CAPÍTULO 2: LA CONSTRUCCIÓN ARTISTICA DEL CUERPO DE LA MUJER EN LA POESÍA MARTIANA.
2.1 Segmentos constitutivos del cuerpo de la mujer en la poesía martiana
2.1.4 La boca y los labios
La boca de la mujer aparece en los versos martianos en correspondencia con el beso, cuya acción (o naturaleza) la caracteriza:«No sé el instante en que la tierra toca:/Su blanca falda sobre nubes veo, / Y lleva siempre en la plegada boca / Prendido el beso blanco que deseo».181 El carácter espiritualista del fragmento se construye a través de elementos que ya
se han analizado con anterioridad: el configurar a la mujer etéreamente y posicionarla en un plano superior al terrenal. A la imagen se agrega el beso blanco, que se adscribe a la configuración idealizada al connotar este color, para el poeta, limpidez y pureza, por lo que no es admisible que dicho adjetivo forme parte de la descripción de un ser que posea connotaciones negativas.182
El amor familiar subvierte, una vez más, los paradigmas representacionales del cuerpo en la poesía martiana, a tal punto que: «A Dios yo pido constantemente / Para mis padres vida inmortal; / Porque es muy grato, sobre la frente / Sentir el roce de un beso ardiente / Que de
178 José Martí: «Del álbum de la eminente poetisa cubana Mercedes Matamoros», en: ob. cit., t. 15, p. 203. 179 Cfr. Mayra B. Martínez: José Martí: Tu frente por sobre mi frente loca. Percepciones inquietantes de mujer, Centro de Estudios Martianos, La Habana, 2011, p. 17.
180 José Martí: «Versos», en: ob. cit., t. 15, p. 117.
181 José Martí: «La vi ayer: la vi hoy», en: ob. cit., t. 15, p. 119.
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otra boca nunca es igual».183 El calificativo ardiente, que aplicado a los ojos de la mujer
adquiere otras connotaciones, se trabaja con una significación diferente en referencia al beso de la familia. En este caso, pudiera atribuirse la variación de su significado al ardor o exaltación que adquiere el acto entre los padres y el hijo, donde lo exaltado es el espíritu y no el cuerpo. Ya bien lo dice al final: ninguna boca podrá igualar la sensación que embarga al alma del poeta cuando los labios de sus progenitores se posan sobre su frente.
A pesar de ello, la voz lírica no deja de alardear sobre la posibilidad un beso dirigido a los goces del cuerpo y no del alma: «Sobre sus labios podría / Los labios míos posar, / Y en su seno reclinar / La pobre cabeza mía, –»,184 aunque en este poema escoja la contemplación de la amada por sobre la complacencia física.
La perspectiva aleccionadora que adquiere la obra poética martiana se aprovecha de los labios y del beso para imprimir connotaciones moralizantes. Ante unos labios que ya poseen una determinada carga sensual, el poeta impone de los recatos que deben tenerse con respecto a la carnalidad (la acción de besar). Los criterios de Susana Montero se aplican una vez más a sus concepciones, cuando le advierte al labiotrémulo y rojo de la importancia de contener su beso, dejarlo vagar sobre el labio, pero no darlo jamás bajo ningún concepto.185 El poeta pretende un paradigma de mujer casta y candorosa, a la que permite el coqueteo inocente a la par que intenta volverla menos vulnerable en su relación con los hombres.
No obstante, en su poema Bosque de rosas se manifiesta la profunda contradicción del alma del poeta: «Allí despacio te diré mis cuitas; / Allí en tu boca escribiré mis versos!- / Ven, que la soledad será tu escudo! ».186 Aunque la mayor parte de este poema es una disquisición
entre la blanca oveja y los lobos, donde se repiten las enseñanzas éticas de Ni la enamoro yo para esta vida, la poesía comienza con tales versos, en los que la boca de la mujer deseada crea una imagen de sensualidad cómplice. El sujeto lírico sermonea sobre el placer de respetar el amor casto, aun cuando la primera imagen creada lo contradice en una estructura circular donde, si bien al principio se ve arrastrado por la sensualidad de la boca, al final (arrepentido) concede: «Ven que allí triste iré, pues yo me veo! ».187 A pesar de su naturaleza
183 José Martí: «A mi madre», en: ob. cit., t. 15, p. 181. 184 José Martí: «Dormida», en: ob. cit., t. 16, p. 46.
185 José Martí: «Ni la enamoro yo para esta vida», en: ob. cit., t. 15, p. 196. 186 José Martí: «Bosque de rosas», en: ob. cit., t. 14, p. 128.
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eminentemente moral, el sujeto lírico se ve incapaz de resistir la influencia de la intimidad, de la boca de la mujer que lo llena de deseo, por lo que, en su vergüenza, reconoce la bajeza de sus instintos y la invita al bosque de rosas, donde la soledad se convertirá en el escudo de la mujer, no debido a la contención de sus impulsos, sino por el ocultamiento del pecado. En otras ocasiones, el poeta aúna en un mismo fragmento la sensualidad de la boca con su fascinación por lo foráneo: « ¡Oh! si mis labios pálidos rozara / Una arábiga boca, donde arde / Cuando se imprime, el fuego del Sahara».188 La focalización del discurso cambia; si bien en el poema anterior aconseja acaloradamente a la mujer contra la idea de regalar un beso (aun cuando era en perdón de unaculpa o de un agravio)189, ahora el sujeto lírico se regodea en su deseo personal, que contradice la eticidad de la que hizo despliegue previamente. Al decir de Mayra B. Martínez, el exotismo romántico lo lleva a contextualizar su obra en ambientes ajenos y favorables al traspaso de las fronteras éticas establecidas en su cultura, donde se liberan aquellos impulsos que en su tierra se reprimen naturalmente: «la prisión corpórea se desdibuja gracias a la doble liberación que proviene del ambiente […] y de la propia conciencia espacial de artista como creador de imaginarios».190 La boca arábiga, en su condición de extranjera, puede cruzar los límites establecidos para aquellas de su misma cultura. Al respecto, expresa el poeta: «Una árabe que besa / Es labio de mujer, donde nos cumple / La eternidad al fin una promesa».191 La mujer árabe, en el poema, deja de ser un
todo para convertirse en labio. El único elemento corporal (y espiritual) destacable en su configuración, es su facultad de elevar al sujeto lírico a través del beso hacia un plano extraterreno.
La ensoñación del poeta termina cuando regresa a las fronteras de su tierra o, al menos, recuerda la misión que persigue. En Patria y mujer, tal dicotomía se muestra íntimamente ligada a la dualidad alma/cuerpo, en la que el poeta identifica la labor revolucionaria con un ejercicio del alma, mientras que relega el sentimiento amoroso al término corporal:192«Coral, cobija perlas de su boca; / Mórbidas ondas ciñen su garganta; / Y escondido en el pecho, a
188 José Martí: «Haschisch», en: ob. cit., t. 15, p. 96.
189 José Martí: «Ni la enamoro yo para esta vida», en: ob. cit., t. 15, p. 196.
190 Mayra B. Martínez: Martí, eros y mujer (revisitando el canon, otra vez), Centro de Estudios Martianos, La Habana, 2014, pp. 68-69.
191 José Martí: «Haschisch», en: ob. cit., t. 15, p. 95. 192 Cfr. Jacqueline Cruz: ob. cit., p. 10.
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amar provoca / Ángel que con sus alas lo levanta».193 El poema refleja el conflicto del poeta,
que se debate entre su dedicación a la causa independentista y el sentimiento amoroso. El cuerpo se relega una vez más en favor del alma, por lo que el cuerpo de la amada se configura como el de un ser tentador, que busca apartar al sujeto lírico del buen camino a través de la seducción.
Contraria a esta configuración, se presenta el papel que el sujeto lírico espera que la esposa idealizada cumpla: «Y si en la cruz expira, / Morir con él, los nobles labios puestos / Sobre su frente fría».194Los labios, en este poema adquieren un valor axiológico, que representa el sacrificio que se espera de la esposa, cuya misión es velar por su compañero y acompañarlo fielmente en todos sus empeños. Por otro lado, aquellas mujeres que prioricen lo artificial sobre las virtudes del alma y el sacrificio, poseen un grave defecto para el sujeto lírico:
«¿Esta?... Pues esta infeliz / Lleva escarpines rosados, / Y los labios colorados, / Y la cara de barniz». La mujer artificial no posee unos nobles labios, sino otros colorados, donde el rostro se barniza o más bien enmascara; a su vez, es calificada de infeliz por la voz lírica, para quien la felicidad proviene de la realización espiritual y no del enmascaramiento artificial.