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1.4. IRRUPCIÓN DE LOS CONTEXTOS EN EL CRONOTOPO INTERNO

1.4.1. La Guerra de los Mil Días

Veamos ahora, más detenidamente, el tópico de la guerra como contexto a la historia de Celia y su familia. Ya hemos mostrado, en párrafos anteriores, dos hechos que surgen como consecuencias de la situación bélica: el encarcelamiento del Doctor Domínguez Ahumada, ―a quien trajeron de la hacienda arrastrándolo de la garganta con una cuerda‖ (p.147), y la invasión de la casa por la soldadesca conservadora, aparte de que, en otro nivel, se produce el contacto ―amoroso‖ del capitán Espinar con Julia. No se precisan las causas del apresamiento y encarcelamiento del doctor Milciades Domínguez Ahumada, aunque se presume su oposición liberal al estado conservador, hecho que pudiera corroborarse cuando en la agonía de la muerte, mucho después, rechaza los oficios religiosos de la extremaunción que le ofrece el cura, manifestación quizás, más que de un ateísmo, de un anticlericalismo ligado a la masonería que profesaban los liberales de finales del siglo XIX, en Colombia: Dice Celia: ―no quiso por mucha fuerza que le hizo el cura aceptar que le pusieran los óleos.‖ (p.152)

En la historia de Colombia, la Guerra de los Mil Días se produjo de 1899 a 1903, como producto de la lucha entre el Partido Conservador representado por el gobierno y su ejército, y el Partido Liberal, con fuerzas comandadas principalmente por el General Rafael Uribe Uribe8.

8Sobre la Guerra de los Mil días, anota Álvaro Tirado Mejía: ―El sector guerrerista del liberalismo, excluido

del parlamento y amordazado en la prensa se fue a la guerra pensando contar con el apoyo de los conservadores históricos, descontentos con el gobierno y quienes a la hora de las definiciones prefirieron apoyarlo. La exclusión política del sector liberal, la mala situación económica (...) y los escándalos monetarios y financieros, dieron elementos para la rebelión. Luego de grandes batallas en los meses iniciales de la guerra en que las tropas rebeldes fueron vencidas, la contienda se prolongó devastadoramente durante tres años, alimentándose en forma de guerrillas. Por el tratado de Neerlandia, firmado el 24 de octubre de 1902, un sector de los rebeldes se entregó y el tratado de Wisconsin, que lleva el nombre del barco de guerra norteamericano en que se firmó, el 21 de noviembre del mismo año, puso fin a las actividades militares en Panamá.‖ (1984, p.373)

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Durante la guerra, Jorge no está en casa para defender a las mujeres pues está en la milicia, alcanzando el grado de capitán a los diecinueve años, seguramente en las filas del ejército liberal, filiación política del padre y por el indicio de que en la guerra, Jorge dispara contra cuerpos uniformados de azul (color del Partido conservador). Por su parte, Horacio y Valerio, en los años de la guerra, son niños de siete y tres años, respectivamente. Un grupo de las fuerzas oficiales, en número de veintidós hombres, irrumpe en la casa de Celia. El teniente ocupa la alcoba matrimonial mientras los soldados se reparten por las otras habitaciones y el patio. La tropa llega en un momento de esplendor final de la casa, que se muestra en el piano de Julia y en ―el lecho de columnas salomónicas‖.

En este capítulo de la invasión a la casa, regresa, más incisiva que nunca, la violencia de lo masculino contra lo femenino. La violencia simbólica masculina que se vivía en la casa, principalmente la que ejercía el Doctor Domíguez sobre su mujer y sus hijos, es reemplazada por una violencia directa y expresa. El asalto destruye parte de la casa. Los soldados utilizan el piano como alacena para colocar la carne de cerdo que le han quitado a Celia, y luego lo descuartizan a machetazos, al igual que los muebles, para usar la madera en los fogones construidos con los grandes ladrillos rojos que arrancan del piso. Celia es herida en el brazo por una ―bala que había rebotado en uno de los arcos el comedor‖ (p.147). Tal vez sea este el episodio en que el caballo alcance, como símbolo de agresión masculina, su máxima significación, cuando el teniente decide dormir con su montura en la alcoba de Celia y las dueñas de la casa son obligadas a permanecer en el pañol donde antes dormían las bestias. Es decir, los caballos pasan a ser personas y las personas a ser caballos. Y nuevamente surgen los olores animalescos: a ―cuero vivo y sudado de los caballos, sobacos de indio serrano sin bañar, alcobas hediondas a meado de caballos y hombres.‖ (p.149)

Por su parte, el cabo Besugo persigue a Julia con la violencia simbólica contenida en un lenguaje verbal y gestual que deja en evidencia su hambre lúbrica: ―—Vea, bonita, vaide más bien y se nos mete en el pañol (la recorrió todo goloso y soez) no vaya a ser que me le dañen ese muestrario de encantos‖ (p.59). Es interesante, en este sentido, ver cómo el

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narrador, contaminado por la mirada o focalización airada de Julia y Celia contra los ejecutores de la guerra, realiza una descripción feísta del cabo, a quien se describe como ―un indio peludo, curvo y de ancas anchas‖, ―todo diente y cazurrería en el rostro de ojos babosos y bigotes caídos como alas de pájaro muerto‖, ―aquel bulto ancho y hediondo tenía menos sesos que un sapo y más deseos que un grupo de perros en celo‖, ―el rostro sudoroso del indio parecía una monstruosa fruta a la que acabaran de sacar de un lago de aceite‖, ―El curvo dejó todavía su olor a bestia lodosa y el visaje de sus ojos temblorosos al desaparecer‖. Toda esta descripción repugnante y tremendista del cabo Besugo9 busca

seguramente mostrar la fealdad de la guerra y se explica en la idea de Rojas Herazo, dentro de su credo estético, de que en los pequeños espacios de las aldeas, ciertas experiencias no existen como abstracciones sino como cosas concretas. Dice el autor: ―Ser pueblerino tiene sus ventajas. Una de ellas es la apretura sicológica. En un pueblo no existen, por ejemplo, ni el crimen ni la calumnia ni el robo como entidades abstractas. No, en absoluto. El crimen se llama fulano, la calumnia, zutana o mengano‖ (Sarrias, 1986, p.15). Así, la guerra es la concreta fealdad física y moral del cabo Besugo.

Más instruido, más cortés, aunque también agresivo, el teniente evita la acometida sexual de Besugo contra Julia y sostiene con esta un duelo en que, más que el enfrentamiento de los cuerpos, se siente el duelo irónico de palabra, cuando ella le pregunta: ―—¿Qué tal es el sueño en compañía de un caballo?‖, a lo que responde el militar: ―—Señorita, la guerra no se hace en los salones. Se hace entre el barro y la sangre. Por eso amamos los caballos‖. Ella contra-ataca: ―—Para eso serían mejor las yeguas‖. Y nuevamente, ahora en el sargento, aparece la alusión sexual: ―—Tal vez —respondió él— y hasta es posible que quisiéramos tener hijos con ellas‖. Y ella, recordando sus lecturas de La Iliada ante el padre, remata diciendo que a ese paso sería posible que ―los centauros‖ dejaran ―de ser animales mitológicos".

9 El besugo es un pez marino hermafrodita muy común en las costas tropicales. Puede llegar a medir hasta 65

centímetros de largo y puede llegar a pesar más de 6 kilogramos. En su juventud son machos y al pasar varios años se transforman en hembras. Es común en el Caribe colombiano asociar los nombres de los peces tropicales y otros animales con personas de características físicas prominentes.

43 1.4.2. Los pretendientes de Penélope

Obstruida en su feminidad por la presencia desviada de la figura paterna, Julia hará a un lado a sus tres pretendientes. Rechaza al primo Simón, de Ovejas, quien se suicida ante su rechazo y luego, en una entrada realista mágica, se le aparece desnudo a Julia y trata de ―tocarla con sus manos imposibles, con su gaseosa eternidad vibrando inaudita en la luz de la tarde‖, en ―un alarde de agresiva y opulenta ignominia.‖ (p.38)

Julia conoce y rechaza igualmente al segundo pretendiente, en 1901. Se trata del llanero José Manuel Espinar, capitán del ejército del gobierno conservador, en la Guerra de los Mil Días. El doctor Domínguez Ahumada, esposo de Celia, ha sido detenido seguramente por liberal y contrario al régimen conservador, así que el capitán Espinar, que hace de estafeta, ha venido a preguntar si Celia desea enviar alguna encomienda a su marido pues este será trasladado de la cárcel municipal, a un lanchón convertido en ―buque de guerra‖ con la instalación, a proa y a popa, de dos cañoncitos. La narración nos informa que ante Espinar, Julia ―sintió unos alfilerazos de placer, un deseo de agacharse y morderle los muslos‖ (p.157), pero luego se encierra en la soledad y frigidez en que el padre la ha dejado fosilizada. Julia, como ―agua estancada‖, al recibir las visitas de Espinar, ―parecía fatigada de prolongar una comedia‖ (p.165), hasta que finalmente, Espinar, aburrido de esa figura de estatua, le dice a Celia: ―—Pero ella no entiende, tal vez no entienda nunca a ningún hombre.‖ (p.166)

Del mismo modo, Julia termina alejándose del mercader libanés Salomón Niseli, quien, por un tiempo, la lleva a vivir a una retirada plantación del Sinú: ―Del libanés le quedaría una estúpida derrota. Una fuga, así debía llamarse, y unas indecisas relaciones con él (nadie, ni ella misma, pudo delimitarlas) en una tienda de baratijas en una plantación del Sinú‖ (p.169). Transcurridos treinta y ocho meses de vivir con el libanés, ella lo abandona, regresa a su casa y, ―como si nada hubiese ocurrido, como si únicamente hubiese estado de visita donde Leonor o donde cualquiera de las primas, sacó su taburete y se sentó, sofocada y adusta, a ventearse furiosamente con su abanico de paja‖ (p.170). Así, ―Desde entonces la poseyó una convicción de irrebasable soltería. Encerró sus deseos y olvidó su sexo como un

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pájaro al que hubieran matado a palos entre sus piernas‖ (p.170). En relación con el libanés, es importante señalar que en el último capítulo (XXVIII) —de contenido contextual que Menton, según ya anotamos, ve incluido de ―una manera algo forzada‖—, Salomón Niseli, de setenta y dos años, posee ―un próspero negocio de telas y ha adquirido, con escandalosa ventaja, unos cuantos lotes en la mejor área municipal.‖ (p.179)