CAPÍTULO 2: LA CONSTRUCCIÓN ARTISTICA DEL CUERPO DE LA MUJER EN LA POESÍA MARTIANA.
2.1 Segmentos constitutivos del cuerpo de la mujer en la poesía martiana
2.1.6 Los brazos
Los brazos, al igual que el cabello, constituyen una parte del cuerpo femenino recurrente en la producción poética martiana, configurados principalmente como regazo donde el sujeto lírico encuentra resguardo y protección: «Beso, trabajo, entre sus brazos sueño / Su hogar alzado por mi mano; envidio».198 Los brazos de la mujer, en este caso la esposa, funcionan
como un espacio alternativo que implícitamente actúa como la noción de hogar; en otras ocasiones, reconfortan al poeta de las vicisitudes del día: «Mas, en las pardas horas, acabada / La fúnebre labor, sus blancos brazos / Premio serán a la feroz faena».199 Se reitera el
empleo del color blanco con su consabida connotación de pureza en la poesía del Apóstol, en contraste a las pardas horas y fúnebre labor que el sujeto lírico debe llevar a cabo. Así, los brazos de la fémina se convierten en el premio anhelado por el poeta al terminar su sombría labor, como aquel elemento (corporal) que hace valederos todos sus esfuerzos.
197 José Martí: «Baile agitado», en: ob. cit., t. 16, p. 79. 198 José Martí: «Carmen», en: ob. cit., t. 15, p. 145. 199 José Martí: «-No debe el brazo», en: ob. cit., t. 16, p. 66.
56
Por otro lado, la configuración de los brazos femeninos como lugar de acogida los hace susceptibles de adquirir connotaciones sensuales, a las que irremediablemente se entrega la voz lírica: «Me tendrá expuesto al sol, y de sus brazos / Me iré perdiendo en el azul del cielo / Pues así muero yo de ser amado!».200 El fragmento responde a un estado de ensoñación, a partir del cual el sujeto lírico se entrega a desvaríos sensuales que lo conducen a fundirse con el azul del cielo. Tal estado se repite en Copa con alas, cuando el poeta se siente remontar por el espacio azul en brazos no vistos reclinado.201 Los brazos son el punto de partida para la creación de una serie de imágenes en la poesía martiana, que van desde la liberación del espíritu del poeta, como en los versos anteriores, hasta la caída de dicho espíritu: «Y al sentirme en sus brazos apretado, / Me pareció rodar desde una altura / Y rodar por la tierra despeñado».202 Nótese que, en ambos casos, el afecto de la mujer amada se transmite a partir de sus abrazos, sin embargo, sus implicaciones son diferentes: si en el primero el poeta muere de ser amado (en un estado de felicidad que lo espiritualiza), en el segundo se describe una caída repentina y violenta que lo daña (aludiendo quizás al pecado). Los brazos que aprietan, en este poema, pueden aludir a la femme fatale del decadentismo finisecular.
No siempre el contraste se produce de manera tan pronunciada entre sus versos, pues en la mayoría de los casos la sensualidad de los brazos de la mujer o del entorno en el que se trabajan son los que construyen la imagen artística. El poeta se auxilia en varias ocasiones de la música para la creación de un ambiente hedonista en el que los brazos de la fémina amada se convierten en aquello que atrae al sujeto lírico: «Del vals asolador la nota impura / Que en sus brazos llama suspendidos / Rauda os lleva –al corazón sin cura / Repítenla amorosos mis oídos».203 Aunque el poeta reconoce que se encuentra en una situación moralmente reprobable, se deja arrastrar por los brazos y el sonido de la música; la nota impura lo conduce a un estado de embriaguez que adormece sus sentidos y lo entrega a la sensación.
Al respecto, reflexiona Mayra B. Martínez: «El pensamiento, pues, venía acusando una preeminencia de la experiencia sobre el pensar apriorístico, que en los modernistas cristaliza en sensoriedad aguzada: se percibe antes de pensar, se valoriza, al fin, el existir corpóreo: los
200 José Martí: «Cómo me has de querer?», en: ob. cit., t. 14, p. 290. 201 José Martí: «Copa con alas», en: ob. cit., t. 14, p. 201.
202 José Martí: «En un dulce estupor…?», en: ob. cit., t. 16, p. 188. 203 José Martí: «La copa envenenada», en: ob. cit., t. 16, p. 158.
57
sentidos descubren al mundo y autorreconocen el cuerpo que realiza la experiencia».204 Tanto
en el poema anterior como en Pomona, el sujeto lírico se entrega a sus sentidos más que a la reflexión cabal: «Arde otra vez, – y puebla el aire sano / Música suave y blando olor de mieles! / Porque a mis ojos los fragantes brazos / En armónico gesto alzó Pomona». Una vez más la música y los brazos de la mujer se convierten en el objeto de la atención del poeta.
Los brazos se asumen como un mal que lo seduce inevitablemente: «Que de qué madera /
Mi féretro has de hacer? Pues yo lo hiciera / De ella, de sus perlados / Brazos, y de sus senos perfumados».205 El cuerpo de la mujer, en estos versos, se convierte en el santuario del sujeto lírico, en su lugar de descanso eterno. La imagen creada desprende más erotismo que sensualidad, no solo por la alusión al seno de la fémina,206 sino porque apela a los sentidos al recurrir al color y el olor en la descripción corporal. Tal pareciera que al sujeto lírico no le importase la muerte, si su objeto de eterno reposo fueran los brazos de la mujer deseada. Por otro lado, el cuerpo de la mujer ha sido calificado en el fragmento como madera, material de la naturaleza cuyos brazos se convierten, posteriormente, en la representación de la sensualidad, en brazos seductores, de donde cuelgan las flores como en las ramas cuelgan los nidos;207 tal integración panteística del cuerpo de la mujer con la naturaleza la dota de nuevos significados, más asociados a las ideas paganas de la fertilidad y su concepción como madre nutricia que a la idealización espiritual con la que se le ha caracterizado hasta el momento: «Lamiendo el tronco, / Luengas raíces, de la azul laguna / Las anchas ondas perezosas besan, / Como mujer que, en ademan de sueño / Los senos recios adelante echando / Los brazos tiende al amador tardío».208 El fragmento establece la relación mujer-naturaleza
a través del símil, igualando ambas imágenes con un erotismo desacostumbrado en sus versos, que pudiera ser producto de la igualación que representa. Al tratarse de la descripción de lo natural, el poeta permite que el cuerpo femenino cree una imagen sensual que no responde a ninguna de sus configuraciones femeninas anteriores (como ser ajustado o no al
204 Mayra B. Martínez: «Eros y nación en el discurso narrativo modernista (Por donde se sube al cielo y Lucía Jerez: dos alternativas)», en: ACEM, núm. 24, 2001, p. 93.
205 José Martí: «2», en: ob. cit., t. 15, p. 16.
206 El seno en la poesía martiana adquiere, la mayoría de las veces, una connotación no física, referida al interior de la mujer. Se utiliza mayormente como un concepto espiritual.
207 José Martí: «Juega el viento de abril…», en: ob. cit., t. 16, p. 210. 208 José Martí: «La selva es honda», en: ob. cit., t. 14, p. 262.
58
canon), sino que responde a la realidad, a la sensualidad vista no como deseo sexual sino en su interrelación con lo natural.
Hasta el momento, los brazos de la mujer han adquirido connotaciones que van desde el resguardo y la protección hasta la sensualidad, pero en ocasiones dichos brazos, a pesar de cumplir con ambos presupuestos, se tornan despreciables para el sujeto lírico. En Brazos fragantes, se configura a este elemento corporal como contenedor de todo lo que es deseable:
«Sé de brazos robustos, / Blandos, fragantes; / Y sé que cuando envuelven / El cuello frágil, / Mi cuerpo, como rosa / Besada, se abre».209 A pesar de que se utilizan adjetivos como
blandos y fragantes (ya empleados anteriormente como símbolos de lo deseable) y que se describen notablemente las sensaciones que produce el contacto de los brazos femeninos, el poeta los rechaza: «¡Lejos de mí por siempre, / Brazos fragantes!».210 Según Usandizaga, tal tratamiento responde a una oposición de la mujer frívola con respecto al hombre responsable y puro, por lo que en última instancia el poema se propone elegir entre la mujer y las cosas serias (en este caso, el amor filial, debido a que se rechazan estos brazos de la mujer en favor de los «brazos menudos» del hijo).211
Por tanto, los brazos en ocasiones no son suficientes para el poeta a pesar de las connotaciones positivas (o deseables) que puedan ofrecer. Entre la sensualidad y su amor de padre, lo último siempre tendrá prioridad, por lo que el sujeto que antes perseguía el brazo de la amada, ahora piensa: « […] en aquel a quien mi amor culpable / Trajo a vivir, –y,
sollozando, esquivo / De mi amada los brazos».212 No deja, en otros momentos, de aludir a
la femme fatale, aquella que más que con su sensualidad, trata de atrapar a través de la lujuria:
« […] se parecen / A los ojos del pez que de harto expira / Los del gañán de amor que en brazos tiembla / De la horrible mujer libidinosa».213 La imagen se construye de manera
violenta, donde los brazos se convierten en elemento que atrapa una vez más, pero cuya connotación esta vez adquiere palpables tintes negativos al ser el abrazo motivo de agonía para sujeto lírico. El cuerpo de la mujer se construye en el fragmento como motivo de muerte, a la par que se introduce en el universo erótico martiano de tal manera que, en agitado baile,
209 José Martí: «Brazos fragantes», en: ob. cit., t. 14, p. 21. 210 Ibíd., p. 21.
211 Cfr. Helena Usandizaga: ob. cit., p. 2.
212 José Martí: «Canto de otoño», en: ob. cit., t. 14, p. 114-115. 213 José Martí: «Odio el mar», en: ob. cit., t. 14, p. 194.
59
se aqueja la voz lírica: «El vértigo fatal. Queman mi frente / Los femeniles brazos que la rozan, –».214