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2. EL SISTEMA DE PERSONAJES: LA PULSIÓN INCESTUOSA

2.4. BERTA Y JORGE: EL SÍMBOLO FÁLICO-MÍSTICO DE LA MANO

En el capitulo XIV, se puede detectar la pulsión incestuosa que une a Berta con su hermano Jorge. Trasladada a otra casa, después de los pistoletazos, y sentada en un mecedor, Berta ve venir por la calle, entre ―rostros apiñados y expectantes‖ (p.102) a Jorge, quien se acerca al mecedor ―con su olor a mulo‖ y coloca su mano en la cabeza femenina, ―en un mudo símbolo de protección‖, y entonces ―Berta sentía la mano del hombre penetrándola, empequeñeciéndola hasta la infancia, pesando en ella con remota potestad‖ (p.103). Jorge y Berta estuvieron muy unidos en la infancia. Ella, menor que él, siempre tuvo su protección. En ―la ciudad lejana‖, en la casa de la tía Cleotilde, donde estuvo de niña con su hermano Jorge, salían ambos a pasear por calles, parques y plazas, y él le compraba golosinas que ―pasaban a sus manos iniciando un itinerario de estremecimiento y placer, de tibieza y de opacos sabores que la hacían mirar con dulzura a los alguaciles y a los carros cargados de carbón o de arroz que pasaban ante ella.‖ (énfasis agregado, p.103)

Enterado de la agresión a su hermana, Jorge, cerrados ―los puños con la furia de quien exprime dos naranjas de hierro‖, es una ―máquina de destrucción‖ (p.107), frente a la presencia, ―cuadra y media de sol y polvo‖ más allá, de ―aquel pingajo‖, ―aquella mezcla despreciable de piel azulosa, de turbios ojos y olor a aguardiente sudado‖ (p.107). Berta le pide a Jorge, tranquilidad y sosiego, frente a la violencia de los disparos ejercida por su marido Andrés. El acercamiento es íntimo, físico: ―Y lo acarició con temor y dulzura como a un potro que es necesario apaciguar para que no se rompa ni lastime los flancos con el ímpetu de su nerviosa juventud‖ (p.109). Luego, contradictoriamente, lo envía a la casa donde reposa la bestia de su marido, para que le traiga la botella de leche, los pañales de la

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niña (Evelia) y algún dinero, que se han quedado allá, dado el atontamiento en que la dejaron los cuatro disparos cuando salió intempestivamente de la casa. Es así como al llegar a la casa donde está Andrés, este dispara sobre Jorge, hiriéndolo en la mano, y Jorge levanta a su cuñado, lo estrella contra la pared y le golpea la cara con el revólver.

El tópico erótico-incestuoso de la mano vuelve a ser tratado cuando Jorge regresa herido ante su hermana Berta, ―con el brazo derecho en alto, envuelto en un pañuelo salpicado de sangre, como si cubriese la cabeza de un gallo sacrificado‖ (p.116). Hay unos celos implícitos de la prima Sara por Jorge hacia Berta. Sara, la prima de las hijas de Celia, se presenta como un ánima en pena, vestida de riguroso negro, sin estar de luto, en el infernal calor del verano:

Sara era implacable: traje rigurosamente negro, medias negras, babuchas de pana negra. De ese rigor luctuoso emergía su rostro pálido y fofo y sus ojos amargos, concentrados, ebrios de ansiedad y remota lujuria. Parecía embebida en un placer infernal y callado. (p.18)

Es como si Sara estuviese pagando una purga o condena. Enamorada de Jorge, sin decirlo directamente, siempre aparece en plan de echarle a perder el rato a Berta, como si supiera —de hecho es así— del impulso incestuoso que la une a su hermano Jorge. ―Llegaba al morir la tarde, silenciosa, afelpada, con su sonrisa apócrifa como si enjuagase sus encías con un trago de vinagre.‖ (p.18)

Se intuye que Sara está enamorada, en una pasión inconfesada, de Jorge, y sabe del impulso incestuoso entre Berta y su hermano, de allí que aprovecha la lesión en la mano de Jorge para enrostrarle a Berta lo que por ella le ha ocurrido: ―—¡Mira! —dijo Sara. Avanzaba sacudiendo el brazo derecho de Jorge, maligna y alegre—. Mira lo que ha hecho tu marido!‖ (p.117). Sara ―Pasó frente al rostro de Berta los dedos morenos, ensangrentados, acurrucados en el minúsculo sudario, como queriendo barnizarle las mejillas‖ (p.117). Entonces Berta ―Lo tomó [el brazo] entre sus manos, idiotizada, aplastada por la cercanía de aquellos rostros interrogativos y sudorosos‖ (p.117). Y luego: ―Berta, con la mano del hermano entre las suyas, trataba de descifrar aquella grotesca escena‖ (p.118). Berta mira a Sara: ―Vio su traje negro cubierto por una gasa de leve mugre y, debajo de él —estrecho, agitado por la envidia— su pecho tostándose en el purgatorio de un duro pensamiento‖

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(p.119). Aumenta el sentido de brazo como falo místico y el cierre de la puerta como el clímax de la relación pues Berta tocará a su hermano. Así, Berta

Cogió con su mano izquierda el brazo derecho de Jorge, lo sostuvo firmemente y subió con él los escalones del pretil. Todos la vieron (...) sosteniendo la mano de Jorge como un trofeo, como un rojizo cáliz en que convergían el calor, la vibración y la ignominia de aquel rudo verano. Cuando cerró la puerta dos lanzas de luz [los ojos celosos de Sara] acribillaron la madera. (p.119)

Paralela a esta situación de Julia, está la crisis de los otros hermanos. Así, Celia, sufriente testigo, no solo va a contemplar el esplendor sino también la disolución de su familia. Tal hecho supondría en ella un comportamiento lúcido, libre de la servidumbre, pleno como individuo. Sin embargo, ello no es más que un espejismo ético. Los valores que defiende Celia terminan siendo los de su marido. Estamos hablando de una paterna potestas premoderna, con toda la fuerza del habitus. Celia rechaza el espacio externo, no entiende que es necesaria su asimilación para poder sobrevivir. La imposibilidad de preservar a su familia del contagio social y económico, hace que se refugie en el reino de maticas del patio, espacio de letargo y congelamiento de la memoria. Ahora, el falo-logocentrismo del padre no se declara mediante discursos verbales. Hablamos aquí de un código no lingüístico silencioso, hecho de carraspeos y toses rituales. No hablamos de potestad marital, sino de paterna potestas, porque más que marido, Milciades se erige sobre Celia como padre. Vemos cómo hay algunos factores que hablan del habitus de dominación de Milciades, así como en Celia hay actitudes de rebajamiento debido a su naturaleza dominada.

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Cada uno de ellos —Milciades y Celia– busca en los hijos su pareja. En el caso de Celia, se enamora de su hijo Horacio, y en el de Milciades, su escogida es Julia, la hija mayor, quien se convierte en una Atenea que se hace cómplice de su propia virilización, asignada mediante la costumbre. Julia lee a su padre La Iliada y, a través de esta lectura, comprende las determinaciones paternas, volviéndose el resultado sumiso de un habitus. Julia cierra las puertas de su deseo, se declara nula en opciones eróticas. Mientras tanto, entre los

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hermanos también está presente el incesto, como es el caso de Berta y Jorge, acompañado del símbolo fálico-místico de la mano.

La pulsión incestuosa fluye entre lo somático y lo psíquico, pero no hay en ella una satisfacción. La satisfacción es irremediablemente parcial. Aún más cuando la dependencia de la paterna potestas, como en el caso de Celia-Milciades-Julia, es tan fuerte. El incesto como acto no se comete, pero se reemplaza por una acción simbólica entre padres e hijos y entre hermanos. Volviendo a revisar el binomio infancia/adultez, hay que decir que es la vida sexual infantil la que convierte a familiares en objetos sexuales, mientras que, en el mundo adulto, ya están consolidadas, aparentemente, las formaciones reactivas: el asco, la vergüenza y la moral. Julia se convierte en un candado viril que reproduce la dominación del padre. Su pulsión no es inhibida, ya que Julia no transforma en cariño ni afecto, sino más bien lo contrario, lo que siente por su padre. Pero sí hay un retorno sobre el propio yo (identificación) porque Julia se identifica con rasgos del mismo objeto viril. Celia, mientras tanto, quiere vivir una pasión erótica con Horacio, su hijo, pero recibe su asombro y rechazo, igual que la Fedra, de Racine. Hay represión, puesto que Celia está convencida de la independencia de su vida, y no se da cuenta de que está reproduciendo los valores patriarcales. De esta forma nace ese sentimiento de fracaso, pero también de consolación. Al mismo tiempo, Jorge y Berta, hermanos igual que Anselmo y Evelia, buscan un acercamiento imposible más íntimo bajo la mirada celosa de la prima Sara, que hace de vigilante.

Al final nos decimos que este sistema de parejas incestuosas no es nada sin el juego del lenguaje. Pensamos en el lugar importante que ocupa en la narrativa de Rojas Herazo el lenguaje: cómo resuelve la voz narrativa el discurso de la violencia simbólica, cómo maneja la semiótica, la estilística, la retórica, para lograr las coincidencias y las fugas. Así, tal cual se construye un texto ―femenino‖, que se debate entre ser la Mujer y ser un Sujeto no construido desde el género como diferencia sexual, que será el tema del tercer capítulo.

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