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El bautismo del Espíritu

LLENA DE GRACIA CELESTIAL LOS CORAZONES QUE HAS CREADO

4. El bautismo del Espíritu

La primera estrofa del Veni creator está como atravesada por esos tres verbos puestos en posición fuerte, al comienzo y al final del verso: “¡Ven, visita, llena!”. Ellos confieren a toda la es­ trofa un gran impulso, como en un crescendo musical. Pero esos tres verbos, bien pensados, plantean también un serio proble­ ma a nuestra teología. ¿Cómo puede la Iglesia repetir al Espíritu Santo: “¡Ven, visita, llena!”? ¿Acaso no cree que ha recibido ya el Espíritu Santo en Pentecostés, y posteriormente, de manera in­ dividual, en el bautismo? ¿Qué significa decir: “¡Ven!” a alguien que sabemos que ya está presente?

El problema se plantea también para la Escritura. El día de Pentecostés todos quedaron llenos del Espíritu Santo: pero he aquí que, no mucho tiempo después, hubo una especie de se­ gundo Pentecostés, en el que de nuevo todos “quedaron llenos del Espíritu Santo” y entre ellos también algunos de los após­ toles que ya habían estado presentes en el primer Pentecostés

(Hch 4, 31). Pablo recomienda a algunos cristianos, bautiza­ dos desde hace tiempo y activos en la comunidad, que se lle­ nen del Espíritu (cfr. Ef 5, 18), como si antes no lo hubieran hecho.

Esta aparente contradicción en realidad es un indicio valioso que puede conducirnos a hacer un descubrimiento. Santo To­ más de Aquino nos da una explicación teológica de las nuevas “venidas” del Espíritu Santo en nosotros. Observa, ante todo, que el Espíritu Santo “viene” no porque se desplace de lugar, sino “porque con la gracia empieza a estar, de un modo nuevo, en aquellos a quienes convierte en templo de Dios”25.

“Hay una misión invisible del Espíritu cada vez que se produce un avance en la virtud o un aumento de gracia...; cuando alguien pasa a una nueva actividad o a un nuevo estado de gracia; por ejem­ plo, cuando recibe la gracia de hacer milagros o el don de profecía,

cuando, impulsado por un amor ardiente, se expone al martirio, o renuncia a sus bienes, o emprende cualquier otra cosa ardua y comprometida”26.

Pero más importante aún que la explicación que se pueda dar de ello, es el hecho. El nuevo Pentecostés se está producien­ do. Siempre lo ha hecho, pero recientemente ha adquirido pro­ porciones nuevas, que jamás se habían conocido. A comienzos del siglo XX, con la aparición del fenómeno pentecostal, y des­ pués, hacia la mitad del mismo, con los distintos movimientos carismáticos que se han ido manifestando dentro de las iglesias tradicionales. En opinión de muchos, se trata del movimiento espiritual de proporciones más amplias de toda la historia de la Iglesia: en unos ochenta años, ha habido un crecimiento de cero a cuatrocientos millones de personas.

En este contexto, hay que mencionar el llamado bautismo del Espíritu, que es la gracia propia de todo este amplio des­ pertar espiritual. Se trata de un rito hecho de gestos de una gran sencillez, acompañado por actitudes de humildad, de arrepen­ timiento, de disponibilidad a hacemos niños, para entrar en el Reino. Es una renovación y una actualización de toda la ini­ ciación cristiana, no solamente del bautismo. El interesado se prepara para ello, no solamente con una buena confesión, sino participando en catequesis, donde se le recuerdan, de manera viva y gozosa, las principales verdades y realidades de la fe: el amor de Dios, el pecado, la salvación, la vida nueva, la transfor­ mación en Cristo, los carismas, los frutos del Espíritu. Y todo en un clima caracterizado por una profunda comunión fraterna.

Otras veces, en cambio, todo se produce de manera espon­ tánea, fuera de todo esquema, y uno se siente como “sorprendi­ do” por el Espíritu. Un hombre ha dado este testimonio:

“Iba en avión y estaba leyendo el último capítulo de un libro sobre el Espíritu Santo. En un momento dado, fue como si el Espíritu

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Santo saliera de las páginas del libro y entrara en mi cuerpo. De mis ojos empezaron a salir ríos de lágrimas. Me puse a rezar. Me sentía sobrepasado por una fuerza muy superior a mí”27.

El efecto más común de esta gracia es que el Espíritu Santo, de objeto de fe intelectual, más o menos abstracto, se transfor­ ma (como ya hemos dicho que tiene que ser por su naturaleza) en una experiencia. Un conocido teólogo ha escrito:

“No podemos negar que el hombre puede hacer en esta vida ciertas

experiencias de gracia, que le dan una sensación de liberación, le abren horizontes del todo nuevos, se graban profundamente en él y le transforman, moldeando, incluso durante mucho tiempo, su ac­ titud cristiana más íntima. Nada impide llamar a estas experiencias

bautismo del Espíritu”28.

A través de lo que se llama, precisamente, bautismo del Espíritu, hacemos experiencia del Espíritu Santo, de su un­ ción en la oración, de su poder en el ministerio apostólico, de su consuelo en la prueba, de su luz en las decisiones. Aun antes que en la manifestación de los carismas, es así como le percibi­ mos: como Espíritu que nos transforma interiormente, nos da el gusto de alabar a Dios, nos hace descubrir una nueva alegría, nos abre la mente a la comprensión de las Escrituras y sobre todo nos enseña a proclamar que Jesús es “Señor”. O bien nos da el valor de afrontar tareas nuevas y difíciles, para el servicio de Dios y del prójimo.

Así es como describía los efectos del bautismo del Espíritu sobre sí misma y sobre el grupo, una de las personas que esta­ ban presentes en el retiro de 1967, donde comenzó la Renova­ ción carismática en la Iglesia católica:

“Nuestra fe se ha hecho más viva; nuestro creer se ha convertido en una especie de conocimiento. De repente, lo sobrenatural se ha he­ cho más real que lo natural. En una palabra, Jesús es un ser vivo para nosotros. Intenta abrir el Nuevo Testamento y leerlo como si fuera

27 En "New Covenant” (Ann Arbor, Michigan), junio de 1 9 8 4 , p. 1 2 .

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