Segunda parte: mirando en ambas direcciones
2. Jessie Bernard, Women and the Public Interest: An Essay on Policy and Protest (Chicago, Aldine-Atherton, 1971).
Cooperación
Otro aspecto importante de la psicología de la mujer es su mayor conciencia de la naturaleza esencialmente cooperativa de la existencia humana. Toda sociedad, a pesar de sus aspectos competitivos, exige una cantidad módica de cooperación para existir. (Defino la conducta cooperativa como aquella que fo menta el desarrollo de los demás seres humanos y el de uno mismo.) Está claro que no hemos alcanzado un nivel de vida cooperativa muy elevado. Las mujeres han asumido la respon sabilidad de tal conducta. Aunque pueden no etiquetarlo en letras grandes, las mujeres en las familias están intentando continuamente inventar alguna forma de sistema cooperativo que responda a las necesidades de cada persona. Su tarea se ve muy dificultada ante las premisas desiguales en las que se basan nuestras familias, pero son ellas las que han practicado probando.
Tomemos el ejemplo de Mary, que estaba preocupada por un trabajo nuevo y exigente. Si lo aceptaba, iba a necesitar una forma nueva de cooperación de su marido Joe. Si él fuera capaz de aportarla, parecería un hombre poco corriente. Mary les había estado brindando a él y a los niños ese tipo de apoyo cooperativo durante años.
Podría parecer que Joe ha aparecido de la nada. Su ausencia de los comentarios hasta este punto denota algo interesante. Joe, de hecho, es un «buen chico». El y Mary se quieren y respetan. «No me impide trabajar», dice Mary. «Me ayuda y casi siempre se muestra amable y comprensivo.» Sin embar go, él no siente que descubrir formas de conseguir el mayor desarrollo posible para cada miembro de la familia sea su responsabilidad principal. Eso es cosa de Mary.
La tendencia cooperativa de las mujeres, incluso ante serios problemas psicológicos, se hacía evidente en la situación de otra pareja. Jim era una persona con graves problemas; se había hecho adicto a las drogas y se deterioraba progresivamente. Su esposa, Helen, también tenía dificultades graves. Tras varios
años de ataques y menosprecios mutuos, Jim sintió que ya no podía enfrentarse a nada más, y desapareció. En parte se fue porque estaba profundamente avergonzado de sí mismo y de sus fracasos repetidos en todas las áreas de su vida. Aunque tenía la carrera de abogado, sentía que ya no le quedaba nada. Helen, si bien estaba igual de avergonzada y destrozada, no se fue, por más que le hubiera gustado hacerlo. Se sentía incapaz de ofrecer nada a nadie, pero se quedó para cuidar de sus tres hijos. A pesar de sentirse desvalida y vacía, se volcó en un esfuerzo por hacer cualquier cosa que pudiera por ellos. Duran te un largo período inicial, sintió que sólo su sentido de respon sabilidad por las necesidades de los niños la mantenía viva un día tras otro. Al final desarrolló muchos recursos y hoy en día dice: «nunca creí que pudiera llegar a convertirme en quien soy».
Dejando al margen la larga batalla inicial, lo que hay que destacar aquí es que Helen luchó para conseguir que algo fun cionara, incluso aunque «sólo los niños parecen tener una ver dadera razón para vivir». Aún sentía la necesidad de participar en alguna forma de función cooperativa y el deseo de hacerlo, si bien apenas podía conseguirlo. Esta motivación no existía de ninguna manera en Jim. Tengo ejemplos de esto mismo en muchas otras parejas.
Si bien los hombres participan en algunas formas de activi dad compartida, los valores predominantes en los contextos en los que la mayoría de ellos pasan la vida les hacen sumamente difícil mantenerlas. Es más, en su entorno familiar el hombre adquiere durante las primeras etapas de su vida la sensación de que es miembro de un grupo superior. Se supone que a él le hacen las cosas esas otras personas inferiores que para eso trabajan. De entonces en adelante, a un hombre la idea de cooperar puede parecerle algo degradante. Cooperar y compar tir significa perder algo o, cuando menos, dar algo de forma altruista. Todo lo anterior se ve aumentado por la noción del hombre de que debe ser independiente, enfrentarse solo a las cosas y vencer.
Para la mujer, sin esa experiencia, la cooperación no tiene esa connotación de pérdida. En primer lugar, la mayoría de mujeres no ha sido imbuida de un sentido espúreo de superiori dad sobre otro grupo de gente.
Al afirmar que la mujer tiene más práctica en cooperar y que, actualmente, es más capaz de disfrutar de las situaciones que requieren tal cualidad, no pretendo decir que haya ninguna forma de santidad inherente en ella, sino que la vida, de mo mento, la ha conducido a esta posición. Hoy en día, a medida que la mujer intenta avanzar, siente no sólo más necesidad, sino más deseos de luchar deliberadamente para conseguir una mayor cooperación. Todos sabemos que en la mujer hay tam bién muchos aspectos competitivos. Ambas tendencias se dan en los dos sexos, pero en proporciones diferentes. En el pasado muchas mujeres competían entre sí por un hombre, por moti vos obvios. Hoy en día son muchas las que intentan apartarse de esta especie de competencia mutua, inclinando la balanza cada vez más hacia la cooperación.
Creatividad
La creatividad, en combinación con la cooperatividad, lleva a una proposición general y a una vuelta a la vieja discusión sobre el psicoanálisis. He estado subrayando que el psicoanáli sis ha señalado ciertos aspectos de absoluta necesidad humana; también he dicho que estas áreas de la vida -la sexualidad y el contacto emocional- son los ámbitos que se suelen dejar a la mujer. Quisiera proponer otra área de absoluta necesidad hu mana que el psicoanálisis aún no ha «desenterrado» o esbozado ni siquiera en la forma imperfecta en que ha deñnido los aspectos de la sexualidad y el contacto emocional. No es casual que se trate de un área a la que la cultura dominante le ha negado reconocimiento explícito. Me refiero a la necesidad ineludible, y a la existencia ineludible en los seres humanos, de la capacidad de creatividad y cooperación. Está claro que la
frustración de estas necesidades, su bloqueo, produce tantos o más problemas que cualquiera de las cosas delineadas por la psicología dinámica. Para enfatizarla, la llamaré la tercera eta pa del psicoanálisis.
No me refiero a la creatividad de las producciones artísticas de unos pocos dotados de talento, sino a la intensa creatividad personal que todos hemos de ejercer durante nuestra vida.
Todos, de forma repetida, hemos de crear nuevas perspectivas
para seguir viviendo. Esta forma personal de creatividad, esta creación de nuevas perspectivas, esta lucha continua, no se suele producir de forma explícita y bien articulada. Pero sigue adelante. Actualmente se puede contemplar este proceso uni versal de forma clara en la mujer. La mujer está luchando para crear por sí misma un nuevo concepto de persona; está inten tando reestructurar los pilares básicos de su vida. Este intento alcanza los niveles más profundos.
Pero, incluso en el pasado, fue la mujer la que tuvo que innovar sus estructuras psicológicas internas para sobrevivir de alguna forma en la cultura dominante. La sociedad, estructura da por y para los hombres, institucionalizó normas y valores sociopsicológicos que no son realmente aplicables a la mujer. (El conocido estudio de Broverman aporta documentación so bre este punto.)3 La mujer ha crecido sabiendo que las metas más valoradas del desarrollo individual no eran las suyas. Por otra parte, las mujeres han crecido y se han desarrollado. Han construido una persona interior diferente de la que esta socie dad valora.
La mujer siempre ha tenido que crear un concepto de valía diferente al fomentado por la cultura dominante. Ha efectuado una serie de cambios y transformaciones internas de valores que le permitieran creer que cuidar de los demás y participar en su desarrollo fomenta la autoestima. En este sentido, incluso las mujeres que viven de acuerdo con los antiguos estereotipos van
3. I. Broverman, D. Broverman, et al., «Sex-Role Stereotypes and Clinical Judgments of Mental Health», Journal o f Consulting and Clinical Psychology 34 (1970), 1-7.
por delante de los valores de esta sociedad. Esto no significa que se les reconozca y valore por su sistema de valores. No es así; muy intencionadamente se les hace sentir que valen poco; «sólo soy ama de casa y madre».
Algunas se las han ingeniado para crear otros roles que contribuyeran a su autoestima. Pero la mujer que actúa así viola un sistema de valores que afirma que no es digna de aprecio; de hecho, sugiere que debe de haber algo equivocado en ella por el mero hecho de buscar alternativas. Sin embargo, cualquier mujer que haya ido más allá de las tareas asignadas ya ha creado un concepto interno por el que se guía, que la mantiene, más o menos imperfectamente. Es difícil determi nar explícitamente qué concepto interno exacto crea cada mujer. En muchos casos no se manifiestan ni clarifican me diante palabras.
Hoy en día la mujer lucha por seguir avanzando y crear una nueva forma de persona, con más valor, más de cuerpo entero y más consciente. En los últimos años se ha hecho evidente que, si quiere cambiar el funcionamiento cotidiano de su vida, la mujer ha de crear nuevos conceptos de lo que significa ser persona. Si se resiste a las antiguas prescripciones y demandas internas y externas, tiene que encontrar otras nuevas de acuer do con las que vivir. Es la primera interesada en mostrarse imaginativa y aventurada.
A medida que cambia, la mujer planteará serios retos. Por sugerir sólo uno; cuando rechace de una vez por todas ser empleada como objeto, comercialmente o en la vida íntima personal, ¿a quién utilizará la sociedad como tal? Si ya no hay nadie a quien emplear, ¿qué clase de cambios revolucionarios tendrá que hacer el grupo dominante por sí mismo? ¿No acabará todo ello por liberar parte del potencial creativo del hombre?
Estas son algunas de las preocupaciones con las que la mujer ha tenido que debatir en el pasado, casi siempre de forma solitaria, aislada y temerosa. Actualmente empiezan a enfren tarse a ellas cooperativamente, junto con un gran número de otras mujeres. La cooperatividad y la creatividad que creo
existe en toda persona, y que ha sido esencial para la vida humana, está llegando a un nivel más consciente y explícito.
En el pasado se había hecho creer a las mujeres que no podían hacer ninguna aportación especial. Si escogían ir más allá del área límite asignada, sentían que debían darse prisa y ponerse a la altura de los intereses del grupo dominante o comprenderlos. Hoy en día está claro que hay grandes áreas en las que nuestra sociedad dominante fracasa. A medida que la mujer reconoce sus fuerzas y plantea sus propias preocupacio nes, puede no sólo progresar hacia una nueva síntesis, sino a la vez clarificar y hacer mucho más obvias las cuestiones funda mentales de todo ser humano.
¿Y qué papel juega el hombre en todo esto? Aquí quisiera retomar algunas de las últimas palabras de Freud al respecto, que ahora pueden verse bajo una perspectiva diferente.4 Freud dijo que lo primero contra lo que los hombres luchan es la identificación con la hembra, cosa que, como diría cualquier psicoanalista, implica a la vez el deseo de tal identificación. Quisiera sugerir que el varón no lucha contra la identificación con la hembra per se en sentido concreto, sino para reconquis tar las partes de su propia experiencia que han delegado en la mujer. El hombre, según creo, disfrutaría de una gran comodi dad y crecimiento potencial si fuera capaz de integrar y reinte grar esas partes de sí mismo. Desea reconquistar sin dolor la experiencia de sus vicisitudes y luchas, que representan los problemas inevitables de crecer y vivir con el propio ser total en nuestra sociedad imperfecta; desea reconquistar esas partes de sí mismo que poseen propiedades temibles, pero que se han hecho mucho más temibles al ser etiquetadas como «femeni nas».
A medida que la mujer se niegue a ser la portadora de algunos de los problemas fundamentales no resueltos por nues tra sociedad masculina, y a medida que pase a ser la exponente
4. Sigmund Freud, «Analysis Terminable and Interminable» (1937), en la Standard Edition o f the Complete Works o f Sigmund Freud (Londres, Hogarth Press, 1964).
de algunas de las mejores partes del potencial humano, creare mos un clima en el que el hombre se enfrente al reto de manejar sus propios problemas a su manera. El hombre se enfrentará a la necesidad de ocuparse de sus experiencias corporales, sexua les e infantiles, de sus sentimientos de debilidad, vulnerabilidad e indefensión y de otras áreas similares por resolver. Pero también podrá proceder a ampliar su experiencia emocional y descubrir más plenamente su potencial de cooperación y creati vidad. Dado que estas áreas ya no serán «cubiertas» por la mujer ni devaluadas por la sociedad masculina, el hombre se verá forzado a enfrentarse a las formas en que sus mecanismos sociales no se adecúan a tales necesidades. Tendrá que encon trar otras nuevas y mejores.
Podría ser útil resumir lo que seguirá. Creo que la mujer puede valorar sus cualidades psicológicas de una forma nueva a medida que reconoce sus orígenes y funciones. A lo largo de este libro enfatizo estas fuerzas. Al final podemos esperar ubicarlas en el seno de una teoría más completa del desarrollo femenino. Pero incluso ahora podemos reconocer que el grupo dominante no percibe las fuerzas psicológicas de la mujer como tales.
No estoy afirmando que la mujer deba volver a cierto papel de «criadora». Al contrario. Puede avanzar y aumentar su actividad y su esfera de acción sobre una base que ya es valiosa de por sí.
Es posible que esto pueda sonar como si estuviera afirman do que la mujer es mejor porque ha sufrido más; o que es más virtuosa. No me ocupo de este tema. Lo que sí veo es que nuestra sociedad dominante es muy imperfecta. Es una organi zación de bajo nivel y primitiva, construida sobre un concepto sumamente restringido del potencial humano total. Se basa en metas que, a largo plazo, resultan destructivas para el grupo dominante y en intentos de negar amplias áreas de la experien cia. La falsedad y el impacto total de estos conceptos limitados se han mantenido ocultos. La mujer ha sacado a la luz una parte fundamental y enorme de este impacto justamente porque ella es quien lo recibe.
Algunas de las áreas de la vida negadas por el grupo domi nante se relegan y proyectan en todos los grupos subordinados, no solamente en las mujeres. Esto se fundamenta en el conoci do fenómeno del chivo expiatorio. Pero otras partes de la experiencia humana son tan necesarias que no pueden proyec tarse muy lejos. Uno debe tenerlas cerca, incluso si aun así puede negar que sean suyas. Estas son las áreas especiales relegadas a la mujer. Ella siente más acuciantemente los proble mas de tales áreas basándose en su experiencia con ellas, pero se ven aún más menospreciadas si mencionan lo inmencionable o exponen ciertos problemas clave. Esta proscripción les ha impedido ver que tienen deseos y formas de vida diferentes de aquellos reconocidos y recompensados por la cultura dominan te. A este respecto, se puede realmente ver a la mujer como «adelantada» a la teoría y práctica psicológica; y a la cultura que cimenta dicha teoría.