1.5. LOS VIAJES DE INICIACIÓN O DE LO ENDÓGENO A LO EXÓGENO: LA BÚSQUEDA HORIZONTAL, ASCENCIONAL Y DE ULTRATUMBA
1.5.2. La búsqueda ascensional: La escalera y el pájaro
Otro viaje de iniciación hacia lo exógeno mucho más atrevido que el trote por el patio y la contemplación de la hermana, es el vivido por Anselmo, al subir al campanario, con su amigo Falcón. Mientras el niño campanero es un pájaro (halcón) en su ascenso hacia la espadaña de la iglesia, Anselmo, al trepar la desvencijada escalera, padece el terror de la acrofobia: ―Me parece que la escalera se va a derrumbar‖ (p.14). Como en el análisis propuesto por Vladimir Propp, de los relatos maravillosos rusos, el héroe vive la secuencia o función de la prueba: ―Sentía un pavor, frío, delgado, como si un alambre hubiera penetrado por su nariz y le imbricara los dedos, hasta sangrárselos en la madera del pasamanos. Porque su deseo y su miedo batallaban inmisericordemente dentro de él.‖ (p.15)
Ahora, el temor a las alturas de Anselmo pudiera explicarse en dos razones que marcan crudamente la vida del niño: la ruina y el deterioro de la casa, de Celia, de su madre Berta, de sus tíos, tías y primas, situación en la que quizás el único refugio, para él y su hermana Evelia, será el patio con su mitología de hojas y duendes, y el hecho de ser un huérfano, hijo de un matrimonio que Celia maldijo, hijo de Andrés, un hombre alcohólico y violento —ha matado a su primera esposa embarazada de un segundo hijo, en Barranquilla, de una patada— que los abandonó, yéndose para el exterior.
60
Anselmo se mueve, así, entre dos pulsiones: por un lado, mantenerse abajo, aferrado a la tierra, y por otro, llegar a las alturas del campanario, o lo que es lo mismo, en una visión interpretativa panorámica, mantenerse en la infancia, unido a la casa, o alejarse de ella para mirarla desde la distancia: ―De un lado el terror a cualquier altura, por pequeña que fuese, y por el otro, el deseo irrefrenable de subir al campanario y ver el pueblo desde allí‖ (p.22). Y aquí nuevamente —como una especie de asidero terrenal y cotidiano para un Anselmo aterrorizado por las alturas—, aparecen los olores a murciélago, ropa vieja, esperma quemada, ―rincón húmedo revuelto con ropa sucia y ala de gallina.‖ (p.23)
Subir al campanario es una prueba que prepara a Anselmo para el futuro viaje hacia el espacio exterior12, hacia la pérdida del paraíso de la infancia a que nos lleva el conocimiento. Falcón vive el frívolo presente de la sensualidad, sin complicaciones metafísicas, de allí que suba la escalera ―a grandes trancos, alegre, con su cabello revuelto y los brazos girantes‖, y luego trepe ―con vertiginosa agilidad, ocho o diez peldaños y —ante la parálisis de terror de Anselmo— acaballó el pasamanos y se dejó resbalar, palmoteando con entusiasmo sus muslos nudosos‖ (p.23). Anselmo, por su parte, mientras el halcón vuela, ―se aventuraba en cada peldaño con ridícula cautela.‖ (p.24)
No es casual que esta búsqueda en subida de Anselmo, se dé precisamente en un espacio como la iglesia, con las figuras de los santos mirando la escena desde sus ojos de yeso: San Antonio, San José, el apóstol Santiago, la Dolorosa, ángeles, mujeres llorosas y centuriones, y sobre todo, San Juan, con su índice señalador, figuras que, más que un ambiente seráfico, sugieren un espacio dantesco cercano al purgatorio y al infierno, corroborado por la idea de que el ascenso por la escalera es un viaje de purificación, un vía crucis que conduce al premio: ―Cada peldaño conquistado, aumentando el abismo, suspendía a Anselmo en aquel espacio fantasmal, purificaba su terror afinándolo hasta un límite de embriaguez.‖ (p.24)
12 Aunque nunca se da el nombre del personaje evocador que se mueve por las páginas de la última novela de
la trilogía, Celia se pudre, entendemos que se trata de Anselmo, ―el nieto órfico‖, alter ego de Rojas Herazo, ya adulto, empleado burócrata en Bogotá, lejos de Cedrón, observando su infancia desde el campanario de la memoria, en una búsqueda proustiana de recuperación del tiempo perdido femenino.
61
La idea de la iglesia como purgatorio o infierno se reafirma con el comentario de Falcón: ―Huele a cementerio, ¿verdad?‖ (p.26). Es interesante observar cómo el deseo de Anselmo de seguir pegado al piso, a la tierra, le hace aferrarse a los olores de la iglesia, un ―olor duro y pastoso‖, un ―olor firme, intimista y particular‖, a ―escuela a las dos de la tarde‖ (pp.26- 27), en fin, todo un repertorio heterogéneo de olores ligados a lo escatológico.
La infancia es un periodo que solo apreciamos cuando nos ha dejado, cuando nos hemos distanciado de ella. Paradójicamente, solo en la distancia del campanario, Anselmo valora y conoce su casa, por fin, de un modo racional. De cualquier modo, el viaje al campanario es un ensayo de alejamiento para aguzar la mirada y alcanzar la luz de la anagnórisis.
Hay dos motivos conectados del mismo modo con la religiosidad cristiana, cuando ya en la espadaña, Anselmo logra la madurez de la culpa ante la imagen de la casa: remordimiento y conocimiento. Anselmo se siente tocado por el abandono cognoscitivo en que ha tenido la casa: ―Veía sus ventanas azules, su techumbre color de níspero, las pinceladas de ocre con que el tiempo había rayado sus paredes. Parecía suspirar, sentir que la miraba. Tenía una quietud humana, un reposo de madera y de palma, una tierna resignación de cosa usada, que lo llenó de orgullo y remordimiento‖ (p.28).
Así, al obtener el conocimiento, es Dante terrenal cegado por la luz blanca del Dios terrenal de su casa. En su ascenso, Anselmo pierde la inocencia al alcanzar la sabiduría que da la distancia, iniciado por el práctico Falcón, el Ícaro que le presta las alas de su valor y su pericia para que él sea el Ícaro mental.
Para complementar nuestra propuesta de análisis en el eje de lo femenino/masculino, Anselmo, quizás por ser niño, se acerca más a lo femenino, es puro sentimiento, impulso, deseo. Huérfano de padre y con los tíos ausentes, Anselmo se mueve entre mujeres: la abuela Celia, la madre Berta, la hermanita Evelia, las tías Julia y Mara, las parientas Fela, Leonor y Sara, por lo mismo, el toque femenino del niño, su encantamiento sensualista por los movimientos de Falcón: ―Anselmo vio su perfil de venado, lívido y anguloso (...). Vio su cabellera rizada cayendo sobre la frente como tajadas de mango y los nervios de sus
62
piernas, relievados, vibrando en un ansia cargada de gravedad y misterio‖ (p.24). Del mismo modo, está su fascinación por la gigantesca musculatura del tío Jorge. La búsqueda ascensional para convertirse en hombre (vencer su miedo, subir al campanario, subir a los brazos de su tío) es también la ascensión sexual que se vuelve horizontal por su desempeño feminizado. Vapuleado por las dos presencias, en su accionar físico, Anselmo es lo masculino: se va, se aleja; al conectarse con lo masculino, se orienta siempre hacia la indagación exógena, hacia el viaje centrífugo, y en su pensamiento, encuentra la revelación de la casa como una continuación de lo femenino. Las búsquedas horizontal y ascensional terminan mezclándose de tal forma que es imposible distinguirlas.