Presentando el engendro, la descripción de un experimento, en ella metro a metro hay escenas inesperadas. En los cuarenta y cinco segundos de duración de un semáforo se pueden observar: tres monjitas albinas agarradas todas de gancho, esperando transporte en una estación de bus; un vendedor que ofrece en verso gritado, por encima del ruido del tráfico, raquetas para freír moscas, mientras que a su lado también se fritan patacón, yuca, chicharrón y churros.
Toda una experiencia de intercambio mercantil y culinario ambientada por las oleadas constantes del rumor de los frenos de aire de gigantes carromatos de lata y acero, variados como peces, diferentes entre raza y raza. Se mueven en cardumen dejando cierto espacio entre todos.
Hay tensión, hay un ritmo colectivo, ejecutivo o cebollero.
Clanes de cachalotes blancos a los que les rechina hasta la pintura
o veloces carroñeros amarillos con la carrocería más nueva de la escudería. A su antojo se cuelan y adelantan, usurpan pasajeros. “Marque la línea nacional 666 y dígame cómo conduzco”, (siempre he fantaseado con ponerle lo que le falta a ese letrero: “Y pregúnteme cuánto me importa”).
Hay buses para todos los gustos y tal vez más para disgustos; desde verdes Rodolfos de trompa achatada y roja, hasta pequeños pitufos acondroplásicos; compactos rabiosamente azules con pasajeros que desafían las leyes de la física y diariamente se hacen origami doblándose desde las rodillas hasta las orejas, sardinas contorsionistas apiladas en latas coronadas por letreros de madera con exuberantes colores y tipografías gruesas, para ayudar al miope, que anuncian los destinos de los pasajeros. Las tablas de la verdad38.
El destino de cada uno es su verdad, cada camino es el que corresponde a cada uno. Volver a ver para creer, pero en la tabla, ver para querer tocar, para querer tocar(se), incluso para restregarse.
En las calles, carreras, diagonales, sures, nortes, avenidas, noroccidentes y circunvalares se puede oír el eterno loop de una canción banshee de cuna que añade ritmo a la retahíla de vendedores ofreciendo toda suerte de suertes: chicas-chicas-chicas, carros parlantes con bastante mandarina por tan sólo mil pesos, diez cucos por mil, caracoles, sahumerio, almuerzos con entrada, fuerte y postre; compra y venta de libros, de
38 Es importante recordar que el destino de cada uno es su verdad, cada camino es el que corresponde a cada uno. Volver a ver para creer pero en la tabla, ver para querer tocar, para querer tocarse incluso, restregarse.
esmeraldas, de crema para callos y mi favorito: “le arreglo la depresión” un servicio express de psicología ofrecido por un multifacético Freud callejero que también le tiene terapia a la brilladora, la licuadora, la aspiradora y le recoge a domicilio los empaques.
En las calles todo resuena, las construcciones y destrucciones por doquier son parques, vorágines jurásicas recubiertas de malla verde para que no se escapen los dinosaurios, monumentales buldóseres bramadores y sus camaradas los taladros que, aunque más pequeños hacen igual jarana. Además de este constante ronroneo industrial, hay una dosis musical urbana, tempraneros resuenan los camiones de basura con su melodía difícil de ignorar (y tolerar); nada qué ver con el romanticismo de la reversa inexplicablemente anunciada con la Lambada39:
“Chorando se foi quem um dia so me fez chorar Chorando se foi quem um dia so me fez chorar Chorando estara, ao lemrar de um amor Que um dia nao soube cuidar”
Tranquilo que el golpe avisa.
39
La Lambada, un ritmo creado en Brasil influenciado por la cumbia y el merengue que dió origen al “Baile prohibido” una adaptación musical del grupo Kaoma de la tonada boliviana “Llorando se fue”. Esta canción puede encontrarse como sonido de advertencia (generalmente en automóviles de gran formato, aunque no ha de faltar el taxi) anunciando la reversa
A la serenata se suman los carros de helado, cada vez más escasos, que anuncian felicidad edulcorante para chicos y grandes con un clásico de piano de principios de siglo: “The Entretainer”, de Scott Joplin.
Corean los comercios que reconocen en el merengue y en la salsa rosa la mejor publicidad-musical-justo-en-la-entrada-a-bafle-limpio. Zumban los aviones (que cuento cuando los veo pasar, y al llegar a cien pido un deseo). Atronan las lloviznas, las granizadas; abundan los cielos grises en esta ciudad tropical a la que todos los días llegan gringos en chancla tres puntadas, pantaloneta caqui a la altura de la espinilla y suero antiofídico en mano; mientras también en sandalias, las monjitas albinas rezan para que no llueva y en los paraderos escuchan el sonsonete de un curso de inglés que repite los animales con sendo acento Televisa. Pollito chicken; gallina hen40; y todos aplaudimos a la vez.
Welcome home: this is Bogotá, in many ways políglota, toda una
continua experiencia sinestésica: un sólo acto perceptivo, múltiples sensaciones.
40
Fragmento tomado de una popular ronda infantil latinoamericana para aprender inglés:
pollito chicken; gallina hen ; y todos aplaudimos a la vez; lápiz pencil; y pluma pen; ventana window; puerta door;