CAPÍTULO 3. Medición y evaluación
3.9. Beneficios de la mejora de la Inteligencia Emocional
Comprender y fomentar el desarrollo de la inteligencia emocional es beneficioso para innumerables aspectos de la vida de una persona. Varios
meta-análisis realizados recientemente (Durlak et al., 2011 y Sklad et al. 2012) sugieren que el aprendizaje socio-emocional (SEL) en las escuelas tiene un impacto positivo en una serie de resultados:
• Habilidades socio-emocionales
• Problemas de salud mental
• Rendimiento académico.
Se seleccionan y analizan a continuación estos tres aspectos relevantes que correlacionan positivamente con la inteligencia emocional.
3.9.1. Inteligencia emocional y relaciones interpersonales
La IE juega un papel esencial en el establecimiento, mantenimiento y calidad de las relaciones interpersonales (Extremera y Fernández-Berrocal, 2005). Cuanto más alta es la inteligencia emocional de una persona, mejor maneja sus propios estados emocionales y los de los demás, y mejores son las relaciones que mantiene con los que le rodean (Goleman, 1995). Las investigaciones corroboran la relación entre alta IE y competencia social, mejor calidad de las relaciones, y más sensibilidad interpersonal (Brackett et al., 2006; Extremera y Fernández-Berrocal, 2006; Lopes, Salovey, Cote, Beers y Petty, 2005; Mayer, Salovey y Caruso, 2008). Pacheco y Berrocal (2004) demostraron, al igual que Mayer, Caruso y Salovey (1999), que “aquellos estudiantes con niveles elevados de manejo emocional mostraban mayores niveles de intimidad y afecto hacia sus amigos. Igualmente, aquellos alumnos con altas puntuaciones en manejo emocional mostraban mayor empatía y una mayor toma de perspectiva así como menores niveles de malestar personal” (p.132).
3.9.2. Inteligencia emocional y salud
Se entiende por salud“un estado completo de bienestar físico, mental y social y no meramente la ausencia de enfermedad o de minusvalía” (OMS, 1948). Un gran número de investigaciones indican que a mayor nivel de inteligencia emocional, mayor es la probabilidad de desarrollar y mantener un buen estado
de salud tanto física como mental (Bisquerra, Pérez y García, 2015), lo cual no quiere decir que la inteligencia emocional sea, por sí sola, garantía de salud. Más bien es una ayuda para mantener sobre todo la salud mental.
La psicología positiva centra su interés en analizar las fortalezas, virtudes y destrezas humanas como base para comprender los factores que contribuyen al bienestar subjetivo. Según Diener (2009), éste tiene dos elementos: el balance o equilibrio afectivo (que se obtiene restando la frecuencia de emociones positivas a la frecuencia de emociones negativas) y la satisfacción vital percibida, más estable y con un mayor componente cognitivo. Estos elementos tienen una base común con la inteligencia emocional: las emociones y la interpretación que hacemos de ellas. Cuando uno se siente feliz (bienestar subjetivo alto), experimenta ciertos estados de ánimo y emociones de tipo positivo que le llevan a sentirse así. Y es aquí donde los estudios sobre la felicidad enmarcados dentro de la psicología positiva se dan la mano con los estudios sobre inteligencia emocional (Fernández-Berrocal y Extremera, 2009). La diferencia es que estos últimos también estudian las emociones negativas, la importancia de identificarlas, expresarlas adecuadamente y lo que es clave, cómo gestionarlas y reconducirlas para lograr nuestros objetivos.
A través de un meta-análisis de 25 estudios, Sánchez-Álvarez, Extremera y Fernández-Berrocal (2015) encontraron relaciones positivas entre IE y bienestar subjetivo, sobre todo a través de instrumentos de autoinforme, más que con instrumentos que miden IE capacidad. La correlación entre ambos constructos era alta de modo que, cuanto mayores niveles de inteligencia emocional tiene una persona, mayor es su felicidad o bienestar personal (Bar-On, 2013, Ciarrrochi y Mayer, 2007; Fernández-Berrocal y Extremera, 2009; Ferragut y Fierro, 2012; Matthews, Zeidner y Roberts, 2012).
Un reciente estudio de Zeidner, Matthews y Roberts (2012) propone un patrón de influencia de la inteligencia emocional sobre la salud física, a través de una serie de variables moderadoras (prácticas proactivas de autocuidado, autorregulación eficiente, recursos de apoyo social, mayores emociones positivas, etc.).
El bienestar no sólo está asociado a una mayor satisfacción psicológica, sino que tiene también importantes implicaciones sobre la salud física. Parece tener un papel relevante en la prevención y en la recuperación de condiciones y enfermedades físicas, permitiendo incluso incrementar la esperanza de vida (Vázquez, Hervás, Rahona y Gómez, 2009, p.23).
3.9.3. IE y rendimiento académico
“Una de las líneas de investigación que más interés ha generado en los últimos años, dentro del campo de la Inteligencia Emocional (IE), ha sido el análisis del papel que juegan las emociones en el contexto educativo y, sobre todo, profundizar en la influencia de la variable inteligencia emocional a la hora de determinar tanto el éxito académico de los estudiantes como su adaptación escolar” (Jiménez Morales y López-Zarra, 2009, p.69).
Las habilidades emocionales contribuyen a la adaptación social y académica facilitando el pensamiento, incrementado la concentración, controlando la conducta impulsiva y rindiendo en condiciones de estrés (Mestre, Guil, Lopes, Salovey y Gil-Olarte, 2006). Además influye en el rendimiento académico incrementando la motivación intrínseca.
En los últimos años, se ha comprobado que las evaluaciones-tests de rendimiento cognitivo basados en el cociente intelectual no tienen una buena validez predictiva, por lo que los investigadores han centrado su interés en otro tipo de variables, buscando una mayor capacidad predictiva del éxito académico y laboral, como la IE. La capacidad para identificar y comprender las emociones, gestionarlas adecuadamente, relacionarse bien con los demás y tener un equilibrio psicológico, está relacionado y afecta al rendimiento académico final. Son numerosos los programas de educación emocional que han demostrado efectos positivos en el rendimiento académico del alumnado (CASEL, 2013; Ciarrochi y Mayer, 2007; Denham y Brown, 2010; Elías, Zins, Weissberg, Frey, Greenberg y Haynes, 1997; Fernández-Berrocal, 2009, Güil y Gil-Olarte, 2007; Lantieri, 2008; Mestre y cols, 2006; Valles y Vallés, 2000), lo cual refuerza la relación entre inteligencia emocional y éxito escolar.
En este sentido, las conclusiones de Linda Lantieri (2008) sobre estudios de investigación de calidad, han demostrado que los estudiantes de las escuelas que utilizan un plan de estudios SEL (aprendizaje socio-emocional) mejoran significativamente en sus actitudes hacia la escuela, su comportamiento y su rendimiento académico. Casi 30 estudios han demostrado que los programas SEL resultan en mejoras en las calificaciones en un promedio de 14% más que los alumnos que no obtienen habilidades SEL. Además, el impacto de los programas SEL parece ser de larga duración
Al indagar más en las variables que forman el constructo inteligencia emocional, Valles y Vallés (2000) encontraron una fuerte relación entre
autoeficacia y autorregulación emocional con el rendimiento académico. En cambio, Ferrándiz, Hernández, Bermejo, Ferrando y Sáinz (2012) comprobaron que el factor “responsabilidad” es el que más influye (utilizando el EQi-YV).
En cambio, hay también algunos investigadores (e.g., Humphrey, 2009; Jiménez Morales y López-Zarra, 2009) que señalan resultados inconsistentes: la mayoría de los estudios han encontrado una relación moderada, otros (los menos) no han encontrado relación. Ellos lo explican debido a la falta de acuerdo sobre qué es la IE y cómo debería ser evaluada y a las diferencias metodológicas utilizadas en los diferentes programas.
Por otro lado, también existen problemas para delimitar el constructo “rendimiento académico”, pues es una variable que engloba diversos factores complejos como la inteligencia, la motivación, la personalidad, los estilos de aprendizaje, además de que le influyen muchos aspectos familiares y escolares, lo cual dificulta su estudio. Las calificaciones (notas) como único indicador del rendimiento es bastante limitado. No se recoge el grado de participación del alumno, ni la atención prestada, ni su predisposición a aprender, o el posicionamiento con respecto al grupo, centro o profesor. (Adell, 2006)
En definitiva, aún queda mucho por aclarar en cuanto a la relación entre inteligencia emocional y otros conceptos complejos, como la salud, el rendimiento académico o las relaciones sociales. Y sobre todo, no parecen evidentes las relaciones causales entre estas variables: una persona tiene empatía y como consecuencia puntúa bajo en IE, ¿o es al revés?, ¿cuáles son los modelos causales? (Landa, 2009).