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Las beguinas y su relación con las órdenes mendicantes

1.5. El movimiento de las beguinas en la Edad Media

1.5.3. Las beguinas y su relación con las órdenes mendicantes

Como hemos insistido en este capítulo, las beguinas tenían relaciones con personas que las protegían, las orientaban, o mejor, las escuchaban en asuntos espirituales. Para ellas, un aspecto relevante en su movimiento fue el acercamiento a las órdenes mendicantes, con las que compartían ideales, de pobreza, de oración, de meditación y de vida en común. Las

149 Ibíd., 120 150 Ibíd., 122.

órdenes mendicantes cuya palabra latina mendicare alude a mendigar, pedir, limosnear y esperar.

La opción por llevar una vida mendicante, despojada de bienes y de prestigios, fue el ideal que inspiró a muchos religiosos a imponer la pobreza como un estilo de vida más acorde con el Evangelio. Así, en la Edad Media, muchos hombres y mujeres buscaron vivir con más libertad frente a los bienes para experimentar la providencia de Dios. Los movimientos mendicantes se caracterizaron por la opción de una vida en absoluta pobreza, por la inserción en los sectores urbanos para a servir allí a los más necesitados, para predicar y también para mendigar: “Hoy se consideran mendicantes no solo los troncos originarios, sino las ramas reformadas procedentes de ellos, en un primer momento fueron cuatro: dominicos, franciscanos, carmelitas de la antigua observancia y ermitaños de san Agustín, todos del siglo XIII”.151

Las órdenes mendicantes se han destacado en la historia de la espiritualidad religiosa por su permanencia, su capacidad para evolucionar o transformar su visión de pobreza acorde con los momentos históricos. Las dos grandes órdenes que han hecho presencia en la Iglesia y que están relacionadas en cierta forma con el tema que nos ocupa de las maestras místicas medievales fueron la Orden de los Franciscanos y la Orden Dominicana.

Ante todo es digna de mención la escuela franciscana. San Francisco fue uno de los místicos más elevados de la Iglesia. Toda su concepción de la nueva Orden que fundó y toda su vida religiosa estaba “fundada en el amor más tierno y afectuoso a la pobreza, como el modo más perfecto de imitar a Cristo […]. La espiritualidad franciscana tomó como base la mortificación propia y la renuncia de la propia voluntad, con el objeto de conseguir de esta manera el verdadero conocimiento propio y la humildad verdadera, de donde se sigue el entregarse confiadamente en manos de Dios”.152

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De Pablo Maroto, Daniel. Espiritualidad de la baja edad media. Siglos XIII y XIV, 34.

La Orden Dominicana que actualmente lleva el nombre de su fundador, santo Domingo de Guzmán, representa en la historia de la Iglesia un aporte importante en cuanto a la predicación, la enseñanza, el ejemplo de vida y la defensa de la fe ante las herejías que en su momento representaban un serio peligro para la Iglesia. La finalidad era vivir una vida de austeridad y de pobreza absoluta, para ser mendicantes y vivir con radicalidad el Evangelio, a ejemplo de Jesús, que no tenía donde reclinar la cabeza. “Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo nidos; pero el hijo del hombre no tiene donde reclinar su cabeza” (Lc 9, 58).

La Orden Dominicana ha entendido y vivido su misión como: “Contemplari et aliis tradere contemplata”, contempla y trae a los otros lo contemplado. También, se ha hecho conocer por: “Laudare, Benedicere, Praedicare”, alabar, bendecir y predicar. Con esto los frailes quisieron conciliar la oración, la liturgia y la contemplación con la acción y el apostolado. Es importante precisar que la Orden de Domingo De Guzmán debe entenderse también a partir de la relación con las comunidades religiosas femeninas, donde ellos se desempeñaban como consejeros, predicadores y confesores.

Para los dominicos la oración es fundamental en la vida de todo fraile y de todo ser humano. Es novedosa en su momento la manera de orar de santo Domingo. Para él el cuerpo cumplía una función importante. Era una oración que partía de la postración, la penitencia, la genuflexión, la contemplación, la intercesión intensa, la súplica, la lectura meditada y la oración en el camino.153 En esta misma dirección, las maestras místicas que

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“El primer modo de orar consistía en humillarse ante el altar como si Cristo representado en él estuviera

real y verdaderamente y no solo en forma de símbolo […], el segundo modo, tendiéndose entero en tierra apoyado sobre la cara, se compungía en su corazón y reprendía a sí mismo repitiendo, a veces tan alto que se

le podía oír, el texto evangélicoμ Dios, sé propicio a mí, pecador […], el tercer modo, levantándose del suelo, se disciplinaba con una cadena de hierro […], el cuarto modo, colocado delante del altar o en el capítulo, fijo el rostro frente al crucifijo, santo Domingo lo miraba con suma atención doblando las rodillas una y otra vez y

hasta cien veces […], el quinto modo, colocado de pie ante el altar, con todo el cuerpo erguido sobre sus pies sin apoyarse o arrimarse a nada y en ocasiones con las manos extendidas ante el pecho como si fuera un libro

abierto […], el sexto modo, con las manos y los brazos abiertos y extendidos con fuerza a semejanza de cruz,

cuanto le era posible manteniéndose en pie […], el séptimo modo, cual saeta lanzada por un arco tenso en línea recta a lo alto (Is 49, 2), con las manos levantadas con fuerza por encima de la cabeza, enlazadas o un

poco abiertas como para recibir algo de arriba […], el octavo modo, se retiraba a un lugar solitario, en la celda

o en otra parte, para leer o rezar, entreteniéndose consigo mismo y estando con Dios […], el noveno modo, se apartaba del compañero, adelantándose a él o, con más frecuencia, siguiéndolo de lejos. Y guardando la

estudiamos en esta tesis nos muestran también una relación íntima entre la oración donde el cuerpo expresa el afecto, las pasiones, los deseos y la gratitud hacia el Creador. El cuerpo es el medio a través del cual entramos en contacto con la divinidad. El cuerpo, lugar de los sentidos, que alaba y reconoce una presencia superior que lo habita y lo lleva a pronunciarse.

Para santo Domingo, la predicación fue una manera de conectarse con el misterio de Dios, con la vida de Jesús y con la convicción de que una vida llena de austeridades y pobreza era el mejor vehículo para seguir al Señor. Santo Domingo, vivió apasionadamente de manera que su vida tocó a muchos en un sentido de cambio y conversión. Lega para la historia de la espiritualidad dominicana un carisma que abarca una concepción amplia de familia, en la que forman parte los religiosos dominicos, las religiosas dominicas y las asociaciones de laicos.

Las beguinas, como hemos insistido a lo largo de este capítulo, mantenían relaciones con frailes dominicos. Especialmente Matilde de Magdeburgo, que más adelante analizaremos, dedica gran parte de su libro a unas misivas dirigidas a frailes en las que las alertaba sobre su vida espiritual, su pobreza y su predicación. Su escrito es de quien se ha hecho conocer como maestra y se ha ganado el respeto y la admiración de algunos de los miembros de esta Orden. “En 1230 la atención pastoral de la beguinas no estaba aún resuelta, pero posteriormente fue confiada a los dominicos, que en adelante se encargarían de la formación cultural y espiritual de las beguinas. Por sugerencia de su confesor Matilde comenzó a redactar sus experiencias religiosas en su libro Das Filiebende Licht Der Gottheit”.154

Las beguinas son contemporáneas de la corriente mística renana representada por los dominicos Eckhart, Taulero y Suso. Vivían una espiritualidad que iba en consonancia con

distancia oraba y caminaba, y se encendía en su meditación como el fuego (Sal 39, 4)”Blanco, Pedro (Edt)

Nueve modos de orar en santo Domingo. Salamanca: Editorial san Esteban, 2003: 9-35. Otro autor que comenta la oración de santo Domingo es: Fueyo Suárez, Bernardo. Modos de orar de santo Domingo. Salamanca: Editorial san Esteban, 2001.

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la doctrina del desprendimiento de sí mismo, el desasimiento y el empeño en la humildad y el conocimiento. Para ellas y para el Maestro Eckhart en la relación con Dios, el ser humano tiene que vaciarse, anonadarse y rendirse. “Redúcete a lo que eras antes incluso de haber nacido sobre la tierra, empobrécete y empequeñécete hasta desnacer, deshazte del exceso de contacto con el mundo no divino, hasta el punto que ni siquiera seas tú, sino nada más que la acción inmanente de la trinidad en la que el abismo de la divinidad se refleja principalmente en la sabiduría eterna”.155

Las beguinas fueron revelando y confiando sus visiones y experiencias del misterio a los frailes dominicos con quienes tenían relación. Estas mujeres permanentemente dialogaban con ellos, aunque ellas no eran monjas, los frecuentaban, también como una manera de sostener las buenas relaciones con la Iglesia. Y los dominicos, por su parte, cumplían el encargo que habían recibido para asistir a los conventos de monjas. “Las monjas, siendo mujeres y viviendo dentro de la clausura, ven la vida de un modo diferente al de los frailes. Por ello hay que andar con gran prudencia para no hacer algún estropicio ni invadir un ámbito que no sea el nuestro”.156

La presencia de los dominicos en la vida religiosa femenina, dada por la cura monialum, y en las organizaciones de vida apostólica femenina como las beguinas, tiene un estrecho acercamiento, como ya se dijo, a la corriente espiritual renana. En los escritos de las maestras, temas como el alma y Dios, el nacimiento de Dios en el alma, la Trinidad, la relación de la divinidad con el hombre, el desasimiento para la Unión con Dios, hallan similitudes en una concepción teológica bastante revolucionaria en su época. Eckhart, muy cercano en su lenguaje femenino considera: “No basta con que el ser humano se haga totalmente receptivo a Dios, es que Dios se vuelva fecundo en él. Pues hacer fecundo el don no es otra cosa que el agradecimiento por el don recibido. Y así el espíritu [humano] se

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García Baró, Miguel. De estética y mística. Salamanca: Ediciones Sígueme, 2007: 49.

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hace “mujer”: en esta gratitud que, en retorno, engendra y en la cual [el espíritu humano] hace nacer a Jesús en el corazón paterno de Dios”.157

Por otra parte, las beguinas también se relacionaron con la Orden Franciscana, Orden mendicante que basa sus principios en la pobreza de san Fracisco de Asis. “San Francisco en la relación con los pobres […], pudo admirar el espíritu de compañerismo que los unía y la inmediata comprensión de las mutuas miserias”158, pues es en la pobreza donde todos nos reconocemos necesitados, limitados, pero también solidarios y agradecidos. San Francisco centra también su espiritualidad en la afectividad (se ora desde el corazón y con todo el ser), la contemplación de la naturaleza (ella nos habla del misterio de Dios), la armonía entre los seres humanos (la fraternidad que es el principio de la no violencia) y la armonía con el entorno (el cuidado y la responsabilidad con la naturaleza).

En esta perspectiva, san Francisco entendía la pobreza como una dama159 que proporcionaba libertad y hacía posible la relación del alma con Dios. La pobreza como una categoría teológica que es don dado por Dios. Si bien el santo manifestó la pobreza visiblemente en la carencia de bienes, también supo mostrarla a partir de la condición de creatura dependiente y necesitada de Dios. En este sentido Dios es para los hombres y mujeres la única riqueza a la que deben aspirar. El modelo a seguir es Jesús como hombre que todo lo recibe de su Padre, despojado hasta de sí mismo, pudo tener la autoridad para pedir a sus discípulos que también lo dejaran todo, que se descargaran de las preocupaciones por poseer bienes y no se dejaran seducir por ellos. En relación con la espiritualidad franciscana, las beguinas también encuentran en la pobreza un sentido profundo de desprendimiento, de mendicancia y de una vida fuerte de oración.

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Rivas, Fernando (Edit). Iguales y diferentes. Interrelación entre mujeres y varonescristianos a lo largo de la historia. Madrid: san Pablo. 2011: 119.

158

P. Cuthbert, O.F.M. Vida de san Francisco de Asís. Barcelona: Editorial Franciscana, 1956: 31.

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Ibíd., 31. “Dama pobreza era la libertad, era la realización de todas sus aspiraciones, era, el fin, la morada segura de su alma. Pobreza, solo ella y nada fuera de ella […], ella fue la que le imprimió en su vida su eminente nobleza, el simple amor a Dios y a las criaturas, los sentimientos de generosidad y compasión, la noción del estrecho parentesco que une a todos los que reconocen a nuestro Padre que está en los cielos; cosas todas de poca monta para los que tienen sed de riquezas, honores y poderío”.

En san Francisco y en el franciscanismo del siglo XIII hay un lugar para la mujer que no se encuentra en semejante grado y perspectiva en ningún otro medio religioso de la época, fuera, claro está, del contexto de las beguinas y en espera de las grandes místicas benedictinas de Helfta, a finales de dicho siglo. En san Francisco, la mujer se presenta como una imagen de ensueño y tiene valor de símbolo. Francisco buscaba una esposa, sueña con su dama. Junto a la esposa y a la dama, la madre también es un símbolo frecuente en él. Se compara a sí mismo como una bella dama (mulier formosa). Tres mujeres atravesaron destacadamente la vida de san Francisco: Clara de Asís, Giacomina di Settesoli y en menor grado Práxedes, la reclusa romana. Con santa Clara está en estrecha asociación con la primera Orden masculina y la fundación de la segunda Orden, la de las damas pobres.160

Las beguinas supieron vivir una vida que a ejemplo del Maestro Jesús, fue de entrega generosa de lo que ellas eran (mujeres ilustradas) y tenían (los bienes) para hacer opción por el más necesitado y ejercer allí la misericordia y la caridad. Temas fundamentales como la pobreza y la oración hallan en las beguinas un camino que, para recorrerlo, necesita un itinerario de vida espiritual y ellas como maestras buscaron enseñarlo desde sus propias experiencias. Ellas, las beguinas, vivieron una pobreza que impactó a la sociedad de su momento, vivieron con lo necesario y mendigaron. Ofrecieron una nueva interpretación del seguimiento de Jesús; al igual que san Francisco, consideraron que el ser humano tiene que restablecer la relación con Dios, a partir de un camino de pobreza y de oración.

Podemos considerar el Evangelio como el llamamiento más fuerte al hombre para que se preocupe de su alma. “Jesús no se ocupó de la sociología o de la economía política; no ha venido para intervenir en las feroces contiendas de los hombres por las riquezas terrenas. Al hombre que le rogaba acompañase para obligar a su hermano para repartir la herencia paterna, lo rehúsa diciéndole: Hombre ¿quién me ha constituido juez o repartidor entre vosotros? (Lc XII, 14)”.161

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Le Goff, Jacques. san Francisco de Asís. Madrid: Akal. S. A., 2003: 122.

La pretensión de señalar aquí la relación de las beguinas con las Ordenes medicantes, no es la de mostrar cómo, por qué y de qué manera se relacionaron y cuáles fueron las características de sus relaciones. Como hemos insistido ya en este capítulo, la situación de la mujer es compleja, para hacerse oír, tenía que tener el aval de un hombre que la representara. En el caso de las beguinas su forma de vida dependía de las comunidades masculinas que las asistían. Muchas de estas mujeres, más que recibir de ellos orientaciones, fueron sus maestras; así lo describe un fraile biógrafo de una de las beguinas

María de Ognies, “sabe de su ascetismo que tilda de admirable y excesivo al mismo tiempo,

de su vida activa al cuidado de los leprosos, de su vida contemplativa, de sus experiencias

extáticas y su poderoso carácter de maestra”.162

La mención que hemos hecho de la relación de las beguinas con las órdenes mendicantes, además de la ‘dirección espiritual’ que recibían, también está en el pensamiento teológico que expresan en sus escritos. Las maestras compartían sus escritos con los frailes. Un ejemplo de ello son los sermones de Meister Eckhart con su doctrina sobre el abandono de uno mismo, del deseo de Dios y de la creación. Tanto para las beguinas como para el

maestro Eckhart, “las obras exteriores, como los ritos eclesiásticos y los sacramentos, son

de poco o nulo valor para el alma que vive la unidad con Dios”.163 Las beguinas hicieron una fuerte crítica a quienes se interesaban únicamente por los rituales de la confesión, sin renunciar a sí mismos, igual lo hace el maestro Eckhart, tanto ellas como él son observados con sospecha y señalados de herejías.