece estar ya clara. Las mujeres no avanzarán si no se unen en una acción cooperativa. Lo que no está tan claro es que ningún otro grupo, hasta el momento, haya tenido la ventaja del liderazgo femenino, de sus capacida des especiales. La mayoría de éstas se han mantenido ocultas en esta cultura, incluso a las propias mujeres. He acentuado una de estas capacidades: la capacidad más importante para la acción grupal organizada. A diferencia de otros grupos, las mujeres no
necesitan utilizar la afiliación y la fuerza unas contra otras.
Podemos integrar fácilmente las dos, buscar más y mejores formas de emplear la afiliación para fomentar la fuerza, y de emplear la fuerza para fomentar la afiliación.
Para la mujer, obtener fuerzas de sus relaciones requiere claramente la transformación y reestructuración de la naturale za de éstas. Los ingredientes básicos, nuevos, esenciales en este proceso son las autodeterminación y el poder para convertirla
en realidad. Pero antes de llegar a este punto fundamental, hay una cuestión a la que se enfrentan muchas mujeres: «Si quiero la autodeterminación, ¿qué es lo que quiero realmente determi nar? ¿Qué quiero? ¿Quién soy, de hecho?». La dificultad para responder a estas preguntas ha servido a veces para desanimar las. Este desánimo se da incluso entre las convencidas de que hay algo básicamente erróneo en el viejo sistema. Dado que su vida se ha centrado totalmente en los demás, es fácil ver que estas cuestiones son especialmente pertinentes y proceden de rincones ocultos. En el próximo capítulo exploraremos esta cuestión bajo el encabezamiento general de la autenticidad.
Es importante destacar que esta discusión de las afiliaciones en la mujer no es exhaustiva ni mucho menos. Tampoco es una discusión completa de ninguno de los complejos problemas implícitos, tales como la depresión. Es más bien un intento de desvelar un tema que requiere un nuevo examen. Espero que dé lugar a discusiones más elaboradas.