• No se han encontrado resultados

Una biografía de Peñaloza como antecedente de la de Hernández

1.3. Otras semblanzas del Chacho Peñaloza

1.3.1. Federico de la Barra

1.3.1.3. Una biografía de Peñaloza como antecedente de la de Hernández

Esta biografía se tituló, escuetamente, “El Chacho” y fue difundida por El Litoral de Paraná (el diario de Evaristo Carriego) en 1862. Aunque más breve que la que vio la luz en El Argentino, y sin estar signada todavía por el destino funesto del protagonista, operó como un claro antecedente de la biografía de Hernández y del poema de Andrade. Escrita con el objeto de resaltar la benignidad y las calidades humanas de un caudillo difamado por la prensa liberal, el autor mismo explicita el objetivo de hacerle justicia ante la propaganda porteña que lo presentaba como un caudillo feroz y sanguinario.

282En la 49ª sesión ordinaria del 28 de octubre de de 1882 del Senado de la provincia de Buenos Aires, dirá Hernández: “Empezaré por agradecer a mi honorable colega el señor Barra sus conceptos altamente favorables hacia mí, y realmente tengo el sentimiento de que las palabras que voy a decir pueden ser interpretadas también como una retribución, aunque justa, de los elogios que me ha discernido y que no merezco. Puedo decir que casi me ha convencido el señor senador, aunque no pasa de esto. Conozco que sus ideas son elevadas, su dicción fácil, su palabra persuasiva, su convicción bien manifiesta […]” (Hernández, J. s/f, II, p. 139).

Con una mirada intuitiva, De la Barra se anticipa en el análisis del dilema político que plantea el Chacho –incluso mientras vive–, dilema que se profundizará luego de un asesinato que representará un baldón para la gestión liberal de Mitre. Esta problemática que encarna el Chacho en un nivel político y social lo convertirá en leyenda popular: determinará su ingreso en la tradición oral al proyectarse en coplas populares que cantan no sólo sus hazañas –y las de su mujer, Victoria Romero (que solía acompañarlo en las batallas)–, sino también su captura y su asesinato.

La serie de De la Barra principia encauzando su rechazo de las críticas en el molde retórico de la paradoja: que un general de la Nación sea difamado por sus adversarios políticos, cuando antes se le habían consagrado rimas y alabanzas.283 Esta “noble figura”, “notable personaje”, contradice la construcción de su imagen emprendida por el periodismo porteño:

El mismo Chacho a quien hoy llaman sus ingratos detractores, gaucho oscuro, bárbaro de las pampas, jefe de tribu y hasta vil mazorquero, porque no se apresta a seguirlos en la carrera de excesos en que están empeñados; y porque no acepta el hacha traidora que le brindan, para ayudarles a demoler el edificio de la nacionalidad Argentina.284

Empeñado en resaltar la flagrante manipulación periodística y política de un personaje respetable (sobre todo para el interior del país), De la Barra continúa contraponiendo los modos en que se ha definido a Peñaloza: “Ídolo de ayer. Maldecido de la actualidad. Alternativamente bravo y cobarde, patriota o insurgente, claro u oscuro, prestigioso o impopular”. Y luego se pregunta “; ¿qué es el Chacho?” para seguir inquiriendo párrafo tras párrafo: ¿Qué es ese hombre errante […]? ¿Quién es ese hombre oscuro, que defiende los principios del preclaroMitre?”

Acto seguido ensaya una respuesta definiendo al Chacho como “el Cadoudal de la organización Argentina”,285 “el Espoz y Mina de la independencia federal de las

283“El Chacho”, El Litoral, Paraná, 1862, año 1, n° 50, p. 1, cols. 2, 3, 4 y 5; p. 2, col. 1. 284El destacado es de Federico de la Barra. Para la transcripción se modernizaron las grafías. 285Georges Cadoudal, político francés contrarrevolucionario. Figura emblemática de la Guerra de los Chuanes, su nombre es sinónimo de la resistencia hasta el martirio frente al jacobinismo parisino.

provincias”,286 y suma a un Masanielo,287 un Murat,288 un Ney,289 un Masena290 y un Kléber291 en una enumeración que agrupa a personajes de diverso tenor político que tienen en común su origen modesto y, a veces, el ascenso social (como en el caso de mariscales del ejército de Napoleón); destaca así que la extracción humilde del Chacho no puede ser un impedimento para percibir su grandeza y sostiene que “El genio de una gran nación sabe derramar sobre sus héroes la aristocracia de la gloria”.

La definición de Peñaloza se perfila en oposición a la figura de Mitre. Este enfoque será tomado por Hernández y por todos los defensores de la causa federal que se manifiestan horrorizados al percibir que el autoproclamado liberalismo gubernamental contradice los principios civilizadores que proclamara esa doctrina. En este sentido, De la Barra se ocupa de contraponer la intuición honesta de Peñaloza a la traición racional de Mitre:

El general Peñaloza que no ha escrito la Historia de Belgrano, que no ha bebido en las fuentes de la ciencia las nociones del derecho soberano de los pueblos, que no ha hecho alarde de purismo federalen las asambleas y en la prensa, que no ha vocingleado sin cesar la cháchara de las libertades del hombre. El modesto ciudadano, el soldado moral realiza todo eso cuando llega una ocasión suprema; hace prácticas esas teorías que conoce por intuición, se sacrifica por ellas, combate y combate sin desaliento en su defensa, mientras el general Mitre, el hombre culto, el hombre de escuela, el hombre de principios, el tribuno, el escritor, traiciona la fe jurada sobre el puño de la espada, derriba una organización creada, pisotea el derecho del hombre y del pueblo, quiebra los vínculos de unión y lanza al país de nuevo en los brazos de la guerra civil y la anarquía […].292

286 Francisco Espoz y Mina, militar español que practicó la técnica de la guerrilla frente al ejército francés, que pese a su superioridad no pudo vencerlo.

287 Tommaso Aniello d´Amalfi, pescador y revolucionario napolitano que según De la Barra “colgó sus redes en trono de reyes”. Quedó en la historia como símbolo del pueblo napolitano. 288Joachim Murat, hijo de un posadero, llegó a ser mariscal del Imperio de Francia, Duque de Berg y soberano de Nápoles.

289Michel Ney, hijo de un pobre tonelero de Saarlouis, Lorena, Napoleón lo nombró mariscal del ejército francés y Duque de Elchinguen.

290André Masséna, hijo de un tabernero de Niza, llegó a mariscal del Imperio de Francia, Duque de Rivoli y Príncipe de Essling.

291Jean Baptiste Kléber, hijo de un constructor jornalero se dedicó a la vida militar llegando al cargo de general y comandante en jefe del ejército revolucionario francés.

292El Litoral, Paraná, 1862, año 1, n° 50, p. 1, cols. 2, 3, 4 y 5; p. 2, col. 1. El destacado es del autor.

Luego pasa a confrontar las actitudes de piedad y respeto del Chacho con la dureza de “Sarmiento [que] desde San Juan ordena en una nota publicada, que se pase por las armas a todos los que se tomen”.293 Y se dirige al lector en tres párrafos sucesivos con un exhortativo “Comparemos” para poner de relieve, por un lado, “el patriotismo puro y desinteresado” del “humilde guerrero que lucha con la miseria”, y por otro, la “sórdida ambición” de la “entidad usurpadora llena de medios y recursos”. El mismo tipo de contraposiciones marcará Hernández al año siguiente para denunciar la contradicción interna del liberalismo porteño.

Después, la narración opta por un tono más ameno, menos crispado, para hacer una semblanza afectuosa del caudillo:

Chacho es el amigo y el padre de los habitantes de las campañas de La Rioja y es muy especialmente querido en las fronteras de San Luis y en la sierra del Norte de la provincia de Córdoba. Vive entre esas poblaciones, participa de sus costumbres, parte de los peligros con ellas y saborea con ellas las victorias.294

Para exaltarlo, lo llama “el patriarca de las campañas”, de instintos “tan buenos y generosos que lo inclinan al orden y a la subordinación”; afirma que “su distintivo es la honradez y la lealtad” y pone de relieve las cualidades forjadas en la vida rural: “Todas las sutilezas del gaucho se manifiestan en su vida, toda la agilidad, toda la destreza de sus usos”. Más adelante, al hablar de “esa sencillez y reserva que es peculiar a nuestros hombres de campo”, asume una defensa explícita de la causa del gaucho:

Quizás lo despreciáis porque es gaucho con esa invencible repugnancia que propaláis contra los gauchos. Pero mal que os pese esa es la Repúbica Argentina; y no es culpa del Chacho que las masas del país no jueguen l´écarte [sic] en vez del pato […].295

293El destacado es del autor.

294El Litoral, Paraná, 1862, año 1, n° 50, p. 1, cols. 2, 3, 4 y 5; p. 2, col. 1. 295Nuevamente, el destacado es del autor, lo mismo que en la cita siguiente.

Hacia el final del artículo –de más de tres columnas– enhebra una serie de epítetos elogiosos de Peñaloza, presentándolo como el “campeón de los Llanos, firme y leal”, “sereno y firme”, como un “guerrero invencible”, un “genio fantástico de las guerras del desierto” y un “noble paladín” que sostiene el credo de “la nacionalidad en ruina”, “perseguido ahora por los perjuros y los traidores”.

Finalmente, sobre el cierre y al igual que Hernández y Andrade, De la Barra exalta una condición heroica que conlleva el rasgo de la santidad:

El general Peñaloza no es un bárbaro; es un patriota. El general Peñaloza no ostenta una bandera de caudillo; defiende el país […], llena un santo deber […]296

De este modo, esta publicación de 1862 anticipa la serie artículos sobre Peñaloza que Hernández publicará en El Argentino al conocer la muerte del caudillo en noviembre de 1863, y que republicará a fines del mismo año en formato de folleto. Por su parte, cuando Carriego conozca la noticia del asesinato del Chacho, El Litoral se publicará enlutado, mientras que en Montevideo, Federico de la Barra, Santiago Derqui, Juan Sáa y Nicolás A. Calvo ofician un servicio de honras fúnebres en honor de Peñaloza.