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El Espíritu de la gracia

LLENA DE GRACIA CELESTIAL LOS CORAZONES QUE HAS CREADO

3. El Espíritu de la gracia

Ya está claro: el mensaje de esta parte del Veni creator está todo encerrado en la palabra “gracia”. Este es el “panal” del que ahora tenemos que “sacar la miel”, la llave que tiene que abrirnos una nueva habitación en el gran tesoro que es la reve­ lación sobre el Espíritu Santo. “Gracia” es una de las palabras que debemos reverdecer y actualizar, porque se ha estropeado, lo mismo que se estropea un fresco que ha sido restaurado de­ masiadas veces.

Lo primero que salta a la vista, cuando leemos el Nuevo Testamento y sobre todo a Pablo, es la gran semejanza, por no decir equivalencia, entre Espíritu Santo y gracia. Ambas reali­ dades aparecen juntas una vez en la expresión “el Espíritu de la gracia” (Hb 10, 29). Pero la demostración principal reside en las prerrogativas, a menudo idénticas, que se atribuyen a una y a otra realidad. En ocasiones, donde aparece “Espíritu Santo” podemos leer “gracia”, y viceversa, sin que el sentido del texto sea mínimamente alterado.

La identificación entre gracia y Espíritu Santo se hace ex­ plícita en los Padres, en cuanto empieza la reflexión sobre la naturaleza divina del Paráclito:

18 A d á n d e S a n V í c t o r , Pentecostés: A H M A 54, 243: “Typum gerit iubilaei / dies iste, si diei / requiris mysteria” ; c f r . también O r í g e n e s . L o s Números, 5,2: G C S 30, 28. R u p e r t o DE D e u t z . El Levítico, II, 41: CM 22, 907; íd. Libro de los Oficios divinos, 12: C M 7, 347ss; E r m a n o DE RUNA.

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“Así como es del Padre y del Hijo, la gracia es también del Espíritu Santo. ¿Cómo puede, de hecho, haber gracia sin el Espíritu, cuan­ do toda gracia divina está en el Espíritu?”19.

¿Qué es lo que destaca, acerca del Espíritu Santo, este es­ trecho parentesco con la gracia? Lo primero es su gratuidad. El Espíritu Santo, como gracia, es el don absolutamente gratuito, inmerecido, de Dios a los hombres. Lo segundo es su historici­

dad, es decir, su procedencia del evento redentor de lá muerte y resurrección de Cristo. El Espíritu Santo del que viven los cristianos no es una realidad intemporal, vaga, que envuelve al creyente un poco como hace la atmósfera con la tierra. Con Cristo ha entrado en la historia y, mediante el bautismo, en la vida de todo creyente.

Y, por el contrario, respecto a la gracia, ¿qué es lo que desta­ ca su estrecho parentesco con el Espíritu Santo? Primero, que la gracia no es sólo una benévola disposición, o una “buena volun­ tad” por parte de Dios hacia nosotros; no es algo sólo intencional, sino real. Segundo, que es un acontecimiento, un acto concre­ to, una intervención nueva y personal de Dios, comparable a la intervención inicial de la creación. La gracia, en su significado fundamental, no es algo que Dios encuentra en el hombre, por cualquier motivo, y que lo hace grato a él; antes bien, es el mis­ mo acto de Dios que lo hace ser justo y grato a él. La gracia es, ante todo, gracia “de Dios”, no “del hombre”. Después, una vez que el hombre la ha recibido, la gracia no es sólo un título jurídico que le da derecho a la salvación, una especie de sal­

voconducto; es un poder real, así como es un poder real el del Espíritu Santo.

La gracia es algo que se experimenta. Lo mismo que ocu­ rre con el Espíritu Santo, no solamente podemos tener de ella una idea, un concepto, o incluso una fe (si por fe entendemos únicamente el consentimiento de la mente), sino que pode­ 19 S a n A m b r o s io . El Espíritu Santo, 1 ,127; cfr. D íd im o d e A l e j a n d r í a . El Espíritu Santo, 16: PG 39,

mos -y es normal que lo hagamos- experimentarla. Esto está muy claro en la Escritura20. Un día, “el Espíritu Santo llenó de alegría a Jesús, que dijo...” (Le 10, 21); la acción del Espíritu es la fuente de esta oleada de alegría que brota del corazón de Cristo y lo impulsa a bendecir, alabar y dar gracias al Padre. Lo mismo ocurre con Pablo. Cuando él escribe que “la es­ peranza no engaña porque, al darnos el Espíritu Santo, Dios ha derramado su amor en nuestros corazones” (Rm 5, 5), o cuando habla del Espíritu que “se une al nuestro para dar testimonio de que somos hijos de Dios”, o del Espíritu que “viene en ayuda de nuestra flaqueza” e intercede por noso­ tros “con gemidos inefables” (Rm 8, 16.26), no está haciendo una simple declaración de principios: más bien, intenta tra­ ducir en palabras algo que ha experimentado y sigue experi­ mentando en su corazón y que lo conmueve. No se trata de una experiencia sólo individual, sino colectiva. Expresiones como: “Dios nos ha dado su Espíritu”, “ustedes han recibido el Espíritu”, “el Espíritu habita en ustedes”, dejan entrever claramente un hecho del que todos son conscientes, del que todos están convencidos.

El Apóstol habla, pues, tanto del Espíritu Santo como de la gracia, como de algo que se puede experimentar, en el sentido espiritual, no material, obviamente. A la definición de la divi­ nidad del Espíritu Santo, en el concilio ecuménico de Constan- tinopla del 381, se llegó precisamente a partir de la experiencia que de él tenía la comunidad durante el culto, en el martirio y en la vida cristiana en general. Si el Espíritu Santo nos diviniza, no hay duda de que es Dios: éste era el argumento que constan­ temente repetía Atanasio21. Primero viene la experiencia -nos diviniza o nos santifica— y después la afirmación dogmática: es Dios.

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