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Bloques paralelepípedos y placas de gran formato

5. Tipologias arquitectónicas

5.1 El papel de la epigrafía

5.1.2 Monumentos funerarios

5.1.2.1 Bloques paralelepípedos y placas de gran formato

Desde siempre, la investigación arqueológica ha venido prestando suma aten- ción al hallazgo y análisis de las inscripciones funerarias de grandes dimensio- nes – bloques paralelepípedos 62 y placas de gran formato 63 –, indicativas en cualquier caso de su ubicación originaria en construcciones de obra. Así, algu- nos epígrafes, por las características de sus soportes (bloques para encastrar), han sido asociados a determinados monumentos funerarios, caso de la cámara sepulcral conservan en los sótanos del Palacio de la Merced en Córdoba (fig. 19), que pudo acoger el enterramiento del liberto Marcus Aerarius Thelemacus (CIL, II²/7, 334) (ventura, 1999; vaquerizo, 2001 b, 140), o del altar de carácter mo-

numental que se intuye en las cercanías de la Torre de la Malmuerta, también en Córdoba, perteneciente tal vez a Numerius Abullius Chriestus (CIL, II²/7, 396) (vaquerizo, 2005, 198). En otras ocasiones son las circunstancias de hallazgo las que nos proporcionan las claves para establecer la existencia de monumenta hoy desaparecidos; así ocurre con la placa dedicada a varios libertos de Titus

62. Entendemos por paralelepípedos los bloques de piedra tallada, casi sin rasgos característicos, con tendencia a la horizontalidad y unas medidas originales que sobrepasan los 50 cm de anchura y los 10 cm de grosor, con tendencia a situarse entre los 15 y 20 cm.

63. La diferencia de las placas con los bloques paralelepípedos, de forma y funcionalidad parecidas, radica en el hecho de que los segundos podían formar parte de una estructura arquitectónica, pues en sí mismos eran concebidos como un sillar constructivo; en cambio, las primeras, que cuentan con un grosor mucho menor, sólo pueden asociarse a una construcción a través de ganchos metálicos que la fijen a los muros, ya sea en su parte externa o en la interna. Las placas de gran formato presentan o superan los 50 cm de anchura y un grosor inferior a los 10 cm. Su altura se sitúa entre los 30 y 60 cm, conformando piezas de silueta cuadrangular con tendencia a la horizontalidad.

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Nerius (CIL, II²/7, 501), relacionada con una supuesta edícola (fig. 20) (vaqueri-

zo, 2002 b, 181); y o con la CIL, II²/7, 197, hallada en la antigua Sacili Martiale

(Alcurrucén, Córdoba) junto a un “sepulcro de 18 pies de largo y 6 de ancho”. Además de las considerables dimensiones, existen otros rasgos indicativos de la indudable pertenencia de estos bloques paralelepípedos y placas de gran for- mato a estructuras de gran tamaño, en las que se empotraban o fijaban: partes posteriores simplemente desbastadas, huellas de anclaje en la parte superior o inferior 64 o el trabajo in anathyrosin, que facilita su unión con otros bloques 65. Aun así, resulta imposible determinar su lugar exacto de colocación, que podía

ser el muro exterior de un sepulcro, la puerta de entrada o alguna estructura interior (stylow, 1995, 224).

La mayoría de estos soportes están realizados en piedra calcárea de origen lo- cal, con variantes tan exquisitas como el denominado “mármol rojo de Ca- bra”, “mármol de Macael” o la “piedra de mina”. Ésta última, procedente de las sierras subbéticas (Sierra Elvira, Torcal de Antequera) y Sierra Morena, se caracteriza por colores grises y azulados con vetas amarillas, verdes y violá- ceas, que una vez pulidas alcanzaban gran belleza (stylow, 1995, 224). Por su parte, la calcárea blanca dura más abundante es la originaria de las canteras de

Obulco (Porcuna, Jaén). En cuanto al mármol, los ejemplos son escasos, casi

todos fechados ya en el siglo II d.C. (CIL, II²/7, 307, 325, 329, 388, 416, 475, 556, 567, 800, 995, 1.005, CIL, II²/5, 114, 156 a, 260, 1.133); de ahí la importancia de

la CIL, II²/7, 461 (Córdoba), datada a principios del siglo I d.C. y elaborada en mármol gris (fig. 21). El título funerario, conservado en su mitad derecha (1,79 m), únicamente permite conocer el cognomen del difunto, Flaccus, al que su probable esposa Arete construye un monumento que debió contar con una fachada cercana a los 3,60 m (12 p.r.) de anchura 66 y una altura considerable, como se deduce del tamaño de las letras (7 cm), indicativo de su ubicación en un lugar elevado, probablemente, el friso o coronamiento 67. Se configura así un monumento funerario de características indeterminadas, situado en un sector próximo a la vía que conducía a Emerita, esto es, en la Necrópolis Septentrional de Colonia Patricia, propiedad de un personaje de cierta relevancia económica y social, que utiliza el mármol como medio principal de lujo y representación. Un caso similar es el CIL, II²/7, 65 (Los Villares, Jaén), fechado a principios del siglo I d.C., en el que se hace referencia a dos libertas de la gens Valeria. A esta misma cronología pertenece una placa de mármol grisáceo, procedente de Urso, en la que se menciona a un personaje adscrito a la tribu Galeria, el cual ejerció el cargo de praefectus fabrorum (CIL, II²/5, 1.031).

Como acabamos de comentar, el tamaño de las letras puede ilustrarnos acerca

64. CIL, II²/7, 322, 337, 434, 450, 496 a, 594; CIL, II²/5, 112, 261, 396, 901, 930, 1.284, 1.290.

65. CIL, II²/7, 101, 116, 178, 205, 330, 485, 568, 802, 995; CIL, II²/5, 112, 194, 244, 248, 253, 305, 320, 321, 325, 372, 396, 424, 520, 594, 689, 717, 901, 989, 1.077, 1.080, 1.225, 1.284.

66. La fachada se obtiene añadiendo otro bloque de semejantes dimensiones al conservado, lo que nos permitiría conocer el nombre completo del difunto.

67. Unas medidas similares caracterizan las letras del epitafio de la familia Stlaccia en Colonia Salaria (Úbeda), el cual se cree estuvo ubicado en el friso del primer cuerpo de un monumento en forma de edícola, es decir, a una distancia de 3 m con respecto al nivel de suelo (beltrán fortes, baena, 1996 b, fig. 69).

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de la existencia de elevados monumentos en los que irían dispuestos tales epí- grafes. Por lo que respecta al conjunto estudiado, la media se sitúa entre los 4 y 5 cm de altura, superando el 8,74% de los casos los 8 cm (CIL, II²/7, 114, 322, 323, 330, 337, 594, 905, 915, CIL, II²/5, 130, 194, 199, 209, 594, 807, 939, 1.080). Algunas de estas inscripciones hacen mención a personajes de cierta relevancia

social, como así demuestra su adscripción a la tribu Galeria – CIL, II²/7, 114, 905 – o Sergia – CIL, II²/5, 130 –, o el ejercicio de cargos relacionados con la

administración pública y el culto al emperador (Augustal, Magister Larum y

Sevir). En otras ocasiones, el estatus podía ser el resultado de la actividad eco-

nómica desarrollada en vida, caso del medicus ocularius Marcus Fulvius Icarus (CIL, II²/5, 594), cuyo epitafio se realizó, además, en letras de bronce. El uso privado en ámbito funerario de las litterae aureae es exclusivo de la provincia Bética. A través de esta técnica se intenta imitar la epigrafía de prosperidad y

fig. 19 CIL, II² /7, 334.

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magnificencia que caracterizaba la aetas aurea iniciada por el emperador Au- gusto (ventura, 2001, 182). Su uso se observa en pocos casos (CIL, II²/7, 322, 323, 594, CIL, II²/5, 199, 807), entre los que destaca, con un cajeado de 12 cm de

altura, la CIL, II²/7, 594 (Córdoba). La inscripción fue hallada en la Choza del Cojo (fig. 22), alejada del recinto amurallado de la ciudad, y tal vez relacionada con los restos de una villa 68.

Largas listas de nombres pueblan la mayoría de los bloques paralelepípedos y placas de gran formato, en ocasiones alusivas a miembros de una misma fa- milia69, entendida ésta de una forma amplia, en la que tienen cabida tanto los miembros más directos como los libertos y esclavos 70, lo que implica la exis- tencia de grandes construcciones colectivas en las que albergar a tanto difunto. Sería lógico pensar, por tanto, que las inscripciones funerarias de los libertos estarían indicando la ubicación de la tumba de su patrono, método por el cual

fig. 21 CIL, II² /7, 461.

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podríamos detectar el lugar de enterramiento, aún desconocido, de las más im- portantes familias de la Bética. Así, por ejemplo, en el caso de Córdoba los

Annaei pudieron escoger como área sepulcral el barrio de El Brillante (CIL, II²/7,

406), en la Necrópolis Septentrional, y muy cercanos a ellos los Fannii, en la Huerta de Machaco, actual barrio de San José (CIL, II²/7, 458). Mientras que las familias Calpurnia (CIL, II²/7, 432) y Maria (CIL, II²/7, 441) se situarían en la Necrópolis Oriental, cercanas a la llegada en este punto de la ciudad de la via

Augusta. Por su parte, M. Fuficius Quietus y M. Fuficius Lybicus, augustales de

la Colonia Augusta Firma (CIL, II²/5, 617), junto a otros libertos de esta misma familia, contaron con una sepultura en las proximidades de un camino rural en Las Navas del Selpillar (Lucena). La localización en la zona de otras ins- cripciones pertenecientes a libertos que presentan el mismo nomen (CIL, II²/5, 123, 612 y 617) han permitido ubicar en la comarca las propiedades de la gens

Fuficia (melchor, 2006a, 257), la cual debió contar con suficiente influencia en

la capital astigitana como para lograr que dos de sus libertos accedieran a tan alto cargo.

Sin embargo, no siempre los difuntos presentan relación de parentesco 71, siendo en algunos casos servi (CIL, II²/7, 128, 915) o liberti (CIL, II²/7, 395; CIL, II²/5, 520) que se asocian para costearse un enterramiento digno. Estas inscrip- ciones estarían empotradas en edificios sepulcrales propiedad, probablemente, de collegia o de cualquier otro tipo de organización; pero la mayoría se refieren a parejas que cabe interpretar como matrimonios (CIL, II²/7, 160, 909, 922, CIL, II²/5, 107, 130, 244, 1.066, 1.143, 1.174, 1.178).

Los nombres de los difuntos se inscribían conforme morían, como demuestra la detección de distintas manos – hasta cuatro en una misma inscripción (CIL, II²/7, 450, 483) –, lo que permite:

Documentar la evolución de la escritura, importante para el establecimiento de cronologías precisas, gracias a los estudios paleográficos.

Ilustrar acerca de la estandarización de los talleres lapidarios, que ofrecían modelos preestablecidos en los que labraban las fórmulas de moda en cada momento, normalmente en el extremo superior e inferior del epitafio, dejando libre el resto del campo epigráfico, destinados a ubicar el resto de datos reque- ridos por el comitente: nombre, edad, cargos... Así se comprueba en un caso

68. D. Vaquerizo (2002b, 180) hace referencia a la posible existencia de un monumento funerario en las inmediacio- nes de la “Choza del Cojo”, con base en los restos excavados por E. Melchor (1985, 117-120). También la espectacu- laridad de la pieza arqueológica y la dificultad de su lectura, pues conserva únicamente las mortajas, han planteado la posibilidad de una damnatio memoriae en una inscripción de carácter público (ruiz osuna, 2007, 41 ss., nota 45).

69. Colonia Patricia: CIL, II²/7, 341, 343, 434, 406, 415 a, 470, 474, 485, 498, 505, 513; Isturgi Triumphale: CIL, II²/7, 65; Obulco Pontificiensis: CIL, II²/7, 101; Sacili Martiale: CIL, II²/7, 197; Baedro: CIL, II²/7, 845; Colonia Augusta Firma

Astigi: CIL, II²/5, 1.232; Igabrum: CIL, II²/5, 321; Cerro de las Cabezas: CIL, II²/5, 1141; Urso: CIL, II²/5, 1.045; Ilitur- gicola: CIL, II²/5, 257; El Tejar: CIL, II²/5, 901; Torreparedones: CIL, II²/5, 424; Castro del Río: CIL, II²/5, 396; Tucci: CIL, II²/5, 115; Iulia Fidentia: CIL, II²/5, 520.

70. Así lo certifica la fórmula libertis libertabusque (CIL, II²/7, 305).

71. Colonia Patricia: CIL, II²/7, 337, 448; Obulco Pontificiensis: CIL, II²/7, 128; Epora: CIL, II²/7, 160; Sacili Martia-

le: CIL, II²/7, 395; Iulipa: CIL, II²/7, 909, 915, 922; Tucci: CIL, II²/5, 107, 130; Astigi: CIL, II²/5, 1.178, 1.174; Sosontigi: CIL, II²/5, 244; Nescaria: CIL, II²/5, 851-852; Cerro de las Cabezas: CIL, II²/5, 1.143, 1.136; Ulia Fidentia: CIL, II²/5, 502; Urso: CIL, II²/5, 1.066; Ilurco: CIL, II²/5, 689.

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procedente de la capital del conventus Astigitanus, donde se menciona a tres probables libertos de la gens Manilia (CIL, II²/5, 1.232). Sus nombres aparecen inscritos en el tercio superior de la placa, dejando el resto del campo epigráfico en blanco para acoger futuros enterramientos. La placa se situaría en la fachada de algún collegium o asociación funeraria, que contó con un terreno de 120 p.c. (ruiz osuna, 2006, 177).

Comprobar el mantenimiento continuo de determinados monumentos fune- rarios 72. Así, en la placa de mármol CIL, II²/7, 388 se comprueba que M. Fabius

Themison y su hija Fabia Modesta Themisonis se enterraron en un momento

anterior, en torno a mediados del siglo II d.C., que la liberta Iunia Clarina, que lo hace a finales de ese siglo o principios del siguiente . Un uso más prolongado debió tener el sepulcro o recinto funerario al que pertenecía la CIL, II²/7, 454/5, en la que se distinguen hasta tres manos lapicidas (fig. 23). Las dos primeras, pertenecientes a S. Fabius Phaeder y al liberto L. Quintius Amphio, se fechan a principios del siglo I d.C.; la tercera, alusiva a la liberta Quintia Caletyche, es datada a finales del siglo I o principios del siglo II d.C.

Se trata, en general, de tipologías bien conocidas y extendidas en el territorio que analizamos, aunque con una importante diferencia representada por el nú- mero de ejemplares conservados en Colonia Patricia (42,07 %), muy superior al resto 73. De igual manera, podemos destacar importantes concentraciones en

Tucci, tanto en su ámbito urbano (CIL, II²/5, 102, 107, 113, 114, 115, 116, 125,

130, 141) como rural (CIL, II²/5, 156 a, 161, 191, 194 y 199), Urso (CIL, II²/5, 1.031, 1.032, 1.045, 1.066, 1.077 y 1.080) y Astigi (CIL, II²/5, 1.172, 1.174, 1.178, 1.225, 1.231, 1.255 y 1.284), así como en otros centros de menor entidad, caso

de Iulipa (CIL, II²/7, 904, 905, 909, 913, 915 y 922), Ilurco (CIL, II²/5, 683, 685, 688 y 689) o Igabrum (CIL, II²/5, 318, 319, 320, 321 y 323). Aunque gran parte de estas inscripciones han aparecido completamente descontextualizadas, hemos de suponer una procedencia próxima a las principales vías de comunicación, lugar más apropiado para cumplir con las consabidas reglas de accesibilidad, visibilidad y memoria, tal como se comprueba en un ejemplar procedente de la salida que desde Astigi conducía a Urso (CIL, II²/5, 1.178). Una tendencia que se corrobora en el caso de Colonia Patricia, donde se puede observar una disper- sión más o menos igualitaria de este tipo de soportes en todas las necrópolis de la ciudad, buscando siempre la cercanía a las puertas de acceso, sobre todo en lo que se refiere a los ejemplares más tempranos (ruiz osuna, 2007, 44, Planos 9 -15).

El hallazgo de algunas de estas inscripciones en lugares alejados del ámbito urbano (CIL, II²/7, 287a, 409, 594) ha planteado la existencia de estructuras

funerarias en terrenos privados, pertenecientes a explotaciones agrarias del tipo

villa o de carácter minero, caso de la placa CIL, II²/7, 415a, localizada en el

72. Era habitual en cláusulas testamentarias nombrar a una o varias personas encargadas del mantenimiento de la tum- ba, normalmente alguno de los libertos, tal como dispone Trimalción para su enterramiento (Petronio, El Satiricon, 71).

73. Esta diferencia ya se ponía de manifiesto en un estudio previo sobre monumentalización funeraria en las capita- les conventuales de la Bética (ruiz osuna, 2006, 178, Gráfico 1).

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Tablero Bajo, barrio de El Brillante (Córdoba), dedicada a varios libertos de la

Societas Sisaponensis (fig. 24) (ventura, 1996, 216). Esta misma dispersión se

observa en centros de segunda categoría como Urgavo (CIL, II²/7, 91), Epora (CIL, II²/7, 178), Regina (CIL, II²/7, 1.005 y 1.014), Montilla (CIL, II²/5, 576),

Sosontigi (CIL, II²/5, 244), Cerro de la Atalaya (CIL, II²/5, 1.133), Solia (CIL,

II²/7, 768 y 769) y Ostippo (CIL, II²/5, 989), donde vemos aparecer a personajes de cierta relevancia social, tal como se desprende de su pertenencia a la tribu

Galeria (CIL, II²/5, 286, 1.143, CIL, II²/7, 91), que habrían escogido los terrenos

adscritos a sus fundi como más apropiados para su descanso eterno.

Cronológicamente, los bloques paralelepípedos se definen como las manifes- taciones epigráficas más antiguas de la Bética (Gráficos 1, 2, 8 y 9 – conventus

Cordubensis –; Gráficos, 15, 16, 22 y 23 – conventus Astigitanus –), presentes

desde época tardorrepublicana. Sin embargo, su máxima difusión, junto a las placas de gran formato, se produce en época augustea y durante el siglo I d.C. (ruiz osuna, 2006, 178; 2007, 44 ss.), coincidiendo con el proceso de monumen-

talización que experimentan las necrópolis urbanas . En momentos posteriores su presencia es casi anecdótica, documentándose en terrenos alejados de los centros urbanos y señalando, a veces, los límites de ciertas áreas funerarias (CIL, II²/7, 307, 329, 508). Algunos ejemplos perduran hasta fechas tardías (CIL, II²/5, 320, 608, 953, 1.077, 1.255; CIL, II²/7, 157, 389), lo que confirmaría el mante-

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nimiento de estructuras funerarias monumentales hasta principios del siglo III d.C.74 (Gráficos 11 y 12 – conventus Cordubensis –; Gráficos 25 y 26 – conven-

tus Astigitanus –). Este dato resulta de especial importancia si tenemos en cuen-

ta que a partir de este momento se produce el retraimiento de la riqueza hacia el interior de las sepulturas de forma generalizada en todo el Imperio (hesberg, 1994, 55 ss.).